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J. C. García Fajardo

Cuentos

Retazos de Sergei 050: Zoquete

No existe un único camino hacia parte alguna. Cada uno debe de seguir su propia senda. Inventarla si es preciso, lo que significa “encontrarla”. (De invenire)
Pues bien, había un discípulo que andaba siempre preocupado en estudiar los antiguos textos de las más diversas tradiciones. No se ocupaba en lo único necesario, mirar, escuchar, saborear desde el silencio. Éste se empeñaba hasta en escuchar el silencio. Tarea imposible.
Un día, se postró ante el Maestro y le espetó, de entrada:
- ¡Venerable Señor, estoy muy confundido! ¿Por qué existen tantas religiones, tantos caminos, demasiadas místicas y tradiciones si, en definitiva, el camino sólo puede ser uno?
- ¡Insensato!, - le respondió el Maestro -. Cada persona es un camino, una enseñanza, una posibilidad infinita.
- Pero...
- ¡Ni pero ni manzana!, - respondió de buen humor el anciano -. De haber algo, que no es moco de pavo el tema, cada uno debe escoger lo que mejor le vaya, la senda que mejor le conduzca a la cima de la montaña.
- ¿Y cuando llegue allí? -, dijo el discípulo que no tenía un pelo de tonto.
- Pues se encontrará con que no hay nada. ¿O no es este el significado del “neti, neti”. “Ni esto ni lo otro”, de todas las tradiciones.
- ¡Pues estamos bien con lo que me dice, Maestro! Aquí veo un radical escepticismo, - repuso el joven sin inmutarse.
- Y yo lo que veo es un trascendental zoquete. ¡Vuelve a por otra!
Y dicho esto, el Maestro se alejó con la más amplia de sus sonrisas a quemar unas varillas de incienso ante el altar de Buda. ¿O era el de Shiva?

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 046: Hacerse nube con el viento

Cada vez que he ido al Sahara, me ha impresionado saberlo una inmensa extensión de agua, con bosques y con toda clase de animales. Las cuevas rupestres, en el Tasili, nos han conservado escenas inimaginables para quienes no hubieran vivido en contacto con un mar lleno de vida. Pero, sobre todo, me emociona la suerte del río Igharghar que hace 6.000 años discurría con un profundo caudal y se fue ahogando en las arenas del desierto.
Cuentan los ancianos a la puerta de las kasbahs la historia de un río caudaloso que recorría centenares de kilómetros aportando vida, abriendo gargantas y alimentando valles. Nada parecía detener su curso hasta que llegó al desierto y se espantó al ver que no podía continuar para desembocar en otro río más caudaloso que lo condujera hasta el mar. ¿No habría manera de cruzar el desierto sin que las arenas se lo tragasen? Entonces, oyó una voz en su corazón:
- Si el viento cruza el desierto, tú también puedes hacerlo.
- Pero ¿cómo va a ser eso posible?, - preguntó el río aterrorizado.
- Basta con que creas que puedes.
- Es imposible, - se lamentó obcecado.
- Deja que el viento te absorba, te transformarás en nubes y te lloverás copioso más allá de dónde la vista alcanza, hasta formar otro río que desemboque en el mar que anhelas.
- ¿Y cómo me garantizas que voy a seguir siendo yo?, -preguntó perdiendo un tiempo precioso.
- Serás tú y no serás tú. Serás el agua que llueva, pero el río será otro y otro, - respondió dulce la voz.
- ¡Ah, no! Eso sí que no. No quiero dejar de ser yo, - respondió lleno de su razón.
Y las aguas del caudaloso río desaparecieron en las tórridas arenas del desierto.
El ego nos suele jugar malas pasadas. El agua es lo esencial, gota o torrente. La forma es accidental. Nunca se pierde nada, todo se transforma.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 049: Saber descansar (vacar al ocio)

Al reincorporarnos a la falsa rutina del curso, veo a estudiantes que comienzan a preocuparse por el verano, vista la experiencia de estas últimas/nuevas vacaciones. Se agobian ante el temor de no tener nada que hacer. Necesitan que alguien les organice el ocio. Algunos piensan en matricularse en cursos inverosímiles, en someterse a "prácticas absurdas e inútiles" en medios de comunicación esclavistas. En fin, todavía no han descubierto el placer de “hacer nada”, la inmensa riqueza que puede proporcionar el descanso como otra manera de realizarse para dejar aflorar las mejores esencias. Viajar con amigos, leer, hacer deporte, descubrir gentes y andar caminos que, según Cervantes, hace a los hombres prudentes. Pero,por otra parte, me preocupa que muchos estudiantes de universidad creen que las vacaciones consisten en no hacer nada (algo opuesto a hacer nada) y dejan de leer, de estudiar ¡por placer!, de conectarse a la realidad sin orden alguno en sus vidas y, claro, se llenan de vacío. Regresan con la sensación de haberse puesto un sombrero lleno de lluvia o de haber acarreado agua en un cesto. Muchos se quejan de la actual universidad. ¿Han conocido otra mejor? ¿No podríamos entre todos, al menos entre nosotros, crear o dar a luz una vida universitaria distinta? No es una fórmula que valga para todos y que pretendamos que la acepten los demás. No,aquí y ahora, podemos actuar sin esperar a que el profesor dicte apuntes o nos indique qué capítulos o libros tenemos que leer, o qué lección aprender. Esto es de una pobreza ramplona y cutre. Ya es pasado, es la vieja práctica que debimos dejar atrás. Sobreto todos nosotros los periodistas, ¿Cómo no vamos a permanecer atentos a lo que transmiten los medios de comunicación? No se puede interrumpir por vacaciones el seguimiento de los políticos, del arte, del cine, de la música, de la vida... No puede existir un tiempo para estudiar y otro para aprender. No me cabe en la cabeza. ¡Confunden la vida universitaria, rica, creativa e imprevisible con pasar unos exámenes! Qué pena. Sobre todo cuando se trata de una asignatura optativa en la que uno puede participar a diario mediante un blog, o mediante lecturas y aperturas hacia la inédito y desconocido, para dejarnos sorprender, asombrar, admirar... Creemos que cuanto más difícil es el camino, que cuanto más cuesta, más vale. Solemne tontería. De ella nace el creer que tenemos que descansar desconectándonos de todo en tiempo de vacaciones. Vacare ad otium= entregarnos a una actitud y actividad creativa sin que nadie nos pida cuentas y sin tener que rendir cuentas a nadie. Eso es vacatio.
Me recuerdan a aquel discípulo, muy exigente consigo mismo, y que se presentó ante el Buda para contarle sus proezas:
- Señor, durante años me he sometido a las más duras disciplinas, he ayunado, he perdido las pestañas desentrañando las Escrituras, me he esforzado en hacerlo todo con perfección, no he concedido descanso a mi cuerpo.
- ¿Y qué has logrado con todo eso?, - le preguntó el Buda.
- ¡He conseguido caminar sobre las aguas!
Entonces, el Buda, amable y compasivo, le dijo con una dulce sonrisa:
- ¿Y para qué están las barcas? ¡Qué lástima de tiempo perdido!
No hay mayor conquista que la de la paz interior. Dicen los Maestros que, a veces, es mejor descansar. Si permanecemos alerta, comprobaremos que los mejores dones son gratis. No hay que dejarlos escapar.

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 043 : El sentido sale al encuentro

No pocas veces se encuentra en la universidad ese tipo de jóvenes que pretenden instalarse en un espléndido aislamiento espiritual. Lo que no está en los libros, enciclopedias o tediosos ensayos, no tiene importancia. No existe. De ahí que, al no cultivar el silencio ni la percepción de la unidad profunda que brota al contemplar la armonía de los opuestos, alzan el mentón y “pasan”. Todo lo someten a análisis, excepto sus intereses, sus instintos y apetencias teñidas de vagos ismos. Ellos son modernos, razonadores, iconoclastas. Todo lo que es tradición, espiritualidad o natural sentimiento de solidaridad y de humanidad, pues no va con ellos. “¡Ábrete, tío!”
Así, un día se acercó al Maestro uno de estos “listos de Google” y le espetó, con algo de desdén:
- ¿Acaso tiene la vida algún sentido?
El Maestro le respondió sonriente:
- Los árboles se tiñen de rojo, los mares se hacen de chocolate y el sol se vuelve azul.
- Pero yo te he preguntado si la vida tiene algún sentido.
- Llueve para arriba, las manos cantan, los ojos hablan, la miel sabe salada, los labios miran y los lotos huelen a excremento de elefante.
El joven “intelectual” y muy “modelno” se irritó e hizo ademán airado de marcharse, diciendo:
- ¡Todo lo que dices no tiene ningún sentido!
- Mientras no entiendas el sin sentido, no podrás comprender el sentido, - dijo el Maestro con comprensión y dulzura -. Más allá del sentido y del sin sentido aparentes, está el Sentido. Llámale como quieras. Te guste o no, el universo se desenvuelve como debiera.

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de Sergei 042: Prodigios

No pocas veces nuestra angustia existencial genera una insatisfacción que afecta a nuestro ser, y hasta puede tener manifestaciones somáticas. Que si Dios existe o no existe, que si el problema del mal, el éxito, la riqueza, el dolor o la muerte. Así andamos corroídos por la abulia y el desasosiego.
Recuerdo la historia de un hombre que caminaba por el bosque lleno de tristeza porque no encontraba sentido a su vida. La melancolía lo dominaba cuando, de repente, encontró una hermosísima esmeralda en el suelo. La cogió, la limpió y se embelesó en su belleza, profunda de mares y de océanos, que lo atraía hasta que sus lágrimas de emoción vieron en aquella hermosura sin fin el rostro de una mujer que lo conmovió profundamente.
- Soy el espíritu benefactor del bosque, - le dijo al hombre -, puedo concederte lo que me pidas, hombre triste.
- ¡Maravilloso ser que sosiegas tan sólo con tu mirada! Concédeme aquello que te parezca mejor.
Y el hada respondió:
- ¡Pero si eso fue lo mismo que me pediste cuando eras un sapo y te convertí en hombre! Tu egoísmo te impide contemplar, en cada instante, la belleza que tienes y que te rodea.

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 040: Campana sin badajo

En el famoso monasterio de Saolín había un novicio que destacaba en todas las artes del Camino. Antes del último certamen de espada, convencido de que, una vez más, iba a alzarse con el sutil cendal blanco que le impondría el Abad, se inclinó ante éste y le pidió una campana. Como llevaba tiempo insistiendo en semejante deseo, el Abad lo puso a prueba.
- Si antes del próximo festival logras que todas las dependencias del monasterio estén limpias como la plata, te regalaré la mejor de las campanas.
El novicio se dedicó a limpiar día y noche el monasterio. Subía, bajaba, se tiraba al suelo, gateaba por las columnas para limpiar las bóvedas, limpió las mil y una cristaleras, hasta que se presentó al Abad reclamando su premio. Éste alabó su trabajo y le regaló una campana de plata labrada que el joven discípulo se llevó a su celda. Encendió velas, quemó incienso y se sentó en su jergón para gozar con el sonido de su maravillosa campana. ¡Pero no sonaba, porque no tenía badajo!
- ¡Maestro, me has engañado! He trabajado día y noche limpiando el monasterio y tú me regalas una campana sin badajo, ¿cómo voy a escuchar su sonido?
- No te he engañado, - respondió sonriente el Maestro -. Se acercaban los Juegos en los que competían todos los monasterios y tú descuidabas tu entrenamiento ilusionado con esa dichosa campana para escucharla tú solo en tu celda. Te hice trabajar día y noche subiendo y bajando, cargando pesos, subiendo por las paredes, manteniéndote en equilibrio para alcanzar las más distantes vidrieras. No pensabas en otra cosa. Estabas en perfecta concentración. Por eso alcanzaste los premios para el monasterio.
- Pero ¿cómo hacer sonar una campana sin badajo?
- La campana y el badajo están dentro de ti. Tu felicidad interior, tu concentración y tu alegría son el badajo que hará sonar la campana de plata para deleite de todas las gentes. Lucidez y compasión te pertenecen.
El discípulo se iluminó al instante recogiendo el auténtico premio a su esfuerzo en el camino de la espada. Se postró ante el Maestro comprendiendo que el sonido más hermoso es el que brota de una mente clara y de un corazón generoso.
- Anda, - le dijo alzándolo el Maestro - , Vete en paz y recuerda las palabras del Buda: “Que cada uno de vosotros sea su propio refugio”, para mejor sintonizar con la armonía de los seres y del universo.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 039: Autoestima

Un joven aprendiz de discípulo pidió al Maestro que le ayudase para que lo valorasen más, pues se sentía inútil y nadie lo apreciaba.
El Maestro le respondió con simpatía
- Si quisieras ayudarme tú a mí, quizás podría ayudarte pero antes tengo que vender este anillo para pagar una deuda. Vete al mercado a venderlo. Es necesario que no aceptes menos de una moneda de oro.
El joven, apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes pero, en cuanto mencionaba la moneda de oro, nadie quiso pagar ese precio.
Regresó triste a casa del Maestro y le dijo :
- Maestro, no es posible conseguir lo que me pides. No creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante – contestó sonriente el Maestro-. Antes, debemos conocer el verdadero valor del anillo. Ve a ver al joyero y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joyero examinó el anillo y le dijo al muchacho:
- Dile al Maestro que, si lo quiere vender ahora, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? – exclamó el joven.
- Sí – replicó el joyero-. Yo sé que podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del Maestro a contarle lo sucedido.
- Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única – le dijo el Maestro después de escucharlo-. Y sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda. El joven se inclinó ante el Maestro y con una sonrisa nueva fue admitido como discípulo.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 034: Vida cotidiana

El discípulo preguntó al Maestro:
- Señor, ¿dónde está la Verdad?
- En la vida cotidiana, en los actos más simples de cada día.
- Pero yo, en mi vida diaria, no veo verdad alguna. Todo es rutina, - respondió el discípulo.
- Esa es la diferencia, - explicó amable el Maestro-, que unos la ven y otros no.
- ¿Cómo podría hacer?, - suplicó honestamente el joven -. ¿Se trata de estudiar más los libros sagrados, de meditar más y de sacrificarse?
- En modo alguno, - respondió el Maestro -. Se trata de mirar más allá de las apariencias, de descubrir lo esencial que palpita en l o sublime y en lo rutinario, en lo asombroso y en lo cotidiano.
- ¡Ayúdame!,- volvió a implorar el joven que tenía la cabeza demasiado amueblada.
- Todo lo que hagas, despierto o dormido, forma parte de una Unidad eterna en la que vivimos, nos movemos y somos. Tú, cuando comas, come; cuando bebas, bebe; cuando duermas, duerme.
- ¡Ya lo hago, Maestro!
- No. Tú cuando tienes hambre, comes; cuando tienes sed, bebes; cuando tienes sueño, duermes.
- ¿Y tú, Maestro?
- Yo cuando como, como; cuando bebo, bebo y cuando duermo, duermo. Haz cada cosa como si fuera única, porque es única. Y en esa concentración y simplicidad reside toda la sabiduría. E pois...
- ¡Mais nada!, - repuso sonriendo el discípulo.

Retazos de Sergei 033: Enseñanza acelerada

Matajuro, hijo de un célebre Maestro del Sable, estaba descorazonado porque su padre pensaba que era mediocre para hacer de él un Maestro. Así que partió hacia el monte Futara para echarse a los pies del Maestro Banzo y rogarle que lo aceptara como discípulo en el noble Camino de la espada.
- No reúnes las condiciones, - le respondió Banzo.
- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro?, - insistió Matajuro.
- El resto de tu vida, - le dijo Banzo.
- ¡No puedo esperar tanto! ¿Cuánto tiempo me llevará si trabajo duro como servidor tuyo en cuerpo y alma?
- ¡Tal vez unos diez años!, - contestó con calma el Maestro.
- ¡Pero mi padre ya es anciano y no podrá comprobar los resultados! ¿Cuántos años serían si trabajo más intensamente?
- ¡Oh, quizás unos treinta años!, - respondió con dulzura el Maestro.
- ¡Se está burlando de mi dolor, Maestro! Antes eran diez y ahora dice treinta. ¡Se lo juro por el Cielo, haré todo lo que haya que hacer por dominar el arte de la espada en el menor tiempo posible!
- ¡Bueno, entonces, tendrás que quedarte aquí unos sesenta años! Quién desea obtener resultados tan deprisa no avanza mucho, - explicó con gran paz Banzo.
- ¡De acuerdo, - dijo humildemente Matajuro al comprender que le perdía su impaciencia -, acepto ser su servidor.
El Maestro le ordenó que no tocara un sable ni hablara más de esgrima, ni siquiera podría asistir a las clases de los otros discípulos. Que se limitase a servirle en cuerpo y alma.
Pasaron tres años, Matajuro trabajaba en silencio sin lamentarse por no poder estudiar el arte al que había decidido entregar su vida. Un día, mientras subía agua del pozo, el Maestro lo asaltó por detrás y le dio un terrible bastonazo con un sable de madera. A la noche siguiente, le dio otro más fuerte mientras Matajuro preparaba el arroz. Hasta mientras dormía o acarreaba la leña, tenía que estar alerta para protegerse de los sablazos de Banzo.
Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez, su fuerza y un sexto sentido, le permitieron evitar los ataques de Banzo.
Un día, menos de diez años después, el Maestro se bañó con él, y sin decir palabra, I shin den shin, “de mi corazón a tu corazón”, le hizo comprender a Matajuro que ya no tenía nada más que enseñarle.

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de Sergei 032: El samurai que quería saber si existían el cielo y el infierno

Todos conocemos a los famosos guerreros japoneses que, al servicio de un noble daimio, ilustraron la rica historia de la era Tokugawa (1603-1868). Eran valientes, arrojados, disciplinados y se ejercitaban de continuo en las nobles artes del Camino y, muchos de ellos, en el espíritu del sintoísmo. Cuando el gran Maestro Dogen, en siglo XII, llevó desde China el camino del chan, o sea, el taoísmo transformado por el budismo, en Japón alcanzó el culmen de su finura estética dando nacimiento al Zen.
Todos los guerreros samuráis seguían el código bushido, que en Occidente hemos traducido torpemente por artes marciales, cuando, en realidad, se trata del arte de detener la flecha en el aire. La del adversario y la propia. Es un camino de perfección, do. Por eso, sus diversas variantes se denominan ju do, ken do, kyu do, cha do, taekwon do, karate do, etc. Los caminos de la fuerza del contrario, de la espada, del arco, del té, de la armonía, de la mano vacía. Karate sin do, es puro boxeo.
Pues bien, un samurái llegó al galope y detuvo su cabalgadura ante la humilde morada del Maestro Zen Hakuin. Se descalzó, entró y saludó al Maestro al que preguntó de inmediato:
- Señor, necesito saber si realmente existen el infierno y el paraíso.
- ¿Quién eres tú? – preguntó el Maestro.
- ¿Yo? El guerrero samurái...
- ¿Tú, un guerrero samurái? Pero mírate bien mastuerzo. Con esa cara de bobo pareces un mendigo y un truhán. ¿Qué señor va a quererte a su servicio?
El samurái, preso de la más viva cólera, desenvainó su sable. Hakuin continuó:
- ¡Jo, además de estúpido, eres cobarde y demasiado torpe para cortarme la cabeza de un tajo.
El samurái, fuera de sí, alzó el sable con ira dispuesto a golpear al Maestro. En ese momento, éste dijo:
- ¡Aquí se abren las puertas del infierno!
Sorprendido por la inmensa paz del Maestro, por su tranquila seguridad y por su sonrisa, el samurái envainó su sable y se postró en el suelo respetuosamente.
- ¡Aquí se abren las puertas del Paraíso!
El samurái comprendió perfectamente, hizo una reverencia y partió liberado de su duda existencial: ¿Infierno, Cielo, Eternidad? Aquí y ahora.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 031: Sandalias

Suelo contar que el último en entrar en el dojo, o lugar de la meditación Zen, es el Maestro. Con algo de humor explico que es para comprobar cómo dejan los discípulos sus sandalias a la entrada.
La gente, a veces, no lo entiende pero, para ayudarles, voy a contarles este cuento.
Una vez, dos hombres se encontraron a la puerta de la casa de un Maestro Zen. Uno le preguntó al otro:
- ¿Has venido, como yo, a escuchar sus enseñanzas?
- No, para mí es suficiente con ver cómo se ata sus sandalias.
- ¿Cómo?
- O se las desata, me da igual.
Quedarse mirando el dedo del hombre que señala la luna, no es muy adecuado. Mucho menos es quedarnos mirando al hombre. Pero, para reconocer a un auténtico Maestro, no hace falta escuchar sus enseñanzas. Es a través de sus actos. En lo más sencillo y cotidiano imprime un sello especial que se rubrica con la paz y la alegría que inspira en su entorno.
No se trata tan sólo de autoridad, que la tiene, sino de integración y de armonía. Porque está en camino de superar las contradicciones intuyendo la perfecta unidad de todo lo que existe.
Al Maestro le basta con ver, de una ojeada, cómo ha dejado cada uno sus sandalias en el suelo. Así podrá ayudarles mejor. Algunos tienen prisa por entrar a sentarse. ¡Cómo si en el dojo se hiciera algo más importante y profundo que descalzarse!

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 027: Elefantes blancos y leopardos azules

Un aprendiz de novicio vivía aprisionado por los límites de la razón y de la lógica. Para todo exigía una respuesta conceptual que cupiera en su mente.
Un día preguntó al Maestro:
- Señor, ¿quién sostiene el mundo?
- Ocho elefantes blancos, - le respondió -.
- ¿Y quién sostiene a esos ocho elefantes blancos? – insistió el mozalbete.
- Pues, otros ocho elefantes blancos, - repuso el Maestro -.
¡Como si un tornillo de un boeing pudiera entender al boeing! O como si el pensamiento lógico pudiera agotar el mundo analógico, paradójico o el mundo de la intuición o del misterio. Tan sólo la experiencia trans sensorial, estética o mística ya sobrepasa todo límite capaz de ser expresado con palabras.
Había otro discípulo, esta vez en India, que preguntó a un yogui muy respetable:
- Babaji, ¿quién cuida del Mundo?
- ¡El Alma cósmica lo cuida!, respondió el venerable.
- ¿Y quién cuida al Alma Cósmica?, insistió el razonador.
- Pues, cuatro leopardos blancos, dijo con dulzura el yogui.
Y ya os podéis imaginar lo que sigue... pues, otros ¡cuatro leopardos blancos!
Esto me recuerda una anécdota que le sucedió a San Agustín cuando era joven y que cuenta en sus Confesiones:
Paseaba un día por la playa tratando de entender el misterio de la Trinidad, el origen del mundo, la inmortalidad del alma, el problema del mal, y otra serie de misterios. Vio a un niño que jugaba en la orilla y que entraba y salía en el mar con su cubo trayendo agua que vertía en un hoyo que había hecho en la arena.
- ¿Qué haces?, - le preguntó.
- Estoy trasegando el agua del océano.
- ¡Pero si no va a caber en ese agujero!, - exclamó riendo el futuro obispo de Hipona.
- Pues eso, - le respondió el chaval.
Un venerable Maestro Zen comentaba sonriendo a sus inquietos discípulos que buscaban un atajo para alcanzar la plenitud, la libertad interior y comprender el samadhi y el nirvana.
- ¿Cómo os voy a explicar el sabor de una taza de té?
Y el Maestro Zen seguía trabajando en su jardín con una amplia y cómplice sonrisa

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 025: El Templo y la Corte

El Maestro Chan Huang Nieh, al entrar en el templo de un monasterio, se arrodilló con respeto ante la estatua del Buda y quemó incienso. En ese momento, el joven Emperador de la dinastía Tang, llamado Hsuan Tsung, que residía allí temporalmente como novicio, se escandalizó por la conducta del Maestro Chan y le dijo, no sin cierta altivez:
- Para alguien que busca la Verdad no es necesario adorar a Buda, hacerse monje ni adherirse a ninguna enseñanza. Dime, Maestro, ¿por qué veneras una estatua?
- Puesto que no necesito ni adorar a Buda, ni hacerme monje, ni adherirme a ninguna enseñanza, lo hago porque quiero. Podría hacer cualquier otra cosa y también así me liberaría a mí mismo.
Tras reflexionar un buen rato, el joven novicio y Emperador preguntó:
- Maestro, ¿para qué sirve practicar las formas de culto?
Huang Nieh le dio un soberano bofetón, como respuesta.
- ¡Pero qué brutalidad! ¿Cómo te atreves a golpearme? – gritó encolerizado el joven Emperador - ¿No sabes quién soy? ¿Qué grosería?
- ¿Cómo? ¿Todavía te atreves a discutir, en este templo, quién es grosero y quién no lo es? – replicó el Maestro, ante toda la comunidad atónita que comprendió la confusión de Hsuan Tsung.
El Maestro se volvió a inclinar ante la estatua del Buda, ante el joven Emperador y ante el resto de la comunidad, comenzando por el hermano cocinero a quién besó los pies, para vergüenza del Emperador y novicio.
Todos habían comprendido, de repente, la tradición del budismo taoísta expresado en el chan, que advierte “Quienes pronuncian el nombre de Buda tienen que enjuagarse la boca durante tres días”. (¿Como si hubieran comido mierda?¿Como si su boca fuera de mierda? ¡Qué más da, cojones!) Porque no es posible comprender la Verdad dependiendo de los demás, ni siquiera del Buda. Por eso, celebraban en cada monasterio la ceremonia ritual de “quemar al Buda”, para abrasar el error de ignorar que el Buda y cada ser son una misma cosa, pero no para profanar el nombre del Buda.
Por medio de la bofetada al joven novicio, el Maestro destruyó su concepto de “emperador” y “súbdito”, mostrando que el templo era el templo y no la corte imperial.
Hsuan Tsung es recordado en los Anales del Imperio como un gran Emperador, justo y misericordioso.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos de Sergei 019: Aprender a nadar

Cuando era joven el Mulá Nasrudín Hodja, héroe de tantos cuentos populares en Oriente Medio, tenía una barca desvencijada que utilizaba para llevar a la gente al otro lado del río.
Un día, su pasajero de turno, un profesor muy quisquilloso, decidió, mientras cruzaban, hacerle una prueba al Mulá para ver cuánto sabía.
- Dime, Nasrudín, ¿cuánto es ocho veces seis?
- No tengo idea, - respondió el Mulá -.
- ¿Cómo escribes “magnificencia”?
- No lo hago, - respondió Nasrudín -.
- ¿No estudiaste nada en la escuela?
- No, - respondió el Maestro -.
- En ese caso, la mitad de tu vida está perdida.
Justo entonces, se desató una tormenta feroz (vaya usted a saber si Nasrudín tuvo algo que ver o si los Cielos quisieron echarle una mano), y el bote comenzó a hundirse.
- Profesor, - dijo Nasrudín -. ¿Alguna vez aprendiste a nadar?
- No, - le respondió -.
- En ese caso, tu vida entera está perdida.
En los planes de estudio insisten en que llenemos nuestra cabeza de conceptos en lugar de ayudarnos a tenerla bien estructurada. Ocho veces seis todavía suman 48, con independencia de dónde vivamos. Pero el concepto de magnificencia puede cambiar si sabemos que, en 1520, cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Ciudad de México, ésta era diez veces más grande que cualquier ciudad europea.
Ignorar la otra mitad de la humanidad (las mujeres, los pueblos indígenas, los hambrientos, los que no tienen acceso a la cultura, menospreciar a quienes ni siquiera saben que son personas) no presta la ayuda necesaria para aprender a nadar en las aguas turbulentas de nuestro siglo.

Retazos de Sergei 017: El mercader mágico

Caminaba por las calles de Basora un mercader mágico que ofrecía el arreglo de los males del mundo. Como parecía medio bebido y vestía pobremente casi no le hacían ni caso, sino era para meterse con él.
- ¿Qué tienes para vender?, le preguntaban las gentes.
- Lo que ustedes quieran, respondía.
- Queremos Paz, queremos justicia, queremos salud y comida en abundancia...
- Perdonen, - les respondió el mercader -. Creo que no me han entendido bien. Yo no vendo frutos. Sólo vendo semillas. La siembra y el cultivo han de hacerlo ustedes y con el trabajo de todos recogerán una buena cosecha.
Al Maestro le piden soluciones, respuestas, dones y sentencias. Pero la vocación del sabio es la de sembrar conciencia – fruto del conocimiento adquirido por más vías que las de la razón y el estudio – entre las mujeres y los hombres para que asuman su cuota de corresponsabilidad ante la situación global de la humanidad.
Ante el formidable panorama de la globalización alcanzada, el espacio mundial se ofrece para que puedan germinar los grandes valores añorados: la paz, la justicia, la equidad, la democracia y la armonía con la naturaleza que, día a día, cultivan las comunidades en todo el planeta.
Ante los resultados que laceran, los viejos Maestros se preguntan ¿Cómo es posible que pueblos tan diversos, habitando tierras tan distintas, con diferentes tradiciones históricas y culturales, enfrenten hoy problemas tan similares y traten de resolverlos con unas herramientas tan poco variadas y adecuadas a las realidades de nuestro tiempo?
No es tiempo de esperar que nos ofrezcan soluciones sino de que cada vez un mayor número de personas nos sintamos alentados a buscarlas.

Retazos de Sergei 015: La col de Tamerlán

“Es preciso relativizar la propia forma de vida para legitimar las exigencias de otras formas de existencia: no proyectar como universal la propia identidad, no marginar lo que se desvía de esta última; facilitar un aumento incesante de la tolerancia”.
Esta sugerente reflexión del filósofo alemán, Jürgen Habermas, me ha traído a la memoria lo que sucedió durante una cena en palacio a la que el poderoso rey mogol Tamerlán invitó al sabio Maestro Hodja. Para la ocasión, el cocinero real, entre otros platos, había preparado uno a base de col.
Terminada la cena, Tamerlán preguntó a Hodja:
- ¿Le gustó la col?
- Estaba exquisita, Majestad.
- A mí me pareció horrible, dijo Tamerlán.
- Tiene razón, agregó Hodja, estaba demasiado blanda.
- Pero, Maestro, acabas de decirme que te pareció exquisita, - observó Tamerlán -.
- Sí, pero estoy al servicio de Su Majestad, no de la col, - replicó Hodja llevando su vaso de vino a los labios que celaban una sonrisa -.
Esto sucedió hace casi mil años. La gente todavía busca opinión y consejo, no sólo preguntando a los sabios sino en libros y en Internet. Pocas de estas fuentes son tan honestas como Hodja en admitir a quién sirven y de quiénes son las opiniones que expresan. En lugar de eso, se llenan la boca con una pretendida “objetividad”.
Hasta en la selección misma de un tema sobre el que se va a hablar o a escribir se manifiesta una subjetividad.
En lugar de expresar lo que gusta o no gusta a quienes están en el poder, la actitud radical de nuestra vida puede elegir la afirmación y la defensa de la vida, de la libertad y del derecho a la búsqueda de la felicidad.
Sobre todo, en la opción preferencial por los más pobres, por los marginados, por los que no son nadie a los ojos del mundo y, sin embargo, lo son todo en el sentido radical de la existencia. Como una flor, como el murmullo del agua o el vuelo de las águilas sobre las montañas.
Como tú mismo que cada mañana puedes decir “!Yo sé quién soy!”

José Carlos Gª Fajardo

 

Retazos de Sergei 014: Moreras en flor

El gran secreto a voces del universo es que nada es inexplicable. Todo está ante nosotros para que lo contemplemos y descubramos el camino de “vuelta a casa”, para recuperar nuestro “rostro originario”, nuestra “verdadera naturaleza” junto al “viejo anfitrión”. Todas son expresiones del viejo Taoísmo transformado en Chan por el Budismo y que tanto habría de influir en la sabiduría universal, después de su paso por el shintoismo del Japón que lo revistió de la profunda elegancia del Zen.
Así, un día, el Maestro Chan Tsu Hsin paseaba con su buen amigo el poeta Huang Shan Ku. Éste le pidió que lo iniciase en el secreto más misterioso del Camino. Lo dijo con la mejor voluntad de su alma creadora habituada a buscar la naturaleza de las cosas. No como los jóvenes discípulos que siempre andan a la caza de atajos. No existen atajos en el Camino de la auténtica sabiduría. Llámese samadhi, prajna, nirvana, iluminación, santidad, realización, gloria, o con cualquier otro de los diez mil nombres.
El Maestro Tsu Hsin respondió con dulzura a su amigo:
- Confucio no se preocupaba por lo que los adivinos pudieran predecir acerca de su futuro, “tan sólo estoy seguro – decía -, de que mi destino se desarrolle con arreglo a mi propia voluntad”. En otras palabras, poder hacer lo que quisiera, queriendo lo que hacía. ¿Qué piensas de esto, Huang Shan?
Cuando el poeta iba a responder, fue detenido por un gran grito del Maestro que salió directamente de su ki kai tandem, centro de energía situado en el abdomen, bajo el ombligo:
- ¡¡¡No!!!
El poeta quedó confuso pero no dijo nada y continuaron su paseo.
Al cabo de un tiempo, durante la estación de floración de las moreras, ambos amigos paseaban por la montaña.
- ¿No hueles la fragancia de las moreras en flor?, -preguntó el Maestro.
- Por supuesto que sí. Está por todas partes, nos embargan.
- Ya ves, amigo mío, no te oculto nada.
Al oír esto, el poeta comprendió por sí mismo y besó la mano del Maestro mientras éste se reía al constatar el despertar de su amigo.
- Maestro, tu corazón es tan amoroso como el corazón de un abuelo.
- ¡Anda!, - respondió sonriendo y muy satisfecho el Maestro -, deseo que vuelvas a casa.
Así, señaló el Camino de regreso al poeta cansado de tanto vagar, sin rumbo.

José Carlos Gª Fajardo (Nota.- En la tradición de la sabiduria oriental "volver a casa" significa caer en la cuenta, despertar, recuperar la identidad perdida...

 

Retazos de Sergei 013: Comer la fresa

Es propio de los Maestros Chan y Zen, plantear a sus discípulos situaciones que parecen no tener respuesta; al menos, no desde el punto de la lógica. Unos los llaman koan, otros acertijos, otros paradojas, ¿qué más da?
Una muy conocida es la de aquel seguidor del Camino que se cayó por un precipicio y quedó colgado de una raíz mientras, desde arriba, le acosaba un león hambriento. Subir, no podía pero, debajo de él, a treinta metros, había otro león no menos hambriento que se relamía en la espera. Para complicar las cosas, aparecieron dos ratones que comenzaron a morder la raíz de la que colgaba el aventajado discípulo.
¿Qué hacer? Pues vio en la ladera una hermosa fresa al alcance de su mano, la cogió y se la comió con gran placer.
Había comprendido y los Maestros se regocijaban a carcajadas con esta historia. Pues bien, un día, Chi Hsien, un famoso Maestro chan, quiso probar a un grupo de discípulos y les dijo:
- Mientras buscamos el Camino somos como un hombre agarrado con los dientes a la rama de un gran árbol. Otro hombre, sentado unos veinte metros más abajo, le plantea lo siguiente: ¿Cuál es el significado de El Patriarca que viene del Oeste?, que es uno de los más famosos koans chinos.
Si no contesta, quedará como ignorante pero, si abre la boca, se caerá y morirá. Decidme, ¿qué habría que hacer para encontrar una solución?
Entre los discípulos estaba Hu Tou Chao que era, con mucho, el más aventajado que se levantó y respondió:
- Maestro, ¿qué nos importa lo que está haciendo o dejando de hacer ese hombre colgado del árbol? Lo que queremos saber es quién era y qué hacía antes de trepar al árbol.
Al escuchar esta respuesta, el Maestro Chi Hsien estalló en una carcajada sintiéndose totalmente satisfecho.
(Es tarea de los Maestros tratar de destruir la tendencia de la gente a pensar como si existieran dos mitades distintas, conceptos opuestos como “ser” y “no ser”, “tener” y “no tener”. El mundo se vuelve ilimitado cuando se destruye la frontera del pensamiento dualista y se atreve uno a pensar en el “utrum”, uno y otro, en lugar de uno u otro.
De ahí, la sonora carcajada del Maestro ante el elevado estado de mente del joven Hu Tou Chao.)

José Carlos Gª Fajardo

 

 

 


 

Retazos de Sergei 012: Enviar té y arroz

Un joven discípulo, llamado Lung Tan, visitó al Maestro chan, Tao Wu.
- Maestro, en el lugar de donde vengo nunca pensé que fueras tú quien dirigía mi formación animando mis aspiraciones, en lugar de ser yo. ¡Es tanta la distancia y tan pocas las ocasiones que tengo de venir a presentarte mis respetos!
- Donde quiera que estés no hay un solo momento en el que yo no te lleve en mis brazos, cerca de mi corazón.
- No entiendo, le respondió el monje Lung Tan. Yo soy responsable de mis acciones.
- Cuando me envías tu té, lo recibo; cuando me traes tu arroz, lo acepto y cuando te inclinas saludándome, respondo con una inclinación de cabeza. ¿Crees que yo no formo parte de tus aspiraciones allí donde estés? ¿Qué no te siento en mis pulsos, en el estremecimiento de la piel cuando sopla la brisa?
Lung Tan guardó silencio reflexionando. Él había seguido siempre las palabras del Maestro: no se retiró a ningún templo y siguió el Camino a través de la vida cotidiana, al vestirse, al comer, al estar de pie o al pasearse. Creyó en las palabras del Maestro cuando le confió que el Camino no puede encontrarse fuera del mundo ordinario. “Cuando exprimir naranjas, exprimir naranjas; cuando llueve, te mojas o te resguardas. No hay más”. Pero en su cabeza seguía debatiendo acerca de la Iluminación. Entonces, Tao Wu, viendo su confusión y la sinceridad de su búsqueda, le dijo:
- Quienes se realizan, cuando despiertan, no tienen la menor duda de si están despiertos o no. Continúan respirando y van al baño.
Tras oír esto, el joven Lung Tan alcanzó la Iluminación instantánea, no preocupándose por los celajes de la placenta.
- Y ahora, ¿qué debo hacer para ser coherente con este estado?
- No cuesta nada hacerlo, - respondió con una gran sonrisa el Maestro -. Sigue la naturaleza de tu verdadero yo. Adáptate a las circunstancias, ellas son las mensajeras del Cielo, y no te preocupes por sus efectos. Actúa con sencillez sin preocuparte de analizar si tus acciones son sabias o ignorantes. ¿Qué más da? Deja obrar al corazón y limpia tu mente. Eso es todo.
- Y ahora, Maestro, ¿cómo regresar al lugar de dónde vengo?, - dijo el joven Lung Tan, postrándose ante el Maestro con un brillo en sus ojos -.
- Vuelve a casa, y no dejes de enviar té y arroz para contento de este anciano. ¡Ah¡ Casi se me olvidaba, en los tiempos de ocio no dejes de viajar por los Cuatro Mares como una nube flotante. 

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos de Sergei 011: Un noble samurai

El noble señor Naoshige estaba muy orgulloso por la destreza y contundencia de un joven guerrero, y así se lo manifestó al venerable Shoun, uno de sus más viejos samuráis:
- Nadie puede resistirse ante la fuerza y el vigor del joven Katsushige. Es admirable para su edad. Desafía incluso a los compañeros mayores que él.
El anciano Shoun inclinó la cabeza con respeto y puso su rodilla y su puño derechos en el suelo, mientras con la izquierda apretaba la empuñadura de su espada.
- Si me lo permitís, - le dijo -, estoy dispuesto a luchar con él y apuesto mi vida a que lograré vencerlo, sin desenvainar.
- Maestro Shoun, sois un espejo para todos los jóvenes samuráis. ¿No teméis que, por vuestra edad venerable, el encuentro pueda resultar contraproducente ante la fogosidad del joven Katsushige?
- Dejad al Cielo que se exprese en el camino de la espada, noble Naoshige, y en el camino del viento.
- Sea, pues, como deseáis pero sobre el tatami pondréis a prueba mi veneración y agradecimiento por vuestras enseñanzas y mi admiración por la fuerza e ímpetu de mi sobrino.
Aquella misma noche tuvo lugar el encuentro en el patio del castillo ante la presencia de un gran número de samuráis. A pesar del silencio y de la contención del momento, algunos se preguntaban si el viejo Shoun no había ido demasiado lejos en su desafío al joven erigido en paladín de los impacientes samuráis.
Una vez efectuado el saludo a los antepasados, inclinándose ante el tatami, al noble señor Naoshige en medio de su Corte y el mutuo saludo de los contendientes, el joven y poderoso Kasushige desenvainó una espada y se lanzó al ataque con todas sus fuerzas. Su frágil adversario lo esquivó con un leve movimiento que lo mantuvo en su puesto mientras el joven evitaba dar con su cuerpo en el suelo. De nuevo, se abalanzó sobre el anciano Shoun con una fuerza y una fogosidad que hicieron brotar un murmullo en la noche. El viejo samurái aprovechó el impulso de su oponente y se deslizó en su estela ante el asombro general. Se diría un paso del kabuki o quizás del teatro No. Nadie había visto el movimiento del maestro, ni conocían que, en su madurez, se había iniciado en el camino del taichí chuán.
Una y otra vez el joven Katsushige se levantó y se volvió a arrojar sobre su enemigo con ambas espadas desenvainadas y en posición de ataque. El Maestro Shoun continuó sin desenvainar las suyas deslizándose con los pasos de la nube sin nombre y de las crines del caballo. Parecía detener el aire y abrir espacios de vacío en donde se precipitaba su oponente. Al final, se diría que el Maestro iba indicando al joven samurái sus movimientos y éste le seguía dócil pero furioso en la senda que trazaba el anciano.
Llegó un momento en el que la misma luna se detuvo para contemplar la suave danza del venerable anciano y la lucha del joven samurái. En el rostro de uno, brillaba el sudor; en el del otro, una amable serenidad que infundía respeto. Finalmente, el joven perdió el control hasta dar de bruces contra el suelo clavándose en el muslo su propia espada.
El anciano le ayudó a levantarse para que pudieran ambos inclinarse ante el noble señor Naoshige, ante los antepasados y finalmente, ante ellos mismos para ratificar la expresión del Cielo.
Cuando el señor Naoshige ponía sobre sus hombros el blanco cendal de la victoria escuchó casi en un susurro:
- Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos.
- Pero has vencido, venerado Shoun.
- No, mi señor, hemos salvado a un buen samurái.

José Carlos Gª Fajardo