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J. C. García Fajardo

Cuentos

Retazos de Sergei 098: Rico en tiempo

Estaba el Maestro paseando junto al río y se asombraba de la destreza de un pescador al lanzar su red redonda al aire. ¡Iba llena de armonía en su movimiento! Sonreía el Maestro cuando el pescador, cubierto por un simple taparrabos, sintió una cálida frescura en su espalda y volvió el rostro en dirección a la orilla. Los dos se miraron y se sonrieron complacidos.
En esto, llegó Sergei, apurado como siempre, y dijo al Maestro:
- ¡Qué contrariedad, Alma noble! Resulta que el Abad tiene la importante visita de un magistrado de Pekín que insiste en saludarte antes de regresar a la Corte. Y el Abad te ruega que lo atiendas, aunque sea unos minutos.
- ¿Pero no estábamos esperando al mendigo? – preguntó el Maestro.
- Eso me atreví a decirle yo al Abad, - respondió compungido el rapaz -.
El Maestro se echó a reír y le preguntó con algo de sorna_
- ¿Y qué te respondió el Abad, Sergei?
- Me dio un bastonazo, y me espetó: “¡El mendigo puede esperar porque tiene todo el tiempo del mundo! Su Señoría es esperado con urgencia en la Corte”.
- ¡Sergei! No tienes por qué imitar la voz del Abad. Eres incorregible. Pero, anda, vete en busca de Su Señoría y hazlo pasar a mi cabaña. Dudo de que fuera capaz de disfrutar de esta puesta de sol. El pescador se inquietaría.
- ¿Qué pescador, Venerable señor?
- ¡Cualquier buscador, Sergei, cualquier buscador! La verdad es que el Abad no hace más que enviarme mensajes de que el mendigo vagabundo es en realidad una persona excelente y de que mejor podría alojarse en el Monasterio.
- ¿Por qué, mi Señor?
- ¿No ves lo rico que es en tiempo? ¡Tiene todo el tiempo del mundo!
- ¡Pero si el tiempo no existe, Maestro! Tú dices que lo vamos haciendo.
- Por eso, zorro de la estepa, por eso.
Sergei se fue volando para acompañar al gran Magistrado que tuvo dificultades al recoger su ampuloso kimono para caminar por el estrecho sendero de guijarros que conducía al Maestro. Cuando llegó ante la cabaña, miró al asistente que le indicaba la entrada con la mano. El alto mandarín tuvo que inclinarse para poder entrar y, al ver al Maestro sentado tejiendo un cesto, no pudo contenerse y mirando las desnudas paredes, exclamó:
- Maestro, ¿dónde están tus muebles?
- ¿Dónde están los tuyos, noble Magistrado?
- ¿Los míos? Pero si yo sólo estoy de paso. No llevo mi morada a cuestas. El viaje requiere ir ligero de equipaje.
- Lo mismo me sucede a mí, - respondió con una amplia sonrisa el Maestro que vio alejarse con tristeza al noble mandarín de la Corte Imperial.
 
José Carlos Gª Fajardo, amanuense del Maestro,: "A veces me pregunto si le vale la pena seguir enviando estos "Retazos" que pocos parecen leer... "Puede llevar a un camello  al abrevadero, pero nunca podrás obligarlo a beber" -me respondió. "Pero, le dije, y a ti, Venerable señor, ¿qué más te da, por qué continuas hablando si nadie te escucha porque no logras cambiar a nadie". Me respondió con una amplia y acogedora sonrisa. "Continuo hablando para que ellos no me cambien a mi". Bueno, proseguiré transcribiendo, aunque yo tampoco entiendo mucho.

Retazos de Sergei 097: Cenar lentejas

- Maestro, – le dijo un día Sergei, mientras esperaban a que el mendigo que venía a visitarlo se asease y tomase una túnica que le habían prestado los monjes de la hospedería -, ¡qué suerte tenemos con las dádivas de los devotos! Así, la comunidad puede dedicarse a la oración.
- Mira, rana de las charcas, - le respondió el Maestro sin dejar de tejer una alfombra de hermosos colores -, si cada uno comiera sólo de lo que producen sus manos y lo compartiera con los que no pueden trabajar, otro gallo cantaría.
- Ya sé, Maestro, que esa era la norma cuando tú fundaste este monasterio, pero los tiempos han cambiado y ahora son muchos los jóvenes que vienen a formarse.
- Yo no fundé ningún monasterio, Sergei. Jamás me hubiera atrevido. Acepté que algunas personas me acompañasen en la meditación de la tarde y en el servicio a los más pobres, como nos enseñó el Buda. Así había sido la práctica de los Maestros del Tao. Y esa fue la práctica de los que acompañaban al Rabí de Nazareth, en vida.
- ¿Fueron sus seguidores los que complicaron las cosas? -, aventuró Sergei.
- No, las cosas se complican solas, si se lo permitimos.
- ¿Por eso, le pediste al nuevo Abad, cuando “se complicaron las cosas”, que te dejara vivir en esta cabaña junto al río?
- Por eso, y porque ya no tenía edad para seguir el ejemplo de los verdaderos Maestros e irme a vagabundear por los caminos o a poner un puesto en el mercado. Mi vida es un muestrario de defectos, Sergei.
- ¿Pero no es bueno permitir que los demás hagan el bien y “dejarnos querer”, como tú dices?
- Hay algo todavía más grande que hacer el bien, potro de las estepas.
- ¡No es posible!
- ¡Hacer que lo hagan los demás y nosotros pasar desapercibidos! Escucha esta historia de los bárbaros del lejano oeste: “Estaba Diógenes, el filósofo, comiéndose unas sencillas lentejas con ajito, cuando lo visitó el filósofo Aristipo – que vivía en la corte adulando al rey -, y le dijo: “Si aprendieras a hacerte agradable al Rey no tendrías que cenar estas insípidas lentejas”. “¡Y si tú hubieras aprendido a prepararte tus lentejas no tendrías que poner tu boca donde termina la espalda del rey!”, - le respondió con la boca llena el filósofo contestatario. ¡Vuelve a por otra, Sergei!
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 096: El ruido

- Sergei, escucha esta historia antes de hacer pasar al peregrino, - le dijo el Maestro.
- ¡Ah! ¿Ya no es un mendigo? – preguntó el lengua larga.
- Hace muchos años, había un maestro Chan de enorme prestigio pero al que temían por su severidad y por sus métodos, algo bruscos. Por eso no tenía muchos discípulos. Pero, un día, llegó a su puerta un noble joven, de espléndida apariencia y porte muy distinguido. Se inclinó ante el Maestro y le pidió que lo admitiese a su servicio. El Maestro, al oír esto, se puso a reír a carcajadas. El aspirante se controló y bajó la vista, esperando que el Maestro lo invitase a sentarse. Pero, en lugar de esto, le espetó: “¡Siéntate! ¡Pero como es debido, espalda recta, sin rigideces, pero bien erguido! Respira bien, no como una gallina clueca”. El joven le obedeció y permaneció en silencio mientras el Maestro saboreaba un té humeante sin ofrecérselo. “¿Deseas algo, joven atrevido?”, le espetó casi sin mirarlo. “¿Podría tomar una taza de té, Venerable Señor?” El Maestro lanzó el contenido de su tetera hirviendo sobre el joven aspirante que lo recibió sin inmutarse, controlando el dolor de las quemaduras. Pero, con mesurada voz, le preguntó: “¿Es así como tratas a un visitante?” “¡Nadie te ha llamado! Y, además, ¿no era té lo que me habías pedido?”
El Maestro se sumió en profunda meditación y, al cabo de un rato, el aspirante también se sumió en una meditación deliciosa, en armonía con la del Maestro. De repente, sintió sobre su rostro una sonora bofetada. Tuvo que controlarse para no echarse sobre el Maestro y devolverle el golpe con alguna de las técnicas de taekwondo que dominaba. “¿Qué ha producido ese ruido? ¿La mano o tu mejilla?”, le preguntó el Maestro. Como tardó unos segundos en buscar una respuesta, el Maestro le atizó otro tortazo. “¡Ahora responde! ¿De dónde ha surgido ese ruido? ¿De la mano o de tu mejilla?”
El Maestro se había dado cuenta de que se trataba de un auténtico buscador pero al que su afán de perfección y su orgullo lo tenían empantanado en su maduración espiritual. El joven, rápidamente, respondió sin pensarlo: “¡De la mente!” Se refería al ruido de rabia y de humillación que había sentido al recibir las bofetadas. El otro ruido, ¿qué más daba si venía de la mano o de la mejilla?
El Maestro se alzó y acudió a abrazarlo y a ayudarle a levantarse. “¡Estás en el camino, hijo! ¡Quédate conmigo el tiempo que desees! No he hecho contigo más que lo que mi Maestro hizo conmigo porque yo también era orgulloso y no paraba hasta conseguir la excelencia en todo lo que emprendía. ¡Qué locura! Pero tú has pedido entrar a mi servicio. Todos estamos al servicio unos de otros. Gracias por haber venido. Te esperaba, porque el Maestro necesita al discípulo como éste necesita al Maestro. ¡Hoy es el día!”
- ¡Menos mal que tú no utilizas esos métodos, Venerable Maestro! – susurró Sergei.
- Siempre estamos a tiempo.
- ¡Me voy a buscar al peregrino!

  José Carlos Gª Fajardo

Retazos 095: Redondos y partidos por la mitad

- Maestro, parece que hay un mendigo peregrino en la puerta que desea saludarte.
- ¿Sólo parece, Sergei?,- respondió el Maestro sin alzar la vista del canasto que estaba trenzando.
- Bueno, a mí, por el porte, no me parece que haya pasado mucha hambre en su vida. Además...
- ¿Además?
- ¡Están sus manos y sus pies! Alma Noble, no se tienen esas manos cuando se han pateado los caminos, ni esos pies cuando no se conoce más agua que la de los charcos y los arroyos.
- Buena observación, liebre temblorosa. ¿Qué te hace temer?
- ¿A mí, Maestro? ¡Sergei no teme nada ni a nadie!
- Salvo cuanto te acomete el pánico, que habría que ir a buscarte a Mongolia, sino fuera porque siempre vuelves. Como las moscas.
- Bueno, no sé por qué pero me parece que estás muy satisfecho estos días, y silbando. ¿No lo estarás esperando, Sensei?
- Yo espero siempre, Sergei querido, pero estáte tranquilo porque nadie te quitará tu puesto. Ya me he acostumbrado a tus sergiadas y, a la vejez, no es bueno hacer mudanza.
- ¿Lo hago pasar, Maestro? No parece tener prisa, ni siquiera por verte.
- Eres un caso, Sergei, pero escucha esta historia que escuché de niño, durante mi noviciado. Llegó un importante funcionario para acogerse a la hospitalidad del monasterio y pasar unos días de descanso. Fue admitido y encomendado a un monje de carácter apacible que trataba a los huéspedes y a los peregrinos como al mismo Buda. El ilustre funcionario, que vivía en un perpetuo stress, había venido en busca de la paz y del silencio. Pero no paró de hablar con el monje a quien retenía aún durante los tiempos de la oración comunitaria. Al tercer día, sirviéndose la enésima copa de vino, regaló un poema al monje budista Chan, que lo escuchó impertérrito: “En el monasterio, perdido entre las montañas, encontré a un bonzo sonriente. Lejos del mundanal ruido encontré un momento de descanso” De repente, el monje soltó una carcajada que iba en aumento como si se le partiese el final de la espalda. “¿Por qué te ríes?, - preguntó el alto funcionario”. “Porque tu momento de descanso me ha supuesto a mí tres días de cansancio, noble funcionario”.
- “¡Jobár! – exclamó Sergei, sobre todo por lo del ‘final de la espalda’, pues él conocía la expresión de otra manera.
- Anda, Sergei, ‘culo redondo y partido por la mitad’, haz entrar a ese mendigo peregrino.
- ¡Maestro! ¡Qué expresiones estoy aprendiendo!
- ¿Tú, aprendiendo? Eso es lo que son todos los hombres, desde el más alto funcionario de palacio al más humilde vagabundo.
- Y los maestros y los abades, los aspirantes y los discípulos... los asistentes...
- Sí, Sergei, estás en el Camino.
 
José Carlos Gª Fajardo

Retazos 094: Guerrero de los sueños

Llegó un día al monasterio un rico comerciante a hacer una importante donación al Abad. Éste se lo agradeció prometiéndole que la comunidad lo tendría presente en sus plegarias porque compartía sus riquezas con los pobres. “Sí, padre Abad, por eso lo hago porque sé que ayudáis a todos los pobres del condado. Pero, ¡yo querría pediros el favor de que me recibiera el Maestro que habita en la cabaña que está junto al río!” El Abad hizo las gestiones y envió al comerciante a presencia del Maestro, acompañado por su asistente Sergei.
Mientras éste preparaba el té, tenía la antena puesta y oyó este diálogo:
- Maestro, estoy desesperado. Alguien me ha echado el mal de ojo. Todo me sale mal. Mi mujer está enferma, los negocios no van como antes y yo me siento abatido.
- Ya pasará, amigo, ya pasará. Es ley de vida que los sucesos venturosos y las pruebas se alternen para madurarnos.
- ¡Pero es que yo no puedo más, Maestro! Tú puedes hacer un milagro. ¡Ayúdame!, - le suplicó dominado por su obsesión.
- Bueno, - le dijo con calma infinita el Maestro que conocía bien a esta clase de devotos -. Por fortuna, conservo el amuleto que me entregó un día mi Maestro. Te lo voy a entregar, pero no se lo digas a nadie. Ponle una cinta y cuélgalo del cuello. Cada día reza una plegaria por los más desdichados de este mundo.
- ¡Así lo haré, Maestro!
- Pero recuérdalo bien: Cada vez que te acometa el desánimo, agárralo con fuerza y respira hondo, muy hondo, mientras te vas a dar un corto paseo. ¿De acuerdo?
- Así, lo haré Maestro. Te lo prometo.
- Y no te olvides de ser muy generoso con los más pobres, y muy paciente con quienes te rodean.
El buen hombre se marchó sin esperar siquiera a tomar el té que traía Sergei en una bandeja.
- Maestro, - le dijo el asistente muerto de curiosidad -. ¡Nunca me habías hablado de ese poderoso amuleto!
- Ay, Sergei, hay muchas cosas de las que no te he hablado. Esperemos a ver sus efectos prodigiosos.
Pasaron unos meses y el comerciante regresó al monasterio con una gran carga de alimentos para los monjes. Y, de nuevo, pidió al Abad licencia para visitar al Maestro de la cabaña. Cuando estuvo en su presencia, se arrojó al suelo intentando besar sus sandalias mientras exclamaba:
- ¡Oh, Venerable Señor, nunca te podré pagar el milagro que hiciste conmigo! Aquí te devuelvo tu maravillosa reliquia. Te aseguro que no he dicho nada a nadie. ¡Qué gran poder el de este amuleto!
Y caminando de espaldas, mientras hacía reverencias, se retiró acompañado del asistente. Éste, tan pronto como regresó, ligero como una liebre, suplicó al Maestro:
- Alma Noble, ¡muéstrame ese amuleto maravilloso!
El Maestro soltó una carcajada y le dijo:
- ¡Vete y tira esta piedra al río! ¡Fue la que cogiste el otro día para calzar la mesa que pusimos en el jardín!
- No es posible, Maestro, no es posible.
- Mírala, melón, mírala. No he hecho otra cosa que utilizar su imaginación destructiva para dar paso a la imaginación constructiva.
- ¿Tan simple como eso? -, exclamó Sergei.
- El otro día soñaste que te atacaba un león, ¿recuerdas?
- Sí, te lo conté en el desayuno.
- ¿Y cómo lo venciste?
- ¡Pues con una lanza que le arrojé con denuedo!
- O sea que con una lanza soñada has matado a un león ilusorio. ¿Lo ves, guerrero de los sueños?
- ¡Lo que me faltaba!


José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 093: Proverbio hindú

Estaban Sergei y el Maestro metidos hasta la cintura en el río reparando algunos destrozos que habían hecho los castores. Sergei ya tiritaba pero no se atrevía a dejar solo al Maestro que le preguntaba con cierta sorna:
- ¿Ya te encuentras mejor, Sergei?
- ¿Yo, Maestro? ¡Nunca me he encontrado mejor ni más fogoso!
- Por eso, liebre andariega, por eso lo digo.
- Maestro, ¡no es para tanto! Aquí en el monasterio se arruga hasta la memoria. Pero, metidos durante horas en el agua, ¡ni me la encuentro! Lo malo es cuando me envías a algún mandado al pueblo.
- ¿Qué yo te envío, adónde?
- Bueno, el monje ecónomo anda siempre muy atareado y yo me ofrezco para aliviarlo un poco en sus tareas.
- Ya entiendo, - respondió con sonrisa cómplice el Maestro.
- Tú me has enseñado que “lo único urgente es compartir”, y yo le ofrezco a los monjes mi tiempo.
- ¡Qué morro tienes!
- A propósito, Sensei...
- ¿Por qué utilizas últimamente el trato de cortesía propio del Zen? ¿No estarás preparando una escapada?
- Maestro, el otro día yo te quería preguntar por qué, ante cualquier dificultad que se presenta, respondes: “¡Está bien! ¡Está bien!”
- Porque muchas veces no podemos controlar las circunstancias externas, pero siempre podemos entrenarnos en cultivar una actitud equilibrada y serena para afrontarlas. Si aceptamos lo que no podemos controlar, y somos diligentes para buscar los medios adecuados, ganaremos en paciencia, en ecuanimidad y, sobre todo, en paz interior.
- Sí, Maestro pero, a veces, suceden cosas que le dan a uno cien patadas porque son irracionales.
- Sólo lo parecen, Sergei, sólo lo parecen. Escucha este proverbio hindú tan lleno de sabiduría: “Si tiene remedio, remédialo; si no lo tiene, acéptalo y aprende”.


  José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 092 : No retener

- Maestro, - le dijo un día algo preocupado Sergei, mientras caminaban por la ribera del río -. Perdona mi atrevimiento pero...
- No te preocupes, liebre mongólica, en el mejor sentido, claro. ¡Suelta lo que sea, porque, al fin y al cabo, no podrás contener la sergiada.
- No, si ya sabía yo que, al final, queriendo hacer el bien y consolarte, me la gano siempre, - dijo como para sus adentros el aprendiz de discípulo.
- ¿Consolarme, Sergei? – le preguntó sereno el Maestro.
- Verás, yo sé que tus mejores discípulos viven en el monasterio. Los vas formando desde jóvenes, sigues su evolución, padeces y disfrutas con sus progresos y conduces a cada uno de acuerdo con la naturaleza de su karma.
- Es cierto. Esa es la misión que me ha encomendado el Abad de este gran centro. Y le estoy muy agradecido porque, a mis años, me ha permitido habitar en este rincón de la huerta, junto al río. ¡Y hasta me ha proporcionado un asistente!, - respondió con una sonrisa pero temiendo que el rapaz siguiera por ese camino -.
- Pero, al final, ¡todos se van marchando! Hasta los más queridos por ti. Y algunos, y a pesar de que tú todavía no los has visto maduros, pero por el afán de cambiar.
- Escucha esto que, al parecer, le sucedió al Mulá Nasrudín, del que muchos se ríen por sus aparentes disparates, ¡cuando se trata de un auténtico maestro sufí!. No es buena señal para un maestro espiritual el que sus discípulos permanezcan siempre sentados a sus pies.
- Escucho, Luz que Ilumina, ¡pero ya te has vuelto a escapar por la tangente! -, exclamó Sergei -.
- ¡Para eso están, Sergei, para eso están! Si siempre fueran secantes no podríamos crecer cada uno según nuestro anhelo. Pero escucha, gran melón, escucha:
"Cuando Nasrudín llegó a China, reunió un buen número de discípulos a los que preparó para alcanzar la iluminación por el sabio camino. Tan pronto como la alcanzaron, los discípulos se dispersaron. Y el Mulá bendijo a Alá porque había escuchado sus ruegos..

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 091: El ladrón de vértigos... se hace maestro

(Nota: Por favor, no os precipitéis en querer sacar moralejas. Las cosas son como son. Suspended el juicio, dejaos atrapar por el contenido de este hermoso "cuento". Siempre os creéis obligados a hacer un comentario. Ayer os dijo Sergei en este blog: " ¿Habéis lavado ya los platos del desayuno? Es genial ver como lo hacéis todo tan complicado... ¡¡cuando sólo se trata de lavar los platos!!" Hacedle caso, él, cuando llegó, también era como vosotros y ahora, cada vez que leo uno de sus post... me conmuevo satisfcho. Nesemu
Una tarde, el Maestro le dejó caer esta hermosa historia a Sergei:                                                         "- Con la madurez, había alcanzado una cierta estabilidad y sosiego. Practicaba la meditación y el desprendimiento. Vivía al día, después de haber educado a sus hijos y de haber desempeñado su profesión de médico con éxito hasta que perdió a su esposa. Tenía una casita en el campo con las cosas más indispensables. Cuidaba su jardín y vivía de una pequeña pensión que compartía con los más pobres.
Una tarde, al regresar de atender a una anciana enferma, vio a un ladrón que estaba cargando en una carreta los pocos muebles que poseía. Sin dudarlo, le echó una mano y así terminaron antes. El ladrón le preguntó agradecido:
- ¿Tú también eres ladrón? ¡Qué bien te mueves!
- No, - respondió el anciano -, era el propietario.
El ladrón se echó hacia atrás espantado, pero el anciano lo tranquilizó con la más amplia sonrisa:
- No te preocupes por nada, hombre. Nací desnudo y me llevarán a la cremación envuelto en un simple sudario. Vete en paz, y recibe mi agradecimiento.
- ¿Encima, te burlas de mí?, - preguntó el ladrón.
- No, - respondió amable el anciano mientras ponía una mano sobre su hombro -. Cuando llegué, te estuve observando en silencio. Me admiró tu concentración. No existía nada más importante para ti que lo que estabas haciendo. ¡Si me quisieras aceptar como discípulo, compartiríamos lo poco que tenemos! " (Silencio, ahora silencio, concentráos en el silencio como el ladrón se concentraba en lo que hacía. !Ambos se admiraron!, porque se reconocieron.)

  José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 090: Los contratos de Nasrudín

Hoy tocaba recogida de juncos en la orilla del río para que el Maestro tuviera reservas durante el otoño y, así, poder seguir dedicado a su pasatiempo favorito después de las largas meditaciones.
- ¿Por qué es tan importante ocupar las manos en algo cuando se regresa de la meditación?, - preguntó Sergei.
- Por eso, Sergei, porque todavía regresamos, como tú dices. Cuando nos dé igual hacer cestos que cuidar alcorques, vivir en una ermita perdida en el monte o vender vino en el mercado, entonces, ya no distinguiremos los quehaceres de las bondades del estudio, de la contemplación o del profundo silencio.
- Eso es poder hacer lo que uno quiere.
- No, liebre precipitada. Eso es querer lo que uno hace. ¿Qué más da lo que hagamos, Sergei? Se trata del cómo, de la concentración, del amor, de la libertad y el desprendimiento que pongamos en cuanto hagamos. ¿Barrer, orar, comer o hacer el amor, dormir o velar? ¿No es todo lo mismo bajo apariencias diferentes?
- ¡Hombre, Maestro, dicho así suena fuerte y uno tiene sus preferencias, digo!
- ¡Qué bruto eres, Sergei! ¿Podrías estar todo el día y toda la noche comiendo o follando o durmiendo o bebiendo? ¿Un día tras otro, un mes tras otro? ¿No te das cuenta de que gran parte del placer reside en su brevedad? Recuerda a Sísifo, a Tántalo, a Niobe y a todos los héroes que pretendieron ir más allá de su naturaleza desafiando al Cielo.
- Por eso dices que no nos fiemos de las apariencias, sino de la energía que las anima.
- Escucha esto, lobo estepario. Eran las diez de la mañana y el Maestro Sufí Nasrudín dormía a pierna suelta. Su mujer fue a despertarlo porque se le enfriaba el desayuno y, además, tenía que ir a dar clase. El Mulá pegó un grito a su mujer y le dijo. “¿No comprendes, mujer insensata, que me encontraba a punto de cerrar un contrato por valor de cien mil piezas de oro? ¡Ay, Alá, qué cruz me has dado con esta familia que me has puesto encima!” Y Alá se asomó y lo zarandeó mientras pretendía ir en busca del contrato soñado: “Escucha, Mulá, - le dijo Alá-, ¡Eres más zote que un gañán! Tú si que eres el insensato y no la mujer que te aguanta, hasta que un día se canse”. “Sí, - respondió despertándose del todo Nasrudín -. ¡Tú dale ideas, Señor, que buena es ella!” “¡Escucha, Mulá incorregible! ¿Acaso no pretendías realizar una estafa con ese contrato en tu sueño? ¿No era la otra parte un tirano redomado?” “¡Todavía no lo había firmado! – se defendió Nasrudín” “Si al despertar, - prosiguió Alá - renunciaras a ese injusto contrato hubieras sido una persona justa, un santo. Si hubieras utilizado tu inteligencia para ayudar a liberar al pueblo oprimido por el tirano, hubieras sido un héroe. Pero si, en medio del sueño, te hubieras dado cuenta de que estabas soñando, hubieras sido un hombre despierto, un ser liberado. ¿De qué te valdría haber sido un santo o un héroe, si estabas dormido? -, concluyó el Altísimo”
- ¿Y qué hizo el Mulá después de haber escuchado a Alá?, - preguntó el inquieto zorro de las estepas rusas, como temiéndose que hubiera gato encerrado en el cuento del Maestro.
- Pues lo mismo que vas a hacer tú: Irse a lavar los platos del desayuno de toda la familia porque su mujer dijo que “en esta casa hay un tiempo para comer y hay un tiempo para holgar. ¡Estaríamos buenos!”
 
José Carlos Gª Fajardo

Retazos 089: Los justos

- Maestro, - le preguntó un día Sergei -, tú que devoras los libros occidentales en busca de la sabiduría universal, ¿por qué no nos cuentas algunas historias de los bárbaros extranjeros que habitan el lejano oeste de nuestro continente asiático?
- ¡Cállate, Sergei, que no vayan a oírte! – respondió el Maestro llevando su índice a los labios -. Ellos creen que habitan un continente, que no es tal por mucho que lo mires en los mapas, y al que denominan Europa. Se creen el ombligo del universo y, en esa convicción etnocentrista, dominaron el mundo desde el siglo XVI. Lo que era puro eurocentrismo ellos le llamaban la sagrada “carga del hombre blanco”. Por eso se han empleado en imponer, mediante la conquista, su civilización, su comercio y su cristianización. Las tres ces de la sangrienta colonización europea.
- Vosotros los chinos tampoco fuisteis mancos cuando os creíais el centro del mundo. Vuestros emperadores se llamaban “Hijos del Cielo”, como el del Japón se cree “Hijo del Sol” mientras los Reyes cristianos lo eran “por la gracia de Dios”. Día llegará en que una nueva potencia se crea el fundamento del Bien y del Mal y se dedique a “democratizar y a civilizar” a otros pueblos de culturas milenarias.
- ¡Que el “arbusto” no te impida contemplar el bosque, liebre terrorista! Te voy a contar lo que uno de los hijos más ilustres de ese continente americano, que tenemos aquí, al Este de Asia, entiende por “los justos”. Ya sabes que ese concepto es sinónimo de sabio, de santo o de realizado.
- ¿Se trata de Camus o de Saint Éxupéry o de Whitman?
- ¡Condenado rapaz! Así no vas a avanzar. Se trata de Borges, que escribe así: “Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que comprende o quiere comprender un mal que le han hecho. El que agradece que en la Tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.
 

José Carlos Gª Fajardo

 


 

Retazos de Sergei 088: Basta con una nota

- Maestro, leí en las Analectas de Confucio que, “No enseñar a un hombre que está dispuesto a aprender es desaprovechar a un hombre...
- “... y que enseñar a quién no está dispuesto a aprender es malgastar las palabras” – continuó el Maestro.
- No es eso lo que tú practicas, Venerable Señor. Tú enseñas a todos, lanzas el grano a voleo y, caiga donde caiga, ya se encargará la semilla de abrirse camino..
- ... o de brotar y secarse, o de ahogarse entre zarzas, o de ser pisado por los búfalos si cayó en el camino.
- Como en la parábola del Rabí de Nazareth.
- Eso es, pero esa parábola ya está en tradiciones de dos mil años antes de ese Rabí, lo que ocurrió es que Occidente rompió los contactos.
- Aunque se cumpla tan poco.
- ¡Filósofo estás, Sergei!
- Es que todavía no he comido, Maestro.
- Pues mientras te ayudo a poner la mesa, escucha esta historia de lo que le sucedió al Maestro Zen Kakua cuando regresó de China, adonde había ido a practicar el Budismo Chan.
- ¿Pero el primer patriarca japonés que llevó el Zen a Japón no fue Dogen? El que dijo aquello tan gracioso de “los ojos son horizontales y la nariz vertical” para resumir toda la sabiduría que había aprendido?
- ¡Para, Sergei, mono de la jungla! Así, ¿cómo vas a aprender nunca si no te dejas invadir por la sabiduría? Ella te persigue, pero ¡tú corres más! ¿No ves que, razonando y discutiendo y aduciendo argumentos de autoridad y textos venerables, te convertirás quizás en un erudito, pero no alcanzarás la serenidad del despertar?
- Te escucho, Maestro, te escucho, pero es que yo quería...
- ¡Sergei! Me querías decir que “es difícil enseñar algo a alguien, pero que siempre se puede aprender” ¿Nunca cambiarás? ¿La cabra siempre tirará al monte?
- Perdona, Brazos que Acogen, cuéntame ese cuento. 
- Pues resulta que, cuando el Maestro Kakua regresó al Japón, sólo se dedicaba a la práctica de la meditación y a arreglar su huerto, del que hizo un jardín. No abrió escuela, pero el Emperador oyó hablar de su sabiduría y de que sí que practicaba con algunos discípulos que venían a limpiar los alcorques. El Emperador lo convocó para que fuera a su palacio en Kyoto para que predicara a toda la Corte. Kakua acudió y permaneció en silencio ante el Emperador impaciente. Entonces, sacó una flauta y ante la expectativa general, tan sólo emitió una nota. Después, hizo una profunda reverencia ante el Emperador y desapareció.
- ¿....?
- No, Sergei, nunca más se supo qué fue de Kakua cuando abandonó el palacio del Emperador.

  José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 087: La puerta

- Maestro, - le preguntó Sergei una tarde, mientras reparaban un recodo del río en donde desovaban las carpas -, aunque llevo algún tiempo contigo, no avanzo mucho en el camino de la iluminación. ¿Qué debo hacer?
- Si buscas la iluminación tardarás en encontrarla, porque la buscas para tu propio bien. Como el buen Maestro, el despertar llega cuando el discípulo está preparado. Iluminación, ¿para qué?
- Yo quiero decir la paz, el sosiego, la serenidad, -argumentaba Sergei.
- A lo que tú llamas paz, llamo yo justicia; trabajo que libera a lo que tú llamas sosiego; y a lo que tú llamas serenidad, yo lo llamo rectitud de juicio, paciencia, humor e infinita generosidad. Hasta el olvido de sí mismo en el servicio a los demás.
- Pero, Maestro y padre mío, ¿dónde está la puerta de ese Camino?
- ¿Oyes el rumor del torrente que salta ente las rocas?
- Sí, claro, Maestro.
- Pues bien, ahí está la puerta del camino que nos conduce al despertar. Así, caerás en la cuenta de que todo está en nosotros mismos. Y en lo que nos rodea, nos sucede o nos inquieta.
- ¿En la pregunta se encuentra la respuesta?
- Si está bien formulada, así es.
- ¿Y cómo saberlo?
- Anda, Sergei, creo que es hora de tomarnos una taza de té bien especiado, a la manera india que tanto te gusta, - le dijo el Maestro sonriendo, y esperanzado porque veía al polluelo debatirse dentro de una cáscara cada vez más fina.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 086: Vivir en pareja

Andaba Sergei dándole vueltas en la cabeza al tema de vivir en pareja. Había oído decir que así se estilaba en algunas sociedades evolucionadas. Pero él comprendía que la grandeza de la civilización China reposaba en una estructura familiar organizada.
- Sergei, - le dijo un día el Maestro, mientras paseaban junto al río -, a ti lo que te ocupa es cómo desahogar esa fuerza que sientes contenida, y no tanto el deseo de fundar una familia.
- Maestro, ¿cómo voy a ocultarte las contradicciones que siento? Por una parte, esto del celibato que imponen algunas sectas está claro que es una estructura de poder, aparte de encaminar respetables tendencias que no en todas partes son admitidas.
- Lo malo, - dijo pensativo el Maestro -, es que, por no admitirlas dentro de un orden, a veces, se convierten en abusos de los que son víctimas los más débiles.
- Tú dices que cada persona es dueña y responsable de su cuerpo.
- Es exacto. Pero ser dueño no significa hacer cualquier cosa. Como en el matrimonio, uno se puede casar con quienquiera, pero no con cualquiera. Si fuera para aliviarse, aquí o allá, hay que guiarse sobre todo por los sentidos; respetando el no hacer daño a otro. Pero, para el matrimonio es menester utilizar la cabeza tanto como los sentimientos. Uno se casa para crear un hogar, fundar una familia, construir una comunidad de afectos. Es decir, para facilitar la mutua autorrealización, que libera. y no la ego realización, que encadena.
- ¡Lo ponen tan difícil que a ver quién se casa!
- Por eso, el Rabí Jesús dijo aquella expresión hiperbólica que luego sus secuaces tomaron como norma e instituyeron el celibato obligatorio. (¿No has leído el delicioso libro de Uta Ranke Heineman Eunucos por el Reino de los Cielos?)
- Algo nos has contado, pero yo sigo con lo de formar pareja. Es que, veo a algunas que te echan para atrás.
- Escucha este cuento, liebre corredora: Había una pareja de intelectuales que se habían casado hacía unos meses, ambos trabajaban y eran muy autosuficientes. Para ellos era como prolongar la relación de camaradería y de intercambio de fluidos que llevaban practicando. Pero, al poco de vivir juntos, no paraban de discutir y de distanciarse. Vivían como encadenados agresivos. Por eso decidieron visitar a un consejero con una fama acorde con sus elevados honorarios.
- ¡Menudo consejero! -, exclamó Sergei a quien no se le escapaba ninguna.
- ¡Escucha!, liebre testosterónica, - prosiguió el Maestro -, el terapeuta les dijo que “la pareja perfecta es aquella en la que dos se convierten en uno”. Cuando oyeron aquellas palabras, exclamaron aterrados y al unísono: “¡Convertirse en uno! Pero, ¿en cual de los dos?”
 

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de Sergei 085: Mugidos de caracolas

- El otro día te reías, Sergei, cuando te contaba la historia de Mulá Nasrudín Hojda que iba al galope sobre su asno y respondía a gritos “¡Busco a mi asno!”
- Maestro, es que ¡le pasaban unas cosas al asno del Mulá!, dicho sea con todo respeto.
- Pues escucha lo que le sucedió a un Maestro Zen. Un día, lo vieron buscando su propio cuerpo, y sus estúpidos discípulos se rieron mucho.
- Es que tiene gracia, - se lanzó Sergei -, aunque, siendo un Maestro, algo les quería estar transmitiendo.
- ¡Es que en el mundo hay gente dedicada a buscar seriamente a Dios! ¿Te das cuenta, liebre de las estepas?
- Maestro, ¿no es a Dios a quien todos buscamos, aún sin saberlo?, - aventuró tímidamente el astuto Sergei.
- Hace muchos años, un monje, vestido con ropa de monje y hablando con el lenguaje de los monjes, se acercó a un Maestro y le dijo: “Me he pasado la vida buscando a Dios. Dejé a mi familia, mi trabajo, mis ilusiones, mis amigos y me fui al desierto, a la montaña, al silencio de los monasterio y hasta me he confundido entre los pobres”. Y el Maestro le preguntó con toda dulzura, “¿Lo has encontrado?” “¡No, Maestro!, ¿y tú? ¡Por eso vengo a ti desilusionado!”
- ¿Qué le dijo el Maestro?, - preguntó impaciente Sergei.
- El Maestro guardó silencio mientras el sol del ocaso inundaba la estancia. Los pájaros cantaban anunciando la noche y las barcas de los pescadores regresaban al puerto precedidas por sus caracolas. Sus mujeres bajaban con sus niños, anudándose el pañuelo bajo la barbilla, mientras sentían que les recorría el cuerpo una oleada de luz dorada que sabría a mar y a brea, a sudor y a piel, al consagrar la jornada. Y aquel renunciante estaba encerrado en sí mismo emperrado en que no había encontrado a Dios.
- ¿Y qué le dijo el Maestro?
- ¿Qué le había de decir? Lo miró con ternura marchar decepcionado a buscar en otra parte. No hay nada que buscar, joven liebre, basta con serenarse, abrir los ojos y mirar.
 

José Carlos Gª Fajardo


 

Retazos de Sergei 084 : El maestro se divierte

Por las mañanas, Sergei aprovechaba el paseo que daba con el Maestro para plantearle toda clase de preguntas. Al Maestro le encantaba porque, dentro de la picardía que el asistente había desarrollado para salir adelante en su ajetreada vida, tenía luz en la frente.
- Maestro, ¿por qué los monjes jóvenes del monasterio piensan que eres huraño, seco y distante?, - le preguntó un día, así, como quien no quiere la cosa.
- Empezamos bien el día, Sergei. ¡Tú no te cortas ni un pelo! -, exclamó el Maestro mordiéndose un carrillo para no reírse.
- Pero es que los monjes más jóvenes luego me preguntan si también eres así cuando regresas aquí.
- ¿Y tú que les dices, Sergei, luciérnaga de las estepas?
- Bueno, yo...
- Te voy a contar una historia que sucedió en India. Un hombre santo vivía en las afueras de una aldea, cuidando su huerto, arreglando esteras y haciendo sandalias. Venían peregrinos desde muchos lugares para consultarle, pero a las gentes del pueblo el sanyasin les parecía algo extravagante. Ya sabes.
- Sí, me hago cargo, - respondió casi en un susurro Sergei.
- Un día, los responsables de la comunidad vinieron a pedirle que les predicase a ellos para ver qué decía. El venerable anciano se dio cuenta de que querían divertirse a su costa y les siguió el juego. Así, el día señalado, estaba la gente de la aldea sentada y expectante pero sus corazones estaban cerrados.
Entonces, el sanyasin les preguntó:
“¿Sabéis de qué vengo a hablaros?”. “¡Nooo!”-, respondieron divertidos. “Ah, en este caso, no voy a deciros nada porque no lo entenderíais”. Y después de inclinarse ante ellos, se marchó a su cabaña. Los del pueblo estaban furiosos y decidieron que volviera a predicarles al día siguiente pues ya tenían la respuesta. Llegó el hombre santo y les preguntó: “¿Sabéis de qué voy a hablaros?”. “¡Síiiii!” respondieron a coro. “Si es así, no tengo nada que enseñaros porque ya lo sabéis”. Y saludando con ambas manos, se fue. Los aldeanos estaban enfurecidos por los desplantes de aquel hombre raro, y volvieron a la carga. El sanyasin les preguntó de nuevo: “¿Sabéis de qué voy a hablaros?”
Los muy cínicos respondieron con cierta sorna: “Unos lo saben y otros no”. “¡Ajajá! Exclamó el Maestro, pues ahora yo me marcho a mis quehaceres y los que lo saben que se lo expliquen a los que no lo saben”.
 

José Carlos Gª Fajardo


(Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo que pronto saldrán editados)

 

Retazos de Sergei 083: El asno de Nasrudín


En una ocasión en que Nasrudín estaba en la India vio a un hombre sentado en el suelo que vendía unos brillantes frutos de color rojo. El Mulá era muy goloso y, creyendo que era una clase distinta de dulces, compró un buen paquete y se fue a un parque cercano para comerlos tranquilamente. Nada más meter uno en la boca, ésta le ardió como si fuera fuego, ¡porque no eran dulces sino auténticos chiles de picar rabioso! Nasrudín seguía comiéndolos mientras se le saltaban las lágrimas, le goteaba la nariz y estornudaba sin parar.
Un hombre que paseaba por allí, al verlo tan colorado y haciendo muecas, le dijo asombrado:
- ¡Hombre de Dios! ¡Si son chiles y sólo se pueden comer en pequeñas cantidades acompañando a las viandas!
- ¡Gracias, señor!, - respondió Nasrudín sin dejar de comer -, pero es que ¡yo creí que eran dulces y por eso compré tantos!
- Pero, - continuó el desconocido -, si ahora ya sabes que son chiles, ¿cómo sigues comiéndolos?
- ¡Ah, no! - respondió entre ardores el Mulá -, ¿ahora que me he gastado mi dinero los voy a tirar? ¡Estaríamos buenos!
Sergei se reía como un poseso porque le encantaban las historias del Mulá.
- ¡Mira que era bruto este Nasrudín!, -exclamó el discípulo.
- Sí – le respondió con dulzura el Maestro -. Todos se ríen del Mulá pero no dejan de imitarlo aferrándose a criterios, a pesar de haber descubierto que les reportan daño y tristeza.
- Maestro, ¿cómo puede ser eso? ¿Las cosas que hace Nasrudín no son extravagantes?
- Escucha, Sergei otra historia. Bajaba Nasrudín al galope gritando por la calle de su pueblo montado en su asno, y la gente le preguntaba. “¿Qué se te ha perdido, Mulá? ¿Qué buscas con tanto desconsuelo?” “¡Mi asno, respondía el Mulá, mi asno!” ¡Vuelve a por otra, Sergei! ¿Lo has cogido?
- Me parece que sí, mi Señor, me parece que sí.

Nesemu desde el hospital

Retazos de Sergei 082: Tres carcajadas

- Maestro, ¿por qué cuesta tanto desprenderse de los prejuicios, cuando ya sabemos que no coinciden con la realidad?
- Porque nos costó esfuerzo aprenderlos, Sergei. Porque hemos invertido mucha ilusión en adquirirlos y nos enseñaron torpemente que nos darían seguridad.
- ¡Qué obsesión tenemos con la seguridad, Maestro! Como si hubiera algo seguro en esta vida más allá de la certeza de la muerte.
- Sí, Sergei, pero es el temor a lo desconocido lo que nos hace aferrarnos a cualquier cosa, persona o norma.
- ¿Qué es la muerte, Maestro?
- El envés de la vida, Sergei. O el haz, ¡vete tú a saber! En el instante de nacer ya comenzamos a desvivirnos. No hay célula que dure más de siete años. No hay nada en nosotros que haya estado en el vientre de nuestras madres. Somos memoria, Sergei, dentro de un proceso dinámico e inefable.
- Maestro, ¿tú no temes a la muerte?
- Ya no, Sergei, ya no. Si acaso, cada día, siento una especie de cansancio que prefiero no interpretar porque, ese estar alerta, facilita la maduración requerida. De lo contrario, nos volveríamos de cara a la pared. Sé que la muerte no es el fin de nada sino la transformación de la apariencia.
- Entonces, al morir, ¿no perdemos la vida?
- ¡No, Sergei!, - dijo el Maestro riéndose -, No perdemos nada. Tan sólo se transforma el envoltorio de esa energía.
- ¡Pero es que nadie regresó de allá para tranquilizarnos, Venerable Señor!
- Escucha este cuento, Sergei, antes de ir a preparar el té, y así pones algo de luz en la oscuridad de tus miedos.
“Estaba agonizando un anciano monje que había alcanzado la paz y la difundía a su alrededor. Era famoso en su monasterio por su sonrisa perenne. Pero los discípulos lloraban a su alrededor, dando a entender que no habían comprendido sus enseñanzas. Entonces, el anciano lanzó tres sonoras carcajadas.
- “Pero, Señor, -dijeron asombrados los monjes -, ¿cómo puedes reír en este trance mientras nosotros lloramos?
- Por eso, porque no comprendéis que se trata de un tránsito. La primera carcajada es por vuestro temor a la muerte. La segunda, porque veo que no estáis preparados para afrontarla, y la tercera, es porque yo paso de las fatigas de esta vida al descanso, mientras que vosotros seguís ahí con lamentos”. Y, dicho esto, el anciano cerró los ojos apaciblemente invadido por innebriantes endorfinas. ¿Te ha gustado, Sergei?
- Bueno, Maestro, tomaré esta reflexión como consejera y trataré de vivir a tope todo lo que pueda. ¡Vámonos a tomar el té bien especiado y con galletas de jengibre a la menta!

Nesemu desde el hospital

Retazos de Sergei 080: Arroz siete delicias

Un atardecer, Sergei regresaba de servir la comida diaria a los pobres que se acercaban al monasterio. El Abad había accedido a la petición del Maestro de ocuparse de ese menester, así como de visitar a los enfermos y a los más abandonados de la población cercana. Por su edad, no peligraba su serenidad espiritual saliendo con libertad para servir a los más pobres. Otra cosa era Sergei, el inquieto discípulo. Éste, tan pronto como cruzaba el portalón del monasterio, era como una esponja abierta a todas las sensaciones y, algunas veces, se metía en líos. Pero al Maestro le divertían sus disparates porque los achacaba a la limpieza de su corazón. Un día le preguntó el discípulo asistente:
- Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?
- Bueno, Sergei, yo no creo mucho en esos dos conceptos abstractos, pero sé a lo que te refieres y, en esa dimensión, te contesto.
- O sea, -sonrió Sergei -, así, para que lo puedan entender hasta los más brutos.
- Pero brutos “limpios de corazón”, es decir, que buscan la verdad, la justicia y la solidaridad. Pues bien, imagina una montaña de arroz tres delicias, humeante y sabroso, y alrededor una muchedumbre de personas hambrientas. Pero, sus palillos son más largos que sus brazos y no pueden llevarse la comida a la boca, y se desesperan. Eso es el infierno al que te refieres
- ¿Y el cielo, al que nos referimos los más brutos del camino? -, preguntó con luz en los ojos azules el mozo de las estepas.
- Imagina una montaña llena de arroz seis delicias
rodeada por una muchedumbre feliz y sonriente. Sus palillos son más largos que sus brazos, pero han decidido darse de comer unos a otros. Esto es el cielo.
- ¡Más la delicia de la felicidad compartida! -, resumió el bárbaro de las estepas.
 

Retazos de Sergei 079: Nasrudín en su santuario

Una mañana, poco después de despuntar el alba, estaba el Maestro contemplando la formidable explosión de los almendros. Había concluido su meditación y solía dar un paseo antes de la primera colación. Sergei llegó de muy buen humor para anunciarle que las gachas le esperaban. Cuando vio al Maestro ante los almendros en flor sintió que una paz inmensa le invadía y su corazón de puso a latir al ritmo del de su Maestro. Es decir, casi no se percibía porque se estaba acercando al pulso de la naturaleza vegetal. Al fin, como siempre hacía para no sucumbir a lo que todavía le producía vértigo, se aventuró a decir:
- Maestro, ¿Por qué la gente necesita templos, pagodas, santuario y mezquitas?
El Maestro le dijo con una honda sonrisa que ahogaba un suspiro:
- Ya sé, Sergei bueno, que me estás pidiendo que te cuente una historia sobre cerezos, almendros y melocotoneros en flor. Pero se me ha ocurrido otra que quizás responda a tu pregunta.
Sergei ni abrió la boca pero acomodó el paso mientras metía las manos en las bocamangas de su túnica.
- Tú recuerdas las andanzas del Mulá Nasrudín, aquel estrafalario místico sufí del que se cuentan tantas historias, aparentemente disparatadas, pero llenas de enseñanza.
- ... para el que sabe escuchar con el corazón y no se queda en el embalaje, - respondió con parsimonia Sergei que asumía un aire de viejo monje.
- Pues, parece ser – continuó el Maestro -, que era hijo del guardián de un célebre morabito al que acudían millares de personas en peregrinación a plantear sus angustias y tribulaciones, pues se pensaba que era la tumba de un hombre santo. Un día, Nasrudín comunicó a su padre que quería hacer el viaje a La Meca y el padre le regaló un burro mientras lo bendecía y le daba algunos dineros. Conociendo a Nasrudín, el viaje debió hacerlo en zigzag y, al cabo de un tiempo, el pobre burro expiró y dejó tirado al joven Mulá. Éste, que le había cobrado afecto al burro y que además se encontraba en descampado, se acomodó junto al animal muerto y comenzó a llorar desconsoladamente. Pero, pasaron por allí unas personas que se compadecieron del joven y cubrieron con ramas al animal; después, otros le echaron tierra mientras Nasrudín seguía llorando. Para hacer la historia corta, Nasrudín edificó un pequeño mausoleo con cúpula para marcharse, pero la gente seguía acudiendo enfervorizada y dejando más y más limosnas. Tanto fue así, que Nasrudín mandó edificar una mezquita formidable.
- ¡Caramba con el Mulá!, - exclamó Sergei.
- No te puedes ni imaginar. La fama llegó a oídos de su padre porque los peregrinos no paraban de contar las maravillas que hacía aquel santo enterrado en el morabito.
- ¡Pero si...!
- ¡Aguarda, Sergei, no me revientes la historia! – le cortó el Maestro, que prosiguió diciendo - el padre de Nasrudín encabezó una enorme peregrinación con sus fieles y se fue a venerar al santo que custodiaba su hijo y al que se atribuían tantos milagros.
- ¿Pero el padre no desconfiaba de Nasrudín?, -preguntó el joven discípulo.
- Tratándose de Nasrudín, todo podía ser posible. Así que llegó el padre al frente de la comitiva y después de los saludos de rigor y de haber dirigido las plegarias que enfervorizaban a los peregrinos, se acercó a su hijo y le preguntó: “Dime, hijo, ¿qué santo varón encontraste en tu camino que se te murió y produce tanta devoción?” Nasrudín no podía engañar a su padre y se desahogó contándole la verdad y que él no dejaba de llorar porque a la gente le hacía bien”
- ¡Pues estamos bien! – apuntó el oriundo de las estepas rusas que no era capaz de refrenar sus impulsos.
- Espera, Sergei, espera a escuchar lo que le respondió el padre de Nasrudín: “¡Qué raros son los designios del Cielo! El santuario que yo custodio es también la tumba del burro que a mí se me murió en su día".
 

Retazos de Sergei 078: El baño de los patos

Caminaban el Maestro y Sergei cerca del río contemplando los ánades que se bañaban al atardecer. El Maestro estaba arrebatado ante tanta belleza, elegancia y armonía. Los últimos rayos de sol arrancaban destellos irisados en las plumas azulonas, blancas y verdes de las anátidas que se acicalaban para entregarse al sueño.
- Sergei, - le dijo, - así nos debemos preparar para emprender el gran viaje que se inicia con un profundo sueño.
- ¿No temes a la muerte, Maestro?
- ¿Acaso temes tú, Sergei amigo, a la vida que tenías antes de nacer?
- Ni siquiera la recuerdo, ¿cómo voy a temerla o a echarla de menos?
- Así es la muerte que tantos temen. Te voy a contar una historia.
- Mucho te gusta contar cuentos, Maestro, y a tus verdaderos discípulos escucharlos.
- ¿Por qué introduces ese matiz de “verdaderos”, joven pícaro? -, preguntó sonriendo el Maestro.
- Tú lo sabes, Venerable Señor, y sé que, a veces, te hacen sufrir.
- No soy yo el que llora en su corazón, ¡es mi cuerpo! Y tiene sus derechos, Sergei. ¡Aviados estaríamos si fuéramos insensibles!
- Dime, y perdona mi atrevimiento, Roca Impasible, ¿cómo puedes disfrutar tanto en tu jardín, entusiasmarte con un alcorque bien cuidado o extasiarte ante el baño de los patos, mientras tu corazón ha sido golpeado?
El Maestro sonrió, frunció los labios en un gesto característico y, agarrando a Sergei por el brazo, le dijo:
- Un poderoso monarca tenía un ministro al que respetaba por su sabiduría. Pero un día, mientras el soberano cortaba una fruta, se rebanó el dedo de una mano y gritó lamentándose. Su primer ministro le dijo con gran serenidad, mientras lo atendía: “Será para bien, Majestad”.
El rey se dejó llevar por la cólera y mandó encarcelar al ministro. Éste se inclinó con respeto y dijo con voz baja: “Será para bien”. Pasaron los meses y un ejército enemigo conquistó el reino. El monarca invasor mandó sacrificar al rey vencido, pero los sacerdotes no pudieron hacerlo porque le faltaba un dedo y el ritual no permitía ofrecer víctimas imperfectas.
- “¡Pues que sacrifiquen al primer ministro!”, ordenó.
- Pero como el ministro estaba en prisión, -intervino Sergei-, no pudieron encontrarlo.
- Eso es, - prosiguió el Maestro-. Pero sucedió que fuerzas leales, capitaneadas por el hijo del rey, reconquistaron el reino. Entonces, éste se dio cuenta de la sabiduría del ministro que había enviado a prisión y le pidió que volviera a ocupar su puesto. A lo que éste, con toda humildad y decisión, respondió:
- “Es todo tan contingente, Majestad, tan contradictorio e inestable, que he decidido dedicarme a cuidar mi pequeño jardín mientras practico la meditación y la serenidad para vivir en paz y poder prepararme para el gran viaje”
- ¿Lo has comprendido, ¿verdad Sergei?
- Bueno, Maestro, estoy algo confuso porque yo, en este caso que te aflige, hubiera invertido los papeles pero no soy yo quien inventa los cuentos.
- No, Sergei querido, yo no los invento, tan sólo cuento los que ya existen, y los dejo brotar como el agua que busca su camino.