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J. C. García Fajardo

Cuentos

Retazos de sergei 077: Discernimiento

Un antiguo proverbio dice que “depende de cómo estén colocadas las bisagras, para que la puerta abra hacia adentro o hacia afuera”. Con los mismos medios, podemos actuar con prudencia o bajo un entendimiento distorsionado, lo que no nos dará precisión y sosiego sino aturdimiento. Así, por cansancio, mientras creemos caminar hacia adelante nos encontramos apuntando sobre nuestras cabezas.
Unos amigos, no demasiado despiertos, habían decidido hacer el Camino en busca de la tumba que decían conservaba los restos de un hombre santo. Querían obtener la sabiduría y la lucidez de un golpe, sin entretenerse en la recta conciencia y la recta conducta.
Iban muy animosos y muy ligeros de equipaje pues habían proyectado dormir en establos para no tener que montar en cada etapa una tienda.
Una noche, alargaron la tertulia, bebieron, cantaron y se acostaron tan tarde que cayeron dormidos como troncos. Pero la cerveza tiene sus exigencias y las vejigas sus limitaciones. Se despertaron en plena oscuridad y le dijeron al más joven:
- Anda, sal a fuera y comprueba si ya ha amanecido. Mira a ver si ya ha salido el sol. Si no, nos damos la vuelta y apuntamos hacia las paredes del establo.
El otro salió y vio que todo estaba negro cerrado. Regresó al establo y dijo a los demás:
- ¡Está todo tan oscuro que no puedo ver si ha salido el sol!
- ¡Pero qué simple eres! ¿No podrías haber llevado la linterna para comprobar si había salido!
Resignados y, al comprobar que los cuatro estaban uno al lado del otro, tuvieron la genial idea de recostarse sobre sus espaldas y de apuntar hacia arriba.


 

RETAZOS 076 Deslumbrado por su sombra

- Venerable Señor, esos días te veo tranquilo arreglando cestos, trabajando en el jardín, metiéndote en el río para reparar las orillas, pero sin dedicar tiempo a las Escrituras. Perdona mi atrevimiento, Maestro, pero ¿hay tormenta bajo las aguas de tu océano? Por fuera, no se percibe nada pero mi corazón se siente inquieto y no fluye al compás del tuyo. Lo malo es que hay otras muchas personas que deben estar sintiendo lo mismo, y no sabrán explicárselo.
- Había en India un reconocido místico sufí llamado Bastami que se empeñó en ir en peregrinación a La Meca – le respondió el Maestro. Casi sin tiempo para que pudiera reflexionarlo, se lo comunicó a su preceptor cuando fue a despedirse.
- ¿No había podido hacerlo antes, aunque sólo fuera por el respeto debido a su Maestro?
- “¿Por qué necesitas ir a La Meca?” – le preguntó su mentor.
- “¡Para ver a Dios!”, le contestó Bastami.
- “Entonces, le dijo el Maestro, dame todo el dinero que llevas para el viaje”. Bastami se lo entregó.
- “Ahora, da a mi alrededor las siete vueltas que habrías dado en torno a La Kaaba”. Así lo hizo Bastami.
- “Ahora, coge un puñado de piedras como las que se suelen arrojar allí simbólicamente contra el diablo y tíralas contra tu sombra”. Así lo hizo Bastami.
- “¡Ya has conseguido lo que te proponías! Permanece en tu casa y con los tuyos, con el ánimo sereno y formando a los jóvenes. Que no te deslumbre tu sombra. En La Meca, ni en ningún otro sitio, mora Dios, sino en el corazón de los seres humanos que lo acogen y comparten la experiencia del servicio con los demás. Viaja en tu corazón y experiencia la presencia, en todo y en todos, de Aquél que no tiene nombre, También en el dolor que causamos”.

Retazos de Sergei 075: Sergei devoto

Salió el Maestro a pasear al jardín y vio a Sergei postrado en la orilla del río con las manos juntas que sostenían tres varas de incienso.
- ¡Buen día, Sergei! Muy devoto te encuentro. ¿Invocas al espíritu que anima el río?
- Sí, Venerable Maestro. Se me caído al agua el azadón e imploro a la divinidad para que me lo devuelva. Si lo hace, le he prometido tres monedas de oro.
- ¿Tres monedas de oro, Sergei? ¿Sabes cuánto es eso?
- Mucho, mi señor, mucho. Pero la herramienta de trabajo que me diste es el instrumento de mi perfección. Y comprenderás, Maestro, que eso es de valor incalculable.
- Lo comprendo, Sergei, lo comprendo. Pero si ya has terminado tus plegarias, bueno sería que pusieras orden en la cocina no vaya a ser que los espíritus juguetones te lleven las marmitas.
- Sí, Rostro impasible, voy enseguida a prepararte un té bien especiado.
El Maestro, muerto de risa, continuó su paseo mientras cavilaba en cómo jugársela al inquieto aspirante. ¡Qué morro el de esta liebre!
A la mañana siguiente, cuando Sergei se acercó al río vio maravillado cómo su azadón reposaba en la orilla. Lleno de alegría agarró el azadón y se fue en busca del Maestro que se encontraba tejiendo un canasto.
- ¿Qué ocurre, Sergei, a qué viene ese alboroto?
- ¡El azadón, Maestro, el azadón! ¡Me lo ha devuelto el dios del río!
- ¡Oh, compasiva e interesada divinidad que veneras! ¿Y cómo le vas a pagar las tres monedas de oro que le prometiste?
- Pues me iré de nuevo a la orilla y quemaré seis varas de tu mejor incienso, Maestro.
- ¿Y?
- Pues me postraré y le diré “¡Oh, Espíritu del Río que nos lleva! Ya que me has ayudado a encontrar el azadón, ¡ayúdame ahora a encontrar tres monedas de oro!
 

José Carlos Gª Fajardo

(Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo)

 

Retazos de Sergei 074: Los sentidos alborotados de Sergei

- Maestro, ¿estás triste?
- No, Sergei, la tristeza es un lujo que no debemos permitirnos. Si analizamos ese sentimiento descubriremos que puede encerrar un dolor como el que alumbra vidas nuevas.
- ¿Cómo el del parto?
- Así es. Como el de los hijos que abandonan la casa de sus padres por un matrimonio adecuado, o para irse lejos y desarrollar algo de lo que han aprendido a nuestro lado. Toda maduración exige pasar por el dolor de las pruebas iniciáticas. ¿Qué padres sensatos obstaculizarían el crecimiento y el despliegue de sus hijos?
- ¿Es eso a lo que llamas longanimidad?
- ¡Tú estás loco, Sergei! Esa es la virtud de la serenidad en las grandes tribulaciones y lo que a mí me sucede es la satisfacción por ver avanzar las causas que parecen imposibles. Pero, a propósito, Sergei, hijo de las estepas, ¿de dónde venías tú antes de amanecer cuando te pusiste a trabajar con denuedo en los alcorques?
- Maestro, tú lo intuyes todo antes de que suceda, así que ¿por qué cansarte con mis naderías?
- ¿Y para eso tuviste que saltar el muro del monasterio cuando el gong sonó a silencio?
- Flaquezas de la carne, Rostro impasible, fui de visita a casa de una monja budista que vino a atender a su abuela.
- ¡Ah! Entonces ¿has tenido conflicto entre taoísmo y budismo y no eres capaz de hacer la síntesis? ¿No será que intentas navegar por el tantra?
- Los extremos se tocan, Maestro, según la coincidencia de los opuestos. Además, quien a mí me conmocionó en el mercado fue...
- ... la madre de la monja. ¡Pues estamos bien, Sergei, pero que muy bien!
- Maestro, tú mismo lo dices, ¿qué son los sentidos sino meros instrumentos de la razón?
- Sergei, eres un pícaro redomado pero, en un día como hoy, tan importante para mí, ¿qué quieres que te diga?
- Tus palabras siempre destilan sabiduría, Venerable señor.
- Sergei, cuando vuelvas a sentir esa llamada de lo que tú llamas “sentidos” alíviate como puedas pero ¡haz el favor de no pisar los crisantemos cuando saltes por el muro!


 José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 073 Basta : con mirar

- Las cosas más naturales y sencillas, cuando la gente no las comprende, las convierten en magias, prácticas extravagantes o intenciones sospechosas. Por eso, el Buda pronunció el más breve sermón del mundo: “Venid y mirad”. No les dijo, “analizad, juzgad, condenad, ni siquiera “perdonad”. Esa fue la enseñanza de Jesús: “¡No juzguéis!”, la revelación a Agustín y a Mahoma: “Toma y lee”, y a tantas personas admirables y ejemplares.
- Venerable Señor, ¿por qué me cuentas hoy esto? ¿Te preocupa algo? -,  preguntó Sergei que no dejaba escapar una y percibió una cierte tristeza en el Maestro.
- ¿A mí? No, Sergei. Pero escucha lo que le ocurrió a un venerable sanyasin en esa India que tanto te atrae.
Sergei se acomodó en su cojín, arregló los pliegues de su túnica y abrió los de su mente, para dejar espacio sólo a su corazón, y al amor que sentía por su Maestro.
- Resulta que un yogui vivía en las afueras del pueblo y las gentes, en sus paseos del atardecer, solían pararse a distancia para contemplarlo. Sólo eso ya irradiaba paz. Cuando pasaron las lluvias, el sanyasin salía al anochecer para leer las Escrituras a la luz de su candil, mientras que encendía otra vela  con luz muy brillante y la colocaba un poco más alejada. Las gentes comenzaron a murmurar: que si convocaba a espíritus, que si hacía magia, que si era para entrar en trance, que si sería para levitar. Tanta fue la conmoción de la población que trascendió a otros poblados vecinos y, al anochecer, las gentes se sentaban a una prudente distancia y casi herían al venerable sanyasin con sus miradas y murmullos.
Un día, se formó una comitiva de notables y se inclinaron profundamente ante el santo varón para pedir permiso para hablarle. Concedido con una amplia sonrisa del yogui, hablaron.
- “Venerable anciano, ¡por el amor de Shiva, de Brama y de Krisna! ¿Por qué lees a la luz de tu candil y colocas una vela a cierta distancia? ¿Para qué sirve? ¿Esperas un milagro, es un rito mágico, veremos algo extraordinario?”
El renunciante rompió a reír y una abuela tuvo que traerle una taza de té especiado para animarlo a hablar. Entonces, les dijo lleno de compasión:
- “El candil me permite leer y coloco esa vela más brillante a distancia para atraer a su luz fascinante a las polillas y a los mosquitos. Eso es todo, amigos.
Sergei, se levantó, se postró y dijo sutilmente al Maestro desde el suelo:
- Ahora comprendo aquello de que “lo importante es invisible para los ojos; no se aprende bien más que con el corazón”.
- No lo has pillado, mi querido Sergei, no lo has pillado. ¡Basta con mirar! ¡Ven y mira lo que hay! Deja en paz los temores, los sueños y las imaginaciones.
Y acercó su mano firme para dar un toque afectuoso en la cabeza del discípulo cuya mente corría más que sus pies.

  José Carlos Gª Fajardo

Retazos 071: Sergei, contador de cuentos

- Escucha, Sergei, sé que te ilusionó la posible compañía de otro aspirante a discípulo, pero debemos dejarlo madurar.
- A mí me parece, Maestro, que a él también. De hecho, supo encajar muy bien el golpe.
- ¿Qué golpe?
- ¡Maestro! Vino hasta aquí desde Pekín y contestó con naturalidad a las preguntas de tu lista. ¡Qué palo!
- Volverá a esta humilde posada.
- ¿Posada, Venerable señor? Pero si sólo en esta área del monasterio cabría mi pueblo entero. A no ser que... ¿Me das, Rostro impasible, licencia para contarte un cuento?
El Maestro hizo ademán de asentir y Sergei se ajustó los pliegues de su túnica, se acomodó bien y comenzó a hablar en un tono distinto. (El Maestro contenía la risa por dentro porque apreciaba mucho a este bárbaro venido de las estepas)
- Sucedió en India. Los guardias reales llevaron a presencia del soberano a un mendigo que se empeñaba en pasar la noche en aquella posada.
- "Pero ¿estás loco?, - exclamó el Rey - ¿llamas posada a es fabuloso palacio cuya construcción costó una fortuna?
- "¿A quién pertenecía antes este lugar?, - preguntó con naturalidad el mendigo.
- "¡A mi padre!
- "¿Y antes?
- "¡A mi abuelo!
- "¿Y antes?
- "¡A mi bisabuelo! ¡Y para ya de preguntar!
- "Perdona, Señor, pero ¿acaso no es una posada el lugar por donde las gentes van y vienen de paso?
El Maestro entorno los ojos, quedó pensativo y al cabo de un rato contestó a Sergei:
- ¿No creerás que por saber repetir historias del mercado te vas a librar de tu aprendizaje? El aspirante de Pekín es un médico con un gran porvenir, pero desea purificar su mente y aquietar su espíritu para practicar con fluidez el sagrado arte de la medicina. Sus manos sanarán en la medida en que su alma se conecte sin trabas con la naturaleza.
- No comprendo, Venerable Maestro, adónde quieres ir.
- Primero, a que recojas la cocina; después, a que traigas el servicio para el té..
- ... y, luego, a arreglar los alcorques. Perdona mi ignorancia, Padre mío, pero ¿por qué esa insistencia con los alcorques?
- Cada alcorque es un altar a la divinidad y al Cielo. Cada alcorque contiene el Cielo. Cuando domines y te abandones al arte de los alcorques podrás sostener otras vasijas entre tus manos. Y dar de beber de su agua a todo el que pase por esta posada. Gratis y agradecido, como el Maestro que acudió a recordar al rey de India las palabras del Buda: “Yo también he de envejecer, más vale que, mientras pueda haga el bien. La mayor posesión es una mente sosegada; el mayor privilegio, poder ayudar a los demás; el sentido más profundo, poner fin a la ofuscación de la mente”


José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 070: Nada en demasía

Un día llegó al monasterio un médico de la Corte para que el Maestro lo aceptara como discípulo. Sergei lo recibió y fue a informar al Maestro.
- Honorable señor, - dijo al doctor -, el Maestro me ha dado una lista de preguntas para que tengáis la amabilidad de responderlas por escrito, de acuerdo con vuestros conocimientos.
El joven médico las contestó con gran esmero y facilidad, y las entregó al asistente que regresó al cabo de una hora con la respuesta:
- Ilustre señor, dice el Maestro que has demostrado un gran conocimiento y erudición. Por ese motivo, te aceptará dentro de un año.
Un poco decepcionado, aunque halagado, respondió a Sergei:
- Pues si he respondido correctamente a todas las preguntas y me dice que regrese dentro de un año, ¿qué habría sucedido si no las hubiera sabido?
- Te habría aceptado al momento, - le respondió con dulzura Sergei -, el mensaje parece decir que necesitas, al menos un año, para desaprender los conocimientos inútiles.
- ¿Desaprender?
- Es como cuando emprendemos un viaje con la maleta llena de cosas imprescindiblemente inútiles.
- Sí, - respondió con humildad el médico -, lo imprescindible pesa mucho.
- Pero, honorable príncipe, refréscate un poco mientras te preparo algo de comer para el camino.
- Gracias, noble joven, pero he traído pertrechos en mi carro. Regresaré el año próximo, - le respondió con una amplia sonrisa y un brillo especial en los ojos.
- El Cielo te guíe, señor, - le dijo Sergei mientras se inclinaba con pena en su corazón.
 
José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 069: Otra lógica

Estaba Sergei sentado tranquilamente mientras saboreaba la taza de té humeante que había preparado el Maestro cuando éste le dijo con una sonrisa:
- Venga, Sergei, ¡suéltalo de una vez!
- Oh, Venerable luz que ilumina, ¿quién es un renacuajo para competir con su Maestro?
- ¿No tenías que contarme una historia que sucedió en tu pueblo? Aunque, ¿cuál es tu pueblo liebre de las estepas?
- Allí donde habito en paz, Venerable señor. Nací en la estepa mongola pero el viento me trajo hasta tu morada para ilustrarme...
- Sergei, ¡empieza ya y no me des más vueltas!
- Pues resulta que llegó un político a arengar a las gentes del pueblo y no paraba de decirles: “El que tenga dos vacas que de una a su vecino. El que posea dos fincas que reparta una entre sus prójimos. Quien tenga dos túnicas que dé una al necesitado. Deben aprender a ser solidarios. Lo único urgente es compartir”
- Eso parece sensato, - dijo el Maestro, mientras lo miraba de reojo y lleno de picardía.
- Sí, pero, entonces, se oyó una voz que dijo: “Ilustre orador, ¿no es cierto que tienes dos pares de bueyes?”
“Sí que es cierto”, - respondió el político. “Entonces, ¿por qué no nos das uno para los trabajos de este pueblo?” “Ah, respondió sin inmutarse el orador –, eso es otra lógica.”
- Sergei, ¡desde ahora te hago jardinero de mi jardín! Porque has aprendido a no fiarte de las apariencias. Y mucho menos, de los Maestros. Atiende a sus palabras, mira la mano que te señala la luna pero no te fíes ni un pelo de su conducta.
- ¡Pues estamos bien!, como dice Su Paternidad - le espetó Sergei, mientras los dos estallaban en una sonora carcajada.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 068: Croa un renacuajo

Llovía a mares. Habían llegado las lluvias monzónicas rompiendo la pesadez del ambiente y la tortura de los sentidos. El Maestro disfrutaba del maravilloso espectáculo sentado en el porche del monasterio cuando vio a Sergei corriendo con el azadón en la mano para protegerse de las aguas torrenciales.
- ¡Ah, perezoso e inconsciente Sergei! Cualquier pretexto es bueno para abandonar tu trabajo. Ya pueden los alcorques desbordarse mientras tú desperdicias la generosidad del Cielo. ¿Esa es la actitud de un aspirante espiritual? ¿Cómo desprecias la bendición que cae del Cielo?
Sergei se sintió desconcertado y profundamente avergonzado. Volvió sobre sus pasos y se fue empapando mientras se dirigía a la orilla del río. Con las ropas caladas se metió en el agua y se sintió profundamente liberado.
Pero, al cabo de unos días, el Maestro tenía que ir al pueblo vecino y, de nuevo, el cielo se rompió en una lluvia torrencial que hizo que el Maestro corriera como una liebre saltando para evitar los charcos. Sergei que lo vio no pudo contenerse y le dijo:
- ¡Venerable señor, Rostro impasible! ¿cómo huyes de las bendiciones del Cielo? ¿Acaso no eres tú quién desprecia las bendiciones divinas?
Y el Maestro le respondió con arrogancia:
- ¡Oh, insensato Sergei, nunca cambiarás! ¿No ves que lo que yo hago es tratar de no profanar el agua divina con mis pies?
- Maestro, recuérdeme mañana, cuando le prepare el té, que le cuente una historia que sucedió en mi pueblo.
- ¡Pues estamos bien! Ya croa el renacuajo.

  José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 067: Las aguas del río no necesitan que las empujen

- Maestro, ¿Cuál es tu sistema para liberarte y progresar en el camino de la Verdad? -, preguntó el discípulo.
- Yo cuando como, como; cuando duermo, duermo. Si paseo, paseo; si arreglo el jardín, me dedico a ello -, repuso con una sonrisa el Maestro.
- Pero eso, - replicó el discípulo -, es lo que hace todo el mundo.
- No, Sergei, no lo creas. La gente cuando come, está pensando en otras cosas y cuando duerme, sueña con otras cosas. Llegará un día en que comerán mientras contemplan una caja tonta, y que sufrirán por lo que todavía no ha sucedido.
- Y que a lo mejor no sucede -, dijo pensativo Sergei.
- Eso, es. Los antiguos siddhis de India descubrieron que el yoga es el control de las ideas en la mente. Lo que nos roba la paz interior es una mente alocada, perdida en el pasado y en el futuro. La mente, Sergei, siempre está dónde no está el cuerpo.
- ¿Cómo hacer, Maestro, porque cuando yo trato de alejar un pensamiento éste persiste y me aturde más?
- Es que no se trata de alejar nada, sino de imitar al cuco que canta en un lugar distinto de donde pone los huevos.
- ¿Es esa la estrategia?
- Es el sentido común, Sergei, que me estás alargando para no ocuparte de los alcorques y mira cómo proliferan las plantas salvajes.
- ¡Son hermosas, es la naturaleza!
- Pero no la propia de un jardín. Tú también llegaste aquí medio salvaje, en estado de naturaleza apaleada, y poco a poco, te vas desasnando.
- ¡Maestro! ¿Cómo hacer cuando me importunan los pensamientos?, - volvió a insistir el discípulo, que andaba esos días algo removido por la primavera -.
- Imitar al Himalaya cuando pasan las nubes, las lluvias, las nieves o las tormentas. ¡Dejarlas pasar! No luchar contra ellas. Por eso, si estás ocupado en algo y te concentras en ello, como si fuera lo único que tienes que hacer en la vida, fortalecerás el músculo de la atención. Pero sin agobiarte. ¿Qué necesidad tienen las aguas del río de que las empujes? El junco se inclina cuando pasa la corriente.
- ¡Pero...!
- Anda, Sergei, no me des vueltas. La naturaleza tiene sus leyes y, si hay que aliviarse, pues se alivia uno... y no le da más vueltas. ¿Será mejor andar todo el día abrasado? Si hay que pegar un grito, pues se pega y ya está.
- Como cuando las lágrimas pugnan por salir.
- Eso, pero uno no se dedica a pegarse pellizcos para que salgan más lágrimas. Sigue a la naturaleza, Sergei.

 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 066: Campo de arroz

- Maestro, ¿por qué hay aspirantes que vienen un día y otro día, escuchan y preguntan, te hacen regalos y tú no los admites como discípulos?
- Sergei, - respondió el Maestro que estaba arreglando la ribera del río- porque están cocidos.
- No te entiendo, Venerable señor.
- Pásame esos cantos rodados mientras te cuento una historia.
- ¿Puedo sentarme?
- No, trabaja. Pues bien, - prosiguió el Maestro que estaba sentado sobre sus talones dentro del agua -, había un aspirante bastante holgazán y que aspiraba a la paz interior pero que dejaba todo el esfuerzo en manos del Maestro, sin comprender que nadie puede progresar por otro.
- Ni existen los atajos.
- Eso es. Pensaba que con leer las Escrituras, escuchar al Maestro y asistir a los oficios en el templo ya era suficiente. Un día, descorazonado, se dirigió a su Maestro y le dijo con un velado reproche:
- "Todos dicen que eres muy buen Maestro pero yo no avanzo gran cosa...”
- "Eso puede tener solución, - le respondió -. Busca una tierra fértil y bien regada y planta estos granos de arroz. Cuando broten, vuelve a verme y yo haré el trabajo por ti liberándote de tus ataduras".
- ¿Y dio resultado? ¡Qué buen sistema!, - exclamó el inconsciente Sergei.
- Pasó mucho tiempo y se sucedieron las estaciones, pero el campo en donde había plantado el arroz no daba brotes. Así que regresó ante el Maestro y le dijo casi desesperado:
- “¡He hecho todo lo que me dijiste! Escogí una tierra fértil, no le faltó el agua de la lluvia o del riego pero ¡el arroz no brota!”
- “La razón – le respondió amable el Maestro - es porque el arroz que te di estaba cocido. Como tú, hijo"


  José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de Sergei 062: Sergei no guarda piedras

Un día en que Sergei caminaba con el Maestro por el bosque, éste lo envió a buscar agua a un barranco. Sergei bebió como un oso y luego subía silbando tranquilamente cuando surgió un tigre feroz. Sergei se volvió loco, no se le ocurrió más que ponerse a correr en círculo hasta que agarró al tigre por la cola.
El tigre estaba furioso con aquel peso proveniente de la estepa rusa, y recastado entre mongoles. Prefirió perder la cola antes que sentir encima el peso de Sergei.
- Maestro, ¿cómo matan al tigre los más valientes?, - preguntó con algo de jactancia.
- Los héroes, - respondió el Venerable -, lo hacen partiéndoles la cabeza, los menos valientes lanzan el venablo a distancia y los cobardes se apoderan de su cola.
- ¡Pero, Maestro!, -replicó confuso Sergei-, ¡si lo he puesto en fuga!
- Mira, Sergei, escucha esta historia que le sucedió a Confucio. Él también tenía un discípulo algo torpe, no como tú que sólo eres algo distraidillo. Pues bien, un día, le ocurrió lo que a ti y le molestaron tanto las palabras que te acabo de repetir que escondió una piedra en el bolsillo.
- ¿Qué pretendía hacer con ella?
- Te lo puedes imaginar. El caso es que aquel badulaque le volvió a preguntar a Confucio: “¡Maestro! ¿Cómo matan los más valerosos?
Confucio le respondió: “Los más valerosos matan con el pincel, los menos valientes lo hacen con la lengua...
- ¿Y los cobardes? - preguntó Sergei.
- Esos matan con la piedra en el bolsillo.
- Maestro, sollozó Sergei, ¿no creerás que albergo en mi corazón semejantes sentimientos? ¿Verdad?
- Ni por un momento, mi querido Sergei, pero al del cuento no le fue mal. Se postró ante Confucio, completamente conmovido, y desde aquel día se convirtió en el discípulo más fiel y más brillante del autor de las Analectas.
- ¡Uff!

 

José Carlos Gª Fajardo

 


 

Retazos de Sergei: Sergei y el sufrimiento

El sufrimiento es el problema más importante de la humanidad. En todas sus formas: hambre, enfermedad, explotación y angustia. Se nos ha hecho creer que es consustancial al ser humano. De ahí han brotado todas las filosofías, las tradiciones religiosas y hasta la política, que nos promete seguridad a cambio de sumisión.
Y no es verdad. El dolor es algo positivo que nos anuncia un desequilibrio. Una vez descodificado, se elimina o se alivia por los medios adecuados. El dolor por el dolor no tiene mérito. Puede ser perverso.
El sufrimiento procede de la mente, y a éste no podemos darle cuartel. Los maestros, sabios, sanadores, santos, o como quiera llamárseles, han abordado este tema para reconducirnos hacia nuestras auténticas raíces en busca de la identidad perdida.
No somos para el sufrimiento sino para la felicidad de sabernos nosotros mismos, y actuar con esa nueva inocencia. No podemos recuperar la inocencia perdida, pero siempre podemos crear una nueva inocencia.
Son muchos los cuentos que abordan ese tema por el lado del humor, que es uno de los más eficaces.
- ¡Maestro, no puedo más, por favor tranquiliza mi mente! – pidió el discípulo Sergei que, a veces, no controlaba su pensamiento, y sufría.
- Coge tu mente y extiéndela ante mí, - repuso el Maestro con una amplia sonrisa.
- Ya lo he intentado, ¡Alma noble!, pero es que, cuando busco mi mente, no la encuentro.
- ¿Te has dado cuenta, Sergei?, - le dijo el Maestro alzándolo de su postración por los hombros y apretándoselos con fuerza -. ¡Ya la hemos tranquilizado!
- ¿Durará? - Preguntó con sus ojos azules bañados por el viento de su estepa siberiana.
- Lo que tú quieras que dure porque es como luchar en un sueño, - prosiguió el Maestro mientras le indicaba los alcorques del jardín. Estos no son un sueño, sino una de tus tareas. Mira, - añadió mientras se alejaba de Sergei que ya tenía el azadón en la mano -, si un león te ataca durante un sueño, tú coges una lanza y acabas con él. La lanza del sueño es tan irreal como el león, pero es el instrumento adecuado. Cada crisis que se presente, tómala como una oportunidad espléndida de crecimiento.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei. 064 : El río que nos lleva

El Maestro insistía en que, si un problema está bien planteado está en su mitad resuelto.
- Pero las preguntas no son problemas, - apuntaba Sergei.
- En principio, no hay problemas sino oportunidades, desafíos que nos va presentado la existencia. Una vez interpretados, o descodificados, aparece la respuesta.
- La pregunta está dentro del problema. O sea, es y no es a la vez.
- O parece ser ella misma y su contraria. La pregunta encierra la respuesta, si está bien formulada, - sonrió el Maestro.
- O sea que la lógica y la razón, a veces nos pueden desconcertar.
- Esa es la palabra y, en el Chan, todo lo que rompe el equilibrio, la serenidad y la armonía debe suscitar alarma.
- Maestro, Apacible señor, ¿qué es la Verdad?
- ¿Así, con mayúscula? Pues, la verdad es lo que todos buscamos. Nadie la tiene en propiedad ni está en su poder administrarla. Alumbra por sí misma, como el agua que brota de la tierra o entre las rocas, cuando las condiciones son propicias.
- Entonces, ¿la verdad, Maestro?
- Es la vida de cada día.
- ¿Cómo? En la vida cotidiana sólo hay vulgaridad, reiteración, rutina, pero la verdad no se ve por ningún lado.
- En eso estriba la diferencia, en que unos la ven y otros no - contestó con una amplia sonrisa el Maestro que ya se levantaba para ir a sentarse bajo su magnolio favorito en la ribera del río.
- ¡Voy a preparar el té, Sensei!
- Esa es la verdad...
- ... y los alcorques.

 

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei del 056- 058: A vueltas con el agua

Agua para el té: Maestro, ¿qué dirías si viniera a verte sin traerte nada?
- ¡Arrójalo al suelo!
- Perdona, venerable Señor, te he dicho que “si no trajera nada, como presente”.
- En ese caso, ¡llévatelo!
El aspirante a discípulo andaba liado con sus ideas de rectitud y de perfección, e intentó abordarlo por otro flanco.
- ¿Qué es la Verdad, Maestro?
- ¡Entra!
- No logro entenderlo.
- ¡Sal! y calienta el agua.
Agua caliente: No se dio por vencido y prosiguió en el campo de la lógica.
- Noble Señor, ¿Qué práctica se debe seguir para evitar caer en una categoría y quedarme aferrado a ella?
- Mira, joven, yo ni si quiero practico la Verdad Sublime.
- Entonces, ¿a qué categoría perteneces?
- El agua para el té ya está caliente, - respondió con una sonrisa el Maestro mientras susurraba para sus adentros “Si la misma Santa Verdad no existe, ¿cómo podrían existir las categorías?
Agua helada: Él seguía enganchado en su rueda mientras venía con la bandeja para el té:
- Ya lo entiendo, Maestro, ¿verdad que tengo razón en no tener ideas?
- ¡Desecha esa idea! -, respondió como un trallazo el Maestro.
- Pero, noble Señor, os he dicho que no tengo ideas cómo podría desecharlas? , - insistió mientras intentaba verter el agua caliente en la tetera.
El Maestro dio un grito, sutil y tierno, y el agua hirviendo se derramó sobre el regazo del aspirante a bombero.
- Oh, pobre, pobre, no te aflijas más, ¡eres libre de seguir aferrado a esa idea de la no idea! – y, sin más, le arrojó por encima un barreño lleno de agua helada.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 055: Sergei y el elefante

A veces, corremos peligro de caer en la simplicidad, que no es lo mismo que la sencillez. Con esta virtud un gobernante puede hacer justicia y dar felicidad a todo un pueblo, mientras que bastante simples son los tontos que pueblan la historia. De tan simples, algunos han sido fuente de discordias, de abusos y de guerras atroces.
Por eso, es bueno utilizar la mente y todas nuestras facultades, pues para algo existen. Es el clásico “¡Ayúdate que Dios te ayudará!. O el no menos elocuente, “Confía en Dios, marinero, pero rema hacia la orilla”.
Un discípulo venido desde las estepas rusas había concluido su encuentro diario con su Maestro y éste cerró el debate místico con un rotundo:
- ¡Dios es y está en todo lo que existe! (Pero ... Él no ex -siste.)
El discípulo salió a la calle tan conmocionado que casi no vio venir hacia él un elefante a la carrera. Quizás venía enloquecido por el amok, por eso su conductor gritaba desde lo alto del paquidermo:
- ¡Apártese, que no lo puedo dominar! ¡Apártese!
El discípulo que no había entendido la verdadera naturaleza de las palabras del Maestro, dijo para sí: “El elefante es Dios, yo soy Dios, todo es Dios, ¿acaso Dios va a tener miedo de Dios?” Y Sergei no se apartó. ¡Casi quedó como un sello pegado al pavimento después de pasar una apisonadora! Pero como, en el último momento, su kí o energía vital, actuó desde su ombligo, el discípulo puso en acción sus conocimientos de taichí chuán y pudo recuperarse al cabo de unos meses.
Lo primero que hizo fue dirigirse al encuentro de su Maestro para que le explicara lo sucedido. El Venerable Maestro, casi sin poder contener la risa, porque sentía un gran afecto por el discípulo, le dijo:
- Mira, Sergei, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero también Dios, en la forma del mahut conductor del elefante, te avisó a gritos para que te apartaras del camino. Sergei, amigo, ¿por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?
- ¡Gracias, Maestro!, le respondió Sergei inclinándose.
- Por eso, para aclarar tu mente y reponerte bien, vete a arreglar los alcorques del jardín.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 054: La aguja del Maestro

En un célebre monasterio de Japón había un Maestro Zen famoso por su silencio. Todos le admiraban y sabían que se comunicaba “I shin den shin”, “De mi corazón a tu corazón”. Por eso, nadie osaba hacerle preguntas ya que entendían que él conocía sus corazones. Pero, como siempre, había un discípulo que todo lo quería pasar por su razonamiento, por el cedazo de la lógica más severa. Y claro está, vivía en un permanente desasosiego.
Un día, éste se acercó al Maestro del silencio y le espetó sin mucho respeto.
- Maestro, siempre te pregunto y tú no me respondes. No me explicas el misterio de la vida y del sufrimiento, si hay un más allá y qué forma adoptaremos después de la muerte. Eso en el caso de que haya otra vida después de la muerte.
El Maestro permaneció en silencio y la comunidad continuó su meditación en el más profundo y sosegado ambiente creado por el Maestro. Cuando todos se hubieron marchado a sus tareas, el Maestro le dijo al joven filósofo que se quedar a un momento. Le entregó una aguja que llevaba al cuello pendiente de un hilo y le dijo:
- Toma esta aguja y coloca una gota agua en su punta.
- ¡Pero esto es imposible! – respondió el joven de inmediato.
- Más imposible es pretender encontrar respuestas a todo lo que está más allá del entendimiento.
El discípulo se postró en el suelo y no se atrevía a levantar el rostro por la vergüenza de no haber confiado en el silencio del Maestro.
- No te avergüences, hijo. Yo también era como tú y mi Maestro me dio esta aguja para que la llevara colgada al cuello. Tómala, creo que ya puedo pasártela a ti.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 053: Diez monedas

Hay mucha gente que piensa que los que desarrollan una vida interior no tienen idea de las cosas de la vida ordinaria. Como si vivieran del aire. En India, se llama sanyasin a los renunciantes que han abandonado todo y llevan una vida de entrega a los demás sin que estos se den cuenta.
En una taberna, estaban discutiendo un grupo de amigos. Uno de ellos había prestado una moneda de oro a un conocido que ahora se negaba a reconocer la deuda porque no había habido ningún testigo.
Los amigos le daban consejos diversos pero el buen hombre sabía la que le esperaba en su casa cuando su mujer supiera que había sido tan necio y confiado.
En una mesa cercana estaba un sanyasin. Parecía absorto en sus reflexiones pero, en realidad, estaba saboreando una rica taza de té. Esto no le impedía permanecer alerta y darse cuenta de lo que sucedía en la otra mesa. Uno de los amigos dijo:
- ¡Cómo no le preguntemos a ese yogui!
- ¡Tú estás loco!, - le respondieron al unísono los otros- . Estos están siempre ensimismados en sus pensamientos.
El hombre santo se acercó al grupo y les dijo afablemente:
- Perdonad que intervenga pero creo que deberíais de ir acompañando a vuestro amigo y que éste le reclame las diez monedas de oro que le debe.
- ¡Pero si sólo le presté una! , - exclamó el hombre.
- Eso será lo que él te conteste, y ya tendrás testigos para obligarle a que salde su deuda, - les dijo muy tranquilo el sanyasin, aunque por dentro pensaba que a algunos les está bien merecido lo que les sucede.
- En fin, - agregó el yogui, desconcertándolos todavía más- , es la ley del karma, se recoge lo que se siembra.
Y se sentó tranquilamente en su mesa a servirse otra taza de té humeante.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 051: Saber soltar

Una de las asignaturas pendientes en el mundo del voluntariado social es aprender a dejarnos querer. Parece más difícil que saber querer, sin posesión ni pertenencia. Ni impedir que el otro crezca ni obstaculizar su vuelo. Ser como alas de un mismo vuelo, o, con la conocida expresión, aprender a mirar juntos en la misma dirección.
Este cuento está en numerosas tradiciones.
Una corneja había encontrado un sabroso trozo de carne y emprendió el vuelo. Al instante, una bandada de colegas la seguían para disputarle su presa. Por más que la corneja apretaba su vuelo, la bandada de congéneres arreciaba en el suyo formando un estrépito descomunal.
La corneja, sabia por desprendida, soltó su trozo de carne y vio cómo todas las demás se lanzaban en su captura peleándose entre ellas hasta que todas cayeron a un precipicio sin fin, en donde encontraron la muerte.
La corneja sabia, continuó su vuelo, libre y feliz, saboreando la libertad que le había proporcionando su desapego.
Mucha gente se hace un lío con la pretendida doctrina budista de renunciar a los deseos. Nunca el Buda dijo semejante tontería, pues sabía que sin deseos no hay posibilidad de vida. Otra cosa es aferrarse a ellos y convertirse en su instrumento.
No dijo otra cosa Jesús de Nazareth que saboreó la amistad, la comida y la bebida, el descanso y la vida entre las gentes. Hemos hecho de esos Maestros personajes acartonados por descarnados. Para poder ser mejor dominados y controlados por los guardianes de todos los templos, en los que obviamente no mora encerrada la divinidad que predican.
La sabiduría está en no agarrar ni en dejarse agarrar, en el desprendimiento. Que no es el desapego que pregonaron ciertos ascetas, la total indiferencia. Cuando comemos, comemos; cuando bebemos, bebemos; cuando reímos, reímos. Y así sucesivamente.
(También es posible que la corneja fuera en lo sucesivo más prudente)

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 092: No retener

- Maestro, - le dijo un día algo preocupado Sergei, mientras caminaban por la ribera del río -. Perdona mi atrevimiento pero...
- No te preocupes, liebre mongólica, en el mejor sentido, claro. ¡Suelta lo que sea, porque, al fin y al cabo, no podrás contener la sergiada.
- No, si ya sabía yo que, al final, queriendo hacer el bien y consolarte, me la gano siempre, - dijo como para sus adentros el aprendiz de discípulo.
- ¿Consolarme, Sergei? – le preguntó sereno el Maestro.
- Verás, yo sé que tus mejores discípulos viven en el monasterio. Los vas formando desde jóvenes, sigues su evolución, padeces y disfrutas con sus progresos y conduces a cada uno de acuerdo con la naturaleza de su karma.
- Es cierto. Esa es la misión que me ha encomendado el Abad de este gran centro. Y le estoy muy agradecido porque, a mis años, me ha permitido habitar en este rincón de la huerta, junto al río. ¡Y hasta me ha proporcionado un asistente!, - respondió con una sonrisa pero temiendo que el rapaz siguiera por ese camino -.
- Pero, al final, ¡todos se van marchando! Hasta los más queridos por ti. Y algunos, y a pesar de que tú todavía no los has visto maduros, pero por el afán de cambiar.
- Escucha esto que, al parecer, le sucedió al Nasrudín Hojda, del que muchos se ríen por sus aparentes disparates, cuando se trata de un auténtico maestro sufí. No es buena señal para un maestro espiritual el que sus discípulos permanezcan siempre sentados a sus pies.
- Escucho, oh Luz que Ilumina, ¡pero ya te has vuelto a escapar por la tangente! -, exclamó Sergei -.
- ¡Para eso están, Sergei, para eso están! Si siempre fueran secantes no podríamos crecer cada uno según nuestro anhelo. Pero escucha, gran melón, escucha:
Cuando Nasrudín llegó a China, reunió un buen número de discípulos a los que preparó para alcanzar la iluminación por el sabio camino de los místicos la tradición lo recuerda bajo el nombre de Afanti. Tan pronto como la alcanzaron, los discípulos se dispersaron. Y el Mulá bendijo a Alá porque había escuchado sus ruegos.

 

José Carlos Gª Fajardo