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J. C. García Fajardo

Recuperar la actitud de la entrega inicial

"Conozco tus obras, tus trabajos, tu paciencia y que no puedes soportar a quienes comenten injusticias... pero contra ti tengo que has perdido el impulso de tu primer fervor"

Una obra no se puede juzgar tan sólo por sus frutos. Existen beneficios obtenidos del sufrimiento de otros, o de no reconocerles sus derechos. De ahí la imprescriptible deuda que los europeos mantienen con los pueblos colonizados durante siglos. No sólo por lo que les expoliamos y por el trabajo forzado que les impusimos, también por la persecución de su concepción de la vida, sus instituciones y costumbres, creencias y formas de decir y de comunicarse, de danzar y de vestirse, de comer y de gozar, y de hacer duelo, en un desarraigo equivalente a una desolladura del alma. Y de los cuerpos también, pues los marcábamos a fuego y los cargábamos con cadenas mientras les negábamos la condición de seres humanos con derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Hubo teólogos católicos que justificaron la trata de esclavos así: “como no tienen alma”… son como bestias.
También les debemos la agresión a sus sistemas de producción imponiendo monocultivos que favorecieron las plagas y la desertización, y trabajos forzados para los hombres y mujeres más sanos y fuertes trasladados a otros lugares del Atlántico y del Índico. La Revolución Industrial, que enriqueció a las metrópolis convertidas en los países más ricos e industrializados del mundo, jamás hubiera logrado ese salto cualitativo sin la mano de obra indígena y esclava y sin las materias primas que expoliaban.
Les debemos también el “lucro cesante”, tan querido a los apóstoles del pensamiento único, de lo que pudieron haber conseguido desenvolviéndose por sus propios medios en lugar de estar sometidos a un modelo de desarrollo excluyente y alienador.
El cinismo de los conquistadores les lleva a sostener que los iban a cristianizar, para salvarles de un pecado original que desconocían; que los iban a civilizar, arrancando sus entrañas y sus mentes para convertirlos en instrumentos de su codicia; y finalmente que los iban a preparar para el comercio, esto es, para convertirlos en mano de obra gratuita y en objeto de mercado. Las tres Ces de la Conferencia de Berlín de 1981.
Esta es la actitud que debe presidir la entrega y la rebelión de la sociedad civil ante una injusticia que se perpetúa por los grandes intereses financieros. Nuestra compasión inicial se ha transformado en compromiso social, pero ya no es fácil encontrar la pasión por la justicia que transforme la llama en un incendio. Si necesaria es la organización de los voluntarios, el peligro acecha al transformarse en burócratas que han encontrado en las ONG un nicho de empleo y no ese fuego de la respuesta a la llamada para asumir la causa de los más débiles. Estos son los auténticos accionistas y señores de nuestras empresas para conseguir ese otro mundo que es posible, porque es necesario.


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