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J. C. García Fajardo

Retazos 007: La silla

En las afueras de Tapachula estaba feliz un anciano mientras pintaba una silla con alegres azules y fresas, amarillos y verdes; de vez en cuando, una pincelada blanca que atenuaba la rotundidad del cárdeno. Y el viejo sonreía cuando descubría una combinación nueva. Sonreía y se lo celebraba con una palmada en el muslo. “¡Ándale, pero qué chula!”00
Cubierto con un poncho, calzaba sandalias y fumaba una larga panatela, liada por él mismo, mientras su rostro poblado con descuidada barba dejaba traslucir una honda felicidad que contaminaba el ambiente.
Las sillas eran de sencilla madera que el artesano había torneado con habilidad y con trenzadas eneas que él mismo había buscado junto al río para dejarlas secar sobre la terraza de su casa encalada.
De vez en cuando, se aclaraba el gaznate con una chicha de maíz que destilaba él mismo para compartir con sus cuates. Utilizaba un cuenco con una especie de esmalte que su abuelo le había enseñado a aplicar después de haberlo torneado con esmero y cocido con paciencia en el horno que tenían en el patio de la casa.
Las sillas salían a su aire. En unas, predominaban las flores rojas; en otras, se combinaban con azules y malvas. Su mujer decía que “dependía del viento, y del aliento”, y se retiraba tan fresca.
Un día, pasó por allí un turista gringo cargado con máquinas de fotos, tomavistas y tres pares de gafas que le cabalgaban desde la nariz hasta la gorra que, del revés, llevaba como cimera feudal. Calzaba sandalias con calcetines blancos y rayas de colores. Una pelambrera atónita pugnaba por escabullirse en unas piernas de leche enrojecidas por un sol implacable. El artesano hacía como que no miraba pero sus pinceladas se fueron haciendo más espesas. Mira por dónde, tuvo que contenerse porque se le ocurrió ponerse a brochazos y llenar de colores aquellos pantaloncitos blancos y la camisa color salmón desvaído que le producía un desasosiego que sólo calmaba con visitas a la garrafa de chicha.
Después de filmar todo lo que quiso y de fotografiar al anciano desde todos los ángulos, sin pedir permiso ni tan siquiera haberle saludado, el gringo lechoso le espetó:
- ¡Buen hombre, escuche! ¿Cuánto cuesta esa silla azul que está pintando?
El anciano le respondió sin alzar la mirada y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo:
- Diez dólares, señor.
- ¿Y cuánto tardaría en entregarme doce como esa?
- ¡Ah, pues no sé! Como vayan saliendo, eso ya no depende de mí. Además, doce como ésta le costarían trescientos dólares.
- ¿Trescientos dólares? ¿Pero no me dijo que esa costaba diez?
- Sí, señor, pero ¿quién me va a pagar el aburrimiento de pintar siempre lo mismo en cada silla?

José Carlos Gª Fajardo


7 comentarios

Jarkoe -

Aquel comprador simplemente quería objetos. Mientras tanto, esas sillas eran para quien las hacía su vida, su felicidad, la continua ilusión por crear.Cuando el turista le pidió que pasara de la creación a la reproducción en cadena, le pedía que trabajara si esa ilusión, sin su sonrisa y hermoso disfrute. ¿Por qué habría de extrañarse el comprador? Pues simplemente porque no le conocía y creía que era, como para él, sólo dinero. Como dice Daniel, que no nos quiten las ilusiones, porque sin ellas estamos vacíos y no lo merecemos.

Alejandra Requena -

Ese hombre, con esa simple frase me ha hecho recapacitar en que la vida es una continua sucesión de acontecimientos y situaciones que hay que vivir al máximo porque no se vuelven a repetir.Si los acontecimientos se repitiesen una y otra vez, la vida sería muy aburrida y no tendria nada de especial.

Sergei -

¿No le valía con las fotos? ¡Vaya prisas tienen algunos, pardiez!

Que no, que el tiempo no existe.

Sonia Sanz -

Los momentos, al igual que las sillas del anciano, son irrepetibles. Nadie puede hacernos pasar por el mismo y su valor siempre es cambiante, aquel que nosotros les queramos dar.

DANIEL -

Cada uno debe hacer siempre lo que le haga feliz, sin que ello moleste a los demás. Yo de pequeño era feliz jugando a las chapas, este anciano pintando sillas de colores, otros son felices con una canción, con un paseo por Madrid... Lo importante es tener siempre ilusión por algo, porque cuando se pierde la ilusión por todo, uno muere. Que nadie nos quite nuestras ilusiones. Yo tengo 19 años y aún sigo teniendo sueños que otras personas creen inalcanzables.

Juan Monge -

Se me ocurre interpretar este retazo como una analogía de nuestra triste realidad cultural... Mejor dicho, de la realidad (si es que a esta basura se le puede llamar cultura, aunque algunos lo hagan) que se empeñan en mostrarnos... monótona, falsa, estúpida, engreída (o quienes la tocan, pintan, escriben, filman o producen)... hay demasiadas cosas ocultas por ahí y por aquí...

De momento...

\"Nuestra música\" de Jean-Luc Godard
Inmejorable, para mí lo mejor del año, mejor incluso que \"Saraband\" y la más emocionante de lo poco que tengo visto de Godard.

Pocos pintores de sillas que no se vendan, pocos creadores que no miren su bolsillo o su ego y no el corazón de los demás.

Rôvënty -

Merece la pena creer que cada día podemos moldear realidades nuevas, una sonrisa distinta cada vez; un nuevo amanecer en el desierto, una esperanza que despierta cada día, se extiende en forma de sonrisa para morir en la propia alma: la cuna donde al día siguiente se moldea otra nueva realidad, una nueva esperanza