J. C. García Fajardo |
![]() Cuaderno de Bitácora sobre Mundo actual y Sabiduría universal.
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Crucé las sombrías orillas “Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. Es muy cierto que se trata de una historia tenebrosa, aunque también edificante, un auténtico cuento moral.” Así comienza el best seller de Jonathan Littell, Las Benévolas. Asegura que “no es algo ajeno a vosotros, si he resuelto escribir es para poner las cosas en su sitio, y no para vosotros. Por supuesto que siempre queda la opción del suicidio, pero no me tienta gran cosa”. El protagonista escribe, ya en su cómoda ancianidad, su experiencia durante el III Reich como comandante de las SS, sobre todo en la batalla de Stalingrado, después de habernos explicado con todo detalle las acciones contra los judíos en los campos de concentración de Polonia: torturas, cámaras de gas, trabajos forzados, violaciones, y las matanzas planificadas en Ucrania, Eslovaquia, y en otros países del Este de Europa durante la “Solución final de la cuestión judía”. Llegó a formar parte del Estado mayor del Reichsführer-SS, Heinrich Himmler. Antes de nada, quiero advertir de que se trata de una obra muy bien escrita, de 1.000 páginas, que se leen sin poder soltarla, te agarran y, lápiz en mano, no cesas de subrayar y de admirarte por la cantidad de datos, los razonamientos y la impresionante descripción de acontecimientos tan terribles como las matanzas de miles de judíos, al día, hombres, mujeres y niños en las circunstancias más impresionantes que he leído en mi vida. Pero su lectura te atrapa y comprendes cómo funcionan el marketing de las editoriales y los lobbies que financian estas obras descomunales. Parece imposible que un joven de treinta y tantos años haya podido disponer de semejante documentación, erudición y estilo, sin una colosal ayuda en material, tiempo y medios. Además de las enormes ganancias que obtienen. Recordad otros best séller que nos golpean, nos atraen y nos manipulan para transformar la historia, y a nosotros con ella. Si nos dejamos. “No tengo nada que justificar, ni pizca de contrición. No estoy arrepentido de nada; hice el trabajo que tenía que hacer, y ya está” afirma desde la Introducción el protagonista. “Que quede claro, no estamos hablando de culpabilidad ni de remordimientos”. El protagonista pertenece a un estatus social elevado, es doctor en Derecho, de madre francesa, e hijo de un convencido de la superioridad de la raza aria. Un día decide ingresar en las SS y con su pasión por la música y la literatura, la etiqueta y las buenas formas, nada en su exterior haría suponer semejante capacidad de sevicia y de monstruosidad pero sin mancharse jamás las enguantadas manos. Sólo anhela “no tener inclinación por nada que no sea tener inclinación por nada”. Pero dice que escribe por activar la sangre, “para ver si puedo sentir algo, si todavía sé sufrir un poco”. Desarraigado de su familia, carcomido por la relación incestuosa con su hermana gemela desde la pubertad, homosexual compulsivo que se arriesga en los parques en busca de marineros fornidos y con una cultura poco corriente, vive entregado a la destrucción de millones de seres humanos con la más gélida determinación. Es capaz de asistir a un concierto y a una soirée de alto nivel para debatir los más sofisticados temas con una finura asombrosa. Cita a Sófocles: “Lo que debes preferir a todo lo demás es no haber nacido”, y a Schopenhauer: “Más valdría que no hubiera nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria y crea nuevos deseos y desesperaciones, y la agonía del animal devorado es mayor que el placer del que lo devora”. Como sostiene que vivimos en el peor de los mundos posibles, ni hay ley ni norma, justicia ni valor alguno actúa, todo vale para los fuertes y poderosos. Ya que, en tiempos de guerra, el ciudadano pierde el derecho fundamental a vivir, no es de extrañar que también pierda el derecho a no matar. En el genocidio o en la guerra total, afirma, el ejecutante está alienado respecto al producto de su acción. No es responsable ni siquiera cuando aprieta el gatillo del fusil que apoya en la frente de otro hombre. Su muerte la decidieron otros. Quien dispara sabe que es el azar quien determina que dispare él, y no tiene que hacerse más preguntas. De igual forma “justifica” la falta de culpa en los profesionales del programa Eutanasis de exterminación de inválidos y enfermos terminales. “A estos enfermos seleccionados mediante disposiciones legales los recibían en un edifico médico enfermeras profesionales que registraban la entrada y los desnudaban; unos médicos los examinaban y los pasaban a un cuarto cerrado; un operario abría el gas; otros limpiaban; y otros extendían el certificado de defunción. Cuando, después de la guerra, interrogaron a estas personas, todas dijeron “¿Culpable yo?”. Nadie en concreto mató a nadie directamente, eran eslabones de una cadena. “Nadie es culpable, o todos somos culpables”. Esta es la tesis durante las mil páginas. ¿Es culpable, se pregunta, el guardagujas del ferrocarril de la muerte de los judíos a quienes encarrilaba hacia un campo?” “¿Soy culpable? Vosotros habríais hecho también lo que yo hice. A lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero no sois mejores”. Sin quienes les ayudaron, Stalin y Hitler hubieran sido odres vacíos. Afirma que trastornados, pedófilos, psicópatas, megalómanos rabiosos los hay en todas partes. El Estado que los utilizaría en una guerra, los aplasta en tiempos de paz como amenaza social. El auténtico peligro son los hombres corrientes que forman el Estado. “El autentico peligro para el hombres soy yo, y sois vosotros”, por eso no escogió convertirse en asesino, “si hubiera estado en mi mano me hubiera dedicado a la literatura”, igual que “habría elegido ser mujer, no activa y viva en este mundo, una esposa, una madre: sino una mujer aplastada bajo el peso de un hombre, aferrada a él, penetrada por él, ahogada con él, convirtiéndome en ese mar ilimitado donde él también se ahoga, placer sin fin y también sin principio”. En vez de esto, escribe, me vi jurista, funcionario de seguridad, oficial SS y cuando llegó la paz, director de una fábrica de encajes en Francia y con eso que llaman una honrada familia. Hay hombres para quienes la guerra o el asesinato, son una solución; para mí es una pregunta sin respuesta, porque cuando alguien grita, nadie contesta. “Soy un hombre como todos vosotros” José Carlos Gª Fajardo Por su importancia, inserto este Editorial de El País, que suscribo. JC Ante los desbarajustes sociales y económicos, producidos por un modelo de desarrollo que idolatra al mercado, muchos se preguntan si el caos no viene precedido por la decadencia de Occidente. Creo que tal decadencia no existe, lo que ha dejado de existir es el occidente como realidad, y aún como concepto. Todos estamos interrelacionados y somos responsables unos de otros, y no sólo dependientes. No es nuevo el imperialismo económico que EEUU trata de convertir en político con su retirada de los Tratados Internacionales y su violación de los derechos fundamentales para todos como sistema despreciando la soberanía de los Estados que arbitrariamente condena como hostiles a su política. El arbitrio del Príncipe como fuente de Ley fue constante en la historia de la humanidad. Fue la conducta de los sátrapas orientales, de los emperadores occidentales, de los endiosados Papas y de todos aquellos que no consideraron al pueblo como auténtica base de la soberanía que delegaba temporalmente el poder para actuar en beneficio de la sociedad. La política nace en Atenas cuando Pericles era el alma de Grecia. La participación de los ciudadanos era la clave del sistema. Roma decayó moralmente cuando abandonó las instituciones republicanas para reforzar el poder del Imperator y ser más eficaces en la conquista del orbe. Como la nefasta política del presidente de EEUU, que dividió al mundo en Orbe Americano y Orbe de las demás Tierras (Orbis romanus et Orbis terrarum). No fue extraño que la concepción teocrática del poder en que sucumbió el mensaje cristiano de la fraternidad universal, no sólo después del Edicto de Constantino en el año 313, sino después de la coronación de Carlomagno en la Nochebuena de 800, degradase las conquistas de la mente reflejadas en el derecho para equipararse a la política teocrática de los Califas para extender el Islam. Su concepción del mundo ha sido el paradigma de los halcones de Washington: concebían el mundo dividido en dhar al Islam y dhar al Harb, “mundo sometido” y “mundo para conquistar”. El concepto de mundialización es tan antiguo como la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón. Si pobre es el que codicia demasiado, bárbaro es el que no tiene noción de la mesura: desde los bárbaros mongoles o las acometidas tártaras hasta los imperios que siguieron a la absurda teoría del derecho divino de los reyes, propalada por teólogos ideologizados que hicieron bueno el realismo de Maquiavelo: el fin justifica los medios. El concepto de mundialización no es nuevo, en cada época se corresponde con su concepción del mundo y con el alcance de su fuerza apoyada en las tecnologías del momento para acaparar materias primas, recursos y más locura en su carrera hacia la desintegración del sistema, por alienación de los ciudadanos. Es la desazón de la velocidad dentro de un laberinto. Pero el pueblo no sufre eternamente. Al poderío hegemónico de romanos, musulmanes, eslavos, germanos, francos, españoles, turcos, anglos y norteamericanos sucederá una verdadera convulsión cuyos signos ya analizan los estudiosos de la enajenación de los actuales imperantes. Ante el ensordecedor silencio de sus ciudadanos embobados por el panis et circenses; cuando no lo era por el alienante concepto de una recompensa ultraterrena, más lacerante cuando no iba apoyada en la justicia, en el amor y en la felicidad de saberse responsables solidarios unos de otros. Los auténticos sabios de las más grandes tradiciones coinciden en que el sentido del vivir es la plenitud de saberse universo en una gota de rocío. De ahí el ser nosotros mismos, no dejar escapar el instante, estar a lo que estamos, hasta la suprema sabiduría de poder expresar con nuestra palabra o con nuestro silencio “No te apures, Sancho, yo sé quién soy”. De ahí que el imperialismo que padecen miles de millones de seres en esta tierra tan atormentada, no aporte más novedad que la emanada de los avances tecnológicos. La enajenación por el poder del tener sobre la conciencia de ser se anuncia como una implosión regeneradora, porque ha alcanzado la linde del no-retorno. Cuando se ha perdido el sentido de la vida y se entiende que no hay nada que perder, muchas personas se hacen bomba que camina y se arrojan en el terror como expresión de su protesta. No es el desastroso imperialismo de los actuales sátrapas que acogotan a millones de personas con hambre, enfermedad, guerra, marginación, soledad y desarraigo lo que constituye la clave de esta bóveda que agobia. Es el nuevo concepto de Imperio como un magma de poder difuso cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. Para quienes apostamos por otra mundialización alternativa y solidaria, sostenida por una conciencia planetaria, se vislumbra la luz generadora de un nuevo amanecer, más humano, más justo y armonioso con la riqueza de convertir el tiempo en un espacio que definimos con nuestra presencia. De ahí que la ética mundial exija una nueva mentalidad, una conciencia planetaria que nos haga recuperar el sentido de las cosas, de las personas y de nosotros mismos. La llamaremos armonía, justicia y solidaridad, dentro de una experiencia general de libertad. José Carlos Gª Fajardo “Entonces comenzó a clavar la vara de hierro en la tierra, abriendo agujeros en los que plantaba una bellota; luego rellenaba el agujero. Así plantaba robles. Le pregunté si aquella finca le pertenecía. Me repuso que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era de propiedad comunal, o tal vez perteneciera a personas que no le daban mayor importancia. No tenía el menor interés en descubrir de quién era. Plantó las cien bellotas del día con sumo cuidado… Había plantado ya cien mil bellotas en tres años… Fue como si la creación floreciera en una reacción en cadena. A él tanto le daba; tenía la determinación de concluir su tarea con sencillez; pero de regreso hacia el pueblo vi que el agua manaba en arroyos que llevaban secos desde tiempos inmemoriales… Ha descubierto una forma simple de ser feliz.” “El hombre que plantaba árboles”, Jean Giono. Edit. Los pequeños libros de la sabiduría, 2004. Estamos ante un relato de 70 páginas in octavo lleno de sensibilidad. Ante un canto al desinterés y a la generosidad y que exalta el valor que hay en un acto tan sencillo como es plantar un árbol. En la Unión Europea existe un pánico irracional ante la falsa invasión de inmigrantes, cuando no se trata más que de un reajuste de la economía ante la crisis imperante. Ningún emigrante va a un país en donde no existen posibilidades de trabajo que le permitan vivir en mejores condiciones que en sus países de origen, y ayudar a sus familias. Con todas sus limitaciones y agravios comparativos con los europeos, la posibilidad de un trabajo remunerado, así como el acceso a asistencia médica, higiene, mejoras sociales, y a la posibilidad para sus hijos de asistir a la escuela y de integrarse como ciudadanos, es demasiado atractiva como para merecer las penalidades que sean necesarias. No olvidemos que más del 90% de los inmigrantes entran por los aeropuertos o por las carreteras. Es falso generalizar su situación con las de imágenes de las pateras en el Mediterráneo. Y entraban por aeropuertos y carreteras porque a los Estados europeos les convenía su entrada, porque los necesitábamos. José Carlos Gª Fajardo |