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J. C. García Fajardo

Cuentos

Retazos de Sergei 010: Rocío

Por humilde que sea la alberca del paisano,
refleja la misma luna que la piscina del príncipe,
que el lago de la montaña
o la charca del camino.
La sabiduría consiste en ser capaz
de contemplar el universo
en una gota de rocío.
Quien se inclina ante la persona
cuyo dedo nos muestra la luna,
o lo rechaza,
es igual de simple.
¿Por qué afligirse?
Todo pasa,
pero, mientras pasa,
hay que atraparlo.
No como al pájaro que
intentas retener
en el cuenco de tu mano.
Sino en la serena contemplación
de su vuelo en libertad.
Hoy es el día
Hoy es siempre,
Todavía.

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo

 

Retazos de Sergei 065: Going home

Un matrimonio había trabajado durante toda su vida para fundar un hogar, crear un patrimonio y establecerse con holgura. Tenían hijos casados y nietos ya crecidos. Cuando alcanzaron la edad de la madurez, siguiendo una tradición india, entregaron sus bienes a sus hijos y decidieron dedicar el resto de sus días a la contemplación y a peregrinar a los templos sagrados.
Cierto amanecer, cuando se dirigían al santo monte Khailasa, el marido vio sobre el camino un precioso diamante. Por temor a que su esposa lo desease, deteniendo así su evolución espiritual, colocó la planta de su pie sobre la gema preciosa.
Pero la mujer, que lo había seguido en este peregrinar por el inmenso amor que le tenía, posó su mano sobre el brazo del marido y con infinita ternura le dijo sonriendo:
- Marido mío y compañero de búsqueda, me pregunto por qué has renunciado a la vida serena en medio del mundo si todavía eres capaz de distinguir entre un diamante y el polvo del camino.
Sergei se quedó mirando al Maestro y le dijo:
- Es bonita la historia. Me estaba acordando de mi abuela cuando siguió a su marido a las estepas mongolas. ¡Cómo si no les bastaran las rusas!
- Por eso tú, en cuanto pudiste, te pusiste en marcha hacia los templos chinos en busca de la sabiduría.
- Vine a China camino de India, aunque tanta renuncia de yoguis, sadhus y sanyasin me parece excesiva.
- A algunos les ayuda. Sakiamuni siguió esa senda durante años hasta que oyó a un barquero que remaba río arriba y le decía a su hijo que sostenía un violín “La cuerda ni tan tensa que se rompa ni tan floja que no suene”. Y Shidarta se levantó y siguió buscando su camino.
- ¿Maestro, qué hicieron después los ancianos del cuento?
- El anciano pasó su brazo sobre los hombros de su esposa y ella lo estrechó por la cintura mientras regresaban sonrientes a su hogar. Pero ¿por qué estamos hablando tan bajo, Sergei?
- ¡Para que no nos oigan los doctores de la ley!


José Carlos Gª Fajardo

Retazos 009: Diálogos de peces

Érase una vez un joven pez, determinado y fuerte, que se lanzó a nadar con denuedo. Nadó y nadó venciendo todas las dificultades, hundiéndose bajo las tormentas, surcando las grandes olas e imponiéndose toda suerte de privaciones y esfuerzos para alcanzar su meta. Buscaba el océano pues había oído hablar de él a otros peces más jóvenes que permanecían en el banco.
Se encontró con un pez enorme, ya mayor y con aspecto venerable, y le preguntó acerca del mar y del océano.
- ¿Qué es el mar? He estado oyendo hablar de él pero no sé lo que es.
- Oh, joven amigo, el mar está en torno a ti, - le dijo el anciano dejándose llevar en unas suaves corrientes templadas por los rayos del sol que las irisaba.
- Si eso es así, Maestro, ¿por qué no puedo verlo? Esto sólo es agua.
- Porque el océano está en todas partes. Te rodea. Está dentro y fuera de ti. Has nacido en el mar y morirás en el mar. Tú eres el mar y la vida del océano. Cuando nadas, manifiestas su presencia. Tú mismo estás compuesto de agua y tus células no podrían vivir sin ella.
- No entiendo cómo todo puede ser mar y océano a la vez. No veo ni el agua, pero sé que es esto.
- No son más que palabras. Aún cuando se evapora, continúa siendo agua, pero con otro nombre. Le llaman aire húmedo, nube, tormenta, lluvia y fluye en las ramas y en las hojas de los árboles.
- No he oído hablar de eso. No lo entiendo.
- Nosotros y todo somos agua, formamos parte del mar. Como las olas y las mareas, la espuma y lo que hace que los rayos de sol arranquen brillos de las arenas.
- Si es así, Maestro ¿por qué no puedo verlo?
- Porque está tan cerca y tan dentro de ti que es difícil que lo veas, pero no te inquietes, el mar está aquí.
- ¿Qué hacer?
- Déjate llevar, disfruta y goza de cada instante, sea mar, alga o arena.
Pero el joven pez, después de saludar al anciano, prosiguió su búsqueda nadando sin cesar.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos 008: La taza de té

Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés que vivió en la era Meiji, y lo que le sucedió con un profesor universitario que fue a visitarlo intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro.
Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje que había brillado en la Corte. Aceptaba en silencio que algunos se sentaran con él al caer de la tarde, pero no debían importunarlo después de la meditación. Entonces, parecía algo serio y hasta hosco, pero no era más que la necesaria readaptación mientras trabajaba en su jardín, pelaba patatas o remendaba la ropa.
El prestigioso profesor se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad.
Cuando llegó, saludó al Maestro y, sin más preámbulos, le preguntó por el Zen. Nan-in le ofreció el té y se lo sirvió con toda la calma del mundo. Y aunque la taza del visitante ya estaba llena, el Maestro siguió vertiéndolo.
El profesor vio que el té se derramaba y ya no pudo contenerse.
- ¿Pero no se da cuenta de que está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una gota más!
- Al igual que esta taza, - respondió Nan-in sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa -, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza?
Airado, el profesor se levantó y con una mera inclinación de cabeza se despidió sin decir palabra.
Mientras el Maestro recogía los trozos de porcelana y limpiaba el suelo, un joven se acercó para ayudarle.
- Maestro, ¡cuánta suficiencia! Qué difícil debe de ser para los letrados comprender la sencillez del Zen.
- No menos que para muchos jóvenes que llegan cargados de ambición y no se han esforzado por cultivar las disciplinas del estudio. Al menos, los estudiosos ya han hecho una parte del camino y tienen algo de lo que desprenderse.
- ¿Entonces, Maestro, cual es la actitud correcta?
- No juzgar, y permanecer atento.

José Carlos Gª Fajardo

Retazos 007: La silla

En las afueras de Tapachula estaba feliz un anciano mientras pintaba una silla con alegres azules y fresas, amarillos y verdes; de vez en cuando, una pincelada blanca que atenuaba la rotundidad del cárdeno. Y el viejo sonreía cuando descubría una combinación nueva. Sonreía y se lo celebraba con una palmada en el muslo. “¡Ándale, pero qué chula!”00
Cubierto con un poncho, calzaba sandalias y fumaba una larga panatela, liada por él mismo, mientras su rostro poblado con descuidada barba dejaba traslucir una honda felicidad que contaminaba el ambiente.
Las sillas eran de sencilla madera que el artesano había torneado con habilidad y con trenzadas eneas que él mismo había buscado junto al río para dejarlas secar sobre la terraza de su casa encalada.
De vez en cuando, se aclaraba el gaznate con una chicha de maíz que destilaba él mismo para compartir con sus cuates. Utilizaba un cuenco con una especie de esmalte que su abuelo le había enseñado a aplicar después de haberlo torneado con esmero y cocido con paciencia en el horno que tenían en el patio de la casa.
Las sillas salían a su aire. En unas, predominaban las flores rojas; en otras, se combinaban con azules y malvas. Su mujer decía que “dependía del viento, y del aliento”, y se retiraba tan fresca.
Un día, pasó por allí un turista gringo cargado con máquinas de fotos, tomavistas y tres pares de gafas que le cabalgaban desde la nariz hasta la gorra que, del revés, llevaba como cimera feudal. Calzaba sandalias con calcetines blancos y rayas de colores. Una pelambrera atónita pugnaba por escabullirse en unas piernas de leche enrojecidas por un sol implacable. El artesano hacía como que no miraba pero sus pinceladas se fueron haciendo más espesas. Mira por dónde, tuvo que contenerse porque se le ocurrió ponerse a brochazos y llenar de colores aquellos pantaloncitos blancos y la camisa color salmón desvaído que le producía un desasosiego que sólo calmaba con visitas a la garrafa de chicha.
Después de filmar todo lo que quiso y de fotografiar al anciano desde todos los ángulos, sin pedir permiso ni tan siquiera haberle saludado, el gringo lechoso le espetó:
- ¡Buen hombre, escuche! ¿Cuánto cuesta esa silla azul que está pintando?
El anciano le respondió sin alzar la mirada y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo:
- Diez dólares, señor.
- ¿Y cuánto tardaría en entregarme doce como esa?
- ¡Ah, pues no sé! Como vayan saliendo, eso ya no depende de mí. Además, doce como ésta le costarían trescientos dólares.
- ¿Trescientos dólares? ¿Pero no me dijo que esa costaba diez?
- Sí, señor, pero ¿quién me va a pagar el aburrimiento de pintar siempre lo mismo en cada silla?

José Carlos Gª Fajardo


Retazos 006: Estacas en el corazón

Avanzaba la caravana en lucha con el amanecer que se adivinaba en el horizonte. Más de doscientos dromedarios y camellos forzaron el paso animados por los gritos de sus cuidadores, ansiosos también del merecido descanso.
Cabalgaban durante toda la noche para evitar el calor del sol y aliviar a las bestias de sus pesadas cargas. Bajaban hacia Tombuctú y el camino se hacía cada vez más duro y ardiente.
Con las primeras luces del alba montaban el campamento al socaire de una duna o de unas palmeras, si tenían la suerte de encontrarlas. Colocaban en círculo los animales para descargarlos. Con las monturas e impedimenta formaban un muro de protección dentro del que se acomodaban por grupos los camelleros, después de haber maniatado a las bestias para que no se extraviaran durante la fuerza del calor y del viento chergui del mediodía.
Estaba el jefe de la caravana, Omar ben Yussef, refrescándose con sus ayudantes, para disponerse a descansar con las primeras horas del día, cuando llegó corriendo Nasrudín, el camellero responsable de una de las bestias más intratables.
- ¡Omar, Omar! – gritaba -. ¡Ay qué desgracia! ¡Ay qué desgracia!
- ¿Qué sucede, Nasrudín, para que grites de ese modo?
- Durante el camino hemos perdido la estaca a la que ataba mi camello.
- ¿Y, entonces?
- Que no puedo amarrarlo, ¡Padre de todos nosotros! Y cuando apriete el sol y sople el chergui se escapará con toda la carga encima ya que no puedo descargarla. ¡Ay qué desgracia!
- Tranquilo, Nasrudín. Lleva en alto ese martillo que tienes en la mano derecha. Aprieta con fuerza el puño de la izquierda como si tuvieras una estaca y dirígete con el ceño fruncido ante tu camello.
- ¿...?
- Sí. Haz lo que te digo. Cuando llegues ante él, agáchate y comienza a cavar con fuerza y a hundir con brío el martillo en el suelo, ¡de espaldas al camello, claro! Verás cómo se arrodilla y podrás descargarlo y maniatarlo
- Pero...
- Haz lo que te digo, Nasrudín.
Asombrado e incapaz de responder a su amo, Nasrudín hizo lo que le había mandado. Su sorpresa fue mayúscula cuando todo sucedió como si hubiera clavado la estaca. Pasó el día sin dormir acercándose a vigilar a la bestia que rumiaba tranquila. No se lo podía creer. ¡Su amo era sabio!
Al atardecer del día siguiente, cuando todos se aprestaban para ponerse en camino y Omar ben Yussef bromeaba con sus compañeros, llegó Nasrudín gritando y gesticulando como el día anterior.
- ¿Qué sucede ahora, Nasrudín?
- ¡Que el camello no quiere levantarse!, ¡Padre de todos nosotros! Le he puesto la carga encima, lo he azuzado, y nada, allá sigue tumbado. ¡Qué desgracia! porque todos los demás ya se ponen en reatas.
- ¿Pero, tú los has desatado?, - preguntó el jefe de la caravana.
- ¿Cómo lo voy a desatar si no hay estaca?
- ¿Y el camello qué sabe? Nasrudín, ¡El camello qué sabe!
Y volviéndose a sus amigos, les dijo Omar ben Yussef, hijo del sabio Tarik ben Baraka
- Así hay muchos en el mundo que creen estar amarrados a estacas que no existen

José Carlos Gª Fajardo


Retazos 004: ¡Quiero ese dedo!

En la antigua China, vivía un ermitaño que tenía fama de poseer poderes extraordinarios. De joven, en su pueblo, se ocupaba de atender a los enfermos.
Su porte era natural y sus maneras armoniosas. Hacía todo con sencillez y siempre con una sonrisa que sostenía su mirada de afecto hacia las personas que sufrían.
Su secreto residía en actuar con toda naturalidad. Se inclinaba ante el enfermo, musitando el Jai Ram (me inclino ante la divinidad que te habita), después, permanecía un rato en silencio absorbiendo todo el dolor del paciente mientras éste hablaba. Luego, se levantaba, tomaba agua clara, y la vertía sobre el miembro afectado, o sobre la cabeza o las manos del que lo había llamado. O les rascaba con brío las plantas de los pies sobre las que aplicaba aceite de oliva, manteca de leche de vaca primípara, o hierba buena con raíces de jengibre. Hacía emplastos de líquenes y aplicaba cataplasmas de mostaza. Hervía hierbas aromáticas y hacía aspirar sus vahos a quienes manifestaban dificultades para respirar. O los bañaba en un abrevadero de animales en un agua tibia en la que había dejado macerar durante una noche de luna grandes cantidades de flores y de plantas aromáticas. O quemaba toda clase de plantas en el baño de vapor con piedras ardientes sobre las que derramaba granos de cáñamo macerados en agua con hongos adecuados. Y, después, velaba sus sueños para matar a los demonios según iban saliendo del cuerpo del doliente, mientras la familia esperaba conmovida en el porche de la casas.
Todo esto lo hacía Senrín hablándoles en voz baja, moviendo sus manos con suavidad y armonía, mientras se deslizaba por la habitación envuelto en el humo del incienso que se expandía al contacto de sus ropas.
Cuando entendía que el enfermo de melancolía o de ira o de miedo o de celos o de hastío, se aquietaba y se dejaba hacer, volvía a inclinarse ante él, mientras juntaba sus manos y mirándole a los ojos con su apaciguadora sonrisa, le decía “¡Namasté!”(tú y yo somos uno mismo)
Recogía sus cosas y regresaba a su huerto o se subía al monte en busca de plantas y de silencio.
Llegó un momento en que su fama se extendió de tal forma que acudía gente con enfermos desde los lugares más remotos. Su vida sencilla y austera, regalada con el cuidado de su jardín y con sus paseos por el bosque, se fue haciendo difícil.
Intentó formar a discípulos pero la avidez y codicia de estos, les hacían desistir y comenzaron a propagar que el maestro Senrín tenía poderes mágicos, que seguro que tenía tratos con espíritus del bosque o, quién sabe, con algún diablo o cazadores de la noche.
Un día, uno de los más prometedores aprendices, incapaz de asumir su fracaso, amotinó a las gentes acusando de brujería al sanador venerado.
A pedradas salió el ermitaño del pueblo mientras las gentes gritaban “¡Ya nos temíamos algo! Así regalaba todo lo que le daban y su casa no tenía puertas ni su despensa descansaba. No podía ser nada bueno. ¡A ver¡” Y seguido de esos gritos de “¡A ver! ¡A ver! ¡A ver!” se fue hacia la montaña seguido por un perro que lamía la sangre de sus heridas y borraba su rastro en las piedras del camino.
Pasados los años, el rico hacendado que había pretendido ser su discípulo se enteró por unos pastores de dónde residía el Maestro y acudió a pedir su bendición, arrepentido por haberle causado tanto daño.
El anciano lo acogió con la sonrisa de siempre, le preparó el té y le acomodó un estrado en su cabaña con unas pieles para que se abrigara.
A la mañana siguiente, antes de la partida del rico hacendado, el anciano Maestro quiso hacerle un regalo y transformó con su dedo una piedra en un bloque de oro puro. El comerciante no quedó satisfecho y permaneció en silencio mientras el Maestro Senrín señaló con su dedo una enorme roca que también se convirtió en oro de 36 quilates. El adusto personaje no sonrió.
– ¿Qué deseas, pues? – preguntó triste el Maestro.
– Quiero ese dedo, ¡córtatelo!

José Carlos Gª Fajardo

 

 

Retazos 003: Encuentro

Lin Po era transportado en su litera por una concurrida calle de Nanking. Ensimismado en lo que había de transmitirle al joven Emperador, casi no se apercibió de que sus porteadores habían aflojado el ritmo de sus pasos. El chambelán que les precedía haciendo sonar un pequeño gong para anunciar que llegaba un dignatario de la Corte había disminuido el ritmo de sus golpes.
Lin Po descorrió un poco la cortinilla que lo celaba de las gentes para enterarse de lo que interrumpía la marcha de la comitiva.
Una bronca fenomenal tenía lugar a las puertas de la casa de comidas y burdel. La gente se reía y hacía mofa de un viejo al que habían echado a la calle por borracho que no quería pagar. Bajo los gritos de la encargada y las amenazas de sus guardianes que querían seguir pateándolo, Lin Po bajó sus ojos al amasijo de ropas por donde asomaba la cabeza del viejo, mirando a un lado y a otro, cómo preguntándose qué era lo que estaba ocurriendo.
El magistrado Lin Po creyó reconocer al anciano y mandó abrirse paso a sus porteadores con un golpe firme de su bastón de plata labrada. Cuando estuvo más cerca, lo reconoció: ¡Era su compañero de estudios Teng Xiao que tanto le había ayudado en sus estudios y con el que tan firme amistad le había unido durante la juventud! Hacía años que había desaparecido de la Corte  y todos lo imaginaban retirado en el Templo de Saolín.
Bajó de la litera, se hizo un silencio de respeto mientras se habría un espacio que lo condujo hasta el anciano ante el que se inclinó con respeto.
- ¿Eres tú, amado Teng Xiao?
- Ah, granuja Lin Po, ¡qué alegría volver a verte!
- Venía a tu encuentro, Maestro.
- Pues vamos a beber una frasca de buen vino. Ayúdame a levantarme.
Ambos entraron en el mesón mientras los porteros se inclinaban y la matrona se derretía en zalemas:
- ¡Pasad, gran señor, honráis mi casa!
- ¡Haced sitio a mi Maestro y preparadle un baño y las mejores ropas!, - ordenó sereno el dignatario.
- Ah no, Teng Xiao, nada de eso. ¡Vamos a beber por los buenos tiempos! Todo lo demás puede esperar.
 Entraron, bebieron y comieron, escucharon música y fueron atendidos por los sirvientes hasta que el anciano se quedó dormido con una sonrisa en el rostro y un hilillo de vino que le rebosaba por los labios. El dignatario limpió con su pañuelo de seda la boca del Maestro, se inclinó ante él y, buscando un bolsillo entre los andrajos, le metió un hermoso brillante que le garantizaría una buena vida hasta el fin de sus días.
Mientras se alejaba emocionado, dijo a la dueña del local, después de pagarle con largueza: “Cuida de que nada le falte”.
Partió en su litera al encuentro del Hijo del Cielo, incapaz de asimilar lo que había ocurrido.
Pasó un año, y el Magistrado volvió a pasar por la misma calle en su visita anual al Emperador. Quiso verificar que no había sido un sueño lo sucedido el año anterior, extrañado de que Teng Xiao no se hubiera dejado ver, a pesar de que había enviado a sus criados a buscarlo.
De nuevo, el alboroto, los gritos, los porteros amenazantes y la patrona lanzando improperios contra un amasijo de harapos revolcándose por el suelo.
- Pero, Teng Xiao, ¿eres tú?
- ¿Y quién había de ser, amigo Lin Po?
- ¿Pero no había dejado un brillante en tu bolsillo para que nada te faltara en adelante?
- Ah, Lin Po, siempre el mismo. ¿Crees que los pobres metemos las manos en los bolsillos? Nunca hay nada de valor. Lo que de verdad vale, está afuera o en el interior. ¿Bebemos?
Y los dos amigos entraron de nuevo en el burdel dejando un rastro de sangre, dejando un rastro de lágrimas.
 

José Carlos Gª Fajardo

Retazos 002: Una mujer hermosa

Dos monjes salen del monasterio al amanecer. Uno es un novicio muy joven y el otro es ya adulto y responsable. Caminan en silencio. Cuando llegan a la orilla de un río caudaloso encuentran a una hermosa joven consternada porque no sabe por dónde vadearlo para poder llegar a la otra orilla. Mira a los monjes desconcertada y el monje joven baja la cabeza deslumbrado por su belleza. El monje adulto, conmovido por el desconcierto de la joven, se inclina ante ella y la coge en sus brazos para cruzarla a la otra orilla.
Cruzan el río en silencio vadeándolo por los lugares adecuados para evitar los rápidos. La joven esconde su cabeza en el hombro del monje temerosa de ser arrastrada por el río y no poder llegar a atender a su padre enfermo.
Al llegar a la otra orilla, el monje la deposita con suavidad sobre la arena, se inclina ante ella con una sonrisa y prosigue su camino.
El monje joven continua sin atreverse a alzar la mirada, desconcertado por tanta hermosura y por la libertad de la joven.
Prosiguen caminando en silencio pero el monje mayor se da cuenta de que el joven va taciturno y tenso. Con los ojos fijos en el camino no alza sus ojos ni para contemplar el cielo, ni los árboles ni las flores de los campos. No parece percibir el canto de los pájaros y, durante el descanso, junto a la fuente, bebe deprisa y se retira con gesto hosco.
Al caer el día, los monjes llegan a las puertas del monasterio que los va a acoger por esa noche y el joven, no pudiendo resistir más, le dice al monje venerable.
- ¿Cómo es posible, hermano, que esta mañana hayas cogido en tus brazos a una mujer tan hermosa?
- El monje mayor le sonríe y responde: “Yo la dejé sobre la otra orilla mientras que tú la has llevado sobre ti durante todo el día”.

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo

 

Retazos 001: Un comienzo

- Maestro, bajo un farol de la plaza del mercado, estaba una mujer llorando y desesperada porque no encontraba una moneda que se le había perdido en su casa.
- “¿Pero no sería más lógico, -le dije-, buscar en donde se perdió?”
- “¡Ignorante!”, - me respondió.- ¿Acaso no ves que aquí hay más luz?” Y me fui corrido.
- Es una antigua historia que se le atribuye a Nasrudín, el gran sufí amigo de Tamerlán. Pero también se la atribuyen a otros. Las historias no pertenecen a nadie sino a quien las precisa para condensar una idea o hacer reír a quién se encuentra despistado, mientras tú le envías un mensaje que hará su camino según la disposición del corazón y la estabilidad de la mente.

José Carlos Gª Fajardo

Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo

El Cielo ayuda a quienes saben adaptarse a él

El famoso general Nobunaga había comprendido que tenía que atacar al ejército enemigo, a pesar de estar en clara desventaja.
Sus tropas estaban agotadas pero, ante él, se encontraba el camino que llevaba a la gloria y, detrás, la humillación del desastre. Un mensajero secreto le había comunicado que los aliados de ayer se habían alzado en armas contra sus libertadores.
- Tu hermano, a quien dejaste al frente de la guarnición que había de administrar la paz y ayudar al pueblo liberado, pereció asesinado mientras dormía. Los jefes rebeldes, a quienes perdonaste la vida y de quienes recibiste el juramento de fidelidad, aguardan tu retirada en orden de batalla, porque confían en que tus tropas cansadas no quieran batallar contra el enemigo que tienes enfrente.
Nobunaga estaba seguro de que podría acabar con el asedio a que tenían sometida a la ciudad, pero sus tropas desconfiaban de la victoria. Una vez liberada la ciudad, la paz reinaría en todo el país.
A lo lejos, percibió un santuario y dijo a su Estado Mayor:
- Voy a recogerme en silencio y pediré ayuda al Cielo. A la salida, echaré una moneda al aire; si sale cara, venceremos; si sale cruz, perderemos. Estamos en las manos del destino. Que la tropa descanse, dadle doble ración de comida y también el vino que reservábamos para celebrar las victorias. Vosotros velad y consultad los mapas, estudiad el terreno y presentadme las posibles estrategias, después de haber analizado los informes de los espías enviados al campamento enemigo.
Entró en el monasterio, se desnudó y tomó el baño ritual, vistió la túnica que le tendieron los monjes y calzó las sandalias de paja que depositó en el umbral del templo.
Se postró ante el altar en donde el incienso y las velas proclamaban la compasión del Buda. Saludó con una profunda inclinación al Abad y con dos sucesivas a la comunidad que se mantenía en pie, a derecha y a izquierda.
Después, caminó firme hacia el cojín cuadrado que le indicó el prior con su kiosaku de avellano y se sentó sobre el zafu con toda dignidad. Los monjes se postraron al sonido del gong y tomaron asiento en zazén. Pasó el tiempo prescrito, hicieron kinin desplazándose suavemente sobre el suelo reluciente por la luz de los velones. Volvieron a sentarse y, al alba, escuchados los golpes de madera con el hara que enseñoreaba su abdomen, volvió a saludar a la comunidad. Fortalecido su ánimo, vistió el uniforme de general que habían hecho relucir los jóvenes novicios invadidos por una cierta melancolía. Tomó un cuenco de cereales y bebió té con manteca y miel.
Cuando salió al pórtico del templo, el sol hizo refulgir su rostro y el viento ondear su negra cabellera mientras arrojaba una moneda al aire ante las tropas expectantes en formación. Salió cara y el clamor se extendió como una enorme oleada de moral por todas las compañías.
El grito que surgió brotó al unísono del abdomen de cada soldado, de cada oficial y de los generales. Como una marea, movida por un ki de energía irresistible, se lanzaron contra el enemigo al que derrotaron en una contienda memorable.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo, mientras lo acompañaba hasta el templo para que el general hiciera la ofrenda establecida:
- Nada puede cambiar el destino, General. Esta inesperada victoria es la mejor prueba de ello.
- ¿Quién sabe? - respondió enigmático el general mientras subía las escaleras del templo y daba vueltas entre sus dedos a una moneda de plata trucada, que tenía cara en ambos lados- ¡Cumplamos nuestros deberes con el Cielo!.

José Carlos Gª Fajardo

Unos cuentos para descansar. 1

Para descansar durante este fin de semana voy a compartir con los bloggers algunos cuentos que escribí el año pasado, un cada día, presionado o desafiado por algunos amigos
Nesemu

Retazos, un comienzo

- Maestro, bajo un farol de la plaza del mercado, estaba una mujer llorando y desesperada porque no encontraba una moneda que se le había perdido en su casa.
- “¿Pero no sería más lógico, -le dije-, buscar en donde se perdió?”
- “¡Ignorante!”, - me respondió.- ¿Acaso no ves que aquí hay más luz?” Y me fui corrido.
- Es una antigua historia que se le atribuye a Nasrudín, el gran sufí amigo de Tamerlán. Pero también se la atribuyen a otros. Las historias no pertenecen a nadie sino a quien las precisa para condensar una idea o hacer reír a quién se encuentra despistado, mientras tú le envías un mensaje que hará su camino según la disposición del corazón y la estabilidad de la mente.

José Carlos Gª Fajardo

Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo

Nesemu: Saber soltar

Saber soltar


Una de las asignaturas pendientes en el mundo del voluntariado social es aprender a dejarnos querer. Parece más difícil que saber querer, sin posesión ni pertenencia. Ni impedir que el otro crezca ni obstaculizar su vuelo. Ser como alas de un mismo vuelo, o, con la conocida expresión, aprender a mirar juntos en la misma dirección.

Este cuento está en numerosas tradiciones.

Una corneja había encontrado un sabroso trozo de carne y emprendió el vuelo. Al instante, una bandada de colegas la seguían para disputarle su presa. Por más que la corneja apretaba su vuelo, la bandada de congéneres arreciaba en el suyo formando un estrépito descomunal.

La corneja, sabia por desprendida, soltó su trozo de carne y vio cómo todas las demás se lanzaban en su captura peleándose entre ellas hasta que todas cayeron a un precipicio sin fin, en donde encontraron la muerte.

La corneja sabia, continuó su vuelo, libre y feliz, saboreando la libertad que le había proporcionando su desapego.



Mucha gente se hace un lío con la pretendida doctrina budista de renunciar a los deseos. Nunca el Buda dijo semejante tontería, pues sabía que sin deseos no hay posibilidad de vida. Otra cosa es aferrarse a ellos y convertirse en su instrumento.

No dijo otra cosa Jesús de Nazareth que saboreó la amistad, la comida y la bebida, el descanso y la vida entre las gentes. Hemos hecho de esos Maestros personajes acartonados por descarnados. Para poder ser mejor dominados y controlados por los guardianes de todos los templos, en los que obviamente no mora encerrada la divinidad que predican.

La sabiduría está en no agarrar ni en dejarse agarrar, en el desprendimiento. Que no es el desapego que pregonaron ciertos ascetas, la total indiferencia. Cuando comemos, comemos; cuando bebemos, bebemos; cuando reímos, reímos. Y así sucesivamente.

(También es posible que la corneja fuera en lo sucesivo más prudente)



Jose Carlos García Fajardo.

Nesemu: Vivir en pareja

Vivir en pareja

Había una pareja de intelectuales que se habían casado hacía unos meses, ambos trabajaban y eran muy autosuficientes. Para ellos era como prolongar la relación de camaradería y de intercambio de fluidos que llevaban practicando. Pero, al poco de vivir juntos, no paraban de discutir y de distanciarse. Vivían como encadenados agresivos. Por eso decidieron visitar a un consejero con una fama acorde con sus elevados honorarios.
El terapeuta les dijo que “la pareja perfecta es aquella en la que dos se convierten en uno”. Cuando oyeron aquellas palabras, exclamaron aterrados y al unísono: “¡Convertirse en uno! Pero, ¿en cual de los dos?”

(Este es el cuento entero del que extraje esos párrafos: Andaba Sergei dándole vueltas en la cabeza al tema de vivir en pareja. Había oído decir que así se estilaba en algunas sociedades evolucionadas. Pero él comprendía que la grandeza de la civilización China reposaba en una estructura familiar organizada.
- Sergei, - le dijo un día el Maestro, mientras paseaban junto al río -, a ti lo que te ocupa es cómo desahogar esa fuerza que sientes contenida, y no tanto el deseo de fundar una familia.
- Maestro, ¿cómo voy a ocultarte las contradicciones que siento? Por una parte, esto del celibato que imponen algunas sectas está claro que es una estructura de poder, aparte de encaminar respetables tendencias que no en todas partes son admitidas.
- Lo malo, - dijo pensativo el Maestro -, es que, por no admitirlas dentro de un orden, a veces, se convierten en abusos de los que son víctimas los más débiles.
- Tú dices que cada persona es dueña y responsable de su cuerpo.
- Es exacto. Pero ser dueño no significa hacer cualquier cosa. Como en el matrimonio, uno se puede casar con quienquiera, pero no con cualquiera. Si fuera para aliviarse, aquí o allá, hay que guiarse sobre todo por los sentidos; respetando el no hacer daño a otro. Pero, para el matrimonio es menester utilizar la cabeza tanto como los sentimientos. Uno se casa para crear un hogar, fundar una familia, construir una comunidad de afectos. Es decir, para facilitar la mutua autorrealización, que libera. y no la ego realización, que encadena.
- ¡Lo ponen tan difícil que a ver quién se casa!
- Por eso, el Rabí Jesús dijo aquella expresión hiperbólica que luego sus secuaces tomaron como norma e instituyeron el celibato obligatorio. (¿No has leído el delicioso libro de Uta Ranke Heineman Eunucos por el Reino de los Cielos?)
- Algo nos has contado, pero yo sigo con lo de formar pareja. Es que, veo a algunas que te echan para atrás.
- Escucha este cuento, liebre corredora: Había una pareja de intelectuales que se habían casado hacía unos meses, ambos trabajaban y eran muy autosuficientes. Para ellos era como prolongar la relación de camaradería y de intercambio de fluidos que llevaban practicando. Pero, al poco de vivir juntos, no paraban de discutir y de distanciarse. Vivían como encadenados agresivos. Por eso decidieron visitar a un consejero con una fama acorde con sus elevados honorarios.
- ¡Menudo consejero! -, exclamó Sergei a quien no se le escapaba ninguna.
- ¡Escucha!, liebre testosterónica, - prosiguió el Maestro -, el terapeuta les dijo que “la pareja perfecta es aquella en la que dos se convierten en uno”. Cuando oyeron aquellas palabras, exclamaron aterrados y al unísono: “¡Convertirse en uno! Pero, ¿en cual de los dos?”

José Carlos Gª Fajardo

Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo

Nesemu para Tano

¡Qué noche tengo hoy! Me atrae el baúl de los Retazos.
Un abrazo. Mañana quizás os regale un valioso texto de Facundo Cabral

Nesemu

Autoestima

Un joven aprendiz de discípulo pidió al Maestro que le ayudase para que lo valorasen más, pues se sentía inútil y nadie lo apreciaba.
El Maestro le respondió con simpatía
- Si quisieras ayudarme tú a mí, quizás podría ayudarte pero antes tengo que vender este anillo para pagar una deuda. Vete al mercado a venderlo. Es necesario que no aceptes menos de una moneda de oro.
El joven, apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes pero, en cuanto mencionaba la moneda de oro, nadie quiso pagar ese precio.
Regresó triste a casa del Maestro y le dijo :
- Maestro, no es posible conseguir lo que me pides. No creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante – contestó sonriente el Maestro-. Antes, debemos conocer el verdadero valor del anillo. Ve a ver al joyero y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joyero examinó el anillo y le dijo al muchacho:
- Dile al Maestro que, si lo quiere vender ahora, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? – exclamó el joven.
- Sí – replicó el joyero-. Yo sé que podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del Maestro a contarle lo sucedido.
- Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única – le dijo el Maestro después de escucharlo-. Y sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda. El joven se inclinó ante el Maestro y con una sonrisa nueva fue admitido como discípulo.

José Carlos Gª Fajardo

Nesemu: No olvidarnos de respirar

Pasamos buena parte de nuestras vidas esperando y fantaseando acerca de lo que creemos que nos falta. Quizás no sea preciso más que un leve esfuerzo para aprender a valorar lo que ya somos y tenemos. No lleva más que algunos minutos al día. Uno se detiene unos instantes, respira hondo, y se dice a sí mismo: ¡La verdad es que este está bien así! Después, continua respirando... Esto es importante. No olvidarnos de respirar.
Nesemu

// Prodigios

No pocas veces nuestra angustia existencial genera una insatisfacción que afecta a nuestro ser, y hasta puede tener manifestaciones somáticas. Que si Dios existe o no existe, que si el problema del mal, el éxito, la riqueza, el dolor o la muerte. Así andamos corroídos por la abulia y el desasosiego.
Recuerdo la historia de un hombre que caminaba por el bosque lleno de tristeza porque no encontraba sentido a su vida. La melancolía lo dominaba cuando, de repente, encontró una hermosísima esmeralda en el suelo. La cogió, la limpió y se embelesó en su belleza, profunda de mares y de océanos, que lo atraía hasta que sus lágrimas de emoción vieron en aquella hermosura sin fin el rostro de una mujer que lo conmovió profundamente.
- Soy el espíritu benefactor del bosque, - le dijo al hombre -, puedo concederte lo que me pidas, hombre triste.
- ¡Maravilloso ser que sosiegas tan sólo con tu mirada! Concédeme aquello que te parezca mejor.
Y el hada respondió:
- ¡Pero si eso fue lo mismo que me pediste cuando eras un sapo y te convertí en hombre! Tu egoísmo te impide contemplar, en cada instante, la belleza que tienes y que te rodea.

José Carlos Gª Fajardo

Nesemu: Demasiado cocidos

Para aquellos que van cocidos dentro de sus propias ideas, prejuicios y prepotencia.

Nesemu

Campo de arroz

- Maestro, ¿por qué hay aspirantes que vienen un día y otro día, escuchan y preguntan, te hacen regalos y tú no los admites como discípulos?
- Sergei, - respondió el Maestro que estaba arreglando la ribera del río- porque están cocidos.
- No te entiendo, Venerable señor.
- Pásame esos cantos rodados mientras te cuento una historia.
- ¿Puedo sentarme?
- No, trabaja. Pues bien, - prosiguió el fornido Maestro que estaba sentado sobre sus talones dentro del agua -, había un aspirante bastante holgazán y que aspiraba a la paz interior pero que dejaba todo el esfuerzo en manos del Maestro, sin comprender que nadie puede progresar por otro.
- Ni existen los atajos.
- Eso es. Pensaba que con leer las Escrituras, escuchar al Maestro y asistir a los oficios en el templo ya era suficiente. Un día, descorazonado, se dirigió a su Maestro y le dijo con un velado reproche:
- Todos dicen que eres muy buen Maestro pero yo no avanzo gran cosa...”
- Eso puede tener solución, - le respondió -. Busca una tierra fértil y bien regada y planta estos granos de arroz. Cuando broten, vuelve a verme y yo haré el trabajo por ti liberándote de tus ataduras.
- ¿Y dio resultado? ¡Qué buen sistema!, - exclamó el inconsciente Sergei.
- Pasó mucho tiempo y se sucedieron las estaciones, pero el campo en donde había plantado el arroz no daba brotes. Así que regresó ante el Maestro y le dijo casi desesperado:
- “¡He hecho todo lo que me dijiste! Escogí una tierra fértil, no le faltó el agua de la lluvia o del riego pero ¡el arroz no brota!”
- “La razón – le respondió amable el Maestro - es porque el arroz que te di estaba cocido”.



José Carlos Gª Fajardo

Nesemu: Volver a escribir cada día

Quizás os guste, ahora tengo que ejercitarme un poco porque he decidido volver a escribir un cuento al día desde la próxima semana.
Nesemu

Un profesional

En una posada del Camino de Santiago se reunieron un hombre de Dios, un peregrino y un sacerdote. Se quejaba el sacerdote de las pocas limosnas que daban los fieles. El peregrino argumentaba que, ya que iba en penitencia, se contentaba con lo que le daban, y el hombre de Dios permanecía en silencio. Les preguntó el sacerdote cómo distribuían lo que recibían de las gentes.
- Al final del día, - respondió el hombre santo -, suelo trazar un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo las utilizo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo las empleo en el servicio de Dios, esto es, en ayudar a los más pobres.
- Pues yo, - dijo el peregrino -, también hago un círculo en el suelo y tiro las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo, las ofrezco al servicio divino, y las que caen fuera me las reservo para mis necesidades.
- Yo también, queridos hermanos, - intervino con unción el sacerdote -, dibujo un círculo en el suelo. Las que caen al suelo me las reservo para mis necesidades, que son muchas, y las que no caen son para Dios. No en vano nosotros los servidores del templo somos profesionales de la caridad y ésta, bien entendida, comienza por uno mismo.

José Carlos Gª Fajardo

Nesemu:

El más poderoso

Un Rey de India decidió un día poner a prueba la virtud de un yogui. Le parecía que, con su indiferencia ante las riquezas y su servicio a los más pobres, no reconocía el esplendor de su Corte. Nunca acudía al reparto de limosnas que los viernes hacían sus chambelanes, pero practicaba el silencio y el desprendimiento. Siempre con una sonrisa acudía al lado de quienes necesitaban consuelo y, cuando era preciso, echaba una mano en las tareas domésticas.
Hizo venir a su presencia al hombre que vestía una limpia tela de lino, tejido por sus manos. Se inclinó ante el Rey rodeado de cortesanos que sostenían una mirada burlona desde el esplendor imponente de sus vestiduras alhajadas.
- Dime, hombre santo, – preguntó el soberano -, ¿quién es más poderoso, Dios o tu Rey?
- Sin duda alguna, tú eres más poderoso, gran Señor, -respondió sin vacilar el yogui.
- ¡Ajajá!, - dijo con sorna el Rey -, pues si no me explicas bien esa respuesta haré que desuellen tu espalda a latigazos.
- No es difícil, gran Señor, tú eres más poderoso porque puedes desterrar a cualquier súbdito fuera de tu reino, y castigarlo y hasta mandarlo ejecutar. Sin embargo, Dios no puede hacer semejante cosa, porque ¿adónde podría desterrar a un ser humano? ¿Cómo podría hacer sufrir a sus criaturas o dar muerte violenta a ser alguno interrumpiendo el proceso de vida que todo lo anima?
Y saludando con respeto al Rey y a su atónita Corte, regresó a su ermita para continuar con sus tareas.

José Carlos Gª Fajardo

Nesemu: Basta con mirar tus sandalias

Suelo contar que el último en entrar en el dojo, o lugar de la meditación Zen, es el Maestro. Con algo de humor explico que es para comprobar cómo dejan los discípulos sus sandalias a la entrada.
La gente, a veces, no lo entiende pero, para ayudarles, voy a contarles este cuento.
Una vez, dos hombres se encontraron a la puerta de la casa de un Maestro Zen. Uno le preguntó al otro:
- ¿Has venido, como yo, a escuchar sus enseñanzas?
- No, para mí es suficiente con ver cómo se ata sus sandalias.
- ¿Cómo?
- O se las desata, me da igual.
Quedarse mirando el dedo del hombre que señala la luna, no es muy adecuado. Mucho menos es quedarnos mirando al hombre. Pero, para reconocer a un auténtico Maestro, no hace falta escuchar sus enseñanzas. Es a través de sus actos. En lo más sencillo y cotidiano imprime un sello especial que se rubrica con la paz y la alegría que inspira en su entorno.
No se trata tan sólo de autoridad, que la tiene, sino de integración y de armonía. Porque está en camino de superar las contradicciones intuyendo la perfecta unidad de todo lo que existe.
Al Maestro le basta con ver, de una ojeada, cómo ha dejado cada uno sus sandalias en el suelo. Así podrá ayudarles mejor. Algunos tienen prisa por entrar a sentarse. ¡Cómo si en el dojo se hiciera algo más importante y profundo que descalzarse!

José Carlos Gª Fajardo