J. C. García Fajardo |
![]() Cuaderno de Bitácora sobre Mundo actual y Sabiduría universal.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2009.
No me canso de denunciar los escándalos y los abusos a cuenta del contribuyente que suponen las rettribuciojes a los altos ejecutivos de las empresas, los bonos y gabelas cuando hace unos meses hundieron la economía mundial y tuvieron que ser rescatados por los gobiernos. ¿Hasta cuando? No vale ya la falacia de que el mercado se regula a sí mismo. Está demostrado que no.”Somos una sociedad que recompensa generosamente a quienes nos hacen más pobres. Pero aplastar la economía y desplumar al contribuyente no son los únicos pecados de Wall Street”, denuncia con lucidez y conocimiento, Paul Krugman, profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. Por su interés, lo copio. Todavía no se han apagado los fuegos del desastre económico y financiero y los pirómanos ya lo están celebrando con fuegos de artificio. Para ellos sólo cuenta su interés, o la cremá para el resto de los ciudadanos. Los gobiernos lo saben y tiene que actuar, ¿o estamos dominado por oligarquías siniestras que nos gobiernan a través de sus lobbies? Pues ya sabemos: es justo matar al tirano, alzarnos contra él y resistirle hasta derribarlo. José Carlos "Premiar a los malos actores" Los estadounidenses están enfadados con Wall Street, y con razón. Primero, el sector financiero nos hundió en una crisis económica, y luego fue rescatado a costa del contribuyente. Y ahora, con la economía todavía profundamente deprimida, el sector está pagándose a sí mismo primas gigantescas. Si no están furiosos, es que no han estado prestando atención. Incluso antes de la crisis y las ayudas de emergencia, muchos tiburones del sector financiero amasaron fortunas mediante actividades que eran inútiles, si no destructivas, desde un punto de vista social. Y siguen erre que erre. Fíjense en dos noticias recientes. Una tiene que ver con el aumento de las operaciones de alta velocidad: algunas instituciones, Goldman Sachs incluida, han estado usando ordenadores superrápidos para adelantarse a otros inversores, comprando o vendiendo acciones una fracción de segundo antes de que nadie pueda reaccionar. Las ganancias derivadas de las operaciones de alta velocidad son una de las razones por las que Goldman está obteniendo beneficios récord y probablemente pague primas también récord. En un frente al parecer distinto, el New York Times del domingo pasado informaba sobre el caso de Andrew J. Hall, que dirige una rama de Citigroup que especula con petróleo y otras mercancías. Su sección ha ganado mucho dinero últimamente, y de acuerdo con su contrato, a Hall le deben 100 millones de dólares. ¿Qué tienen en común estas historias? La respuesta políticamente relevante, al menos por ahora, es que en ambos casos vemos enormes bonificaciones por parte de empresas que han sido las principales receptoras de las ayudas federales. Citi ha recibido alrededor de 45.000 millones de dólares de los contribuyentes; Goldman ha reembolsado los 10.000 millones que recibió en ayuda directa, pero se ha beneficiado enormemente tanto de los avales federales como de los rescates de otras instituciones financieras. ¿Qué se supone que tienen que pensar los contribuyentes cuando estos casos de beneficencia tienen nóminas de nueve dígitos? Pero supongamos que admitimos que tanto Goldman como el señor Hall son muy buenos en lo suyo y que es posible que hubieran obtenido beneficios enormes incluso sin toda esa ayuda. Aún así, lo que hacen es malo para Estados Unidos. Pero dejemos las cosas claras: la especulación financiera puede tener un propósito útil. Por ejemplo, es bueno que los mercados de futuros ofrezcan un incentivo para almacenar combustible para la calefacción antes de que empiece a hacer frío o para acumular gasolina antes de la temporada de verano cuando todo el mundo saca el coche. Pero la especulación basada en información que no está al alcance de la población en general es un asunto muy distinto. Como demostró en 1971 el economista de la Universidad de California en Los Ángeles Jack Hirshleifer, esa clase de especulación suele combinar "rentabilidad privada" con "inutilidad social". Es difícil imaginar un ejemplo mejor que las operaciones de alta velocidad. Se supone que el mercado de valores encauza el capital hacia sus usos más productivos, como por ejemplo ayudar a empresas con buenas ideas a recaudar dinero. Pero resulta difícil ver de qué manera los agentes que colocan sus órdenes una treintava parte de segundo antes de que los demás hacen algo por mejorar esa función social. ¿Y qué hay de Hall? La información del Times da a entender que gana dinero básicamente siendo más listo que otros inversores, en lugar de dirigiendo los recursos donde se necesitan. Una vez más, es difícil encontrarle alguna utilidad social a lo que hace. Y hay buenas razones para afirmar que dichas actividades son de hecho perjudiciales. Por ejemplo, las operaciones de alta velocidad probablemente degradan la función del mercado, porque es una especie de carga para los inversores que no tienen accesos a ordenadores superrápidos, lo cual quiere decir que el dinero que Goldman gasta en esos ordenadores tiene un efecto negativo para la riqueza nacional. Como dijo en 1973 el gran economista de Stanford Kenneth Arrow, la especulación basada en información privada impone una "pérdida social doble": consume recursos y debilita los mercados. Ahora bien, a lo mejor se sienten ustedes tentados a desestimar la especulación destructiva por considerarla una cuestión sin importancia (y hace 30 años habrían tenido razón). Pero desde aquel entonces, las altas finanzas -operaciones con valores y mercancías, en comparación con la banca normal y corriente- se han convertido en una parte muchísimo más importante de nuestra economía, y su proporción del PIB se ha multiplicado por seis. Y los sueldos por las nubes en el sector financiero han desempeñado un importante papel en el drástico aumento de la desigualdad de ingresos. ¿Qué debemos hacer? La semana pasada la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de ley que establece las normas para los convenios salariales de una amplia variedad de instituciones financieras. Ése sería un paso en la dirección correcta, pero lo cierto es que debería ir acompañado de una normativa mucho más amplia sobre las prácticas financieras y, diría yo, por unos tipos impositivos más altos para las rentas de gran tamaño. Por desgracia, la medida de la Cámara tropieza con la oposición de la Administración de Obama, que todavía parece regirse por el principio de que lo que es bueno para Wall Street es bueno para Estados Unidos. Ni el Gobierno ni nuestro sistema político en general parecen dispuestos a enfrentarse al hecho de que nos hemos convertido en una sociedad en la que el dinero con mayúsculas va a parar a los actores malos, una sociedad que recompensa generosamente a quienes nos hacen más pobres. Paul Krugman, scripsit. Coincido con el editorial de El País, Estado no confesional, pero exijo la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede de 1979, por anacrónicos, sectarios, injustos e inconstitucionales. El Gobierno trabaja en algunas reformas legales que por afectar al tema siempre sensible de la religión, comienzan a suscitar reticencias en sectores sociales y políticos influenciados por la Iglesia católica. Son reformas que en la mayoría de los países de la Unión Europa fueron abordadas en su momento incluso por partidos conservadores y que podrían serlo en España por el PP si este partido no se hubiera revelado en su práctica de gobierno escasamente autónomo y en exceso dependiente de las posiciones de la Iglesia, en especial en materia educativa y en temas de moral y costumbres. La reforma de mayor alcance es la que afecta a la Ley de Libertad Religiosa que rige en España desde 1980. El Gobierno se ha inclinado, de manera poco justificada, por modificar esta norma y mantener intactos, en cambio, los acuerdos con la Santa Sede de 1979, que son los que han ofrecido hasta ahora una base jurídica a las posiciones confesionales. Desde la entrada en vigor de la ley, y gracias a esos acuerdos, el modelo de relaciones ha estado escorado de manera ostensible, y a veces jactanciosa, a favor de la Iglesia católica, hasta consolidarla en una situación de privilegio que no se justifica dada la presencia de otros credos... No hace falta entrar en el debate un tanto absurdo e interesado de si el Estado aconfesional es o no también laico para convenir en que el actual Estado español no tiene religión oficial y que, por tanto, debe ser religiosamente neutral. Y aunque pueda aceptarse, como ha dicho el cardenal Rouco Varela, que "el crucifijo pertenece a la historia y a la cultura de España", sin olvidar su imposición en largos periodos por la fuerza e incluso la persecución, ello no autoriza a convertirlo de manera encubierta en símbolo confesional de un Estado que, constitucionalmente, está obligado a respetar todas las simbologías religiosas y a no tener ninguna. Tampoco pueden utilizarse los acuerdos Iglesia-Estado de 1979 como coartada para pasar por encima de la Constitución y las leyes que la desarrollan, como una vez más han hecho algunos obispos ante la reforma de la Ley de Libertad Religiosa. La Iglesia persiste en blandir esos acuerdos en contra de la Constitución, consciente de que el Gobierno ha limitado su capacidad de respuesta al comprometerse a no denunciarlos". Pero el Gobierno debe escuchar la opinión de los ciudadanos en un tema de la mayor importancia porque afecta a los Presupuesto Generales del Estado conformados en su mayor parte por las aportaciones e impuestos de los ciudadanos, sean ateos, agnósticos, librepensadores o simpatizantes con otra tradición religiosa. En Francia hace más de un siglo que lo han conseguido, y en otros muchos países también. Viven tan felices sin soportar las intromisiones de una ideología respetable pero que no puede tener "patente de corso" en temas como la Educación para la Ciudadanía, el mantenimiento del clero, la interrupción voluntaria del embarazo, las opciones y relaciones sexuales, la eutanasia, la fecundación, los estudios científicos y un enorme etcétera apoyado en su pretensión de infalibilidad, única verdad, y garante de todas las expresiones éticas, que confunde, torticera y alevosamente, con su moral. Un país libre, justo, solidario, laico y responsable de sus actos bajo una Ley general de libertad. J C Gª F Unas amigas de nuestra edad acaban de regresar de un viaje en coche por Las Landas, en Francia. Es el tiempo en el que se aproxima la recolección de la lavanda y cientos de hectáreas están con plantaciones de flores azuladas en inmensas extensiones verdes que llenan de olor el ambiente y los pueblos cercanos. A todos nos es familiar ese olor de agua de colonia fresca, Atkinson quizás, vinculado a nuestras madres y por supuesto a la infancia. Uno nunca se cura de su infancia. La mayor parte de estas historias las oímos de labios de “las primas de La Puebla” a las que yo sonsacaba cuanto podía. Una era maestra, alta y morena curtida por los vientos, algo hombruna, llamada Encarna. La otra era rubia y de ojos azules, tontona y mimada, que había padecido “del pecho” y nunca pegó golpe. Les llamaban “las señoritas de Posmarcos”, y Encarna manejaba la finca y a los trabajadores como una auténtica matrona. Ambas murieron casi a los ochenta, habiendo vendido gran parte de las tierras y sin haber conocido varón. “Total, para lo que sirven…. No dan más que trabajos”. Mientras que Ángeles, la pepona rubia y con los labios pintados de carmesí, suspiraba. Algún día he de escribir algo sobre ellas. A mí siempre me ha gustado escuchar historias, donde fuera y de quien fueran. De ahí arrancan las que, ya adulto y viajero, me sentaba a escuchar en los zocos africanos y pedía a mi intérprete de turno que me las fuera traduciendo en voz baja, lo cual no era difícil pues todos los contadores de historias utilizaban un sistema en círculo para que el auditorio pudiera recordar mejor: usan estribillos, repiten sentencias, vuelven a contar lo mismo pero atribuido a otros personajes. Igual me sucedió con poblaciones indígenas de Latinoamérica, o con campesinos y marineros de diversos lugares. Recuerdo las broncas que recibía de niño cuando “me perdía” y mandaban a buscarme a algún velatorio que hubiese en la vecindad. Una vez murió una chepudita pero ya en su cuarentena y que, como había muerto soltera, la metieron en un ataúd blanco. Yo flipaba. Me senté cerca del féretro, en silencio y atento a todo lo que contaban de la finada. Era un espectáculo inolvidable todo lo que decían y le atribuían al muerto. En mi libro, Los Gazules, recuerdo algunas de esas vivencias que me acarreaban broncas bajo el consabido “No, si a ti un día te roban y te llevan con ellos”. Mi padre, como siempre, contaba cosas al respecto: “Fijaos si el difunto habría sido malo que, en su velatorio, sólo pudieron decir ‘¡qué buena letra tenía!’ En verano, solía celebrarse la fiesta de La Coca, en Redondela. Mis padrinos solían ir con toda una patulea de personas y empleados que montaban en un camión que seguía a su coche. Pues bien, yo tendría unos ocho años y me habían vestido de fiesta y advertido para que estuviera atento porque saldríamos hacia la hora de comer. Luís, repartía gaseosas de Troncoso en un carro tirado por un caballo que se alzara sobre las cuatro patas cuando se le soltaron los seis caniches a la cubana que gastaba inmensa pamela y que fumaba en boquilla. Allá fue ella. El caballo en el aire y los caniches colgados de sus partes, las botellas de gaseosa emocionadas que lanzaban al aire las bolas de cristal verde que las cerraba. Y pensar que ante tamaño desaguisado yo sólo pensaba en las que lograría coger para jugar a canicas, pues por cada una de vidrio verde te daban cinco de barro. Adónde íbamos, las gentes asándose en el camión con sus niños, sus cestas con la comida, las abuelas… mi padrino apoyado contra la pared con la pierna derecha doblada, el sombrero hacia atrás dejando que un mechón rubio se le descolgase por la frente y un pitillo en los labios mientras sus ojos se le iban detrás del trasero de Amparo la planchadora, la mujer de Paco el Capullo, su chófer que siempre se metía en líos y que sólo pensaba en una cosa. Sí, en esa. Era uno de los chulos más conocidos y codiciados de la Herrería. Eso lo supe años después cuando fui capaz de hilvanar cabos mediante el software de la edad que descodificaba los imputs que yo guardaba en mi hardware. De otra manera no tendría explicación porque yo, por entonces, no había cumplido los nueve años que fue cuando hice la comunión. El pecado más grande del que me confesé fue que había llamado puta a la cocinera; luego, de sexo andaba en la inopia. Y lo de llamarle así, a pesar de lo que yo la quería, fue porque me lo dijo el sinvergüenza del Capullo, que también pretendía catarla. Mi madrina, ya os podéis imaginar, paseando por la acera, con su bolso de piel y cabos a juego, su vestido con grandes lunares blancos sobre seda azul, y el peinado de “coca” y tupé que le había hecho Esperancita, como cada mañana. Al final, me llevaron en brazos, (¿quién sería? seguro que Isabelita, la hermana de Rubén que era novio de Carolina) y me acostaron porque ¡había bebido vino con gaseosa y “vaya usted a saber qué otras porquerías”! Porque, “a este niño, un día se lo llevan, porque no vamos a poder hacer nada bueno de él”. Recogí una buena cantidad de espliego en el campo y me lo traje a esta casa. Con ayuda de algunos nietos, en esta terraza fui separando las rizadas flores de sus tallos para meterlas en pequeñas bolsas que iba haciendo mi mujer y cerraba con cintas de colores suaves. Después, las hicimos llegar a algunos centros para que se las colocasen entre la ropa blanca. Cómo nos olían las manos en esta terraza mientras camelaba a los niños con chuches y coca-colas. Trabajaban con ilusión, pero, al cabo de un rato, se cansaban y se querían ir a la piscina. ¿Qué iba a hacer su abuelo que padecía la dolencia de “ver las cosas hechas”, mientras se le ocurrían? Mi mujer me ayudó durante unas tardes y, al final, volví a lo árboles de dos bosques cercanos por los que paseo con el perro, tijeras de podar en ristre, para liberarlos de las ramas secas o ladronas que siento que les molestan. Hace dos días, al pasar por la avenida de la Finca volví a ver a jardineros vestidos con mono amarillo, podando y llenando con espliego sacos de plástico negro, tamaño industrial, y los iban dejando atados para que los recogiera al día siguiente un camión… para tirarlos la basura. Ayer me acerqué, charlé con un jardinero ecuatoriano que me dio permiso para llevarme los que quisiera. Para hacer breve la historia. Subí uno a casa y lo tengo aquí, en la terraza, mientras escribo, mientras comemos o jugamos al rumy. Mi mujer no dice nada pero el olor es fuerte. Yo sé que piensa “Y ¿qué irá a hacer con semejante cantidad?”. Pero ya no me dice nada… Cuando se entere de que en el cuarto trastero tengo otros nueve sacos… Por asociación de ideas. Este verano, caminaba por la playa al encuentro de la familia. Pasé junto a dos niños entre seis y ocho años, que jugaban a la pelota y uno de ellos me espetó, así, sin venir a cuento, “¡Viejo!” Su hermano de ocho años le dijo: “¡Se dice persona mayor!” El otro lo miró en silencio, mientras yo seguí caminando. J.C.Gª F. Realmente bueno. Me ha hecho reír, por eso lo comparto. Como sabéis yo soy gallego y me siento muy orgulloso, pero también sabréis que es uno de los pueblos que sabe reírse con sus cosas. José Carlos Carta de una madre gallega J C Gª F. Hacía bastantes días que no lo veía, por eso, al ir a recoger el periódico, le dije: - “¡Lo había echado de menos! Cuánto tiempo”. - “Es que fui al entierro de mi abuela” - “Pero ¿no había ido hace unos quince días?” - “Sí, pero esta fue la otra” - “Dos abuelas en quince días… ¿Vivían en ciudades distintas?” - “Qué va. Las dos en Manchuria, en la misma calle y puerta con puerta” - “Vaya, pues sus padres no tuvieron que andar mucho” - “Se conocían desde niños, y además, los patios por detrás se comunicaban por una puerta” - “¿Manchuria, ha dicho? - “No, en Almería, pero ir en coche hasta allá, no dormir, velatorios, familia y demás, ya se puede hacer una idea” - “Ya me la hago, ya. ¿Estaban las dos enfermas? - “Qué va. La segunda estaba más sana que una manzana, entraba y salía a la compra y, con su sillita de enea, a sentarse a la puerta, por la fresca, con las vecinas” - “Sería también muy mayor, ¿no? - “Qué va, unos setenta y cuatro” - “¡C… casi me toca! - “La otra sí que llevaba un tiempo enferma” - “Me imagino que, de visitarla y cuidarla, no habrá resistido la emoción. Eso suele suceder en personas mayores que han vivido muchos años juntas” - “¿Qué dice? Si no se hablaban, no se podían ni ver, por envidias, ya sabe”. - “Sí, ya sé, pero, mientras estuvo enferma, ¿no había ido a visitar a su amiga y consuegra, con nietos comunes que entraban y salían de las dos casas, y con unos patios casi compartidos que, en Manchuria, digo, en Andalucía, se llega a ellos por las puertas que permanecen siempre abiertas? - “Ya le digo, profesor, hacía años que no se hablaban y se servían de los nietos y de los hijos para enviarse puyas”. - “¿Entonces?” - “Ya le digo, los dos velatorios tuvieron las mismas gentes y, para colmo, les dieron a las dos, el mismo sitio en el tanatorio. Nadie se lo explica. Imagínese todo lo que salió en los velatorios. En cada uno llevaba la voz cantante la otra parte”. - “¿Todo terminó bien?” - “A ver… “ - “Se me ocurre que si la segunda no se murió por emoción y empatía…” - “Le aseguro que no, profesor, nada de eso, al contrario, se detestaban” - “Entonces, ya lo entiendo: Su segunda abuela…” - “Ni se le ocurra utilizar esa expresión, “segunda abuela”, esta sobre todo no admitía ser la segunda en nada y, cuando llegábamos los nietos, había que hacer malabarismos y si yo iba con mi mujer ella iba a una casa y yo a la otra a saludar primero, y cuando éramos niños hacíamos carambolas”. - “Pues bien, la abuela que se murió “durante su último viaje a Manchuria/Almería,” no pudo resistir que la otra la precediese, no sólo en el velatorio, el entierro y funerales, sino en el más allá. Y decidió morirse para comprobar que todo era igual, y además, porque la había necesitado durante toda su vida, se habían querido de niñas y crecido juntas, y no supieron superar que otros extraños entraran en sus vidas. De hecho, dicen que la segunda se casó por despecho. Nunca supe qué significaba eso. Llegaron los hijos, después las bodas, nietos y bautizos, más gente extraña, y no lo resistió y como en Romeo y Julieta, se quitó de en medio. Lo malo va a ser cuando una descubra que la otra sólo utilizó un somnífero. - “¿Cómo dice, profesor?” - “Nada, amigo, son cosas mías, ya sabe, con los años…” Juro que, después del desayuno, hoy tenía pensado irme a pasear a la Casa de campo, pero ¿quién se va de paseo con semejante historia en la puerta de tu casa? A saber por dónde andaría ahora mi versión. Así es como respondieron más o menos, en diversas circunstancias, Somersett Maughan y otros novelistas cuando les preguntaron de dónde sacaban sus personajes: “Yo me siento en el hall de un hotel, o en una varanda en Indonesia, o en una terraza de una ciudad… y las historias vienen solas”. Al contrario, hay que andar con un matamoscas, tú no, ahora no, ya te llegará… La verdad es que no llegan, se esfuman y luego, ocurre lo que ocurre, y va un americano y escribe “Seis personajes en busca de un autor”. Por eso tiene uno que escribirlas, para que no te miren como a un fabulador extraño o como a un loco. Porque, imagínense, sentarse en esta terraza para desayunar y tratar de contarles estas cosas a otras personas. Te interrumpirían y te j… la historia. Menos mal que ustedes están ahí. O como escribió Whitman, en uno de sus últimos poemas: A ti, quienquiera que seas, y donde quiera que te encuentres, así que hayan pasado cien años y tengas mi libro en tus manos, recuerda que, cuando lo escribo, pienso en ti. Por es, quizá también, los Massaï, cuando se despiden, no se dicen adiós ni hasta luego ni bye now ni I’ll see you, o nos veremos, arrivederci, shalam o shalom… sino que, se agarran por el antebrazo y mirándose en los ojos, ambos dicen: “Pienso en ti”. Mi madre, al terminar una carta si, después de haberla firmado, se le ocurría algo que añadir, no firmaba de nuevo, sino que ponía Vale. Los jóvenes hoy se saludan de diversas formas pero una de ellas es “Vale” con el significado de “Está bien”; no el del OK, “cero muertos”. Sino en la auténtica línea de Cicerón que, al concluir sus hermosas cartas, ponía: “Vale, quia si vales, valeo”. (Del verbo valeo, vales valere: estar bien, por eso: “Necesito que estés bien, porque si tú estás bien, yo también”). En muchos países de África subsahariana, cuando alguien se va lejos, a la inmigración por ejemplo, lo celebran y despiden en la casa, pero nadie va más allá de las puertas de la ciudad o del límite del poblado. Excepto la madre que, con una lamparilla de aceite encendida en una mano y con una pequeña vasija de agua en la otra, va echando agua y aceite encendido, luz, en cada una de las huellas del hijo, que no vuelve la vista atrás, pero sabe lo que está sucediendo. Y luego regresa la madre y, en muchas tradiciones, desde ese momento, se refieren al ausente con uno nombre nuevo que le ponen para no utilizar el recibido cuando superaron la prueba del “rite de pasâge” que vivió con los muchachos de su edad en la soledad y dificultades del bosque guiados por el hombre sabio. Así, están seguros de que regresará algún día para recuperar su nombre. En el mundo musulmán hay una hermosa tradición que se revive en días como hoy, viernes, en la oración principal del atardecer en la mezquita. Cualquier persona, descalza y con djellaba blanca y, a veces, cubierto con un velo o con un casquete blancos, se pone en pie y dice: ¡Oración por el ausente! Y todos se recogen para musitarla. Cada uno conoce sus ausencias. Por eso, después de desayunar, me quité la ropa de paseo, me duché y afeité, y me vestí esta djellaba blanca para escribir en la terraza. J C Gª F Siempre ne ha parecido interesante la opinión de Luis solana, por equilibrada y bien documentada. El tema de los impuestos nos afecta a todos, de una u otra forma. De ahí la importancia de permanecer informados y atentos para que la ideología no manipule la economía, sin que esta se mueva por la falacia de que "cuanto más, mejor", porque esto es inhumano y monstruoso. JC) La intervención del presidente Rodriguez Zapatero aporta un dato más para este debate que tenemos desde hace años sobre los impuestos. Hubo un tiempo (crecía la economía) en el que se podía decir que bajar los impuestos también es socialista. Hemos vivido otros minutos (la economía no va bien) donde se ha dicho que subir los impuestos a los ricos es progresista. Es curioso que cueste mucho entender que los impuestos no son una ideología, son un instrumento. Un instrumento de una ideología -puede ser- pero al final un instrumento. Lo fundamental es saber en qué ideología te sitúas; luego vendrá el cómo utilizas los impuestos en favor de tu ideología. Una persona socialista-progresista cree que el Estado es importante en la distribución de los recursos que genera la sociedad y que el éxito económico debe contribuir a la subsistencia de los derrotados mediante los impuestos. Al extremo, un socialista-progresista, cree que los impuestos permiten que la riqueza de los triunfadores se reparta entre los menos favorecidos. Y que nunca un derrotado tenga que acudir a la caridad, sino a la sociedad. El presidente Rodriguez Zapatero ha propuesto una idea que no está nada mal: los impuestos suben o bajan según convenga a la sociedad. Se acabó el dogmatismo de cualquier color. Si el PP gobierna, puede hacer suya esta doctrina. Si el PSOE continúa en el poder ya no tendrá que ideologizar los impuestos. Unos y otros están ante un instrumento cuya graduación depende de la ideología (algo) y de la coyuntura económica (mucho). Naturalmente que entre la política impositiva del PP y la del PSOE seguirá habiendo distancia; pero será una distancia propia de la ideología no de la economía. Cuando alguien del PSOE anunció que iban a subirse los impuestos a los ricos, me llamaron varios empresarios a preguntarme si el PSOE había enloquecido: más impuestos con la que está cayendo significa menos consumo y más paro. Bien es verdad que no contabilizaron que parte de esos impuestos irían a las empresas que construyen y a los desempleados que consumen. Pero es igual. Ahora ,Rodriguez Zapatero, relativiza la cuestión impositiva: hoy tenemos mucha gente que puede quedarse desamparada y los socialistas creen que los que más tienen está obligados a ayudarles. No a esperar que se hagan empresarios triunfadores, no, ahora. Pero avisa Zapatero que esos impuestos no van a ser permanentes: no hay deseo de que los ricos sufran o que los triunfadores sean derrotados por el Estado, no, lo que se quiere es que hoy ayuden a la supervivencia de algunos. Mañana ya seguirán su marcha y con sus triunfos seguro que seguirán creando empleo y riqueza. Me repiten algunos economistas que, sin la acumulación primitiva de los triunfadores, no se podrá crear empleo. De acuerdo, pero que esos economistas me expliquen cómo los triunfadores van a impedir que haya dramas sociales imparables hasta que ellos empiecen a crear empleo. La solución Zapatero es inteligente: hoy los que pueden ayudan a los que no pueden y mañana los que pueden podrán poder más; hoy los parados reciben subsidios, mañana los parados tendrán empleo y podrán estar entre los que pueden. Luis Solana Suelo llevar conmigo una pequeña libreta en la que anoto citas, datos o reseñas que me puedan interesar. Ni que decir tiene que tengo muchas y que, cada vez que abro un cajón, me encuentro con alguna. No hay más que considerar que, en cada viaje, llevaba una nueva. La mayoría nunca están llenas. Al igual que las agendas, que se van acumulando en los anaqueles desde hace décadas. Me da pena tirarlas, es como si contuvieran una parte de mi vida que, como tantas otras cosas, desaparecerán cuando avienten mis cenizas y hagan almoneda de tantos objetos queridos y útiles de trabajo que se han ido acumulando en algunos cajones que ni llegaron a abrirse cuando cambiaba de despacho. Y mira que he cambiado. En esas cajas y carpetas se recogen cosas e ideas que me interesaron mientras desarrollaba un proyecto y que se conservan “por si” algún día las necesitara. Todo esto después de la consabida destrucción de cartas, documentos y escritos que tuvieron sentido mientras ocupaba aquel puesto o desempeñaba aquella función. También he destruido muchas cartas y escritos por discreción y por respeto. ¿Quién no lo ha hecho? La verdad es que, al hacerlo, dolía. Hay docenas de Diarios comenzados y que pronto se interrumpieron. Casi siempre se iniciaron en tiempos de zozobra o mientras duraba alguna situación dolorosa. Y mira que he sufrido, y hecho sufrir. Muchos los he quemado, pero otros los conservo. No me arrepiento ni de haberlos escrito ni de haber destruido algunos. ¿Que hoy, con la perspectiva del tiempo que da la edad y la madurez adquiridos, podrían ser de utilidad? A veces lo he pensado, pero está uno más tranquilo con el let bygones be bygones. Recuerdo ahora algo que me ocurrió cuando yo tendría 12 o 13 años. Como estaba delgado y pegando estirones, a mi padre se le ocurrió enviarme una temporada a casa de un primo suyo que era párroco y vivía en un castillo, para que me fortaleciera. Qué cosas se les ocurrían. El cura mediría más uno ochenta y pesaría casi los noventa. Tenía el pelo blanco, de tez morena, manos grandes y voz grave y poderosa. Sus ojos eran profundos, como los de mi abuela paterna. Mi padre se metía con él, en las sobre mesas porque, cuando discutían, que solía ser cuando hablaban, llevaba abiertos dos o tres botones de la sotana sobre el pecho y por allí salían pelos negros y blancos que a mi padre debían fascinarle. Es como si Don Julio necesitara espacio para fundamentar mejor sus argumentos. Quizás era un residuo de la infancia, porque los padres también han tenido infancia pero pocos lo recuerdan. El castillo era de la Casa de Alba y lo habitaban los párrocos desde tiempo inmemorial para evitar su ruina. (Otro día hablaré de la hermana del cura, siempre ceñuda y con pelos en la barbilla; y de la muchacha y del marido de esta…) El caso es que con motivo de las fiestas patronales venían curas de todos los rincones para participar en procesiones y, sobre todo, en aquellas comilonas eternas, eternas. Venían a caballo desde otros pueblos. Entonces, parece que lo estoy viendo, llegó uno de casi dos metros de alto y ciento y pico kilos de peso. Era joven y rotundo, un brazo de mar que se abría camino al andar con sólo su presencia. Ahora se me ocurre ¿cómo resolvería sus problemas y que haría un tío como aquel en un aquelarre como este? Pues bien, su caballo llegó sudando y echando espuma por la boca. Echó pie a tierra, se bajó las faldas de la sotana, el manteo terciado, y con un vozarrón dijo a mi tío “Don Julio, este caballo mío necesita que alguien que lo monte, que no pese mucho (la madre que lo parió) y que le de una buena cabalgada porque ha debido comer algo malo y tiene que sudarlo”. Y Don Julio, sin dudarlo, dijo: “¡Que lo monte mi sobrino Carlos!”. Juro por los Cielos que no miento. Yo, con unos doce o trece años, espigado pero flaco, me sentí alzado por los aires por los brazos potentes del aquel batelero del Sena (¿recuerdan el cuadro de Renoir con los marineros y las damas de vida alegre en un merendero junto al río?) y colocado por el marido de la muchacha que me ajustaba los estribos y en previsión, extendió la manta a rayas del cura que llevaba atada sobre el arnés de su silla portuguesa. ¿Cómo fue posible aquello? ¿Cómo he sobrevivido?, ¡porque yo entonces no había montado en mi vida! El caballo poderoso que se vio aligerado de carga y con el portalón del viejo castillo abierto de par en par dijo “¡Patas, para qué os quiero!” Enfiló la carretera, y se puso a galopar sin parar hasta que llegó al pueblo vecino. Se paró, no me caí, y dio la vuelta echando espumarajos por aquella boca que con razón cayeron sobre la manta de la montura. Sudaba a chorros. Luego dicen que no existen cosas extraordinarias: el caballo, pasó al trote cuando avistó el castillo y luego entró al paso, como si viniera de un agradable paseo. Estuve varios días casi sin poder sentarme, con las nalgas, muslos y piernas escocidos porque, entonces, yo llevaba pantalón corto y calzaba zapatos. Y mire que no recuerdo el nombre de aquel pueblo y lo estoy viendo con mis propios ojos. ¿Por qué habré querido olvidarlo? Inciso: al ir a consultar el libro en la edición francesa, veo que tiene una dedicatoria del 19 de marzo de 1961. Todavía me faltaban cuatro años para casarme y ni siquiera pensaba en ello. Yo tenía entonces 24. Está dedicado en francés y firmada por un tal Nacho. De repente, no recordé quién era y porqué, con ese nombre, escribía en francés: “José Carlos: Je suis vraiment content de t’offrir ce livre pour la Saint Joseph. Je sais que tu l’aimes bien, comme toi aussi tu m’aimes bien. J’espère que quand tu penseras au Petit Prince tu te souviendras un peu de: Nacho”. Jo… qué de recuerdos, qué conmoción. Hace casi medio siglo y yo citaba esos textos y los utilizaba en mis charlas hasta el punto de que ese amigo, ahora sí lo recuerdo, hijo de un general y en cuya casa yo era bien recibido y querido, cuando quiso hacerme un regalo antes de mi regreso a Roma, para después irme a EEUU, buscó esa edición y escribió esa dedicatoria. Y bien, “así que pasen cien años” escribía Whitman, aquí, ahora que ha pasado medio siglo, pienso en ti, Nacho amigo, con emoción y en el vino fuerte de Calatayud, creo, que tu padre hacía servir en la mesa. Nacho, tendrá ahora más de sesenta años. Puff… ¿Veis? Lo que se olvida no se pierde, antes hay que haberlo sabido. Durante muchos años, cuando me daba cuenta de que, en alguna clase o conferencia, había hablado de muchas cosas, yendo de una a otra, relacionándolas sin cortapisas, como hago en este Tiempo de vagar bastante, solía decirles, al final y bajando algo la voz, como pidiendo clemencia: “Ahora, cuando traspasen esa puerta, olvídense de todo cuanto han oído aquí. No se preocupen, con Unamuno, ‘lo que se olvida no se pierde’ porque antes hay que haberlo sabido. Permanecerá en ustedes y llegará un tiempo en que, cuando lo necesiten, surgirán estas palabras e ideas que hemos compartido. Si tratan de memorizarlas ahora, no lo conseguirán y, además, les harán perder su eficacia. Que vuelen y se enraícen, pues cada una tiene su tiempo”. En clases solía decirles, “No se desesperen porque no puedan tomar apuntes. Olvídenlo. Déjense afectar, “tremper”, anoten, si acaso, una palabra, un nombre, un título… no se preocupen… después, ustedes siempre tendrán la clave del corazón para recordarlo, esto es, para “pasarlo otra vez por el corazón”. La memoria… la memoria es buena para eruditos y para concursantes en programas de TV. ¿Me creerán si les digo que, así, si me preguntasen, de pronto, no podría recordar ni una docena de fechas: descubrimiento de América, Revolución Francesa, caída de Constantinopla, fecha de El Príncipe, batalla de Las Navas, comienzo de la Hégira, proclamación de la República, Carta Magna, Revolución soviética, Edicto de Nantes, Independencia de EEUU, Constitución de Cádiz, Batalla de Sedán…bueno y algunas más; si me pongo a ello, algunas más saldrán. Eso que llevo más de treinta años de profesor universitario de Historia universal y de Historia del Pensamiento Político y Social… pero, pídanme que desarrolle un tema e irán saliendo, como cerezas, fechas, datos, gestos y hasta colores y aromas. Vivir es ver volver, y todo queda registrado, aunque no sepamos reproducirlo. Esa es la grandeza de la mente. En el diván del psicoanalista, durante una meditación de silencio en “la nube del no saber”, ante un gran golpe emocional, durmiendo, bajo el efecto de ciertas substancias, en los olvidos “casuales”, en las ocurrencias y chistes, hay cosas que no sabíamos que supiéramos. Ya he contado que, cuando me puse a escribir “Los Gazules”, afloraron cientos de cosas, de nombres, de situaciones, de olores y de gestos que me desbordaban y me obligaron a poner un glosario de varias páginas al final del libro. “¿Qué es el hombre ante el infinito?” – se preguntaba Pascal -, “Nada”. ¿Qué es el hombre ante la nada? ¡Un infinito!” De ahí que, esta mañana, llamase mi atención una cita de Shakespeare perdida en una de mis libretas. “Solo, serás como si no fueras”. Pertenece al Soneto VIII, y la traducción es de Luis Astrana Marín, pero la polisemia de la expresión en inglés hace que el profesor extremeño, Jesús A. Marín Calvario aporte en “La traducción de la polisemia… en el Sonnet VIII” más de una docena de versiones de buenos traductores. En el original: “Thou single kilt prove none”. Los estudiosos lo refieren a un proverbio extendido en aquel tiempo: “One is no number”, Uno no es número. Y a esta otra “One and none is all one”. “Uno y nada todo es uno”. Repito, es apasionante y yo he tenido que entrar en Google con el verso de Shakespeare para que te llovieran muchos comentarios pero, sobre todos, el trabajo citado. ¡Por un verso de un soneto! Y es que comprendí que ese era el más profundo sentido de mi vivir: ser para los demás, con los demás, con-vivir, compañero co-pain, con quien comparto el pan, simpatía sun-pathos… y así podríamos estar durante horas evocando y convocando o, mejor, dejando que afloren y emanen productos de esas siembras infinitas que hemos ido recibiendo durante toda la Humanidad. Sí, antes de nacer, ya se iba formando el humus en el que brotamos. Somos enanos caminando a hombros de gigantes. Todo cuanto existe nos pertenece, o mejor, formamos parte de todo cuanto es y ha sido, y estaremos en todo cuanto será. Es una evidencia de la sabiduría universal acogotada por el abuso de la razón y del discernimiento. La Lógica de Aristóteles igual que el Discurso del Método, de Descartes han sido y aún son muy “útiles”. Pero eso, la utilidad las hace instrumentos, medios, que se pueden transformar y cambiar para el crecimiento y la plenitud. El peligro es cuando el instrumento o medios se convierten en fin o el método se convierte en metafísica, como sucedió con el Marxismo. Por desgracia, hoy las técnicas van por delante de las ciencias, y estas, de la sabiduría. Podemos más de lo que sabemos. Comprendemos (cum- prehendere, abarcar) más de lo que entendemos (intus- leggere, leer dentro) y de ahí, saber. Mi maestro, Raimon Panikkar, a quien tanto deberé siempre en el proceso de liberación, llamó mi atención sobre la expresión inglesa “alone” = “solo” y ¡al mismo tiempo, casi fonéticamente “All one”= “todo y todos uno”! Como habéis visto, hoy ha sido día de divagaciones por la emoción de pasear dos horas por pasajes “olvidados” y recuperados de la Casa de Campo. Encima, llego a casa, y mi mujer me había comprado en “los chinos” casi un centenar de bolsitas de tela bordada y de cestos pequeños, así como pliegos de celofán y papel celo. ¿No es algo prodigioso? Este año, la cosecha de espliego ha sido formidable, ¿Qué importa de quién sea la “propiedad” del terreno o de una avenida que, aparentemente, sirve para pasar con el coche hacia otros sitios? Ya tengo faena, dafare, quehacer y buscaré ayuda de los nietos. Después de comer, en una película de Kevin Klein, “La casa de mis sueños”, una voz en off decía sobre un paisaje de puesta de sol sobre el mar: “El choque de una ola contra otra produce sonidos, pero yo no los escuchaba”. O algo así. Y, una vez más, para mis amigos, paciencia. Soy consciente de que todavía no he entrado ni en los precalentamientos, apenas si unos estiramientos. Pero intuyo que, si recupero la técnica de escribir, y permito que afloren mis sentimientos, intuiciones y “recuerdos” me encontraré con cosas que no sabía que supiera, ni que fuera capaz de crear. Por eso, procuro no revisar ni corregir estos originales, se perderían muchas cosas espontáneas por culpa de la razón, de las formalidades y de las convenciones y de los prejuicios. Dejémoslo así. ¡Ya vendrá el verano! De sobra sé que una obra no puede ver la luz sino después de correcciones y de correcciones en el original. Si no, sería una mera redacción y no una obra literaria. Buenas tardes. J C Gª F |