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J. C. García Fajardo

Tiempo de vagar bastante

Tiempo de vagar bastante, 33 y 34: El tiempo de Galbraith, I y II

 Siéntese ahí mientras doblo estas cosas. Hace muchos años, cuando empezamos en la ONG, como no teníamos horarios y empleados, recibía a las visitas cerrando sobres, y animando al visitante, periodista, profesor o empresario, a doblar el paquete que le ponía delante, y les decía con una sonrisa “Se habla mejor mientras tenemos las manos ocupadas” Pues bien, no hace más de un año, le sucedió algo que nos contó en el jardín de Cantarrans, mientras metíamos flores de Lavanda en bolsitas para que los ancianos las pusieran entre sus ropas en los armarios. Sí, cosas así sucedían a menudo y ya no nos extrañábamos. ¿Que qué ancianos? Pues los que fueran, en esa ocasión eran para un asilo con casi dos centenares de ancianos y de madres solteras, que encontró en Pozuelo.

¿Pues de dónde iba a coger las flores? De los jardines de la universidad cuando ya comenzaban a secarse, en septiembre. Otras veces lo hacía con el romero o con lo que fuera. Ah, no. Decía que las cosas no eran de su dueño sino del que las necesitaba y, además, ¿quién es el dueño de la universidad?, preguntaba retóricamente, pues nosotros, profesores, alumnos y quienes trabajan aquí.

Bueno, eso sí, a sus amigos, a veces nos regalaba esas bolsitas que había cosido su mujer, pero siempre después de haber enviado las primeras a algún ancianato u hospital con enfermos de larga duración. Y yo qué voy a saber. Decía que las personas mayores que visitábamos a veces “olían a viejo”, como le dijo un día una niña refiriéndose a un anciano. Y él quería ocuparse de esas cosas pequeñas, como que oliesen bien sus ropas o que tuvieran plantas para que las cuidaran.

Que se nos va la olla, volvamos a lo nuestro, ese día contó:    

“Ahora hago gimnasia y ejercicios todos los días antes de venir a trabajar, si pierdo algún día me he propuesto sacar esas horas del sábado o del domingo. Habían anunciado en mi barrio la apertura de un centro deportivo municipal y que se atenderían las solicitudes por orden de inscripción. A mis años, caí en la trampa e hice cola un sábado por la mañana porque era en mi propia calle. Aproveché la cola para hacer amigos y enterarme de novedades. Quienes me conocen saben que no me gustan las colas y que prefiero renunciar a un evento si tengo que esperar demasiado. Como se escribió de Cicerón, “era incapaz de hacer antesala”, y por eso acabó como acabó.

En aquella ocasión, hice cola porque, era una buena concesión del ayuntamiento de mi pueblo a una cadena de gimnasios, spas, piscina etc. avalada por su seriedad.

Conseguimos inscribirnos, previo pago de una cantidad por la reserva. Al cabo de cuatro meses dijeron que podíamos hacernos socios previo certificado de empadronamiento y pago de matrícula y del primer mes. Pero, pasados dos meses, todavía no estaba en pleno funcionamiento y, encima, mis problemas cardiológicos me ayudaron a rajarme, a pesar de que el médico me decía que era necesario que hiciera el ejercicio adecuado. Me di de baja, convenciéndome a mí mismo de que, si paseaba todos los días dos horas, ya cumplía con lo del ejercicio. Además. Como dentro de unos meses ya se abría la piscina de nuestra urbanización pues, ya estaba.

Ya, ya. En la piscina habré nadado cuatro veces, en casi cuatro meses, aunque a veces iba con un libro para sentarme a leer sobre el césped, y luego nadaría. Igual sucedió con los paseos de dos horas, por fas o por nefas, no he sido constante.

Me alarmé cuando, no sólo no bajaba de los 100 kilos, restringiendo algo la dieta, sino que cada vez me sentía más torpe y menos ágil. Que lo pensaba antes de levantarme e ir a buscarlo, que me inventaba argucias para no caminar lo suficiente. Le daba vueltas a estas cosas, así como a lo que me costaba sentarme para el Zen, que había ido dejando, como el Taichí, por una u otra excusa.

Siempre he hecho mucho deporte: montaña, natación, equitación, tenis, golf… ¿por qué me había ido dejando? Y ya es sabido que los deportistas, cuando aflojan, parecen recuperar rápido los kilos perdidos así como la elasticidad adquirida y conservada durante años. Aunque la hubiera ido adaptando con la edad y cambiado de actividad deportiva.

No hay peor consejero que uno mismo. Nuestra capacidad para justificarnos, racionalizar miserablemente y auto engañarnos es inmensa. Lo hemos leído en los libros, lo hemos escuchado en conferencias y hasta hemos hablado en público sobre el tema sin el menor rubor.

Hasta que hace unos días, dije: “¡Hasta aquí hemos llegado!” (Como una amiga mía que no dominaba el inglés, y cuyo marido fue destinado en Nueva York. Ya de vuelta en España, un día nos comentó que lo peor había sido el servicio, que la cocinera, como era mejicana, funcionaba bien pero que el butler, un negro muy buen profesional y recomendado, pero que “sólo” hablaba inglés, no seguía sus instrucciones y se le hizo insoportable: “Hasta que un día, me armé de valor y le dije: ¡Hasta aquí hemos llegado, George!” (En EEUU, en ciertos ambientes, llevan siglos dirigiéndose a los negros con ese nombre, se llamen como se llamen. Aún recuerdo que, en un viaje en coche cama, le pregunté al empleado de WL que me atendía por su nombre. Se sonrió y me dijo “George, señor, como todos”. En los países árabe musulmanes, a las mujeres del servicio se les llama “Fátima”, sin más, mientras que a los hombres, “Mohammed”, sea cual sea el suyo.)

Entonces, el marido, un buen abogado internacional y con un sentido del humor, a veces más que irónico, le dijo, así como si nada: “¿Y cómo se lo dijiste, querida?”

“¿Qué cómo se lo dije? Pues como es debido: “Until here we can arrive!”

Sobran comentarios, porque me he desviado algo de lo que quería contar: La otra tarde recibí un SMS en el que el Club me animaba a reactivar mi inscripción… Y miren que yo desconfío de la eficacia de “esos SMS que son verdaderos spam inútiles…”, pues bien, regresábamos de disfrutar con el delicioso debate entre el anciano Descartes y el joven Pascal y, al pasar ante las instalaciones del Body Center, a 200 metros de nuestra casa, metí el coche en su aparcamiento y entré muy decidido. Mi mujer, me preguntó, sin sorna alguna: “¿Vas a venir al gimnasio?” “Creo que es muy conveniente que vengamos los dos porque… “, le respondí, utilizando ese plural a veces tan conveniente.

En fin, salimos de allí con todo firmado y el compromiso de incorporarme al día siguiente. A las ocho de la mañana ya estaba allí perfectamente equipado, hablé con el monitor (dos metros de alto, metro y medio de ancho y un peso en acero de unos doscientos kilos) una persona educada e inteligente que debía estar avezado a tratar con especimenes como el que suscribe, estamos acostumbrados a mandar, con una alta opinión de nosotros mismos, a quienes nos venían achaques como a nadie en el mundo, que teníamos que echar por delante los caballos de cómo le podían suceder estas cosas a una persona que había practicado tanto deporte etc. Imagínense el resto, hasta que al final, le dije: “Ayúdeme y cuide de mi”. Eso sí, añadí “por favor”

Aquel armario de cuatro cuerpos habló con suavidad, comprensión y complicidad, me animó, sacó una ficha amarilla de casi medio metro y fue haciéndome una tabla de ejercicios que “iríamos” haciendo suave y progresivamente…

Desde hace unos días, camino en la cinta, luego bici estática, todo esto ante un gran ventanal que da sobre espacios verdes, a pesar de unas pantallas de TV de gigante que, felizmente, están en silencio. Después, hago los ejercicios del circuito verde, después los del azul y dicen que aún me queda uno gris.
No me inquieto ni me fuerzo. Pero hago lo que debo hacer, bebo Aquarius como todo el mundo, de una botella ad hoc que te regalan junto con una toalla  “para el sudor”. Y aquí he advertido algo desde el primer día, hay personas que, al llegar a algún aparato, le pasan la toalla, y otros que también lo hacen al terminar. Los miras, y comprendes. Después, 10’ en el spa para relajarte, ducha, afeitarte, vestirte, camina hacia casa, desayuno y al curro.

 Tiempo de vagar bastante, 34: El tiempo de Galbraith, II

 "¿Veis el peligro, o mejor, el problema que hay que transformar en desafío? A estas edades tenemos la sensación angustiosa de que el tiempo pasa a una velocidad de vértigo, ya es otoño, ya es navidad, ya está el corte inglés, ese, machacándonos. Pues bien, el peligro está en que, como disponemos de todo el tiempo de un jubilado… necesitamos más que nunca  un orden, un cierto programa, unas actividades que nos ocupen y sirvan a los demás, pero también a nosotros mismos para no sucumbir en un desmoronamiento. Que sí, que amenaza y ante el que muchos sucumben haciéndose “invisibles”. Asumir un compromiso, aunque sea con uno mismo, nos ayuda a ser mejor nosotros mismos.

"Recuerdo que, hace ya muchos años, me habían contratado una universidad privada y una multinacional de hidrocarburos… - sí, padre, me acuso de haber sucumbido al dinero y vendido mi inteligencia como una suripanta cualquiera -  para organizar un Simposium sobre “Calidad  de vida y medio ambiente”. Los medios económicos que fueran precisos, no iban a ser escasos, pero había que traer a esa ciudad y a ese simposium, precisamente en esas fechas, a unas 20 personalidades, entre ellas varios premios Nobel, al alcalde de Londres y a los mayores expertos en la materia.

"Bueno, pues se hizo, pues, como le dijo un mariscal a Napoleón, (o a Luis XIV), ante una orden casi imposible de llevar a cabo, “Sire, si es posible, está hecho; si es imposible, llevará un poco más de tiempo, pero lo haremos, Sire”. Y lo hicieron. Porque, no sé si conocerían aquella norma de los jesuitas que aprendí en Roma: “Cuando tenga algo realmente urgente, busque a la persona más ocupada y encárgueselo. Esté seguro de que lo hará”. Nunca me ha fallado.

"Pues bien, la asociación con este tema vino porque tuve que localizar  al profesor John K. Galbraith  y supe que estaba trabajando en un libro en una casa que tenían en Suiza. “Pero no pierda el tiempo, profesor, el Dr. Galbraith tiene su agenda comprometida para los próximos tres o cuatro años y no puede aceptar compromiso alguno”, me dijeron en su despacho de la universidad norteamericana.

"Para hacer breve la historia. No sé cómo, yo, al poco tiempo, estaba tomando el té en aquella hermosa casa de los Alpes con Galbraith y con su esposa. Por supuesto que el profesor me repitió lo que me dijeron sus ayudantes y fue entonces cuando me dijo: “Cuando yo era joven, como usted, tenía tiempo pero no tenía dinero. Ahora, a mis años, tengo dinero pero no tengo tiempo”.

"En fin, que Galbraith vino a Bilbao, a la universidad de Deusto, al Simposium financiado por Petronor y la Gulff Oil Co. Yo sigo sin dinero, y el tiempo se me escapa como agua en un cesto.

"Voy a sacar a pasear a este pesado Raitán, y me sentaré con mi mujer para ver a Federer disputándose la final del Open de Nueva York, con ese potro desbocado y poderoso que barrió a nuestro querido Rafa Nadal, que hace aguas por más partes que las físicas, pero esto es otra historia.

J C Gª F

 

 

 

 

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Tiempo de vagar bastante, 27: O porque no me da, la gana

 

Le daba vueltas a estos temas porque quería compartir la desilusión para que no derivara a la frustración. No, eso no, ya sabe usted que era consciente de que un vaso de agua, dado con afecto, bastaba para justificar una existencia. Es como si contribuyeras, decía, a la expansión del cosmos. Claro que yo, a veces, me perdía pero en eso consiste la amistad, también decía, no sólo ni tanto creer a alguien como creer en alguien. Ahí era nada.

Se daba cuenta de que, el cambio a la vejez, la toma de conciencia surge con las limitaciones progresivas. Cosas que antes ni sabías que las podías hacer ni tan siquiera que las hacías, comienzan a ser consideradas, “¿la hago o puedo no hacerla?” “¿Y por qué tengo que hacer esto, ahora”, y,  sobre todo, “ por qué antes, no me costaba?” Esa fue una fuente de contrariedades que iba mascando en silencio. A veces, se desahogaba y todos trataban de restarle importancia, “a todos les sucede”, “A todos, ¿a quienes? ¿A los viejos?” Nadie nos había preparado, claro que lo sabíamos, lo veíamos en los demás, pero no lo “sabíamos” experiencialmente, y esto es una auténtica cabronada. Eso es, un desvivirse en vida y, para colmo, te van aparcando “para que descanse” “¡Pero si yo no estoy cansado para realizar otras tareas! Si fuera para tirar de un carro…, para eso no creo haberlo estado nunca, para conducirlo, si”…
“Y, encima, le llaman jubilación, qué sarcasmo, qué coño de júbilo, la alegría era antes y te das cuenta de que no has sabido aprovecharla… y eso que lo veíamos en otros, pero desde fuera, aunque se tratase de una visita a un asilo de ancianos o con algún miembro de la familia…o con otros compañeros jubilados antes que tú y a los que saludabas al pasar, si te los encontrabas… y si tenías tiempo  para charlar un momento y escucharlos.

“Ahora, todas estas cosas se alzan ante mí y recuerdo a compañeros jubilados a los que encontrabas en las escaleras, de vez en cuando, en los primeros meses de su jubilación… luego, ya no los  veías, porque a nadie le interesaban sus cosas. Todas esas cosas, ahora pesan y como, encima, dispones de todo el tiempo para pensarlas, pues estamos en un círculo vicioso, y ellos sentirían que y ano nos interesaban ellos. Me duele, me duelo.”
“¿O sería que antes no queríamos pensarlas y, por eso, nos aturdíamos trabajando, o viajando, o llenándonos de deudas, obligaciones y de compromisos, agotándonos en nuestros supuestos tiempos de descanso y de vacación? ¡Qué sarcasmo! Vacación, de vacare,  ocio, de nec-otium, y regresábamos exhaustos, de ex haurire, sacar aguas de un pozo”
Lo que más le molestaba es que llamasen Edad Dorada a esa progresiva limitación y pérdida de facultades, ¡la memoria, antes rápida como el rayo y que asombraba a sus oyentes! Desde hacía, eso, un par de años, le producía sufrimiento, y eso que él siempre había distinguido entre dolor, que tiene que ver con el cuerpo, y sufrimiento, que procede de la mente, aunque se exprese a través del cuerpo y ¡de qué manera le gustaba analizar las somatizaciones a su alrededor, y las suyas propias! También recordará como nos enseñaba a distinguir en temor y miedo: temor era ante un dolor que se esperaba, como en el dentista o en un postoperatorio, mientras que miedo era ante lo desconocido ausente. Por eso, solía decir, según los Padres, y sobre todo, el Damasceno, o algo así,  “Jesús no pudo tener miedo, sino sólo dolor”. ¡Como si no les bastase!

Usted lo recuerda bien, buscaba sinónimos, reinventaba estrategias para recuperar un nombre o una fecha o algún encuentro. Llegó a un extremo en el que temía no saludar a alguien conocido, o de que no le saludasen porque no lo reconocieran. Ya sabe, transferencias y demás. “Las vejez era esto…” decía, y eso que decía que durante toda la vida había dejado cosas para acometer cuando dispusiera de más tiempo, libros que leer, que escribir, lugares que visitar, cosas que hacer… Se sentía mal cuando recordaba con que inconsciencia había dicho que sólo los tontos de aburrían… y él no se aburría, se sentía desconcertado… porque el tiempo y las cosas se le escapaban de las manos, ¿recuerda? “como agua en un cesto, o como en un sombrero lleno de lluvia, o como las hijas de Niobe, condenadas a traer el agua en cántaros, desde el río, para verterla en una orza con agujeros en su base. Claro, ¡no se llenaba nunca! Y él solía añadir con malicia “¿Recuerdan cómo hemos resuelto la condena del pobre Sísifo? ¡Que se subiera sobre la roca cuando hubiera caído de nuevo desde la cima de la montaña, que sacase su gaita y se pusiera a mear sobre ella! ¿No ven que no había roca, porque no había montaña y porque Sísifo nunca ha existido?” Y se quedaba tan pancho. “Pues la maldad de la condena de Niobe y de sus hijas era que el mito decía que vertían el agua en un gran cántaro sin fondo… ¡qué c… nada! ¡Qué sevicia y qué ganas de fastidiar, por no emplear otro término! Ese, en el que están pensando. Pues, ya que la orza o alcuza tendría agujeros… a alguien de esta clase se le podría y debería ocurrir que los taponasen con barro, bosta de vaca o estopa. No, tenía que ser sin fondo.”

Hablaba, a veces, entre su equipo más cercano, de recuperar el Zen, su liberadora disciplina, el vacío, el sansara, la experiencia del satori, la libertad y el humor de los bodishatvas… pero temía que, en esta situación se le convirtieran en vías de escape, en huidas ante una realidad no asumida. No, no, créame, de la religión hacía tiempo que no se ocupaba en lo que a él se refería, aunque sí como ideologías y estructuras esclerotizadas de poder y de codicia, de engaño y de intencionada narcosis.

Pero mañana seguimos, porque ahora tengo cosas que hacer… Sí, por ejemplo, cambiar el curso del agua en las acequias. ¿Qué no sabe cómo se hace? Venga que lo aprende en un pis pás. Claro, si está dispuesto a meter los pies en el fango.

J J Gª F

Tiempo de vagar bastante, 26: Porque me da la gana

La cosa comenzó a mediodía, o más bien, se supo. Nadie se lo ha podido explicar. Tan bien como se encontraba, a pesar de sus achaques, claro, pero parecía haberse estabilizado. Cierto que ya hacía unos días que, de vez en cuando, decía que no se encontraba muy bien, que le parecía como si por dentro algo se le fuera a desmoronar.
No. En la última revisión médica lo encontraron bien y le dijeron que continuase con la misma medicación, salvo que doblase los diuréticos para ver si así aliviaba la hinchazón de los tobillos. Hasta volvió a ponerse medias de goma que, con este calor que estamos pasando, le resultaban incómodas.

Había salido a dar un paseo, como cada mañana, aunque se quejaba a sí mismo de no ser constante con esa práctica que le venía tan bien desde todos los puntos de vista, desde el cardiológico, hasta el de su propio bienestar. Decía que pasear por el campo lo revitalizaba.

Sí. También se quejaba últimamente de que no era capaz de cumplir algún plan que se hubiera propuesto. Por ejemplo, toda la vida se había acostumbrado a adaptarse a un horario que solía ser invariable durante todo el curso. Otras veces, cuando tenía que atender a otras ocupaciones, lo variaba para integrarlas en su plan de vida. ¿Qué ocurría? Pues que como solía estar tan ocupado y con tan diversas cosas al día necesitaba organizar su tiempo y administrar sus fuerzas.

Bueno, eso lo decía cuando, al final de la semana, se encontraba cansado. ¿No iba a estarlo? Pero seguía fiel al principio de que cada problema era un desafío que aportaba la solución si se planteaba como era debido.

Claro que reflexionó sobre el tema cuando vivió la experiencia del encuentro/descubrimiento de la riqueza de los pueblos de África negra durante su año sabático. Un anciano le había dicho sonriendo y lleno de razón: “Los blanquitos dicen que los africanos perdemos el tiempo, que nunca llegamos a la hora, antes o después, pero nunca a la hora. ¡Como si el tiempo existiese! El tiempo lo vamos haciendo según lo necesitamos. Por eso, ¿qué es más importante, llegar a un lugar a una hora “en punto” o quedar con el amigo al caer de la tarde, al final del día, hacia la puesta de sol? Son muy extraños estos petit blancs, siempre de prisa, siempre apurados, mirando el reloj y no sabiendo aguardar, ellos dicen esperar. No es lo mismo. Pero qué le vamos a hacer, ellos son así, y por eso se sienten tan solos.”

Usted también conocía la historia, pues le gustaba contarla. El problema, al parecer, surgió con la jubilación. Como desde ese momento disponía de todo el tiempo del mundo, como no estaba obligado a ningún horario, ni lo esperaban en ningún sitio ni lo acuciaban para entregar un original o unas pruebas… sentía como una desolación. A ver si me explico.

Durante años, si se apuntaba a un curso de Taichí, o de jardinería o de bonsáis, o practicaba algún deporte, o se comprometía a unas conferencias o a participar en un programa de radio, ya podía caerse el mundo que todo funcionaba como un reloj. El decía que en gran parte se lo debía a la práctica de la meditación, al amanecer, durante tantos años pero que, desde hace un año o cosa así, había ido dejando. Con el pretexto de las consultas médicas, de las esperas, pruebas y análisis. Temores a los diagnósticos y a los postoperatorios.
Ah ¿qué se creía, que era inmune al dolor o que tenía la paciencia de Job? Pero si él mismo confesaba que de los pecados capitales, no le pedirían cuentas por la envidia ni por la gula ni por la soberbia o por egoísmos ni por la codicia, y aquí entre nosotros, respecto a la lujuria… en estos últimos años, se lamentaba en confianza de no haber disfrutado más y mejor de esa capacidad, pero sí por la impaciencia. Eso le producía desazón porque lo padecían los demás. Él decía que tenía esa cruz como otros sobrellevaban otras, si se le ocurría algo ya lo veía hecho y terminado y, claro, quienes le acompañaban no podían mantener ese ritmo. Puede que fuera eso, pero yo más bien creo que era un hábito que había adquirido a fuerza de cumplir los compromisos y las responsabilidades aceptadas.

Ah, eso sí, siempre contaba a sus alumnos y amigos que hacía las cosas “porque quería”. Por ejemplo, decía, “cada mañana vengo desde mi casa a la universidad y conduzco por la derecha”. Ante la cara de asombro de los alumnos o de la audiencia, añadía: “Cuando estudiaba en Inglaterra conducía por la izquierda, como hacen también en Australia o en Nueva Zelanda”. Se incrementaba el silencio y las miradas inquisitivas preguntándose adónde los estaría llevando. “Sí, yo podría conducir en Madrid por la izquierda y me pegaría una torta de miedo, pero poder, podría. Igual sucede con el resto de las obligaciones aparentemente impuestas. Uno las debe hacer porque le da la gana, si no quiere, no las hace, y se atendrá a las consecuencias. Ah, esa es la ley del karma: se recoge lo que se siembra”.

 

Por eso estamos así, tan sin saber qué hacer, aunque él siempre lo había dejado claro: ni entierro, ni funerales ni historias: esparcir sus cenizas en el mar o en la montaña al pie de una encina o de su querida acacia africana que se destaca en el horizonte ofreciendo sombra, descanso y reposo para las aves. Pero ya nos ve, así, sin saber qué hacer… si el cuerpo al menos hubiera aparecido.

(sigue en 27)

Tiempo de vagar bastante, 26: La libertad de obrar, la responsabilidad de dirigir

 

 

Si supierais qué bien están los jardines y qué verde el césped de este gran campus de la Complutense. Para que, en la tórrida Castilla, se puedan mantener así, a comienzos de septiembre, ha sido necesario un trabajo de jardinería constante, que no conoce vacaciones, que riega y poda y limpia y acomoda y protege. Igual están los campos de deportes y sus instalaciones.

¿Por qué me siento algo triste? Porque dentro de unos días llegará la invasión de los “bárbaros”, “extranjeros” “alien”, en el más genuino sentido del término. No por ser de otros países, que muchos de estos disfrutan de estos espacios durante los cursos de verano. Por supuesto, no significan mucho comparados con las más de cien mil personas que nos movemos por aquí durante todo el curso.

Se trata de “matriculados” por primera vez, y los que ya llevan años en estas facultades.

Yo opino que los céspedes de los campus universitarios, sus jardines, terrazas, arcadas, paseos son para que los disfruten alumnos, profesores y el personal que trabaja con nosotros en sus ratos de descanso. He tenido el privilegio de estudiar o de visitar universidades de otros países de Europa y de EEUU y sé de lo que estoy hablando.

Si vierais de qué manera quedan destrozados estos céspedes, papeleras, hasta setos y alcorques al aparcar sus vehículos o porque se les ha ido la pelota. Pero no es eso lo que más me afecta, esta es la palabra, sino que tiran papeles, colillas, vasos que sacan de la cafetería, cascos de botellas y botes, así como los periódicos sobre los que asientan sus posaderas, que luego lleva el viento de aquí par allá, junto con los plásticos y demás.

El jardinero que cuida el jardín y el césped de nuestra Facultad, desde hace 20 años, se llama Antonio. Cuántas mañanas, al llegar tan temprano, nos miramos en silencio mientras él acarrea carretillas y trata de arrancar del suelo los tapones de las botellas y los cierres de los botes. Porque son funestos para las máquinas de segar el césped, y los cristales de las botellas… son peligrosos para todos. Por supuesto, que hay papeleras por todas partes y grandes contenedores junto a cada facultad o escuela. Llega un momento en que, en algunas zonas,  puedes caminar sobre un lecho de filtros de pitillos y restos de paquetes… cuando no, los lunes por las mañanas, sobre condones usados rodeados de una nube de pañuelos de papel. ¡Claro que aplaudimos y recomendamos el uso de los preservativos, faltaría más! ¡C… pero no aquí, precisamente aquí! Como no es imaginable que defequen en los jardines, hasta ahí ya llegan, pero cambiar el agua de la cerveza al pájaro al pie de un árbol de o de un matorral, ya forma parte del paisaje.

Yo me llevo preguntando desde hace más de medio siglo: ¿Pero cómo viven en sus casas? ¿Tiran así las cosas al suelo? ¿No habrá alguno que tenga una terraza o un balcón con tiestos? ¿No son capaces de valorar el esfuerzo de los obreros que lo cuidan, que transportan abonos y plantas, que se llevan cada noche toda esa basura?

Como las cosas “son de todos”, pues nadie se responsabiliza y muchos hablan de los obreros, de los trabajadores, de los parados, de la falta de sentido social y de solidaridad… Cada mañana encuentran las facultades, las clases, los baños, la biblioteca, la cafetería, la sala de fotocopias o de ordenadores… limpio y en orden. ¿Creerán que eso se hace solo? ¿Saben que hay más de treinta personas de la limpieza, por facultad y escuela, que llegan a las siete de la mañana y han cambiado varias veces de autobús o metro para llegar desde donde viven, en los alrededores de Madrid?

Por supuesto que hay personas civilizadas que respetan y valoran lo que la sociedad pone a su disposición como estamento auténticamente privilegiado, el de los universitarios. ¿Les habrá alguien enseñado que con lo que pagan de matrícula no se cubre ni el 20% de los gastos reales de una universidad que, por supuesto, pagamos los contribuyentes? Y luego, algunos descerebrados sostienen que no es necesaria la asignatura de “Educación para la ciudadanía”, mientras exigen enseñanza de ideologías religiosas y ¡que se puedan evaluar como créditos! ¡Qué disparate! Las religiones, sus dogmas, moral y liturgias las debe aprender, quienes lo precisen, en mezquitas y medersas, en sinagogas y escuelas anexas, en templos e iglesias correspondientes.

En este tema, como en otros que atañen a la dignidad de la persona, a la libertad, a la justicia y a sus derechos fundamentales me declaro beligerante activo. Bastantes décadas he tenido que vivir bajo la losa y la prepotencia de sistemas ideológicos y políticos totalitarios.   
Ah y que conste que estoy a favor del botellón y que he explicado y publicado mis razones, pero como es debido, donde no molesten a los vecinos, en donde haya grandes contenedores y servicios higiénicos, en donde se advierta y recuerde que tienen que recoger sus desperdicios y botellas, que haya alguna unidad móvil de ayuda sanitaria que pueda intervenir si fuera preciso, en donde las fuerzas de seguridad del campus o de la zona en cuestión disuadan a cualquier esperpéntico atrabiliario e incivilizado que hay unas normas que tienen que cumplirse. Y al que no lasa cumpla, calle.

Alguno de ustedes se extrañará. Pero, si tienen hijos o nietos entre estos cientos de miles de jóvenes que pueblan nuestras universidades, dotadas de campos, de espacios y de lugares habilitados para que sean utilizados durante  unas horas en las noches de los viernes o de los sábados ¿no lo preferirían a que se pudran en locales llenos de ruidos, con una atmósfera irrespirable, y pagando lo que no alcanzan unas bebidas de garrafa de muy dudosa procedencia?

Ah, Qué no tienen derecho los jóvenes a reunirse, echarse unas risas, escuchar música, fumar al aire libre y tomarse unas birras? Lo tienen  y también a que las autoridades académicas, que es el área en la que me muevo, provean de manera sensata, firme y racional.
Si fuera con concejal, alcalde o consejero en una autonomía les aseguro que buscaría alternativas. Claro que “no se puede hacer todo”, “ni llegar a todas partes” y que “hay prioridades”. Claro que sí, pero lo que no se alcance por justicia, se tomará por la fuerza. Que no es fácil ya lo sabemos, pero que a nosotros nos incumbe la responsabilidad de ofrecer alternativas está fuera de toda duda. Que no haya protesta sin propuesta alternativa. Gobernar y dirigir es tomar decisiones.
Lo más penoso es que muchos de ellos, más que muchos, dicen que “aquí no hay diferencias”, “nadie tiene que mandarnos”, “ya somos mayorcitos”, “todos somos iguales”… sí, pero unos más que otros.

 

J C Gª F

Tiempo de vagar bastante, 25: Dale con el Darwin tanto dar la lata

Tiempo de vagar bastante 25: Dale con el Darwin tanto dar la lata

Estaba trabajando en mis cosas y ya tenía, más o menos, pensado el tema que iba a desarrollar en esta sección. Pero llegó un mensaje de un amigo  lleno de angustia de desesperación. Esta es la respuesta que le envié, por si sirve para algo.

jc

Puede que la vida no tenga sentido... (Yo no se lo encuentro)
Pero tiene que tener sentido vivir, aquí y ahora.
Entra en la mar océana, pero desde la playa más próxima, claro y “permite” que ese saco de sal que llevamos a la espalda... ¡se irá disolviendo por sí solo!"... Sólo es sal, agua... todo nuestro pasado, y la visión a través del cristal de la angustia, del estrés y de la neurosis... no es más que sal, agua, sudor... pasados... ya todo es pasado. El 80% de nuestro cuerpo no es sino fluidos, agua, y minerales.
Ni aunque hubieras asesinado, robado, militado en el frente equivocado, pon en este saco todo lo que consideras "culpas", aunque no lo reconozcas, y verás que no son sino vacío, ni aire siquiera... Si ha habido alguna injusticia, amarteia, y se puede reparar, que se intente... De todas formas, "let bygones be bygones".
Los maestros dicen que, una vez alcanzada la otra orilla, es preciso abandonar la balsa o hacer un fuego con la patera. ¿Te apenan las meadas o cagadas de la infancia? ¿Las pajas a escondidas, los tocamientos furtivos o las miradas prohibidas, los sueños incómodos, el sudor de tus pies y de todo tu cuerpo limpiado en la ducha? Porfa... entra en el agua, libérate a ti mismo de esa tela de araña que te empeñas en conservar. No hay mañana, pues tampoco existe el ayer. ¿Qué pretendes, ser el más jodido del cementerio, ya que no puedes ser el más rico?
Todo ese sufrimiento -más que dolor- está en tu mente... y claro que se pasa mal... pero no vale la pena. Hay que vivir aquí y ahora y comenzar a recuperar el sabor y el valor y la belleza y el goce de las pequeñas cosas: el agua, la luz, la manzana, la piel, la caricia, la sonrisa, la corteza del árbol, la bolsita de lavanda que estrujas en tu mano, el romero que colocas en un recipiente con agua, la ropa limpia, el pan con tomate, el vino, unos huevos bien fritos con patatas bien fritas... sal al campo, a un parque, a un jardín -como en este que conoces de Cantarranas, desde el que escribo- y lleva un cuaderno y un boli y vete anotando todo lo bueno, todo lo hermoso, todo lo sabroso, lo verdadero, lo auténtico, lo proporcionado, lo armonioso, que se te ocurra... Giulietta Massina, en La strada, le pregunta a Anthony Quin, Zampanón, cogiendo un canto de la cuneta - ¿Ves esto, Zampanón? Es como una estrella, allá en el firmamento, como tú y como yo, como esta semilla de tomate que acabo de plantar en la cuneta... es una piedra. Es algo, Zampanon, y no se queja"

Un abrazo y no permitas ni toleres a nadie que te diga "Pero si eso no es nada"
Es, y jode, pero hay que lanzar toda esa mierda al mar, o al campo, o por la ventana. Ya ha pasado.

Y qué manía con lo de buscar el “sentido de la vida”.

Me viene la memoria esta copla de los Triciclo, creo.
“Dale con el Darwin tanto dar la lata
si el hombre viene de la patata”
Un abrazo

J C Gª F

 

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Tiempo de vagar bastante, 24: "Esos días azules, ese sol de la infancia" (A.Machado)

Esta mañana ha sido de gran trabajo y creatividad. Editando interesantes artículos de otras personas y colaboradores, preparando el comentario para el libro de la semana en el CCS, colgando artículos y comentarios en mi blog y haciendo llegar algunos a una amplia red de amigos a los que llamo RDM.

Robadores de momentos: Los ladrones se apropian de lo que no es suyo, los “robadores” toman lo que les pertenece desde largo tiempo, aunque no lo supieran.

Esa red ha ido formándose a lo largo de décadas, algunos nombres están en silencio o, a su manera, en stand by. Pero todos se conservan en mi corazón. Basta que los evoque para que surjan de nuevo con lo mejor de ellos mismos, con las mimbres que tejieron nuestras relaciones y con las estructuras que forjaron nuestra amistad. Las actividades, los cambios de estado, las nuevas responsabilidades, qué sé yo… pero así es la vida. Unos siguen, otros descansan, otros nuevos llegan.

Escribió mi admirado compañero, Jorge Reverte, “A lo largo de mi vida, sólo conservo recuerdos vivos de aquellos lugares que han tocado de alguna manera mi corazón”. A mí me sucede lo mismo con las personas. De recuperar algunas vivencias, ocurridas en un tiempo y lugar precisos, se trata en este tiempo liberado.

Y en otro momento, evocando al autor francés que confesó: “Uno nunca se cura de su infancia”, Reverte escribe “nunca he dejado que se desvanezca el niño que fui y lo trato de mantener contra viento y marea”. Pues, eso.

En esta mañana también me llegó una publicación que lleva un texto que me pidieron hace unos meses. Y que quiero compartir con vosotros:

"Pareciera que el sentido de vivir fuera tener. Conseguir bienes y dinero a cualquier precio. Se confundía valor con precio. Se buscaba el poder por el poder y se sostuvo que la “función” del Estado era velar por la seguridad para que pudieran prosperar los negocios. En lugar de reconocer que el “sentido” del Estado es la justicia y el bienestar de los ciudadanos.

Se explotaron pueblos y tierras bajo el pretexto de la civilización, de la conversión a “la religión verdadera” y de implicarlos en la sociedad de mercado. Los ciudadanos fueron tratados como súbditos en perenne minoría de edad, incapaces de gobernarse a sí mismos y necesitados de colonización, erradicación de sus costumbres para ser utilizados en el desarrollo de las metrópolis.

Se implantó el etnocentrismo europeo con la bendición de los poderes religiosos. Se escribieron tratados para justificar el pretendido y blasfemo derecho divino de explotar sus “recursos” naturales y humanos. Se reconocían los valores de una economía de mercado, pero impusieron la sociedad de mercado. Tampoco escucharon a quienes denunciaban esa deriva criminal y suicida.

Actuaron como si no fuéramos “tierra que camina”. Sin tener en cuenta que lo que suceda a la tierra, nos sucederá a nosotros.

Se denunció el fantasma de injusticia, hambre y desolación que recorría Europa. Se alzaron en revoluciones fallidas hombres y mujeres que apostaban por una sociedad más justa y solidaria. Se bastardeó el liberalismo humanista hasta convertirlo en ideología capitalista tan perversa como los totalitarismos soviéticos y fascistas.

Se produjeron guerras con millones de víctimas, pero lo que contaba era la explotación de las victorias ratificadas con armas de destrucción masiva. La más letal, el hambre.

Olvidaron que la victoria nunca trae la paz porque genera humillación y venganza. La única paz auténtica procede de la justicia.

Enfermas las ideologías, un rumor esperanzado recorrió el mundo y se alzaron voces sabias y generosos voluntarios sociales para luchar por “Otro mundo posible”, más justo y humano, más acorde con la naturaleza.

La voracidad especulativa y financiera se propagó como cáncer letal. Y vino la hecatombe que padecemos. Bancos y entidades financieras, ejecutivos con alma en paraísos fiscales y soberbios y oscuros poderes se vieron ahogados en su propio éxito. No pudieron más y reventaron, pero en lugar de reconocer sus crímenes y reparar injusticias, se erigieron en jueces exigiendo a los Estados que les ayudarán para socializar sus pérdidas cuando ya habían privatizado sus ganancias.

Tiene que ser posible la esperanza, sostenida por nuestro esfuerzo. El de la sociedad civil transformando las instituciones.

J C Gª F.

Tiempo de vagar bastante, 21: Solo, serás como si no fueras

 

Suelo llevar conmigo una pequeña libreta en la que anoto citas, datos o reseñas que me puedan interesar. Ni que decir tiene que tengo muchas y que, cada vez que abro un cajón, me encuentro con alguna. No hay más que considerar que, en cada viaje, llevaba una nueva. La mayoría nunca están llenas. Al igual que las agendas, que se van acumulando en los anaqueles desde hace décadas. Me da pena tirarlas, es como si contuvieran una parte de mi vida que, como tantas otras cosas, desaparecerán cuando avienten mis cenizas y hagan almoneda de tantos objetos queridos y útiles de trabajo que se han ido acumulando en algunos cajones que ni llegaron a abrirse cuando cambiaba de despacho. Y mira que he cambiado. En esas cajas y carpetas se recogen cosas e ideas que me interesaron mientras desarrollaba un proyecto y que se conservan “por si” algún día las necesitara. Todo esto después de la consabida destrucción de cartas, documentos y escritos que tuvieron sentido mientras ocupaba aquel puesto o desempeñaba aquella función.

También he destruido muchas cartas y escritos por discreción y por respeto. ¿Quién no lo ha hecho? La verdad es que, al hacerlo, dolía. Hay docenas de Diarios comenzados y que pronto se interrumpieron. Casi siempre se iniciaron en tiempos de zozobra o mientras duraba alguna situación dolorosa. Y mira que he sufrido, y hecho sufrir. Muchos los he quemado, pero otros los conservo. No me arrepiento ni de haberlos escrito ni de haber destruido algunos. ¿Que hoy, con la perspectiva del tiempo que da la edad y la madurez adquiridos, podrían ser de utilidad? A veces lo he pensado, pero está uno más tranquilo con el let bygones be bygones.
En su momento, sirvieron de desahogo en alguna pena o dificultad que no podías compartir sin agobiar a otra persona. Y también resultaron útiles al servir de freno a las extravagancias de las fantasías. El hecho de someterse a los límites de la palabra escrita, de la prosodia, de la gramática y de la sintaxis ayuda a controlar las riendas de las arriesgadas galopadas de la imaginación y de la fantasía. La primera es útil y necesaria, la segunda encierra grandes peligros si no sabes deslindarlas. Puedes, como con los caballos, soltarles las riendas en la playa, en el desierto o en una espléndida llanura, pero sin dejar de sentir siempre en tus dedos la boca del caballo.
Los principiantes suelen agarrarse a las riendas como si ellas pudieran darles seguridad alguna, fuera del control de la cabalgadura. Los caballos padecen mucho con esos tirones sin sentido. La seguridad te la dan las piernas, los talones bien bajos, el culo que saca brillo a la piel de la montura, meter los riñones y echar la pelvis hacia delante, y el ritmo. Hasta que llega el día en que, entre los dedos meñique y anular, una rienda, y entre el corazón y el índice de la mano izquierda, la otra, sientes el belfo del caballo, casi su aliento; es algo que te puede recorrer el cuerpo. Y eso aunque lleves pecho petral y gamarra.

Recuerdo ahora algo que me ocurrió cuando yo tendría 12 o 13 años. Como estaba delgado y pegando estirones, a mi padre se le ocurrió enviarme una temporada a casa de un primo suyo que era párroco y vivía en un castillo, para que me fortaleciera. Qué cosas se les ocurrían.

El cura mediría más uno ochenta y pesaría casi los noventa. Tenía el pelo blanco, de tez morena, manos grandes y voz grave y poderosa. Sus ojos eran profundos, como los de mi abuela paterna. Mi padre se metía con él, en las sobre mesas  porque, cuando discutían, que solía ser cuando hablaban, llevaba abiertos dos o tres botones de la sotana sobre el pecho y por allí salían pelos negros y blancos que a mi padre debían fascinarle. Es como si Don Julio necesitara espacio para fundamentar mejor sus argumentos. Quizás era un residuo de la infancia, porque los padres también han tenido infancia pero pocos lo recuerdan.

El castillo era de la Casa de Alba y lo habitaban los párrocos desde tiempo inmemorial para evitar su ruina. (Otro día hablaré de la hermana del cura, siempre ceñuda y con pelos en la barbilla; y de la muchacha y del marido de esta…) El caso es que con motivo de las fiestas patronales venían curas de todos los rincones para participar en procesiones y, sobre todo, en aquellas comilonas eternas, eternas. Venían a caballo desde otros pueblos. Entonces, parece que lo estoy viendo, llegó uno de casi dos metros de alto y ciento y pico kilos de peso. Era joven y rotundo, un brazo de mar que se abría camino al andar con sólo su presencia. Ahora se me ocurre ¿cómo resolvería sus problemas y que haría un tío como aquel en un aquelarre como este? Pues bien, su caballo llegó sudando y echando espuma por la boca. Echó pie a tierra, se bajó las faldas de la sotana, el manteo terciado, y con un vozarrón dijo a mi tío “Don Julio, este caballo mío necesita que alguien que  lo monte, que no pese mucho (la madre que lo parió) y que le de una buena cabalgada porque ha debido comer algo malo y tiene que sudarlo”. Y Don Julio, sin dudarlo, dijo: “¡Que lo monte mi sobrino Carlos!”. Juro por los Cielos que no miento. Yo, con unos doce o trece años, espigado pero flaco, me sentí alzado por los aires por los brazos potentes del aquel batelero del Sena (¿recuerdan el cuadro de Renoir con los marineros y las damas de vida alegre en un merendero junto al río?) y colocado por el marido de la muchacha que me ajustaba los estribos y en previsión, extendió la manta a rayas del cura que llevaba atada sobre el arnés de su silla portuguesa. ¿Cómo fue posible aquello? ¿Cómo he sobrevivido?, ¡porque yo entonces no había montado en mi vida! El caballo poderoso que se vio aligerado de carga y con el portalón del viejo castillo abierto de par en par dijo “¡Patas, para qué os quiero!”  Enfiló la carretera, y se puso a galopar sin parar hasta que llegó al pueblo vecino. Se paró, no me caí, y dio la vuelta echando espumarajos por aquella boca que con razón cayeron sobre la manta de la montura. Sudaba a chorros. Luego dicen que no existen cosas extraordinarias: el caballo, pasó al trote cuando avistó el castillo y luego entró al paso, como si viniera de un agradable paseo. Estuve varios días casi sin poder sentarme, con las nalgas, muslos y piernas escocidos porque, entonces, yo llevaba pantalón corto y calzaba zapatos. Y mire que no recuerdo el nombre de aquel pueblo y lo estoy viendo con mis propios ojos. ¿Por qué habré querido olvidarlo?
Siempre me ha gustado la dedicatoria del libro “Le petit prince”. Desde niño la recuerdo en francés, y lo que más me impresionaba era el final: “Je corrige donc ma dedicace: A mon ami Léon Werth, quand il était petit garrón”, porque había dedicado el libro a su amigo León Werth y “pedía perdón a los niños por haber dedicado ese libro a una persona mayor”.
Voy a copiarla aquí en castellano: A León Werth. Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor puede comprender todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de ser consolado. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esa persona mayor fue en otro tiempo. Todas las personas mayores han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan…”

Inciso: al ir a consultar el libro en la edición francesa, veo que tiene una dedicatoria del 19 de marzo de 1961. Todavía me faltaban cuatro años para casarme y ni siquiera pensaba en ello. Yo tenía entonces 24. Está dedicado en francés y firmada por un tal Nacho. De repente, no recordé quién era y porqué, con ese nombre, escribía en francés: “José Carlos: Je suis vraiment content de t’offrir ce livre pour la Saint Joseph. Je sais que tu l’aimes bien, comme toi aussi tu m’aimes bien. J’espère que quand tu penseras au Petit Prince tu te souviendras un peu de: Nacho”.

Jo… qué de recuerdos, qué conmoción. Hace casi medio siglo y yo  citaba esos textos y los utilizaba en mis charlas hasta el punto de que ese amigo, ahora sí lo recuerdo, hijo de un general y en cuya casa yo era bien recibido y querido, cuando quiso hacerme un regalo antes de mi regreso a Roma, para después irme a EEUU, buscó esa edición y escribió esa dedicatoria. Y bien, “así que pasen cien años” escribía Whitman, aquí, ahora que ha pasado medio siglo, pienso en ti, Nacho amigo, con emoción y en el vino fuerte de Calatayud, creo, que tu padre hacía servir en la mesa. Nacho, tendrá ahora más de sesenta años. Puff…

¿Veis? Lo que se olvida no se pierde, antes hay que haberlo sabido. Durante muchos años, cuando me daba cuenta de que, en alguna clase o conferencia, había hablado de muchas cosas, yendo de una a otra, relacionándolas sin cortapisas, como hago en este Tiempo de vagar bastante, solía decirles, al final y bajando algo la voz, como pidiendo clemencia: “Ahora, cuando traspasen esa puerta, olvídense de todo cuanto han oído aquí. No se preocupen, con Unamuno, ‘lo que se olvida no se pierde’ porque antes hay que haberlo sabido. Permanecerá en ustedes y llegará un tiempo en que, cuando lo necesiten, surgirán estas palabras e ideas que hemos compartido. Si tratan de memorizarlas ahora, no lo conseguirán y, además, les harán perder su eficacia. Que vuelen y se enraícen, pues cada una tiene su tiempo”. En clases solía decirles, “No se desesperen porque no puedan tomar apuntes. Olvídenlo. Déjense afectar, “tremper”, anoten, si acaso, una palabra, un nombre, un título… no se preocupen… después, ustedes siempre tendrán la clave del corazón para recordarlo, esto es, para “pasarlo otra vez por el corazón”.

La memoria… la memoria es buena para eruditos y para concursantes en programas de TV. ¿Me creerán si les digo que, así, si me preguntasen, de pronto, no podría recordar ni una docena de fechas: descubrimiento de América, Revolución Francesa, caída de Constantinopla, fecha de El Príncipe, batalla de Las Navas, comienzo de la Hégira, proclamación de la República, Carta Magna, Revolución soviética, Edicto de Nantes, Independencia de EEUU, Constitución de Cádiz, Batalla de Sedán…bueno y algunas más; si me pongo a ello, algunas más saldrán. Eso que llevo más de treinta años de profesor universitario de Historia universal y de Historia del Pensamiento Político y Social… pero, pídanme que desarrolle un tema e irán saliendo, como cerezas, fechas, datos, gestos y hasta colores y aromas.

Vivir es ver volver, y todo queda registrado, aunque no sepamos reproducirlo. Esa es la grandeza de la mente. En el diván del psicoanalista, durante una meditación de silencio en “la nube del no saber”, ante un gran golpe emocional, durmiendo, bajo el efecto de ciertas substancias, en los olvidos “casuales”, en las ocurrencias y chistes, hay cosas que no sabíamos que supiéramos. Ya he contado que, cuando me puse a escribir “Los Gazules”, afloraron cientos de cosas, de nombres, de situaciones, de olores y de gestos que me desbordaban y me obligaron a poner un glosario de varias páginas al final del libro.
El que no sepamos explicar la electricidad, el germen de la vida, la composición de las células, la entropía, la energía atómica y el cosmos en su expansión, el giro de los astros y la deriva de las constelaciones, el equilibrio de los cuerpos, y miles y miles de cosas con las que contamos y de las que nos servimos, no significa que nos las sepamos, de sapere, saborear, hacer propias, asimilar y las metabolizamos.

“¿Qué es el hombre ante el infinito?” – se preguntaba Pascal -, “Nada”. ¿Qué es el hombre ante la nada? ¡Un infinito!”

De ahí que, esta mañana, llamase mi atención una cita de Shakespeare perdida en una de mis libretas. “Solo, serás como si no fueras”. Pertenece al Soneto VIII, y la traducción es de Luis Astrana Marín, pero la polisemia de la expresión en inglés hace que el profesor extremeño, Jesús A. Marín Calvario aporte en “La traducción de la polisemia… en el Sonnet VIII” más de una docena de versiones de buenos traductores. En el original: “Thou single kilt prove none”. Los estudiosos lo refieren a un proverbio extendido en aquel tiempo: “One is no number”, Uno no es número. Y a esta otra “One and none is all one”. “Uno y nada todo es uno”. Repito, es apasionante y yo he tenido que entrar en Google con el verso de Shakespeare para que te llovieran muchos comentarios pero, sobre todos, el trabajo citado. ¡Por un verso de un soneto!

Y es que comprendí que ese era el más profundo sentido de mi vivir: ser para los demás, con los demás, con-vivir, compañero co-pain, con quien comparto el pan, simpatía sun-pathos… y así podríamos estar durante horas evocando y convocando o, mejor, dejando que afloren y emanen productos de esas siembras infinitas que hemos ido recibiendo durante toda la Humanidad. Sí, antes de nacer, ya se iba formando el humus en el que brotamos. Somos enanos caminando a hombros de gigantes. Todo cuanto existe nos pertenece, o mejor, formamos parte de todo cuanto es y ha sido, y estaremos en todo cuanto será. Es una evidencia de la sabiduría universal acogotada por el abuso de la razón y del discernimiento. La Lógica de Aristóteles igual que el Discurso del Método, de Descartes han sido y aún son muy “útiles”. Pero eso, la utilidad las hace instrumentos, medios, que se pueden transformar y cambiar para el crecimiento y la plenitud. El peligro es cuando el instrumento o medios se convierten en fin o el método se convierte en  metafísica, como sucedió con el Marxismo.
Por eso, en la antigüedad, no se empeñaban en disociar sabiduría de las ciencias y de las técnicas. Se asumía, casi como indiscutible: “Possumus quantum scimus”, “Podemos en la medida en la que sabemos” o “tantum scimus”, “sólo lo que sabemos”. No sabemos todo lo que podemos. No. De ahí el desarraigo y la deshumanización de un progreso sin sentido, de un crecimiento sin medida, de una destrucción del medio en el que vivimos, nos movemos y somos.

Por desgracia, hoy las técnicas van por delante de las ciencias, y estas, de la sabiduría. Podemos más de lo que sabemos. Comprendemos (cum- prehendere, abarcar) más de lo que entendemos (intus- leggere, leer dentro) y de ahí, saber.

Mi maestro, Raimon Panikkar, a quien tanto deberé siempre en el proceso de liberación, llamó mi atención sobre la expresión inglesa “alone” = “solo” y ¡al mismo tiempo, casi fonéticamente “All one”= “todo y todos uno”!

Como habéis visto, hoy ha sido día de divagaciones por la emoción de pasear dos horas por pasajes “olvidados” y recuperados de la Casa de Campo. Encima, llego a casa, y mi mujer me había comprado en “los chinos” casi un centenar de bolsitas de tela bordada y de cestos pequeños, así como pliegos de celofán y papel celo. ¿No es algo prodigioso? Este año, la cosecha de espliego ha sido formidable, ¿Qué importa de quién sea la “propiedad” del terreno o de una avenida que, aparentemente, sirve para pasar con el coche hacia otros sitios? Ya  tengo faena, dafare, quehacer y buscaré ayuda de los nietos.

Después de comer, en una película de Kevin Klein, “La casa de mis sueños”, una voz en off decía sobre un paisaje de puesta de sol sobre el mar: “El choque de una ola contra otra produce sonidos, pero yo no los escuchaba”. O algo así.

Y, una vez más, para mis amigos, paciencia. Soy consciente de que todavía no he entrado ni en los precalentamientos, apenas si unos estiramientos. Pero intuyo que, si recupero la técnica de escribir, y permito que afloren mis sentimientos,  intuiciones y “recuerdos” me encontraré con cosas que no sabía que supiera, ni que fuera capaz de crear. Por eso, procuro no revisar ni corregir estos originales, se perderían muchas cosas espontáneas por culpa de la razón, de las formalidades y de las convenciones y de los prejuicios. Dejémoslo así. ¡Ya vendrá el verano! De sobra sé que una obra no puede ver la luz sino después de correcciones y de correcciones en el original. Si no, sería una mera redacción y no una obra literaria.

 Buenas tardes.

 

J C Gª F

 

 

 

 

Tiempo de vagar bastante, 20: Pienso en ti

 

Hacía bastantes días que no lo veía, por eso, al ir a recoger el periódico, le dije:

- “¡Lo había echado de menos! Cuánto tiempo”. 

- “Es que fui al entierro de mi abuela”

- “Pero ¿no había ido hace unos quince días?”

- “Sí, pero esta fue la otra”

- “Dos abuelas en quince días… ¿Vivían en ciudades distintas?”

- “Qué va. Las dos en Manchuria, en la misma calle y puerta con puerta”

- “Vaya, pues sus padres no tuvieron que andar mucho”

- “Se conocían desde niños, y además, los patios por detrás se comunicaban por una puerta”

- “¿Manchuria, ha dicho?

- “No, en Almería, pero ir en coche hasta allá, no dormir, velatorios, familia y demás, ya se puede hacer una idea”

- “Ya me la hago, ya. ¿Estaban las dos enfermas?

- “Qué va. La segunda estaba más sana que una manzana, entraba y salía a la compra y, con su sillita de enea, a sentarse a la puerta, por la fresca, con las vecinas”

- “Sería también muy mayor, ¿no?

- “Qué va, unos setenta y cuatro”

- “¡C… casi me toca!

- “La otra sí que llevaba un tiempo enferma”

- “Me imagino que, de visitarla y cuidarla, no habrá resistido la emoción. Eso suele suceder en personas mayores que han vivido muchos años juntas”

- “¿Qué dice? Si no se hablaban, no se podían ni ver, por envidias, ya sabe”.

- “Sí, ya sé, pero, mientras estuvo enferma, ¿no había ido a visitar a su amiga y consuegra, con nietos comunes que entraban y salían de las dos casas, y con unos patios casi compartidos que, en Manchuria, digo, en Andalucía, se llega a ellos por las puertas que permanecen siempre abiertas?

- “Ya le digo, profesor, hacía años que no se hablaban y se servían de los nietos y de los hijos para enviarse puyas”.

- “¿Entonces?”

- “Ya le digo, los dos velatorios tuvieron las mismas gentes y, para colmo, les dieron a las dos, el mismo sitio en el tanatorio. Nadie se lo explica. Imagínese todo lo que salió en los velatorios. En cada uno llevaba la voz cantante la otra parte”.

- “¿Todo terminó bien?”

- “A ver… “

- “Se me ocurre que si la segunda no se murió por emoción y empatía…”

- “Le aseguro que no, profesor, nada de eso, al contrario, se detestaban”

- “Entonces, ya lo entiendo: Su segunda abuela…”

- “Ni se le ocurra utilizar esa expresión, “segunda abuela”, esta sobre todo no admitía ser la segunda en nada y, cuando llegábamos los nietos, había que hacer malabarismos y si yo iba con mi mujer ella iba  a una casa y yo a la otra a saludar primero, y cuando éramos niños hacíamos carambolas”.

- “Pues bien, la abuela que se murió “durante su último viaje a Manchuria/Almería,” no pudo resistir que la otra la precediese, no sólo en el velatorio, el entierro y funerales, sino en el más allá. Y decidió morirse para comprobar que todo era igual, y además, porque la había necesitado durante toda su vida, se habían querido de niñas y crecido juntas, y no supieron superar que otros extraños entraran en sus vidas. De hecho, dicen que la segunda se casó por despecho. Nunca supe qué significaba eso. Llegaron los hijos, después las bodas, nietos y bautizos, más gente extraña, y no lo resistió y como en Romeo y Julieta, se quitó de en medio. Lo malo va a ser cuando una descubra que la otra sólo utilizó un somnífero.

- “¿Cómo dice, profesor?”

- “Nada, amigo, son cosas mías, ya sabe, con los años…”

 

Juro que, después del desayuno, hoy tenía pensado irme a pasear a la Casa de campo, pero ¿quién se va de paseo con semejante historia en la puerta de tu casa? A saber por dónde andaría ahora mi versión. Así es como respondieron más o menos, en diversas circunstancias, Somersett Maughan y otros novelistas cuando les preguntaron de dónde sacaban sus personajes: “Yo me siento en el hall de un hotel, o en una varanda en Indonesia, o en una terraza de una ciudad… y las historias vienen solas”. Al contrario, hay que andar con un matamoscas, tú no, ahora no, ya te llegará…

La verdad es que no llegan, se esfuman y luego, ocurre lo que ocurre, y va un americano y escribe “Seis personajes en busca de un autor”. Por eso tiene uno que escribirlas, para que no te miren como a un fabulador extraño o como a un loco. Porque, imagínense, sentarse en esta terraza para desayunar y tratar de contarles estas cosas a otras personas. Te interrumpirían y te j… la historia. Menos mal que ustedes están ahí. O como escribió Whitman, en uno de sus últimos poemas: A ti, quienquiera que seas, y donde quiera que te encuentres, así que hayan pasado cien años y tengas mi libro en tus manos, recuerda que, cuando lo escribo, pienso en ti.

Por es, quizá también, los Massaï, cuando se despiden, no se dicen adiós ni hasta luego ni bye now ni I’ll see you, o nos veremos, arrivederci, shalam o shalom… sino que, se agarran por el antebrazo y mirándose en los ojos, ambos dicen: “Pienso en ti”.

Mi madre, al terminar una carta si, después de haberla firmado, se le ocurría algo que añadir, no firmaba de nuevo, sino que ponía Vale.  Los jóvenes hoy se saludan de diversas formas pero una de ellas es “Vale” con el significado de “Está bien”; no el del OK, “cero muertos”. Sino en la auténtica línea de Cicerón que, al concluir sus hermosas cartas, ponía: “Vale, quia si vales, valeo”. (Del verbo valeo, vales valere: estar bien, por eso: “Necesito que estés bien, porque si tú estás bien, yo también”).

En muchos países de África subsahariana, cuando alguien se va lejos, a la inmigración por ejemplo, lo celebran y despiden en la casa, pero nadie va más allá de las puertas de la ciudad o del límite del poblado. Excepto la madre que, con una lamparilla de aceite encendida en una mano y con una pequeña vasija de agua en la otra, va echando agua y aceite encendido, luz, en cada una de las huellas del hijo, que no vuelve la vista atrás, pero sabe lo que está sucediendo. Y luego regresa la madre y, en muchas tradiciones, desde ese momento, se refieren al ausente con uno nombre nuevo que le ponen para no utilizar el recibido cuando superaron la prueba del “rite de pasâge” que vivió con los muchachos de su edad en la soledad y dificultades del bosque guiados por el hombre sabio. Así, están seguros de que regresará algún día para recuperar su nombre.

En el mundo musulmán hay una hermosa tradición que se revive en días como hoy, viernes, en la oración principal del atardecer en la mezquita. Cualquier persona, descalza y con djellaba blanca y, a veces, cubierto con un velo o con un casquete blancos, se pone en pie y dice: ¡Oración por el ausente!  Y todos se recogen para musitarla. Cada uno conoce sus ausencias.

Por eso, después de desayunar, me quité la ropa de paseo, me duché y afeité, y me vestí esta djellaba blanca para escribir en la terraza.

 

 

J C Gª F  

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