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J. C. García Fajardo

Tiempo de vagar bastante 17: El viejo de los espliegos

Unas amigas de nuestra edad acaban de regresar de un viaje en coche por Las Landas, en Francia. Es el tiempo en el que se aproxima la recolección de la lavanda y cientos de hectáreas están con plantaciones de flores azuladas en inmensas extensiones verdes que llenan de olor el ambiente y los pueblos cercanos. A todos nos es familiar ese olor de agua de colonia fresca, Atkinson quizás, vinculado a nuestras madres y por supuesto a la infancia. Uno nunca se cura de su infancia.
Al hogar me devuelven ciertos olores y sabores, entre ellos el de jabón de Heno de Pravia, Chanel 5, las manzanas y los melocotones. Quizás por la imagen de mi madre pelando pavías y cortándolas para poner en el vaso de vino de mi padre, mientras este le contaba historias del toreo. No, no recuerdo que fuera vino caliente ni con azúcar ni aguardiente, como sí recuerdo haberlo escuchado en casa que se repartía en los velatorios, espolvoreado con canela. Se llamaba “resoyo”, o algo así, y lo asocio a la muerte de mi abuela Marcelina, a quien no conocí pues murió cuando mi madre y mis tíos eran niños, pero cuyas exequias duraron varios días ya que la gente acudía desde todas partes por su generosidad sin límites, su casa siempre abierta y ella pendiente de las necesidades de todo el mundo.  Se congregaron doce plañideras que no pararon de llorar, de mesarse los cabellos y ensalzando las virtudes de mi abuela, mientras le daban al resoyo y a las pastas, en los descansos que hacían por turnos entre ellas. Mi abuelo, Don José les quiso dar un duro de plata a cada una, como se estilaba en las casas grandes, pero ellas lo rehusaron. A cambio hizo que les llenasen cestos con comida, embutidos y salazones.
Mi abuelo materno debió ser un trueno, en todos los sentidos. (Al parecer mi abuelo paterno tampoco le iba a la zaga, pero de este, otro día) Buen comerciante e industrial de salazones pero enamoriscador y, al parecer, violento que habría de casarse después con la cocinera de la casa, mientras los hijos e hijas eran enviados a internados de prestigio, y los más pequeños a casa de los abuelos en Postmarcos, Puebla del Caramiñal, en una finca vecina de la de Valle Inclán. 
De mi abuelo materno, contaba mi padre, en son de broma, que mandaba apagar el faro de Corrubedo para que naufragasen los mercantes y poder enviar a las gentes a las playas y a las rocas con grandes rastros de madera para apañar los restos y desvalijar a los náufragos. Sobre esto recuerdo haber escrito un cuento “O filho do morto” que, si lo encuentro, lo colgaré en este blog.
Es obvio que la historia era falsa pero que se apoyaba en leyendas del lugar, no exentas de fundamento y mi padre contaba esas historias a su modo, aunque le faltara la magia gallega. No, él procedía de León.

La mayor parte de estas historias las oímos de labios de “las primas de La Puebla” a las que yo sonsacaba cuanto podía. Una era maestra, alta y morena curtida por los vientos, algo hombruna, llamada Encarna. La otra era rubia y de ojos azules, tontona y mimada, que había padecido “del pecho” y nunca pegó golpe. Les llamaban “las señoritas de Posmarcos”, y Encarna manejaba la finca y a los trabajadores como una auténtica matrona.

Ambas murieron casi a los ochenta, habiendo vendido gran parte de las tierras y sin haber conocido varón. “Total, para lo que sirven…. No dan más que trabajos”. Mientras que Ángeles, la pepona rubia y con los labios pintados de carmesí, suspiraba. Algún día he de escribir algo sobre ellas.

A mí siempre me ha gustado escuchar historias, donde fuera y de quien fueran. De ahí arrancan las que, ya adulto y viajero, me sentaba a escuchar en los zocos africanos y pedía a mi intérprete de turno que me las fuera traduciendo en voz baja, lo cual no era difícil pues todos los contadores de historias utilizaban un sistema en círculo para que el auditorio pudiera recordar mejor: usan estribillos, repiten sentencias, vuelven a contar lo mismo pero atribuido a otros personajes. Igual me sucedió con poblaciones indígenas de Latinoamérica, o con campesinos y marineros de diversos lugares.

Recuerdo las broncas que recibía de niño cuando “me perdía” y mandaban a buscarme a algún velatorio que hubiese en la vecindad. Una vez murió una chepudita pero ya en su cuarentena y que, como había muerto soltera, la metieron en un ataúd blanco. Yo flipaba. Me senté cerca del féretro, en silencio y atento a todo lo que contaban de la finada. Era un espectáculo inolvidable todo lo que decían y le atribuían al muerto. En mi libro, Los Gazules, recuerdo algunas de esas vivencias que me acarreaban broncas bajo el consabido “No, si a ti un día te roban y te llevan con ellos”.
Se referían a los gitanos que acampaban cerca de la casa de mis padrinos. Allí estaba yo sentado junto al fuego ¡y bebiendo de una taza de hojalata un café ahumado que me ofrecía unja vieja con pelos en la barbilla!

Mi padre, como siempre, contaba cosas al respecto: “Fijaos si el difunto habría sido malo que, en su velatorio, sólo pudieron decir ‘¡qué buena letra tenía!’

En verano, solía celebrarse la fiesta de La Coca, en Redondela. Mis padrinos solían ir con toda una patulea de personas y empleados que montaban en un camión que seguía a su coche. Pues bien, yo tendría unos ocho años y me habían vestido de fiesta y advertido para que estuviera atento porque saldríamos hacia la hora de comer.
Preferiría no seguir… hacia las cinco de la tarde, “eran las cinco en punto de la tarde/ en todos los relojes”,  me encontraron sentado a la mesa de una boda cercana. Eran gente desconocida pero a la que se había referida nuestra cocinera, Manuela, con un enigmático… “esa ya va “catada”, o algo así, mientras le decía a su novio, Luis, el que tenía un diente de oro que se le veía cuando sonreía, y era casi siempre, “¡quietas las manos, Luis, que a mí no me cata nadie, como a los melones y a la tonta de la panadería!”   

Luís, repartía gaseosas de Troncoso en un carro tirado por un caballo que se alzara sobre las cuatro patas cuando se le soltaron los seis caniches a la cubana que gastaba inmensa pamela y que fumaba en boquilla. Allá fue ella. El caballo en el aire y los caniches colgados de sus partes, las botellas de gaseosa emocionadas que lanzaban al aire las bolas de cristal verde que las cerraba. Y pensar que ante tamaño desaguisado yo sólo pensaba en las que lograría coger para jugar a canicas, pues por cada una de vidrio verde te daban cinco de barro.

Adónde íbamos, las gentes asándose en el camión con sus niños, sus cestas con la comida, las abuelas… mi padrino apoyado contra la pared con la pierna derecha doblada, el sombrero hacia atrás dejando que un mechón rubio se le descolgase por la frente y un pitillo en los labios mientras sus ojos se le iban detrás del trasero de Amparo la planchadora, la mujer de Paco el Capullo, su chófer que siempre se metía en líos y que sólo pensaba en una cosa. Sí, en esa. Era uno de los chulos más conocidos y codiciados de la Herrería. Eso lo supe años después cuando fui capaz de hilvanar cabos mediante el software de la edad que descodificaba los imputs que yo guardaba en mi hardware. De otra manera no tendría explicación porque yo, por entonces, no había cumplido los nueve años que fue cuando hice la comunión. El pecado más grande del que me confesé fue que había llamado puta a la cocinera; luego, de sexo andaba en la inopia. Y lo de llamarle así, a pesar de lo que yo la quería, fue porque me lo dijo el sinvergüenza del Capullo, que también pretendía catarla.

Mi madrina, ya os podéis imaginar, paseando por la acera, con su bolso de piel y cabos a juego, su vestido con grandes lunares blancos sobre seda azul, y el peinado de “coca” y tupé que le había hecho Esperancita, como cada mañana.

Al final, me llevaron en brazos, (¿quién sería? seguro que Isabelita, la hermana de Rubén que era novio de Carolina) y me acostaron porque ¡había bebido vino con gaseosa y “vaya usted a saber qué otras porquerías”! Porque, “a este niño, un día se lo llevan, porque no vamos a poder hacer nada bueno de él”.
Lo de las lavandas rizadas. Resulta que cerca de donde vivo hay una avenida de más de dos kilómetros que lleva al golf. A ambos lados van hileras de romeros bien cuidados, y por el centro de los cuatro carriles, dobles hileras de lavandas que podan por estas fechas. No lo hacen como si fueran setos sino como convenga a cada una, quedando unas largas hileras de ondas que suspiran con el viento. Desde siempre, al final del verano, una prima nuestra nos regalaba bolsitas con espliego de su finca para colgar en los armarios de la ropa blanca y en los cajones. Pues, hará unos años que, visitando a unos ancianos en algún asilo, con voluntarios de Solidarios, oí algo así como “cómo huelen… a viejo”. No dije nada porque caí en la cuenta de que las personas mayores no bien cuidadas huelen de una manera especial.

Recogí una buena cantidad de espliego en el campo y me lo traje a esta casa. Con ayuda de algunos nietos, en esta terraza fui separando las rizadas flores de sus tallos para meterlas en pequeñas bolsas que iba haciendo mi mujer y cerraba con cintas de colores suaves. Después, las hicimos llegar a algunos centros para que se las colocasen entre la ropa blanca.

Cómo nos olían las manos en esta terraza mientras camelaba a los niños con chuches y coca-colas. Trabajaban con ilusión, pero, al cabo de un rato, se cansaban y se querían ir a la piscina. ¿Qué iba a hacer su abuelo que padecía la dolencia de “ver las cosas hechas”, mientras se le ocurrían?  

Mi mujer me ayudó durante unas tardes y, al final, volví a lo árboles de dos bosques cercanos por los que paseo con el perro, tijeras de podar en ristre, para liberarlos de las ramas secas o ladronas que siento que les molestan.

Hace dos días, al pasar por la avenida de la Finca volví a ver a jardineros vestidos con mono amarillo, podando y llenando con espliego sacos de plástico negro, tamaño  industrial, y los iban dejando atados para que los recogiera al día siguiente un camión… para tirarlos la basura.

Ayer me acerqué, charlé con un jardinero ecuatoriano que me dio permiso para llevarme los que quisiera.

Para hacer breve la historia. Subí uno a casa y lo tengo aquí, en la terraza, mientras escribo, mientras comemos o jugamos al rumy. Mi mujer no dice nada pero el olor es fuerte. Yo sé que piensa “Y ¿qué irá a hacer con semejante cantidad?”. Pero ya no me dice nada… Cuando se entere de que en el cuarto trastero tengo otros nueve sacos…

Por asociación de ideas. Este verano, caminaba por la playa  al encuentro de la familia. Pasé junto a dos niños entre seis y ocho años, que jugaban a la pelota y uno de ellos me espetó, así, sin venir a cuento, “¡Viejo!”

Su hermano de ocho años le dijo: “¡Se dice persona mayor!” El otro lo miró en silencio, mientras yo seguí caminando.

 

J.C.Gª F.

 

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