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J. C. García Fajardo

Tiempo de vagar bastante, 27: O porque no me da, la gana

 

Le daba vueltas a estos temas porque quería compartir la desilusión para que no derivara a la frustración. No, eso no, ya sabe usted que era consciente de que un vaso de agua, dado con afecto, bastaba para justificar una existencia. Es como si contribuyeras, decía, a la expansión del cosmos. Claro que yo, a veces, me perdía pero en eso consiste la amistad, también decía, no sólo ni tanto creer a alguien como creer en alguien. Ahí era nada.

Se daba cuenta de que, el cambio a la vejez, la toma de conciencia surge con las limitaciones progresivas. Cosas que antes ni sabías que las podías hacer ni tan siquiera que las hacías, comienzan a ser consideradas, “¿la hago o puedo no hacerla?” “¿Y por qué tengo que hacer esto, ahora”, y,  sobre todo, “ por qué antes, no me costaba?” Esa fue una fuente de contrariedades que iba mascando en silencio. A veces, se desahogaba y todos trataban de restarle importancia, “a todos les sucede”, “A todos, ¿a quienes? ¿A los viejos?” Nadie nos había preparado, claro que lo sabíamos, lo veíamos en los demás, pero no lo “sabíamos” experiencialmente, y esto es una auténtica cabronada. Eso es, un desvivirse en vida y, para colmo, te van aparcando “para que descanse” “¡Pero si yo no estoy cansado para realizar otras tareas! Si fuera para tirar de un carro…, para eso no creo haberlo estado nunca, para conducirlo, si”…
“Y, encima, le llaman jubilación, qué sarcasmo, qué coño de júbilo, la alegría era antes y te das cuenta de que no has sabido aprovecharla… y eso que lo veíamos en otros, pero desde fuera, aunque se tratase de una visita a un asilo de ancianos o con algún miembro de la familia…o con otros compañeros jubilados antes que tú y a los que saludabas al pasar, si te los encontrabas… y si tenías tiempo  para charlar un momento y escucharlos.

“Ahora, todas estas cosas se alzan ante mí y recuerdo a compañeros jubilados a los que encontrabas en las escaleras, de vez en cuando, en los primeros meses de su jubilación… luego, ya no los  veías, porque a nadie le interesaban sus cosas. Todas esas cosas, ahora pesan y como, encima, dispones de todo el tiempo para pensarlas, pues estamos en un círculo vicioso, y ellos sentirían que y ano nos interesaban ellos. Me duele, me duelo.”
“¿O sería que antes no queríamos pensarlas y, por eso, nos aturdíamos trabajando, o viajando, o llenándonos de deudas, obligaciones y de compromisos, agotándonos en nuestros supuestos tiempos de descanso y de vacación? ¡Qué sarcasmo! Vacación, de vacare,  ocio, de nec-otium, y regresábamos exhaustos, de ex haurire, sacar aguas de un pozo”
Lo que más le molestaba es que llamasen Edad Dorada a esa progresiva limitación y pérdida de facultades, ¡la memoria, antes rápida como el rayo y que asombraba a sus oyentes! Desde hacía, eso, un par de años, le producía sufrimiento, y eso que él siempre había distinguido entre dolor, que tiene que ver con el cuerpo, y sufrimiento, que procede de la mente, aunque se exprese a través del cuerpo y ¡de qué manera le gustaba analizar las somatizaciones a su alrededor, y las suyas propias! También recordará como nos enseñaba a distinguir en temor y miedo: temor era ante un dolor que se esperaba, como en el dentista o en un postoperatorio, mientras que miedo era ante lo desconocido ausente. Por eso, solía decir, según los Padres, y sobre todo, el Damasceno, o algo así,  “Jesús no pudo tener miedo, sino sólo dolor”. ¡Como si no les bastase!

Usted lo recuerda bien, buscaba sinónimos, reinventaba estrategias para recuperar un nombre o una fecha o algún encuentro. Llegó a un extremo en el que temía no saludar a alguien conocido, o de que no le saludasen porque no lo reconocieran. Ya sabe, transferencias y demás. “Las vejez era esto…” decía, y eso que decía que durante toda la vida había dejado cosas para acometer cuando dispusiera de más tiempo, libros que leer, que escribir, lugares que visitar, cosas que hacer… Se sentía mal cuando recordaba con que inconsciencia había dicho que sólo los tontos de aburrían… y él no se aburría, se sentía desconcertado… porque el tiempo y las cosas se le escapaban de las manos, ¿recuerda? “como agua en un cesto, o como en un sombrero lleno de lluvia, o como las hijas de Niobe, condenadas a traer el agua en cántaros, desde el río, para verterla en una orza con agujeros en su base. Claro, ¡no se llenaba nunca! Y él solía añadir con malicia “¿Recuerdan cómo hemos resuelto la condena del pobre Sísifo? ¡Que se subiera sobre la roca cuando hubiera caído de nuevo desde la cima de la montaña, que sacase su gaita y se pusiera a mear sobre ella! ¿No ven que no había roca, porque no había montaña y porque Sísifo nunca ha existido?” Y se quedaba tan pancho. “Pues la maldad de la condena de Niobe y de sus hijas era que el mito decía que vertían el agua en un gran cántaro sin fondo… ¡qué c… nada! ¡Qué sevicia y qué ganas de fastidiar, por no emplear otro término! Ese, en el que están pensando. Pues, ya que la orza o alcuza tendría agujeros… a alguien de esta clase se le podría y debería ocurrir que los taponasen con barro, bosta de vaca o estopa. No, tenía que ser sin fondo.”

Hablaba, a veces, entre su equipo más cercano, de recuperar el Zen, su liberadora disciplina, el vacío, el sansara, la experiencia del satori, la libertad y el humor de los bodishatvas… pero temía que, en esta situación se le convirtieran en vías de escape, en huidas ante una realidad no asumida. No, no, créame, de la religión hacía tiempo que no se ocupaba en lo que a él se refería, aunque sí como ideologías y estructuras esclerotizadas de poder y de codicia, de engaño y de intencionada narcosis.

Pero mañana seguimos, porque ahora tengo cosas que hacer… Sí, por ejemplo, cambiar el curso del agua en las acequias. ¿Qué no sabe cómo se hace? Venga que lo aprende en un pis pás. Claro, si está dispuesto a meter los pies en el fango.

J J Gª F

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