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J. C. García Fajardo

Cuentos

retazos de la Luna azul 018: Altruísmo y disfraces

- “Durante una de las estancias de Nasrudín Joha en Bagdad, asistió a un baile de disfraces y regresó a casa hecho una verdadera lástima. Llevaba su indumentaria hecha jirones así que, cuando su mujer fue a pedir ayuda a los vecinos, éstos le dijeron “Se diría, Mulá, que te han dado una buena paliza”. “¡Se diría, se diría!” – respondió alterado Nasrudín Joha-. “¡Claro que me la han dado!” “Pero, Mulá, en Bagdad la gente no anda por ahí arreando palos a quienes se disfrazan por carnaval. Tú eres un maestro sufí”. “Ya, ¿pero quién le explica a los kurdos que vas disfrazado cuando ellos van buscando árabes para darles una paliza?”
- ¡Este Mulá... ! – dijo el joven monje.
- Eso dijeron sus amigos mientras lo atendían. Pero no escarmentaba. Cuando bajó a Basora, encontró a un monje cristiano, muy humilde y observante, que se escandalizaba de que el Mulá bebiese vino, como si estuviera en la Persia gobernada por los mongoles. Así que le dijo a Nasrudín Joha “Mulá, tú vives a costa de los demás y no te remuerde la conciencia. Aprende de mí, soy tan desinteresado que jamás pienso en mí mismo, sólo en los demás”. A lo que el Mulá respondió sin inmutarse “Yo soy tan altruista que me miro a mí mismo como si fuera otro; así que no me cuesta mucho servirlos como si fueran yo mismo. No sé si me entiendes, eremita cadavérico”
- ¡Un lince el Mulá! Y, además, ¡bebía vino! – dijo el muy cínico de Sergei que, por acompañar a la viuda de Nanking y a su familia, se dejaba conservar en alcohol.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de la Luna azul 073: Buena memoria

El Mulá Nasrudín se había inflado a pasteles en la Casa de Té. Sus amigos le pidieron una de sus historias para compensar su infinita falta de recursos: "El fiscal de un pequeño pueblo llama a su primer testigo en el juicio: la mujer más anciana del pueblo. Después que la mujer sube al estrado, el fiscal se acerca y le pregunta:
"Señora Chung, ¿usted me conoce?"
"Claro que lo conozco, Sr. Chang. Desde que era usted un chiquillo. Y, francamente, me ha decepcionado. Usted miente; engaña a su esposa; manipula a la gente y habla a sus espaldas. Usted se cree la gran cosa cuando todo el mundo sabe que no tiene el cerebro para dejar de ser un pelagatos en toda su vida. ¡Claro que lo conozco!"
El fiscal se queda sin habla por la impresión y, como no se le ocurría otra cosa, apunta a través del salón e inquiere:
"Señora Chang, ¿usted conoce al abogado defensor?"
"Claro que sí. Conozco al Sr. Lu desde que era un bebé: yo solía servir de niñera para sus padres. Y él también ha sido una verdadera decepción para mí. Es un holgazán, un mañoso y tiene problemas con la bebida. No puede relacionarse con nadie y su bufete es uno de los peores de todo el estado. ¡Vaya que si lo conozco!"
En ese momento, el juez pide silencio en la sala y llama a los dos abogados a su escritorio. Con voz muy baja, les advirte:
"¡Si cualquiera de ustedes se atreve a preguntar a la testigo si me conoce: lo mando a la cárcel de inmediato!"
 
( por la transcripción) José Carlos Gª Fajardo
 

Retazos de la Luna azul 071: El significado de la vida

Andaba Sergei dándole vueltas al significado de la vida. El Maestro siempre le respondía " aunque la vida no tenga sentido, tiene que tener sentido vivir", pero Sergei no parecía muy convencido. Así que, para quitárselo de encima, le contó "una supuesta revelación" que había tenido el Mulá Nasrudín, quizás para quitarse también a algún aprendiz de Sergei de encima):
"El primer día Dios creó al perro.  Dios dijo:
"Siéntate a la puerta de tu casa todos los días y ladra a cualquiera que venga o camine por aquí. Te daré un período de vida de 20 años".
El perro dijo:
"Señor, es demasiado, sólo por ladrar. Dame 10 años y te devolveré los otros 10".
Y Dios estuvo de acuerdo.
Al segundo día Dios creó al mono.  Dios dijo:
"Divierte a la gente, haz monerías, y hazlos reír. Te daré un período de vida de 20 años."
El mono dijo:
"Dios mío, qué aburrido. ¿Monerías por 20 años? Creo que no. El perro te devolvió 10 años, entonces esto es lo que yo también te devolveré, ¿OK?"
Y Dios estuvo de acuerdo.
Al tercer día Dios creó a la vaca. Dios dijo:
"Debes ir al campo con el cultivador y padecer bajo el sol, tendrás terneros y darás leche para abastecerlos a ellos y al dueño de la finca. Te daré un período de vida de 60 años".
La vaca dijo, "Señor, este tipo de vida es muy duro para vivir 60 años. Déjame tener 20 y te devolveré los 40 restantes."
Y Dios estuvo de acuerdo de nuevo.
Al cuarto día Dios creó al hombre. Dios dijo:
"Come, duerme, juega, cásate y disfruta la vida. Te daré 20 años.
El hombre dijo, "¿Qué, cómo Señor? ¿Solamente 20 años? Te propongo  esto: tomaré mis 20 años más los 40 que la vaca te devolvió, los 10 que te devolvió el mono y también los 10 que el perro te devolvió... Suman 80, ¿verdad?"
"Sí, dijo Dios. Tenemos un trato."
Y esta es la razón por la cual los primeros 20 años de nuestras vidas comemos, dormimos, jugamos y nos divertimos; los siguientes 40 años trabajamos como bestias, bajo el sol, para mantener a nuestra familia; los  próximos 10 años, hacemos monerías para entretener a los nietos; y en los últimos 10 años, nos sentamos a la entrada de la casa y le ladramos a todos!!
¡Ahora el significado de la vida te ha sido revelado!, le dijo y se fue a la casa de té a compartir pasteles con sus amigos."

José Caros Gª Fajardo

 

 

Retazos de la Luna azul 017: Por si acaso

- El Mulá Joha, cuando vivía en Bagdad, pasó por muchas experiencias.
- ¿Todas buenas? – preguntó el joven monje que venía a recibir instrucción en el tiempo de descanso del monasterio.
- Para él, sí, pues de todas sabía sacar partido. Una vez se casó con una viuda rica y, a los pocos días, ésta dio a luz un rollizo bebé, tirando a oscuro. Hay que recordar que el Mulá era, entonces, árabe de finos rasgos. Cogió su manto y se fue corriendo al mercado. “¿Qué buscas con tanta prisa, Mulá?” – le preguntó su amigo Wali -. “Pues todo lo necesario para matricularlo en la universidad de La casa de la Sabiduría, junto al Tigris”, - le respondió impertérrito. “¿No vas un poco deprisa? – se atrevió a preguntarle Wali -. “¡Hombre!, si a la primera semana hizo un viaje de nueve meses, imagínate lo que será capaz de hacer ahora que ha nacido”. “¡Mulá, yo no veo que resida ahí el problema fundamental!”, – exclamó su amigo -. “¿Dónde, si no? A la madre ya le di libelo de repudio, pero este rapaz medio negro, medio kurdo, me la puede liar en cualquier momento”.

José Carlos Gª Fajardo (Nota: Ya hemos regresado del Viaje a Marruecos y nos reincorporamos al blog.)

Retazos de la Luna azul 016: Profunda sabiduría

Andaban los jóvenes monjes muy alegres por poder visitar las cabañas en donde vivía el Maestro, de las que tanto se hablaba en el monasterio. Ya habían logrado restablecer el curso natural de las aguas porque el astuto Sergei le había pedido al monje prior que enviase “una buena docena de jóvenes fuertes ya que los obstáculos a remover son muy serios”.
Mientras Ting Chang y Sergei les preparaban refrescos de arándanos con malvasía, uno de los monjes pidió al Maestro que les contase algunos cuentos del Mulá ya que, durante sus charlas en el monasterio, sobre todo les comentaba los sutras del Buda. (Sergei había propalado que el Maestro enseñaba a sus ayudantes una sabiduría más profunda). El Maestro se rió y les contó algunos de muy buena gana:
- Todos conocen los cuentos del Mulá y su burro pero pocos saben que el Maestro sufí practicaba varios oficios de ocasión para poder pagar sus deudas de juego y calmar su voraz apetito de pasteles. Un día, estaba Nasrudín apoyado contra la pared de una calle del mercado y llevaba una barba de varios días, muy desarreglada. Pasó un listo y le dijo “Mulá, tú, cuando te levantas, ¿nunca coges una navaja de afeitar?” “Unas veinte o treinta veces al día”, le respondió satisfecho. “¡No es posible!. Te estás quedando conmigo”. “A ver, dijo el Mulá señalando la tienda que estaba a sus espaldas, ¡soy el barbero!”
Los monjes celebraban la ocurrencia mientras Ting Chang y Sergei se paraban a la entrada de la baranda de madera para escuchar ellos también.
- Otro día, un parroquiano de la casa de Té de Kandahar quiso provocar al Mulá que jugaba al mayong chino. “Mulá, -le dijo-, ¿puede un hombre engendrar un hijo pasados los cien años?” “¿Por qué no?” –respondió Nasrudín -. Si tiene una joven esposa y se sabe agenciar un joven de unos veinte o treinta años discreto y complaciente”.
Algunos de los monjes se ruborizaban al escuchar al Maestro con tanta soltura y libertad. Entonces, éste les dijo mientras hacía seña a los que aguardaban con los refrescos:
- El Mulá era amigo de la buena vida, de la buena mesa y de las mujeres jóvenes y hermosas. Las suyas ya sobrepasaban la cincuentena. Un día, mientras residía en le corte del gran Tamerlán, asistió entusiasmado a un pase de modelos. Se alborozaba y aplaudía hasta que, al final, cuando el emperador mogol le preguntó qué le había parecido le respondió escandalizado “Majestad, ¡esto es una estafa! Primero desfilan hermosos cuerpos y luego ¡tratan de vender tan sólo la ropa! ¡Me voy a los baños!”
 

José Carlos Gª Fajardo... et Bon voyâge à tous!

No regresaremos a este Blog hasta el día 18


 

Retazos de la Luna Azul 015: Señas de identidad... ¿en un papel?

Todavía se reían Ting Chang y el Maestro con la versatilidad de Sergei cuando aquél comentó:
- Esto de la identidad tiene sus vertientes.
- Sí, - le respondió, mientras aguardaban a los jóvenes monjes-. Me recuerda una salida espectacular del Mulá. Nasrudín se acercó a un cambista para hacer efectivo un pagaré que le habían dado en Samarcanda. El banquero lo miró sorprendido de que alguien con tan desaliñado aspecto viniera a cobrar una suma tan importante y como se trataba de un pagaré nominativo le preguntó al Mulá “Por favor, ¿podría usted identificarse?” A lo que Nasrudín reaccionó yendo a buscar un espejo en las alforjas que colgaban de la albarda de su asno. Regresó con él ante el cambista y se estuvo contemplando un largo rato, ante el estupor del otro, hasta que muy ufano le respondió exultante “¡Menudo susto me habías dado, hermano, ¡claro que soy yo!¡El mismo yo que salió hace un año para seguir la Ruta de la seda!”
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de la Luna azul 013: Perder el burro

“-¡Mulá, tu burro ha desaparecido!, - le gritó su amigo Wali a Nasrudín-. ¡Cuánto lo siento!” “-¡Quita p’allá!” -, le respondió éste muy contento. “- Pero ¿no te apena perder tu único burro, Mulá?” “- ¡Qué burro eres tú, Wali, qué burro! ¿No te das cuenta de la suerte que he tenido al encontrarme en la Casa de té y no estar encima del burro?” “- No, - respondió Wali -, no lo veo”. “-  ¡No lo veo, no lo veo! Siempre igual, Wali. ¿No comprendes la suerte que he tenido? Si estuviera montado en él ¡yo también habría desaparecido! ¡Vamos a celebrarlo, Wali!, Pero a la taberna de los francos cristianos. Ya está bien de té. Hoy es una gran ocasión. Hoy es el día, Wali. ¡Hoy es el día!” -, les contó el Maestro mientras Sergei y Ting Chang enseñaban al joven monje ladrón cómo se trenzaba un cesto. Hoy llovía y no podían ir de paseo. Así, podían seguir “las clases” que el Maestro había accedido a darle algunos días al monje impaciente.
- ¡Cielos! - exclamó el médico – ¡qué finura de argumento! Para muchos, perder su infraestructura es perder su vida. O su razón de vida, que es todavía peor. Se perdió el burro, pues se perdió. No hay más vueltas que darle. ¡Qué alivio!
- Alma Noble, este monje tiene dedos de pianista pero no sabe qué hacer con ellos en un cesto, - dijo riendo Sergei.
- Pero, al menos, ya va aprendiendo a reírse -, comentó con simpatía el príncipe médico -. En la corte de mi padre no vendrían mal unos cursos de manualidades para los gobernantes.
- ¡Pero tendríais que denominarlas crash course, para que fueran eficaces! – dijo riendo el Maestro.
- ¡Sí, y firmadas por Morgan & Morgan and Co!, deslizó el monje.
 

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de la Luna azul 012: A mandíbula batiente

- Maestro, ¿el Mulá llegó a trabajar en aquel caravan sérail en el que pretendía el puesto del propietario?
- ¡Pues claro que se presentó al día siguiente! Tenía que pagar unas deudas de juego y otras de los dulces que comía al fiado en le Casa de té.
- Era goloso el Mulá.
- Como un niño. Una vez, estaba tan hambriento al regresar de un viaje que se puso a comer a dos manos. El camarero le preguntó “¿Cómo puede usted comer a dos manos siendo un Mulá?” Y Nasrudín le respondió, sin inmutarse y sin dejar de masticar a mandíbula batiente, “¡Porque no tengo tres!”
- Pero eso no es muy edificante, que digamos –arguyó Sergei.
- Es que Nasrudín nunca busca edificar sino provocar, remover nuestra conciencia, hacer tambalearse nuestros hábitos.
- ¿Para que despierten?
- No, es para que caigan en la cuenta de que, igual que comer a dos carrillos es lo que hacen muchas personas con el trabajo, con el deporte, con los cosméticos, con las compras, con el estudio, con la limpieza, y un largo etcétera. Y es gente que pasa por prudente y que hasta es admirada en nuestra sociedad.
- Hasta en la escuela, - intervino Ting Chang-, nos hacen creer que cuánto más, es mejor. Más libros, más conocimiento, más memoria, más esfuerzo, más competitividad. Más de todo. Hasta hacer neurosis de carácter, de repetición y de orden, para intentar protegerse.
- Sobre todo, más poder y más dinero, más ego y más soledad -, concluyó con tristeza el Maestro.
- Sí, así es, - concedió Sergei – pero no nos dijiste, Alma Noble, qué tal le fue en el trabajo.
- Bueno, pues, el Mulá llegó con su cestillo de herramientas, entró en el almacén y lo depositó en una estantería. Después, se dirigió a la puerta dispuesto a salir a la calle. “Pero, ¿adónde vas, Mulá?”, le preguntó el propietario. “A cortarme el pelo”, respondió Nasrudín. “¡No es posible ir a la barbería en el tiempo de trabajo!”, intentó razonar el dueño al borde del colapso. “Pero el pelo me ha crecido en este tiempo de trabajo”, le dijo con total convicción el Mulá. “¡No es posible que todo el pelo te haya crecido desde que entraste en esta casa, venerable Mulá! Me estás volviendo loco”. “Bueno - concedió Nasrudín -, entonces, le diré al barbero que no me lo corte del todo, sólo rebajar un poco”.
- ¡Es increíble este Mulá!, - dijeron al unísono los dos discípulos -.
- Pero es sabio, sin duda alguna. Mirad a vuestro alrededor y lo comprobaréis. En cada salida de pata de banco del Mulá hay una enseñanza. Pero vamos a recoger moras o no tendremos compota durante el invierno. ¿No te habrá crecido el pelo, Sergei?-, le preguntó animoso y cómplice-.
 

José Carlos Gª Fajardo

 

Rtazos de la Luna azul 011 El abanico de plumas

- El Mulá sentía una verdadera pasión por los burros - les contó una tarde durante el paseo-. De ahí que su efigie sobre un pequeño asno y tocado con un enorme turbante sea tan familiar en tantos pueblos de Asia central. También de todo el mundo árabe musulmán en dónde se desarrolló el misticismo sufí.
- Pero tú nos dijiste, Alma Noble, que ese asno era el
reverso de su mensaje.
- ¡Claro! – les respondió riendo-. No hay nada más antagónico que un asno para los que se empeñan en conseguir la sabiduría a cualquier precio, en lugar de salir a su encuentro.
- Cuéntanos alguno de sus cuentos, - le pidieron al unísono.
- Esto, al parecer, sucedió en Persia, en dónde el Nasrudín de su tradición ejercía como magistrado. Aunque la tradición nos lo quiere presentar como analfabeto, y que era su sentido común iluminado por su despertar en el sufismo lo que le procuraba sus ingeniosas resoluciones. Pues bien, un día se presentó ante él un pretendido místico que rehuía el trato con la gente corriente y le dijo:
- “Maestro, ¿es cierto que usted posee poderes sobrenaturales?”
- “Antes de responderle, me gustaría saber algo acerca de sus altísimas experiencias”-, le dijo el Mulá.
- “Bueno pues resulta que, cuando me siento en la soledad de la gran mezquita, siento como una fuerza que me eleva hasta el octavo Cielo y que...
- “¿El octavo?” – le preguntó solícito Nasrudín- “Vaya, vaya, pero prosiga, por favor”
- “Siento que me envuelve como una nube y que un abanico de plumas de avestruz me acaricia el rostro...”
- “¿Y las plumas de ese abanico despiden así como un aroma cálido y envolvente, respetable maestro?” le preguntó Nasrudín.
- “¡Eso, eso es!”, - contestó alborozado el muy
incauto impostor.
- “Pues no hay duda alguna”, - le soltó el Mulá -, “lo que usted llama plumas de avestruz no son más que los pelos del rabo de mi burro cuando suelta un cuesco en el rostro de los caras que se pretenden maestros iluminados” “¡Que pase el siguiente! Este ya está visto para sentencia.”
- ¿Y que sentencia le cayó?, - preguntaron al unísono Sergei y Ting Chang-.
- Eso pertenece al secreto del sumario, pero ya os podéis imaginar. Limpió los establos de toda la comunidad que aplaudió entusiasmada.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de la Luna azul 010: El ciprés en el jardín

Una tarde, el Maestro echó de menos una campanilla de plata que colgaba en el dintel de la baranda. Hacía años que se la había regalado el padre de Ting Chang, cuando frecuentaba la corte. No dijo nada a nadie pero el sonido de esa campanilla, agitada por el viento, le llenaba de alegría. Recordaba que, tan sólo hacía unos días, cuando uno de los monjes del monasterio le preguntó a qué se debía su permanente ecuanimidad y esa alegría que nada parecía turbar le contestó riendo “¡Es por el sonido de una campanilla que cuelga del dintel de mi baranda! Cuando el viento la agita, se borran todas las nubes y el corazón recupera su armonía”.
Era un joven inteligente y capaz pero con una inquietud interior permanente. El Maestro sabía que tan sólo unas buenas dosis de humor y la capacidad de reírse de sí mismo podrían aliviar su estado de ansiedad permanente. Así que el joven monje decidió entrar en el recinto del Maestro y robársela mientras daba su paseo junto al río. Creía que si la instalaba en su celda podría disfrutar de esa felicidad que añoraba.
- ¿En qué piensas, Alma noble?, - le preguntó Ting Chang - Parece como si una nube te celase la mirada. Perdóname si pregunto lo que no debo.
Y el Maestro respondió “Pronto tendremos visita”. Nadie dijo nada pero, al cabo de unos días, se presentó el joven monje con la campanilla escondida entre su manto. Se echó a los pies del Maestro y confesó su falta y su frustración pues, por más que se pasó horas sentado ante la campanilla, el sonido de ésta no hacía más que incrementar su tristeza.
- Maestro, - le dijo entre lágrimas - ¿Por qué esta campanilla es para ti una fuente de alegría y para mí ha sido el colmo de mi desolación?
- ¡El ciprés en el patio!, - respondió el maestro alzándole del suelo con solicitud y comprensión ante la mirada expectante de los demás discípulos.
Todos comprendieron el sentido de esta expresión tan conocida por los practicantes del Zen.
- El ciprés en el patio, la tetera al fuego, el trenzado de los juncos o la campanilla de plata ¿qué más da, hijo, qué más da? Se trata de vivir con plenitud cada circunstancia del día, sin esperar ni recompensa ni reconocimiento alguno. No es lo que hacemos sino cómo lo hacemos. Ni aquí ni allí. Ni por premio ni por castigo. Se trata de aceptarnos como somos y de no castigarnos con fantasmas de la mente. Por eso, el ejemplo del Mulá Nasrudín nos puede ayudar más que los grandes textos del Buda.
- ¡Ayúdame Maestro a reírme de mí mismo!
- Un día, - les contó el Venerable para distraerlos y aliviar la tensión del momento animándolos a emprender juntos el paseo por la ribera del río -, el Mulá se había presentado para optar a una plaza en unos grandes almacenes del zoco. El dueño exigía que los candidatos fueran muy ambiciosos, así que le preguntó al Mulá qué puesto ambicionaba y éste respondió sin vacilar “¡El suyo, de dueño absoluto de todo!” “Pero Mulá, ¡estás loco!” Y Nasrudín le preguntó sin sorna alguna “¿Es esa una condición? Pues creo que tengo bastantes papeletas para hacerme con el puesto”.
Todos estallaron en carcajadas mientras Sergei corría a la cocina a preparar jugo de jengibre aliviado con mango y pétalos de rosa.
 

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de la Luna azul 009: Cuidar al idiota

Mientras caminaban por el sendero que acompañaba al río, los dos asistentes recogían moras y arándanos en las zarzas que pronto tendrían que recortar.
- ¡Así sucede con nosotros!, - comentó el Maestro-, después de dar fruto conviene que nos poden con buena mano para descansar y recuperarnos. Algunos se quejan porque quisieran competir en frutos.
- ¿Por qué nos empeñamos en competir? ¿Por qué nos inculcan eso desde que nacemos, si nadie es más ni menos que nadie? – comentó el príncipe médico de largos dedos y manos hechas para otros menesteres.
- Bueno, - intervino Sergei -, todos somos iguales pero unos más iguales que otros, ¿verdad Maestro?
- ¿Tú qué crees, Sergei, amigo, que es mejor ser listo o pasar por idiota?
- Hombre, Maestro, Alma noble en dónde las haya, yo creo que es mejor que te respeten por sabio y por inteligente.
- Pues escucha esto que le sucedió al Mulá. Solía éste colocarse, junto a su asno, en la plaza del pueblo esperando que la gente repitiese el juego de cada día. Le ponían dos monedas en el suelo mientras le animaban a elegir una. El Mulá, se paraba como si reflexionase ante el alborozo expectante del público y, con un destello en los ojos, elegía siempre la moneda pequeña.
- ¡Pues sí que era listo el Mulá!, – comentó con suficiencia la liebre siberiana -, sí que era listo.
- Cuando entendía que ya tenía lo suficiente, - prosiguió el Maestro mientras saboreaba los arándanos que tanto le gustaban -, se arreglaba su formidable turbante de Mulá y, aparejado su asno, se dirigía a jugar con sus amigos en la Casa de té.
- ¡Tenía sus vicios!, eh Maestro, y no se los criticas y a mí me pones a caldo cuando practico la misericordia de visitar a los enfermos.
- A las viudas, Sergei, sobre todo a las viudas que te agasajan. Pero déjame proseguir la historia. Un día, le dijo al Mulá un compasivo rabino, “Pero, hombre, Mulá, ¿por qué no escoges las monedas grandes? “¿Para qué?, - respondió sonriente el Mulá -”. “Pues así tendrías muchas, no tendrías que trabajar, pasarías más tiempo en la Casa de té y harías lo que te diera la gana”. “¿Sí?, - le preguntó con algo de sorna Nasrudín -. Si hiciera eso, nadie me tendría por bobo y ya no me echarían monedas para reírse cada tarde en la plaza, después de comprobar que era más idiota que ellos. Así, ilustre rabino, puedo seguir haciendo lo que me da la gana. ¡Cuidando mi bobería para que me dure más, como toda enfermedad bien cuidada!”
Ting Chang se reía con ganas, mientras comentaba, “¡Sí que era listo este Mulá! Las enfermedades no se tienen, ¡se cogen cuando conviene!”
- ¿Cómo es eso?, - preguntó Sergei asombrado -.
- Otro día, Sergei, otro día, - respondió el Maestro mientras se agachaba para lavar las manos en el río y se sumía en un profundo silencio.
Los dos discípulos se dieron cuenta, posaron sus cestos en tierra y se sentaron con respeto, dos pasos detrás del Maestro, comprendiendo que esa tarde no iban a necesitar los cojines del pequeño dojo ni tocarían el gong ni el tambor de madera.
Tampoco quemarían otro incienso que el del río que los llevaba.

  José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de la Luna azul 008: Cuánto vale un hombre

Un día, les contó el Maestro durante el paseo de aquellos atardeceres de septiembre:
- Estaba Mula Nasrudín en la Corte del emperador Tamerlán y éste le dijo para probarlo: “Mulá, pídeme lo que quieras”. El Mulá respondió rápidamente: “¡Un millón de soberanos de oro!” “¡Hombre, - respondió Tamerlán -, ¿no podría ser algo menos?. “Pues, ¡cinco monedas de cobre!” – le dijo con el mismo entusiasmo Nasrudín. “Pero Mulá, amigo, ¿no hay cierta desproporción entre esas cantidades?” “Sí, Majestad, tú vales un millón de soberanos de oro, yo valgo cinco monedas”
- ¡Cómo afinaba el Mulá! – dijo admirado Ting Chang -, con razón el Emperador lo tenía cómo interlocutor preciado en una Corte en la que cada uno le decía lo que el Emperador quería oír mientras que Nasrudín ponía de manifiesto las ataduras en las que vivía preso Tamerlán.
- Eso es, - dijo el Maestro comiéndose un melocotón casi púrpura-.
- ¡Tengo que pensarlo! - Murmuró Sergei, mientras se iba a avivar el fuego para la cena -.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de la Luna azul 007: Marketing oriental

El Mula Nasrudín llevó al mercado una vaca para venderla y conseguir dinero para la dote de su hija Leila, que ya iba algo retrasada a sus cuarenta años. Pasó gran parte de la mañana y el Mula seguía esperando sin conseguir venderla.
Llegó uno de sus compinches de juego en la Casa de té y le dijo:
Mula, no sabes vender, déjame hacer a mí. Esto requiere su técnica.
- El Mula le pasó el ramal y se dijo para sí “Siempre es bueno aprender artes nuevas”.
- ¡Vaca joven preñada de cuatro meses! Y la vendió en un momento para irse a la partida de cartas con el Mula.
- ¡Este sí que es bueno, Maestro! - comentó alborozado Sergei-. ¡Qué burro!
- Sí, en Occidente tienen personajes con salidas parecidas. Bertoldo en Italia, Abundio en España y hasta Sancho Panza.
- ¿Quién era Abundio?
- Aquél que vendió los zapatos para comprar betún – respondió el Maestro riéndose – Y la moto para comprar gasolina. Algún día, dice el Maestro sufí Idries Shah, alguien levantará una estatua sobre la tumba de nuestro propio asno para que podamos proseguir más libres nuestro camino.
 

José Carlos Gª Fajardo

Reetazos de la Luna azul 006: Nasrudín interviene

- Maestro, - le dijo un día Ting Chang mientras paseaban por la ribera del río -, en muchas ocasiones te refieres a las ocurrencias del Mula Nasrudín para despertar la naturaleza original de tus oyentes. Pero ¿quién era en realidad este Mula? ¿Ha existido?
- Yo creo que es imposible que haya existido un Maestro que fuera a la vez cortesano con Tamerlán, médico, juez, mendigo, sabio e idiota.
- Entonces, ¿es un personaje creado por los maestros sufís para desconcertar a los discípulos con sus paradojas?
- Así parece ser pues, con sus contradicciones, simplezas y aparentes estupideces, trata de romper los hábitos tan racionales y esquemáticos de la mente.
- Pero se encuentra en muy diferentes culturas, - continuó el médico afable-, y no parece haber continuidad entre ellas.
- Sí, entre los otomanos, en Turquía, lo presentan como un personaje de la Corte, que trata con familiaridad al gran emperador Tamerlán. En el folclore árabe se le conoce como Joha y aquí en China es fácil descubrirlo bajo el héroe local Afanti, con sus salidas.
- Y en algunos estados de Asia Central,- intervino Sergei -, su efigie ecuestre preside muchas plazas ¿Por qué en todas partes le dan tanta importancia a su asno?
- ¿Es que hay algo más opuesto a la imagen de un sabio y de un maestro que un asno? Porque sin duda, Nasrudín era un maestro. Es decir, se utilizaba su personaje para ayudar a la humanidad a zafarse del condicionamiento, de actuar como autómatas, como máquinas.
- Es la rémora occidental del maquinismo, del mecanicismo, apuntó el noble Ting Chang.
- ¿Qué es eso?, -preguntó Sergei.
- Pues que los hombres no son más que meras máquinas y que reaccionan como tales ante los estímulos, -respondió sonriente el Maestro-.
- ¿Qué otra alternativa queda? – insistió la liebre de las estepas dirigiéndose al médico Ting-.
- Hombre, la visión holística, contemplar al ser humano como un todo interrelacionado con sus semejantes y con la naturaleza en todas sus manifestaciones. De ahí que más que enfermedades existen enfermos y como a tales tenemos que tratarlos.
- Ya veo. Pero por qué sus incongruencias, sus sutilezas y hasta sus burradas tan distantes de los koan del Zen.
- No de todas las escuelas Zen, sino de la Rinzai, apuntó el Maestro. En la escuela Soto no se utilizan koans sino vivir la realidad en el día a día y en cada momento. ¡Todo es Zen!, dijo el Maestro.
- ¡Cómo nosotros en el Tao!
- Bueno, algo del Tao chino milenario con influencias del budismo y su adaptación a la mentalidad japonesa con el shintoismo y otras tradiciones.
- En el fondo, apuntó Ting Chang, algo así aparece en los dichos de Nasrudín: “Si supiera cuánto son dos y dos, respondería ¡cuatro!”
- ¿Acaso no lo son?
- Bueno, podrían ser 44, o cero. O la confirmación de que plantearse la pregunta es absurdo porque confiesas que ya lo sabes. ¡Cómo la vida misma!, - concluyó el Maestro-.
- ¡Otra, por favor! - pidió Sergei.
- “Si sobrevivo a esta vida sin morirme, me sorprenderé” o esta, para terminar Sergei, ya irán saliendo en nuestros paseos: Nasrudín siempre andaba corto de dinero y montó un tenderete en el mercado con un letrero que decía “Se contestan dos preguntas sobre cualquier tema por 10 monedas”. Un hombre tenía dos preguntas muy urgentes que hacerle y entregó sus monedas de plata mientras decía – “Diez monedas por dos respuestas es algo caro ¿no cree?” – “Sí, -respondió Nasrudín-, ¿la otra pregunta, por favor?”
- ¡Qué morro! 

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de la Luna azul 005: El monje ciego

En el cercano monasterio sonó el tambor de madera, mokugyo, y un gong, keisu, de sonido transparente para acompañar la salmodia de los sutras que sigue a la meditación de la tarde. El Maestro se dirigió en silencio a la baranda sobre el río para deshacer su mente, así como había deshecho la postura del zazén. En esos momentos nadie hablaba. Los tres compartían la serenidad del crepúsculo en ese hermoso septiembre recién iniciado. Sergei había ido a echar un vistazo a la cena que había preparado junto con Ting Chang antes de la meditación. Ambos trajeron un refresco de jengibre que ofrecieron al Maestro con profundo respeto. Ya sabían que no era el hombre anciano quién estaba ante ellos sino el Cosmos bajo apariencia de atardecer sereno sobre el río que nos lleva.
El Maestro paladeó el jugo que tanto le gustaba y les contó una historia que había vivido de joven en su monasterio.
- Caminaban dos monjes de regreso hacia su monasterio cuando les sorprendió la noche. Se habían demorado bendiciendo al hijo recién nacido de una pareja de campesinos que también les pidieron que bendijeran su casa y su rebaño. Los monjes lo hicieron de buen grado y compartieron un chupito de sake con la joven pareja. El marido, de joven, había practicado en un monasterio y continuaba la meditación junto con su mujer, en la mañana y en la noche.
- ¿Chupito, Maestro? – preguntó con malicia Sergei. ¿No serían unos vasos de sake y por eso los monjes se retrasaron?
- Serían, Sergei, serían. Como los vasos que te bebiste la otra tarde cuando fuiste a llevar un remedio a la viuda de Nanking.
- Me lo había dado el monje enfermero, Maestro.
- Otro día hablaremos de los males de la viuda, liebre bastarda, y de los remedios que le procuras porque, bueno está atender a los enfermos, pero regresar casi al alba saltando el muro del monasterio, ya me dirás, Sergei.
- Era para no despertar a los monjes, Alma noble.
- Ya, pero no tienes por qué saltar encima de los rododendros. Eso es que traes más de un chupito. Bien. El caso es que uno de los monjes era ciego y lo guiaba su compañero, más joven y aguerrido. “No temas, hermano, agárrate a mi brazo y yo te guiaré con los ojos bien abiertos para protegerte contra los demonios del bosque”, le dijo muy resuelto. Cuando se adentraron en el bosque, una serie de ruidos y una extraña presencia paralizó los pies del joven monje que no acertó a decir palabra. “¿Qué sucede, hermano, - preguntó el monje ciego -, has enmudecido? Siento tu mano paralizada en mi brazo.” El joven, lleno de fuerza y con una vista excelente, no podía articular palabra por el terror que le invadía ante las sombras envolventes y la furia que imaginaba en los árboles frondosos. Entonces, el monje ciego, agarró por el brazo con gentileza a su amigo y le dijo “No temas, yo te guiaré. Apóyate en mí y procura cerrar tus ojos.”
- ¡Un ciego guía otro ciego!, - espetó Sergei -.
- No, - dijo sonriendo Ting Chang – un despierto conduce a un clarividente cegado por el miedo.
- El caso, -prosiguió el Maestro -, es que una especie de monstruo se alzaba en medio del sendero y el joven monje bien lo veía pues no se fiaba del ciego. Crispado por el terror se aferraba con las dos manos al brazo del monje ciego pero éste caminaba con paso firme y sin miedo alguno. El monstruo se alzó para devorarlos pero el monje ciego, como no lo veía, avanzó por el camino del medio y condujo al joven pálido y con la boca seca hasta la entrada del monasterio.
- ¡Menudo corte le debió dar al joven al verse conducido por el brazo ante los demás monjes!, - exclamó Sergei.
- Nada de eso. Cuando hubieron cruzado el bosque, el monje ciego soltó el brazo del joven y se apoyó en el suyo con toda tranquilidad y afecto.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de la Luna Azul 004: Destazador de bueyes

Una tarde de ese caluroso verano, regresaba el Maestro de dar su charla diaria a los monjes. A veces, les comentaba un pasaje de las Escrituras indias o chinas; otros días, se sentaba en silencio o les contaba un cuento y, a veces, hacía una seña al monje encargado de los gong y de las maderas y éste improvisaba una impresionante meditación con sonidos y silencios llenos de agua, de rumores y de viento.
Pero este día, el Maestro, que intuía la curiosidad de los monjes acerca del nuevo asistente del Maestro, les comentó de dónde provenía el nombre de Ting, el destazador de bueyes.
- Lo cuenta Chuang Tzú en su Libro – comenzó el Maestro -. No hay nada nuevo. El cocinero del señor Wen Hui estaba despiezando un buey. Cada movimiento de su mano, cada alzamiento de su hombro, cada paso de sus pies, cada sonido de la carne al partirse y cada silbido del cuchillo al descender sobre ella eran perfectos. El señor Wen Hui le preguntó: “¿Cómo has conseguido esa destreza?” “Lo que más ama tu servidor, - respondió el cocinero -, es el Tao. Cuando empecé a despedazar bueyes, sólo veía un buey entero. Ahora utilizo la mente y no los ojos. Silencio mis sentidos y sigo a mi espíritu. Veo las líneas naturales de la carne, y mi cuchillo corta por donde hay junturas, utilizando lo que ya hay allí marcado. De este modo evito los grandes tendones y los huesos. No los toco. Un buen cocinero cambia su cuchillo cada año, porque sabe rebanar. Un cocinero corriente, lo cambia cada mes. Este cuchillo lo ha venido utilizando tu servidor desde hace diecinueve años, y ya ha destazado miles de bueyes. La hoja del cuchillo apenas tiene grosor. Si utilizo lo que no tiene grosor para cortar a través de esas fisuras, al cuchillo le será fácil ir rebanando. Cuando el cuchillo llega a una parte más delicada, lo siento y obro con más cuidado. Lo hago más suavemente, llevando el cuchillo por aquellas partes más blandas de modo que la carne se desprenda como se desprende una laja de tierra cuando crece el torrente. El cuchillo no quiere oponente. Practica el bushido, como el noble guerrero que detiene la flecha en el aire”. El señor Wen Hui, dijo “¡Me has enseñado a vivir plenamente la vida!”.               Yo no digo nada más, concluyó el Maestro. Saludó a la comunidad con una amplia inclinación, se postró ante el altar silente y se retiró acompañado por sus dos asistentes.

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de la Luna azul 002: Cuando el cielo suda

Estaban padeciendo un tiempo de calor bochornoso, pero nadie comentaba nada. No tenía sentido quejarse sino adaptarse. Un día, bastante antes del amanecer, Sergei se despertó para beber y vio al Maestro regando las partes del jardín más castigadas por el sol. Se acercó en silencio porque sabía que esa era una de sus formas de meditación, hacer algo con total concentración.
El Maestro enseñaba que no hay nada superior a nada, una vez que se ha alcanzado un cierto nivel de comprensión: sentarse, caminar, bañarse en el río, tejer alfombras, urdir tramas con juncos o preparar una taza de té, daba igual. Por eso, Sergei preparó una jarra de naranjada y, cuando se lo iba a llevar al Maestro, vio al noble Ting Chang sentado junto al río con una expresión de serenidad que evocaba las de Ananda y Buda en su encuentro con el barquero.
- Señor, quizás te apetezca un poco de naranjada, pero no me atrevo a ofrecérsela a Ting Chang, - dijo humilde y solícito Sergei.
- Puedes dejársela al lado pero no olvides de inclinarte ante la divinidad que lo habita. En estos momentos, la paz de su espíritu sostiene el cosmos.
- ¿Cómo es eso posible, Maestro, si ayer nos dijiste que todo sucede para bien, hasta lo que nos parece malo? ¿Es que hay unas acciones o unos momentos mejores que otros?
- En nuestra percepción claro que sí, pero no en la realidad – respondió el Maestro. Escucha, Sergei, lo entendamos o no, todo se desenvuelve como debiera. Los funerales se hacen para que los familiares y amigos puedan desahogarse. Son para los vivos, los muertos no los necesitan. Ayer te quedaste pensativo ante la contemplación de la muerte como una simple etapa en un proceso que sobrepasa nuestra comprensión, tan limitada.
- ¡Sí que me costaba asumirla como dices, como otra etapa en una maduración que libera!
- Es que nada ni nadie muere, Sergei. Son formas de vida que desaparecen y son sustituidas por otras. Como la metamorfosis del gusano, la mariposa y los huevos. Como el mantillo en que se convierten las hojas de los árboles, las flores y las hierbas. Como los humores y los huesos de todo ser viviente.
- ¡Parece que no les apena morir, aunque los elefantes escogen sus lugares silenciosos para esa fase de sus vidas!
Ting Chang se había acercado y escuchaba en silencio. Sergei le tendió un vaso de naranjada, y el príncipe que permanecía bajo la humilde túnica de monje, se lo agradeció con esa grandeza que hay en saber recibir más que en dar. Y le dijo con una sonrisa enraizada en la corriente del río.
- ¡Por eso los animales no hacen funerales, ni las águilas, ni las flores, ni los jardines en mutación continua!
- En algunas culturas, más sabias que la nuestra, - apuntó el Maestro -, la muerte de un ser querido se celebra con cantos y danzas, con banquete y con libaciones. Y la gente se viste de colores.


José Carlos Gª Fajardo lo dedica a los compañeros que el sabado comenzaran su viaje hacia el sur en busca de las señas de identidad

Retazos de La Luna azul 001. Embajadores de los ausentes

El Maestro se sentía hoy particularmente triste, aunque él lo negase. Los monjes del Monasterio se habían marchado a las montañas para un largo retiro, y para soportar mejor los calores del verano.
- Alma noble, ¿verdad que los echas de menos? -, le preguntó Sergei mientras daban de beber a las plantas.
- ¿A quiénes, liebre ladradora?
- Pues no sé, Maestro, es como sí echaras de menos hablarles cada mañana y contarles historias.
- La verdad es que sí -, le respondió mientras metía en la cintura los bajos de su túnica para poder meterse en el estanque de los lotos y tratar de aliviarlos.
- Maestro, - intervino Ting Chang que andaba desbrozando una mata de bambúes -, ¿y si nos contases a nosotros esos cuentos? Yo podría entretenerme en recopilarlos para que no se pierdan.
- Gracias, Ting Chang, pero no hay mejor papel para recopilar que el corazón del hombre.
- Sin duda, Noble Señor, pero cuando Lao Tsé quiso huir de la tierra en la que no se practicaba la justicia, según la leyenda, el encargado de custodiar la aduana en la frontera, le pidió que le hablase del Tao mientras esperaban la mejoría del tiempo para que el Maestro pudiera escapar, a pesar de no disponer de salvoconducto. Gracias a eso tenemos el Tao te King.
- ¡Las leyendas, las leyendas! – repuso el Maestro antes de sentarse con los pies dentro del agua. ¿Y a quién se los voy a contar? Vosotros estáis demasiado cerca de mí, y los cuentos necesitan de una cierta distancia, para ser creíbles.
- ¿Creíbles, los cuentos, Maestro?, - intervino Sergei.
- Bueno, para que el mensaje se deslice entre la parafernalia de la narración y se asiente en el corazón de algún oyente.
- Perdona mi atrevimiento, Alma Noble, - dijo animado Ting Chang – pero podrías contarnos historias y cuentos mientras nos enseñas a tejer alfombras y a urdir tramas de cestos. Así estaremos más atentos mientras nuestras manos están ocupadas.
- Bueno, -respondió aliviado el Maestro -, desde hoy, os nombro Embajadores de todos los ausentes que pueblan nuestros corazones. Acepto vuestras credenciales.
Así fue como se inició la segunda fase de las narraciones que fui recopilando durante mi estancia junto al Maestro. Yo, Ting Chang, había ido en busca de la paz y de la transparencia para ejercer con armonía el noble arte de la medicina. Si encontráis errores o contradicciones, será culpa mía por no haber sabido recoger la sabiduría que transitaba a través de las palabras del Maestro.
Hoy, en la luna azul, del primer día de la Primavera de un año propiciatorio.


José Carlos Gª Fajardo

 


 

Retazos de Sergei 101: La muerte y el jardín

Paseaban los tres por el jardín, que el Maestro iba mostrándole a Ting Chang, cuando Sergei preguntó:
- Maestro, ¿por qué hay gente feliz y personas infelices, ricos y pobres, vencedores y vencidos? ¿Acaso el Cielo es injusto?
- ¡Mirad las plantas de este jardín! Hay árboles grandes y chicos, frutos sabrosos y mantillo, piedras y musgo. Hay rododendros y camelias, sencillas hierbas y orquídeas, lotos en aguas casi estancadas y soberbios bambúes. La energía que circula por las cañas de la ribera es la misma que la que fluye por las parras y que se transforma en rico vino, una vez cumplido su ciclo. ¡Las adelfas no quieren ser abetos! Quieren ser adelfas. E igual sucede con cada una de las especies animales o minerales.
 Fun Chang, – prosiguió el Maestro -, preguntaba “¿Por qué el pollo no tiene la fuerza del búfalo? ¿Por qué el tigre no tiene la gentileza del perro? ¿Por qué el águila vuela con fuerza en el aire mientras los gorriones parecen tan débiles?” ¿No os parece injusto que las hierbas no sean arces, ni las arenas diamantes o las mariposas efímeras no sean longevos elefantes?
- Perdona, Maestro, por mi atrevimiento, - arguyó Sergei -, ¡pero nosotros somos seres humanos! ¡Ni minerales, ni plantas ni animales irracionales!
- ¿Y cómo sabes tú que ellos no sienten ni padecen? Viven con arreglo a su naturaleza, aparentemente sin preguntarse de dónde vienen ni adónde irán. En definitiva, ¿tiene esto alguna importancia?
- ¡Pero la muerte impone, Maestro! Es como si todo se acabase, - se le escapó a la liebre de las estepas rusas.
- ¿Y para qué quieres que dure? ¿Dónde estabas antes de nacer, Sergei? ¿Lo echas de menos? ¿Era tu condición más feliz, entonces? Nadie muere eternamente, sólo nos transformamos. La vida está en todas partes. Nuestra tarea es caer en la cuenta, vivir conscientes y observar la vida que fluye, mansa o a borbotones, porque todo cuanto necesitamos está en nosotros.
- Maestro, - se atrevió a decir Ting Chang -, ¿Qué quiso decir el Buda al afirmar que “la verdad es todo lo que es útil?"
- Todo lo que es conforme a la naturaleza es auténtico, por lo tanto, es hermoso, bueno y armonioso. La falta de equilibrio es enfermedad. La injusticia, lo que daña a otro, atenta contra la armonía del universo. Aunque nosotros no podamos concebirlo, al final, todo es para bien. ¡Contemplad el jardín!
 

(Al amanuense, José Carlos Gª Fajardo,... le parece que aquí terminaba la serie "Retazos de Sergei", aunque es consciente de que se ha saltado algunos que fueron escritos en circunstancias concretas que sólo podrían entender aquellos para quienes eran transcritos... porque uno siempre escribe para alguien auqnue no lo conozca. Sí, es posible, no vengáis ahora con sergiadas. Pero, ahora recuerda que comenzó otra serie titulada "Retazos de la Luna azul",  y que dejó inacabada. ¡Ojalá ahora, al tiempo que los revisa, se anime a continuarla para vosotros... quienesquiera que seáis y dónde quiera que os encontréis... aunque sea "así que pasen de cien años", como bellamente escribe Walt  Withman)

Con mi afecto para tantos Sergeis que por el mundo van sin sospechar que alguien camina a su lado, Nesemu

Retazos 100: Ting Chang

El Maestro estaba sentado en la terraza que daba al río, sobre una pequeña alfombra que había terminado de tejer esa mañana. Como hacía recodo, podía contemplar la puesta de sol, y a quién llegara desde el Monasterio por el senderillo de piedras. Sergei abría camino y venía exultante precediendo a un hombre alto y fuerte, de pelo negro y larga trenza, que caminaba sonriente y admirado, pero contenido. Vestía la negra túnica que le habían prestado los monjes al ver que estaban inservibles los vestidos del camino. Calzaba sandalias de esparto con tiras negras y mantenía sus manos cruzadas ante sí, bajo las mangas perdidas. Al llegar ante el Maestro, se postró con la frente sobre el suelo y las palmas de sus manos abiertas hacia arriba. No se alzó hasta que aquél le tocó en su hombro y le ofreció asiento con una acogedora sonrisa.
- ¡No ha debido ser fácil convencer a los cancerberos!
- No, Noble Señor. Ya me lo temía porque, hace más de un mes, sin que él se diera cuenta, vi como me adelantaba uno de los jinetes de mi padre que venía al galope para alertar al Abad.
- Como ya imagináis, - respondió cómplice el Maestro -, éste no me dijo ni una palabra pero yo veía cómo mejoraba la comida que nos envían de la comunidad. Bien, ya ha pasado el año convenido y estáis en dónde habéis querido.
- Alma Noble, he empleado este tiempo en seguir tus instrucciones y me he limitado a saborear el Libro de Chuang Tzú. Y, por supuesto, a servir y a atender a los pobres en el hospital que fundaran mis abuelos.
- ¡Que no es poco!
- Por eso, solicito de tu Paternidad que me aceptes para servirte en cuanto pueda.
- ¡Me imagino lo que le habrá costado al Abad acceder a vuestra insistencia y no a la de vuestro padre!
- Si me aceptas en tu servicio, Maestro, dame un nombre y apeemos el tratamiento. No seré más que uno de tus asistentes.
- ¡Tan sólo tengo un asistente! Este Sergei que ya conociste en tu viaje anterior. Te aseguro que es suficiente. Pero si aceptas ayudarle, los tres nos ocuparemos de este jardín. “¡Sergei!”, - llamó, sabiendo que se encontraba a dos pasos detrás de los bambúes con la antena desplegada.
- ¡Señor! ¡Aquí estoy porque me has llamado!
- ¡Menos mal que no lo dijiste en hebreo! ¿A que te has olvidado de la palabra que Samuel dijo en la noche?
- No, Maestro. Dijo Hinnení, pero él iba a convertirse en profeta. Y además, no quería deslumbrar al huésped.
- Bien, - dijo dirigiéndose hacia el recién llegado -, todavía no te puedo poner un nombre. Dinos tú cómo quieres que te llamemos.
- Ting, el destazador, si te parece bien, Maestro.
- ¡Hermoso propósito! ¡De acuerdo! – Y volviéndose hacia Sergei -: Ayúdale a construir una cabaña al lado de la tuya. Que no tenga humedades y que esté al abrigo de los vientos. Compartiremos juntos las comidas y las dos meditaciones principales, antes del alba y antes de ponerse el sol. Y, ahora, Sergei, prepáranos el té mientras yo converso con Ting Chang.
Sergei se inclinó alborozado. 
 

José Carlos Gª Fajardo