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J. C. García Fajardo

Tiempo de vagar bastante, 20: Pienso en ti

 

Hacía bastantes días que no lo veía, por eso, al ir a recoger el periódico, le dije:

- “¡Lo había echado de menos! Cuánto tiempo”. 

- “Es que fui al entierro de mi abuela”

- “Pero ¿no había ido hace unos quince días?”

- “Sí, pero esta fue la otra”

- “Dos abuelas en quince días… ¿Vivían en ciudades distintas?”

- “Qué va. Las dos en Manchuria, en la misma calle y puerta con puerta”

- “Vaya, pues sus padres no tuvieron que andar mucho”

- “Se conocían desde niños, y además, los patios por detrás se comunicaban por una puerta”

- “¿Manchuria, ha dicho?

- “No, en Almería, pero ir en coche hasta allá, no dormir, velatorios, familia y demás, ya se puede hacer una idea”

- “Ya me la hago, ya. ¿Estaban las dos enfermas?

- “Qué va. La segunda estaba más sana que una manzana, entraba y salía a la compra y, con su sillita de enea, a sentarse a la puerta, por la fresca, con las vecinas”

- “Sería también muy mayor, ¿no?

- “Qué va, unos setenta y cuatro”

- “¡C… casi me toca!

- “La otra sí que llevaba un tiempo enferma”

- “Me imagino que, de visitarla y cuidarla, no habrá resistido la emoción. Eso suele suceder en personas mayores que han vivido muchos años juntas”

- “¿Qué dice? Si no se hablaban, no se podían ni ver, por envidias, ya sabe”.

- “Sí, ya sé, pero, mientras estuvo enferma, ¿no había ido a visitar a su amiga y consuegra, con nietos comunes que entraban y salían de las dos casas, y con unos patios casi compartidos que, en Manchuria, digo, en Andalucía, se llega a ellos por las puertas que permanecen siempre abiertas?

- “Ya le digo, profesor, hacía años que no se hablaban y se servían de los nietos y de los hijos para enviarse puyas”.

- “¿Entonces?”

- “Ya le digo, los dos velatorios tuvieron las mismas gentes y, para colmo, les dieron a las dos, el mismo sitio en el tanatorio. Nadie se lo explica. Imagínese todo lo que salió en los velatorios. En cada uno llevaba la voz cantante la otra parte”.

- “¿Todo terminó bien?”

- “A ver… “

- “Se me ocurre que si la segunda no se murió por emoción y empatía…”

- “Le aseguro que no, profesor, nada de eso, al contrario, se detestaban”

- “Entonces, ya lo entiendo: Su segunda abuela…”

- “Ni se le ocurra utilizar esa expresión, “segunda abuela”, esta sobre todo no admitía ser la segunda en nada y, cuando llegábamos los nietos, había que hacer malabarismos y si yo iba con mi mujer ella iba  a una casa y yo a la otra a saludar primero, y cuando éramos niños hacíamos carambolas”.

- “Pues bien, la abuela que se murió “durante su último viaje a Manchuria/Almería,” no pudo resistir que la otra la precediese, no sólo en el velatorio, el entierro y funerales, sino en el más allá. Y decidió morirse para comprobar que todo era igual, y además, porque la había necesitado durante toda su vida, se habían querido de niñas y crecido juntas, y no supieron superar que otros extraños entraran en sus vidas. De hecho, dicen que la segunda se casó por despecho. Nunca supe qué significaba eso. Llegaron los hijos, después las bodas, nietos y bautizos, más gente extraña, y no lo resistió y como en Romeo y Julieta, se quitó de en medio. Lo malo va a ser cuando una descubra que la otra sólo utilizó un somnífero.

- “¿Cómo dice, profesor?”

- “Nada, amigo, son cosas mías, ya sabe, con los años…”

 

Juro que, después del desayuno, hoy tenía pensado irme a pasear a la Casa de campo, pero ¿quién se va de paseo con semejante historia en la puerta de tu casa? A saber por dónde andaría ahora mi versión. Así es como respondieron más o menos, en diversas circunstancias, Somersett Maughan y otros novelistas cuando les preguntaron de dónde sacaban sus personajes: “Yo me siento en el hall de un hotel, o en una varanda en Indonesia, o en una terraza de una ciudad… y las historias vienen solas”. Al contrario, hay que andar con un matamoscas, tú no, ahora no, ya te llegará…

La verdad es que no llegan, se esfuman y luego, ocurre lo que ocurre, y va un americano y escribe “Seis personajes en busca de un autor”. Por eso tiene uno que escribirlas, para que no te miren como a un fabulador extraño o como a un loco. Porque, imagínense, sentarse en esta terraza para desayunar y tratar de contarles estas cosas a otras personas. Te interrumpirían y te j… la historia. Menos mal que ustedes están ahí. O como escribió Whitman, en uno de sus últimos poemas: A ti, quienquiera que seas, y donde quiera que te encuentres, así que hayan pasado cien años y tengas mi libro en tus manos, recuerda que, cuando lo escribo, pienso en ti.

Por es, quizá también, los Massaï, cuando se despiden, no se dicen adiós ni hasta luego ni bye now ni I’ll see you, o nos veremos, arrivederci, shalam o shalom… sino que, se agarran por el antebrazo y mirándose en los ojos, ambos dicen: “Pienso en ti”.

Mi madre, al terminar una carta si, después de haberla firmado, se le ocurría algo que añadir, no firmaba de nuevo, sino que ponía Vale.  Los jóvenes hoy se saludan de diversas formas pero una de ellas es “Vale” con el significado de “Está bien”; no el del OK, “cero muertos”. Sino en la auténtica línea de Cicerón que, al concluir sus hermosas cartas, ponía: “Vale, quia si vales, valeo”. (Del verbo valeo, vales valere: estar bien, por eso: “Necesito que estés bien, porque si tú estás bien, yo también”).

En muchos países de África subsahariana, cuando alguien se va lejos, a la inmigración por ejemplo, lo celebran y despiden en la casa, pero nadie va más allá de las puertas de la ciudad o del límite del poblado. Excepto la madre que, con una lamparilla de aceite encendida en una mano y con una pequeña vasija de agua en la otra, va echando agua y aceite encendido, luz, en cada una de las huellas del hijo, que no vuelve la vista atrás, pero sabe lo que está sucediendo. Y luego regresa la madre y, en muchas tradiciones, desde ese momento, se refieren al ausente con uno nombre nuevo que le ponen para no utilizar el recibido cuando superaron la prueba del “rite de pasâge” que vivió con los muchachos de su edad en la soledad y dificultades del bosque guiados por el hombre sabio. Así, están seguros de que regresará algún día para recuperar su nombre.

En el mundo musulmán hay una hermosa tradición que se revive en días como hoy, viernes, en la oración principal del atardecer en la mezquita. Cualquier persona, descalza y con djellaba blanca y, a veces, cubierto con un velo o con un casquete blancos, se pone en pie y dice: ¡Oración por el ausente!  Y todos se recogen para musitarla. Cada uno conoce sus ausencias.

Por eso, después de desayunar, me quité la ropa de paseo, me duché y afeité, y me vestí esta djellaba blanca para escribir en la terraza.

 

 

J C Gª F  

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