En el mundo chan, la escuela budista que se transformó en China al contacto con el taoísmo, el gesto de levantar un dedo significa la unidad de todo lo creado. Es el símbolo de lo absoluto y sólo lo pueden realizar los Maestros porque han alcanzado la plena realización. Pues bien, había un mozalbete aspirante a novicio que habiendo visto al Maestro chan Tien Lung alzar un dedo para expresar la coincidencia de los opuestos y la unidad radical de todas las cosas, comenzó a alzar el dedo como respuesta universal a cualquier pregunta. Se lo contaron al Maestro. Éste escondió un cuchillo en la bocamanga de su túnica y se dirigió al mozo: - Dicen que has alcanzado la Budeidad y que estás iluminado, ¿es eso cierto? - Sí, la he alcanzado. - ¿Y qué me dices del Buda? El muchacho hizo lo de siempre, levantó su dedo y se quedó contemplándolo. El Maestro se lo cortó de un tajo. Avergonzado, el muchacho escapó llorando pero fue detenido por un grito que brotó de lo más profundo del abdomen del Maestro. El joven se giró y Tien Lung volvió a preguntarle: - ¿Qué me dices del Buda? Según su costumbre, el muchacho levantó su mano. Al no ver nada en lugar del dedo, alcanzó la realización. Comprendió que podría realizar el mismo gesto sin el dedo porque toda la sustancia del Chan se manifestaba en todas partes. Dicen que se hizo monje y llegó a ser santo y famoso por su discreción al expresar con una sonrisa la forma sin palabras de la Budeidad.
Es conocida la historia de aquel hombre de paz que estaba tumbado en una playa tomando el sol. Dicen que sucedió en Grecia, pero puede haber sucedido en cualquier lugar en el que alguien acierte a abrir los ojos y a saborear la vida con sus infinitos dones. Pasó por allí una persona respetable que censuró su actitud diciendo: - ¿No te da vergüenza estarte ahí tumbado tomando el sol, y sin hacer nada útil? - ¿Y por qué habría de darme, si me encuentro tan a gusto?, - respondió el pescador con una abierta sonrisa. - ¡Porque podrías salir a pescar como todo el mundo! - Ya he salido en mi gamela antes de que amaneciera, y tuve una pesca suficiente. - Pero podrías salir de nuevo y conseguir más peces. - ¿Para qué?, - preguntó el marinero sin alterarse -, Ya he pescado lo que necesita mi familia para hoy. - ¡Pero podrías pescar mucho más y ganar mucho dinero! - ¿Para qué? le dijo bajando la voz pero con luz azul en sus ojos. - ¡Pues para comprar otra gamela más grande! - ¿Y, entonces, qué haría?, - contestó divertido el joven marinero. - ¡Contratarías a otros marineros que trabajasen para ti y ganarías todavía más dinero y podrías comprarte más barcos! ¡Ay! Y llegarías a ser un hombre rico, con la suerte que tienes. argumentaba lleno de convicción el hombre respetable. - Entonces, ¿Qué haría con tantos barcos y con tanta riqueza ya que, según tú, tengo tanta suerte? preguntó el hombre de paz, conteniendo su sonrisa y con un pícaro brillo en su limpia mirada. - ¡Estás loco! Me preguntas que harías siendo rico y con tantos barcos y personas a tus órdenes ¡Pues pasarte el día sin trabajar y tumbarte al sol en la playa cuando quisieras! exclamó algo fuera de sí la persona respetable. - Amigo, ¿y qué crees que estoy haciendo ahora? Aspiró profundamente el fresco aire del mar y se tumbó sobre la arena para ir soltándolo suavemente. Mientras, con los ojos algo entornados, contemplaba el vuelo alto de las gaviotas, y daba gracias al Cielo.
El Maestro Chan Huang Nieh, al entrar en el templo de un monasterio, se arrodilló con respeto ante la estatua del Buda y quemó incienso. En ese momento, el joven Emperador de la dinastía Tang, llamado Hsuan Tsung, que residía allí temporalmente como novicio, se escandalizó por la conducta del Maestro Chan y le dijo, no sin cierta altivez: - Para alguien que busca la Verdad no es necesario adorar a Buda, hacerse monje ni adherirse a ninguna enseñanza. Dime, Maestro, ¿por qué veneras una estatua? - Puesto que no necesito ni adorar a Buda, ni hacerme monje, ni adherirme a ninguna enseñanza, lo hago porque quiero. Podría hacer cualquier otra cosa y también así me libraría a mí mismo. Tras reflexionar un buen rato, el joven novicio y Emperador preguntó: - Maestro, ¿para qué sirve practicar las formas de culto? Huang Nieh le dio un soberano bofetón, como respuesta. - ¡Pero qué brutalidad! ¿Cómo te atreves a golpearme? gritó encolerizado el joven Emperador - ¿No sabes quién soy? ¿Qué grosería? - ¿Cómo? ¿Todavía te atreves a discutir, en este templo, quién es grosero y quién no lo es? replicó el Maestro, ante toda la comunidad atónita que comprendió la confusión de Hsuan Tsung. El Maestro se volvió a inclinar ante la estatua del Buda, ante el joven Emperador y ante el resto de la comunidad, comenzando por el hermano cocinero a quién besó los pies, para vergüenza del Emperador y novicio. Todos habían comprendido, de repente, la tradición del budismo taoísta expresado en el chan, que advierte Quienes pronuncian el nombre de Buda tiene que enjuagarse la boca durante tres días. Porque no es posible comprender la Verdad dependiendo de los demás, ni siquiera del Buda. Por eso celebraban en cada monasterio la ceremonia ritual de quemar al Buda, para abrasar el error de ignorar que el Buda y cada ser son una misma cosa, pero no para profanar el nombre del Buda. Por medio de la bofetada al joven novicio, el Maestro destruyó su concepto de emperador y súbdito, mostrando que el templo era el templo y no la corte imperial. Hsuan Tsung es recordado en los Anales del Imperio como un gran Emperador, justo y misericordioso.
Lo siento, estaba ahí, en mi web y me saltó de pronto. Lo siento. Yo también lo busco a tientas, no sé quién es, ni siquiera si existe, no sé nada, sólo sé que muchas veces lo necesito. ¿No es causa suficiente sentir sed para crear el agua? Nesemu
//Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo un último recorrido por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño le rozó con la mano: - Decile a ... susurró el niño- Decile a alguien que yo estoy aquí.
(Es tan hermoso este relato de Galeano que no me atrevo a añadir ni una palabra.)
"Pregunté a los hombres: - "¿Qué lleváis envuelto en ese fardo?, hermanos? Y ellos me comentaron: - " Llevamos un cadáver, hermano" Así que les pregunté: - "¿Lo mataron o murió de muerte natural?" - "Eso que preguntas tiene difícil respuesta, hermano, pero más bien parece haber sido un asesinato" - "¿Y cómo fue el asesinato? ¿A cuchillo o con bala, hermanos?, - les pregunté -. - "No fue ni un cuchillo ni una bala: ha sido un crimen mucho más perfecto, que no deja huella alguna". - "Entonces, ¿cómo lo han matado?", - pregunté y ellos me respondieron con calma: - "A este hombre lo ha matado el hambre, hermano".
(Este "cuento" de Josué de Castro sólo pide silencio para la reflexión, sentarse con otros para buscar juntos propuestas alternativas y tomarnos el tiempo para llorar a los asesinados de cada día. Mientras afilamos nuestros machetes. Cada uno el suyo, porque en el principio no fue la palabra, sino la acción. Primero el grito, la palabra vino después.)
Cuando era joven el Mulá Nasrudín Hodja, héroe de tantos cuentos populares en Oriente Medio, tenía una barca desvencijada que utilizaba para llevar a la gente al otro lado del río. Un día, su pasajero de turno, un profesor muy quisquilloso, decidió, mientras cruzaban, hacerle una prueba al Mulá para ver cuánto sabía. - Dime, Nasrudín, ¿cuánto es ocho veces seis? - No tengo idea, - respondió el Mulá -. - ¿Cómo escribes magnificencia? - No lo hago, - respondió Nasrudín -. - ¿No estudiaste nada en la escuela? - No, - respondió el Maestro -. - En ese caso, la mitad de tu vida está perdida. Justo entonces, se desató una tormenta feroz (vaya usted a saber si Nasrudín tuvo algo que ver o si los Cielos quisieron echarle una mano), y el bote comenzó a hundirse. - Profesor, - dijo Nasrudín -. ¿Alguna vez aprendiste a nadar? - No, - le respondió -. - En ese caso, tu vida entera está perdida. En los planes de estudio insisten en que llenemos nuestra cabeza de conceptos en lugar de ayudarnos a tenerla bien estructurada. Ocho veces seis todavía suman 48, con independencia de dónde vivamos. Pero el concepto de magnificencia puede cambiar si sabemos que, en 1520, cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Ciudad de México, ésta era diez veces más grande que cualquier ciudad europea. Ignorar la otra mitad de la humanidad (las mujeres, los pueblos indígenas, los hambrientos, los que no tienen acceso a la cultura, menospreciar a quienes ni siquiera saben que son personas) no presta la ayuda necesaria para aprender a nadar en las aguas turbulentas de nuestro siglo.
Un día, el filósofo turco del siglo XIII, Nasrudín Hodja, montó en su burro en sentido contrario al habitual, esto es, mirando hacia la cola. - ¡Mulá!, - le decía la gente -. ¡Estás montando el burro al revés! - No, - respondió el sabio -. No estoy montando al revés. ¡Es el burro que mira para el lado equivocado! Es cierto que uno de los efectos de la globalización es que han querido hacer normal el mirar hacia un puñado de millonarios y de empresas transnacionales, hacia el consumismo como meta y la contaminación como resultado. En lugar de mirar hacia las mujeres en busca de equidad, los pueblos indígenas que desean conservar sus identidades, los campesinos que defienden sus semillas, los trabajadores que reclaman los derechos conquistados con tanto esfuerzo. Si nos dicen que el burro va en la dirección equivocada, nosotros somos responsables de mirar hacia los que padecen marginación, hambre y sed, explotación y desarraigo, enfermedad e incultura. Al fin y al cabo, si no conseguimos dominar al burro, siempre podremos bajarnos y continuar la lucha a pie descalzo.
Caminaba por las calles de Basora un mercader mágico que ofrecía el arreglo de los males del mundo. Como parecía medio bebido y vestía pobremente casi no le hacían ni caso, sino era para meterse con él. - ¿Qué tienes para vender?, le preguntaban las gentes. - Lo que ustedes quieran, respondía. - Queremos Paz, queremos justicia, queremos salud y comida en abundancia... - Perdonen, - les respondió el mercader -. Creo que no me han entendido bien. Yo no vendo frutos. Sólo vendo semillas. La siembra y el cultivo han de hacerlo ustedes y con el trabajo de todos recogerán una buena cosecha. Al Maestro le piden soluciones, respuestas, dones y sentencias. Pero la vocación del sabio es la de sembrar conciencia fruto del conocimiento adquirido por más vías que las de la razón y el estudio entre las mujeres y los hombres para que asuman su cuota de corresponsabilidad ante la situación global de la humanidad. Ante el formidable panorama de la globalización alcanzada, el espacio mundial se ofrece para que puedan germinar los grandes valores añorados: la paz, la justicia, la equidad, la democracia y la armonía con la naturaleza que, día a día, cultivan las comunidades en todo el planeta. Ante los resultados que laceran, los viejos Maestros se preguntan ¿Cómo es posible que pueblos tan diversos, habitando tierras tan distintas, con diferentes tradiciones históricas y culturales, enfrenten hoy problemas tan similares y traten de resolverlos con unas herramientas tan poco variadas y adecuadas a las realidades de nuestro tiempo? No es tiempo de esperar que nos ofrezcan soluciones sino de que cada vez un mayor número de personas nos sintamos alentados a buscarlas.
Hace ya muchos siglos, en la tierra de Anatolia, la actual Turquía, el Maestro Nasrudín Hodja andaba gritando por las calles, desesperado porque le habían robado su burro. - ¿Quién te robó el burro, Maestro Nasrudín?, le preguntó el juez. ¿Cómo te lo robaron? - ¡Ajajá!, respondió el sabio sufí, buena pregunta digna de un juez. ¿Crées que si conociera la respuesta me lo habrían robado? Nunca sabremos quién robó el burro o si el sabio Mulá Hodja lo recuperó. Pero el Maestro nos dejó en su ira una lección sobre el valor de conocer las respuestas. Hace años, el Maestro Raimon Pánikkar nos ilustró mucho acerca de la importancia de hacer bien las preguntas y de plantear correctamente los problemas. Si lo hacemos así comprenderemos que toda pregunta encierra la respuesta y que en todo problema bien planteado se encuentra la solución. De lo contrario sería una quimera. Al fin y al cabo, comentó una tarde de paseo el sabio Nasrudín al gran Tamerlán que disfrutaba con la compañía del Maestro: - Nunca buscaríamos a nadie si antes no hubiéramos conocido su existencia, pues nadie puede buscar lo que no conoce. - ¿Entonces, si yo conozco las repuestas, para qué hago las preguntas? - Eso dijo yo, gran Tamerlán, eso digo yo.
"Es preciso relativizar la propia forma de vida para legitimar las exigencias de otras formas de existencia: no proyectar como universal la propia identidad, no marginar lo que se desvía de esta última; facilitar un aumento incesante de la tolerancia."
Esta sugerente reflexión del filósofo alemán, Jürgen Habermas, me ha traído a la memoria lo que sucedió durante una cena en palacio a la que el poderoso rey mogol Tamerlán invitó al sabio Maestro Hodja. Para la ocasión, el cocinero real, entre otros platos, había preparado uno a base de col.
Terminada la cena, Tamerlán preguntó a Hodja: - ¿Le gustó la col? - Estaba exquisita, Majestad. - A mí me pareció horrible, dijo Tamerlán. - Tiene razón, agregó Hodja, estaba demasiado blanda. - Pero, Maestro, acabas de decirme que te pareció exquisita, - observó Tamerlán -. - Sí, pero estoy al servicio de Su Majestad, no de la col, - replicó Hodja llevando su vaso de vino a los labios que celaban una sonrisa -. Esto sucedió hace casi mil años. La gente todavía busca opinión y consejo, no sólo preguntando a los sabios sino en libros y en Internet. Pocas de estas fuentes son tan honestas como Hodja en admitir a quién sirven y de quiénes son las opiniones que expresan. En lugar de eso, se llenan la boca con una pretendida objetividad. Hasta en la selección misma de un tema sobre el que se va a hablar o a escribir se manifiesta una subjetividad. En lugar de expresar lo que gusta o no gusta a quienes están en el poder, la actitud radical de nuestra vida puede elegir la afirmación y la defensa de la vida, de la libertad y del derecho a la búsqueda de la felicidad. Sobre todo, en la opción preferencial por los más pobres, por los marginados, por los que no son nadie a los ojos del mundo y, sin embargo, lo son todo en el sentido radical de la existencia. Como una flor, como el murmullo del agua o el vuelo de las águilas sobre las montañas. Como tú mismo que cada mañana puedes decir !Yo sé quién soy!
El gran secreto a voces del universo es que nada es inexplicable. Todo está ante nosotros para que lo contemplemos y descubramos el camino de vuelta a casa, para recuperar nuestro rostro originario, nuestra verdadera naturaleza junto al viejo anfitrión. Todas son expresiones del viejo Taoísmo transformado en Chan por el Budismo y que tanto habría de influir en la sabiduría universal, después de su paso por el shintoismo del Japón que lo revistió de la profunda elegancia del Zen. Así, un día, el Maestro Chan Tsu Hsin paseaba con su buen amigo el poeta Huang Shan Ku. Éste le pidió que lo iniciase en el secreto más misterioso del Camino. Lo dijo con la mejor voluntad de su alma creadora habituada a buscar la naturaleza de las cosas. No como los jóvenes discípulos que siempre andan a la caza de atajos. No existen atajos en el Camino de la auténtica sabiduría. Llámese samadhi, prajna, nirvana, iluminación, santidad, realización, gloria, o con cualquier otro de los mil nombres. El Maestro Tsu Hsin respondió con dulzura a su amigo: - Confucio no se preocupaba por lo que los adivinos pudieran predecir acerca de su futuro, tan sólo estoy seguro decía -, de que mi destino se desarrolle con arreglo a mi propia voluntad. En otras palabras, poder hacer lo que quisiera, queriendo lo que hacía. ¿Qué piensas de esto, Huang Shan? Cuando el poeta iba a responder, fue detenido por un gran grito del Maestro que salió directamente de su ki kai tandem, centro de energía situado en el abdomen, bajo el ombligo: - ¡¡¡No!!! El poeta quedó confuso pero no dijo nada y continuaron su paseo. Al cabo de un tiempo, durante la estación de floración de las moreras, ambos amigos paseaban por la montaña. - ¿No hueles la fragancia de las moreras en flor?, -preguntó el Maestro. - Por supuesto que sí. Está por todas partes, nos embargan. - Ya ves, amigo mío, no te oculto nada. Al oír esto, el poeta comprendió por sí mismo y besó la mano del Maestro mientras éste se reía al constatar el despertar de su amigo. - Maestro, tu corazón es tan amoroso como el corazón de un abuelo - ¡Anda!, - respondió sonriendo y muy satisfecho el Maestro -, deseo que vuelvas a casa. Así, señaló el Camino de regreso al poeta cansado de tanto vagar, sin rumbo.
Es propio de los Maestros Chan y Zen, plantear a sus discípulos situaciones que parecen no tener respuesta; al menos, no desde el punto de la lógica. Unos los llaman koan, otros acertijos, otros paradojas, ¿qué más da? Una muy conocida es la de aquel seguidor del Camino que se cayó por un precipicio y quedó colgado de una raíz mientras, desde arriba, le acosaba un león hambriento. Subir, no podía pero, debajo de él, a treinta metros, había otro león no menos hambriento que se relamía en la espera. Para complicar las cosas, aparecieron dos ratones que comenzaron a morder la raíz de la que colgaba el aventajado discípulo. ¿Qué hacer? Pues vio en la ladera una hermosa fresa al alcance de su mano, la cogió y se la comió con gran placer. Había comprendido y los Maestros se regocijaban a carcajadas con esta historia. Pues bien, un día, Chi Hsien, un famoso Maestro chan, quiso probar a un grupo de discípulos y les dijo: - Mientras buscamos el Camino somos como un hombre agarrado con los dientes a la rama de un gran árbol. Otro hombre, sentado unos veinte metros más abajo, le plantea lo siguiente: ¿Cuál es el significado de El Patriarca que viene del Oeste?, que es uno de los más famosos koans chinos. Si no contesta, quedará como ignorante pero, si abre la boca, se caerá y morirá. Decidme, ¿qué habría que hacer para encontrar una solución? Entre los discípulos estaba Hu Tou Chao que era, con mucho, el más aventajado que se levantó y respondió: - Maestro, ¿qué nos importa lo que está haciendo o dejando de hacer ese hombre colgado del árbol? Lo que queremos saber es quién era y qué hacía antes de trepar al árbol. Al escuchar esta respuesta, el Maestro Chi Hsien estalló en una carcajada sintiéndose totalmente satisfecho. (Es tarea de los Maestros tratar de destruir la tendencia de la gente a pensar como si existieran dos mitades distintas, conceptos opuestos como ser y no ser, tener y no tener. El mundo se vuelve ilimitado cuando se destruye la frontera del pensamiento dualista y se atreve uno a pensar en el utrum, uno y otro, en lugar de uno u otro. De ahí, la sonora carcajada del Maestro ante el elevado estado de mente del joven Hu Tou Chao.)
Un joven discípulo, llamado Lung Tan, visitó al Maestro chan, Tao Wu. - Maestro, en el lugar de donde vengo nunca pensé que fueras tú quien dirigía mi formación animando mis aspiraciones, en lugar de ser yo. ¡Es tanta la distancia y tan pocas las ocasiones que tengo de venir a presentarte mis respetos! - Donde quiera que estés no hay un solo momento en el que yo no te lleve en mis brazos, cerca de mi corazón. - No entiendo, le respondió el monje Lung Tan. Yo soy responsable de mis acciones. - Cuando me envías tu té, lo recibo; cuando me traes tu arroz, lo acepto y cuando te inclinas saludándome, respondo con una inclinación de cabeza. ¿Crees que yo no formo parte de tus aspiraciones allí donde estés? ¿Qué no te siento en mis pulsos, en el estremecimiento de la piel cuando sopla la brisa? Lung Tan guardó silencio reflexionando. Él había seguido siempre las palabras del Maestro: no se retiró a ningún templo y siguió el Camino a través de la vida cotidiana, al vestirse, al comer, al estar de pie o al pasearse. Creyó en las palabras del Maestro cuando le confió que el Camino no puede encontrarse fuera del mundo ordinario. Cuando exprimir naranjas, exprimir naranjas; cuando llueve, te mojas o te resguardas. No hay más. Pero en su cabeza seguía debatiendo acerca de la Iluminación. Entonces, Tao Wu, viendo su confusión y la sinceridad de su búsqueda, le dijo: - Quienes se realizan, cuando despiertan, no tienen la menor duda de si están despiertos o no. Continúan respirando y van al baño. Tras oír esto, el joven Lung Tan alcanzó la Iluminación instantánea, no preocupándose por los celajes de la placenta. - Y ahora, ¿qué debo hacer para ser coherente con este estado? - No cuesta nada hacerlo, - respondió con una gran sonrisa el Maestro -. Sigue la naturaleza de tu verdadero yo. Adáptate a las circunstancias, ellas son las mensajeras del Cielo, y no te preocupes por sus efectos. Actúa con sencillez sin preocuparte de analizar si tus acciones son sabias o ignorantes. ¿Qué más da? Deja obrar al corazón y limpia tu mente. Eso es todo. - Y ahora, Maestro, ¿cómo regresar al lugar de dónde vengo?, - dijo el joven Lung Tan, postrándose ante el Maestro con un brillo en sus ojos -. - Vuelve a casa, y no dejes de enviar té y arroz para contento de este anciano. ¡Ah¡ Casi se me olvidaba, en los tiempos de ocio no dejes de viajar por los Cuatro Mares como una nube flotante.
El noble señor Naoshige estaba muy orgulloso por la destreza y contundencia de un joven guerrero, y así se lo manifestó al venerable Shoun, uno de sus más viejos samuráis: -Nadie puede resistirse ante la fuerza y el vigor del joven Katsushige. Es admirable para su edad. Desafía incluso a los compañeros mayores que él. El anciano Shoun inclinó la cabeza con respeto y puso su rodilla y su puño derechos en el suelo, mientras con la izquierda apretaba la empuñadura de su espada. - Si me lo permitís, - le dijo -, estoy dispuesto a luchar con él y apuesto mi vida a que lograré vencerlo, sin desenvainar. - Maestro Shoun, sois un espejo para todos los jóvenes samuráis. ¿No teméis que, por vuestra edad venerable, el encuentro pueda resultar contraproducente ante la fogosidad del joven Katsushige? - Dejad al Cielo que se exprese en el camino de la espada, noble Naoshige, y en el camino del viento. - Sea, pues, como deseáis pero sobre el tatami pondréis a prueba mi veneración y agradecimiento por vuestras enseñanzas y mi admiración por la fuerza e ímpetu de mi sobrino. Aquella misma noche tuvo lugar el encuentro en el patio del castillo ante la presencia de un gran número de samuráis. A pesar del silencio y de la contención del momento, algunos se preguntaban si el viejo Shoun no había ido demasiado lejos en su desafío al joven erigido en paladín de los impacientes samuráis. Una vez efectuado el saludo a los antepasados, inclinándose ante el tatami, al noble señor Naoshige en medio de su Corte y el mutuo saludo de los contendientes, el joven y poderoso Kasushige desenvainó una espada y se lanzó al ataque con todas sus fuerzas. Su frágil adversario lo esquivó con un leve movimiento que lo mantuvo en su puesto mientras el joven evitaba dar con su cuerpo en el suelo. De nuevo, se abalanzó sobre el anciano Shoun con una fuerza y una fogosidad que hicieron brotar un murmullo en la noche. El viejo samurái aprovechó el impulso de su oponente y se deslizó en su estela ante el asombro general. Se diría un paso del kabuki o quizás del teatro No. Nadie había visto el movimiento del maestro, ni conocían que, en su madurez, se había iniciado en el camino del taichí chuán. Una y otra vez el joven Katsushige se levantó y se volvió a arrojar sobre su enemigo con ambas espadas desenvainadas y en posición de ataque. El Maestro Shoun continuó sin desenvainar las suyas deslizándose con los pasos de la nube sin nombre y de las crines del caballo. Parecía detener el aire y abrir espacios de vacío en donde se precipitaba su oponente. Al final, se diría que el Maestro iba indicando al joven samurái sus movimientos y éste le seguía dócil pero furioso en la senda que trazaba el anciano. Llegó un momento en el que la misma luna se detuvo para contemplar la suave danza del venerable anciano y la lucha del joven samurái. En el rostro de uno, brillaba el sudor; en el del otro, una amable serenidad que infundía respeto. Finalmente, el joven perdió el control hasta dar de bruces contra el suelo clavándose en el muslo su propia espada. El anciano le ayudó a levantarse para que pudieran ambos inclinarse ante el noble señor Naoshige, ante los antepasados y finalmente, ante ellos mismos para ratificar la expresión del Cielo. Cuando el señor Naoshige ponía sobre sus hombros el blanco cendal de la victoria escuchó casi en un susurro: - Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos. - Pero has vencido, venerado Shoun. - No, mi señor, hemos salvado a un buen samurái.
Érase una vez un joven pez, determinado y fuerte, que se lanzó a nadar con denuedo. Nadó y nadó venciendo todas las dificultades, hundiéndose bajo las tormentas, surcando las grandes olas e imponiéndose toda suerte de privaciones y esfuerzos para alcanzar su meta. Buscaba el océano pues había oído hablar de él a otros peces más jóvenes que permanecían en el banco. Se encontró con un pez enorme, ya mayor y con aspecto venerable, y le preguntó acerca del mar y del océano. - ¿Qué es el mar? He estado oyendo hablar de él pero no sé lo que es. - Oh, joven amigo, el mar está en torno a ti, - le dijo el anciano dejándose llevar en unas suaves corrientes templadas por los rayos del sol que las irisaba. - Si eso es así, Maestro, ¿por qué no puedo verlo? Esto sólo es agua. - Porque el océano está en todas partes. Te rodea. Está dentro y fuera de ti. Has nacido en el mar y morirás en el mar. Tú eres el mar y la vida del océano. Cuando nadas, manifiestas su presencia. Tú mismo estás compuesto de agua y tus células no podrían vivir sin ella. - No entiendo cómo todo puede ser mar y océano a la vez. No veo ni el agua, pero sé que es esto. - No son más que palabras. Aún cuando se evapora, continúa siendo agua, pero con otro nombre. Le llaman aire húmedo, nube, tormenta, lluvia y fluye en las ramas y en las hojas de los árboles. - No he oído hablar de eso. No lo entiendo. - Nosotros y todo somos agua, formamos parte del mar. Como las olas y las mareas, la espuma y lo que hace que los rayos de sol arranquen brillos de las arenas. - Si es así, Maestro ¿por qué no puedo verlo? - Porque está tan cerca y tan dentro de ti que es difícil que lo veas, pero no te inquietes, el mar está aquí. - ¿Qué hacer? - Déjate llevar, disfruta y goza de cada instante, sea mar, alga o arena. Pero el joven pez, después de saludar al anciano, prosiguió su búsqueda nadando sin cesar.
Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés que vivió en la era Meiji, y lo que le sucedió con un profesor universitario que fue a visitarlo intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro. Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje de la Corte. Aceptaba en silencio que algunos se sentaran con él al caer de la tarde, pero no debían importunarlo después de la meditación. Entonces, parecía algo serio y hasta hosco, pero no era más que la necesaria readaptación mientras trabajaba en su jardín, pelaba patatas o remendaba la ropa. El prestigioso profesor se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad. Cuando llegó, saludó al Maestro y, sin más preámbulos, le preguntó por el Zen. Nan-in le ofreció el té y se lo sirvió con toda la calma del mundo. Y aunque la taza del visitante ya estaba llena, el Maestro siguió vertiéndolo. El profesor vio que el té se derramaba y ya no pudo contenerse. - ¿Pero no se da cuenta de que está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una gota más! - Al igual que esta taza, - respondió Nan-in sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa -, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza? Airado, el profesor se levantó y con una mera inclinación de cabeza se despidió sin decir palabra. Mientras el Maestro recogía los trozos de porcelana y limpiaba el suelo, un joven se acercó para ayudarle. - Maestro, ¡cuánta suficiencia! Qué difícil debe de ser para los letrados comprender la sencillez del Zen. - No menos que para muchos jóvenes que llegan cargados de ambición y no se han esforzado por cultivar las disciplinas del estudio. Al menos, los estudiosos ya han hecho una parte del camino y tienen algo de lo que desprenderse. - ¿Entonces, Maestro, cual es la actitud correcta? - No juzgar, y permanecer atento.
En las afueras de Tapachula estaba feliz un anciano mientras pintaba una silla con alegres azules y fresas, amarillos y verdes; de vez en cuando, una pincelada blanca que atenuaba la rotundidad del cárdeno. Y el viejo sonreía cuando descubría una combinación nueva. Sonreía y se lo celebraba con una palmada en el muslo. ¡Ándale, pero qué chula! Cubierto con un poncho, calzaba sandalias y fumaba una larga panatela, liada por él mismo, mientras su rostro poblado con descuidada barba dejaba traslucir una honda felicidad que contaminaba el ambiente. Las sillas eran de sencilla madera que el artesano había torneado con habilidad y con trenzadas eneas que él mismo había buscado junto al río para dejarlas secar sobre la terraza de su casa encalada. De vez en cuando, se aclaraba el gaznate con una chicha de maíz que destilaba él mismo para compartir con sus cuates. Utilizaba un cuenco con una especie de esmalte que su abuelo le había enseñado a aplicar después de haberlo torneado con esmero y cocido con paciencia en el horno que tenían en el patio de la casa. Las sillas salían a su aire. En unas, predominaban las flores rojas; en otras, se combinaban con azules y malvas. Su mujer decía que dependía del viento, y del aliento, y se retiraba tan fresca. Un día, pasó por allí un turista gringo cargado con máquinas de fotos, tomavistas y tres pares de gafas que le cabalgaban desde la nariz hasta la gorra que, del revés, llevaba como cimera feudal. Calzaba sandalias con calcetines blancos y rayas de colores. Una pelambrera atónita pugnaba por escabullirse en unas piernas de leche enrojecidas por un sol implacable. El artesano hacía como que no miraba pero sus pinceladas se fueron haciendo más espesas. Mira por dónde, tuvo que contenerse porque se le ocurrió ponerse a brochazos y llenar de colores aquellos pantaloncitos blancos y la camisa color salmón desvaído que le producía un desasosiego que sólo calmaba con visitas a la garrafa de chicha. Después de filmar todo lo que quiso y de fotografiar al anciano desde todos los ángulos, sin pedir permiso ni tan siquiera haberle saludado, el gringo lechoso le espetó: - ¡Buen hombre, escuche! ¿Cuánto cuesta esa silla azul que está pintando? El anciano le respondió sin alzar la mirada y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo: - Diez dólares, señor. - ¿Y cuánto tardaría en entregarme doce como esa? - ¡Ah, pues no sé! Como vayan saliendo, eso ya no depende de mí. Además, doce como ésta le costarían trescientos dólares. - ¿Trescientos dólares? ¿Pero no me dijo que esa costaba diez? - Sí, señor, pero ¿quién me va a pagar el aburrimiento de pintar siempre lo mismo en cada silla?
Avanzaba la caravana en lucha con el amanecer que se adivinaba en el horizonte. Más de doscientos dromedarios y camellos forzaron el paso animados por los gritos de sus cuidadores, ansiosos también del merecido descanso. Cabalgaban durante toda la noche para evitar el calor del sol y aliviar a las bestias de sus pesadas cargas. Bajaban hacia Tombuctú y el camino se hacía cada vez más duro y ardiente. Con las primeras luces del alba montaban el campamento al socaire de una duna o de unas palmeras, si tenían la suerte de encontrarlas. Colocaban en círculo los animales para descargarlos. Con las monturas e impedimenta formaban un muro de protección dentro del que se acomodaban por grupos los camelleros, después de haber maniatado a las bestias para que no se extraviaran durante la fuerza del calor y del viento chergui del mediodía. Estaba el jefe de la caravana, Omar ben Yussef, refrescándose con sus ayudantes, para disponerse a descansar con las primeras horas del día, cuando llegó corriendo Nasrudín, el camellero responsable de una de las bestias más intratables. - ¡Omar, Omar! gritaba -. ¡Ay qué desgracia! ¡Ay qué desgracia! - ¿Qué sucede, Nasrudín, para que grites de ese modo? - Durante el camino hemos perdido la estaca a la que ataba mi camello. - ¿Y, entonces? - Que no puedo amarrarlo, ¡Padre de todos nosotros! Y cuando apriete el sol y sople el chergui se escapará con toda la carga encima ya que no puedo descargarla. ¡Ay qué desgracia! - Tranquilo, Nasrudín. Lleva en alto ese martillo que tienes en la mano derecha. Aprieta con fuerza el puño de la izquierda como si tuvieras una estaca y dirígete con el ceño fruncido ante tu camello. - ¿...? - Sí. Haz lo que te digo. Cuando llegues ante él, agáchate y comienza a cavar con fuerza y a hundir con brío el martillo en el suelo, ¡de espaldas al camello, claro! Verás cómo se arrodilla y podrás descargarlo y maniatarlo - Pero... - Haz lo que te digo, Nasrudín. Asombrado e incapaz de responder a su amo, Nasrudín hizo lo que le había mandado. Su sorpresa fue mayúscula cuando todo sucedió como si hubiera clavado la estaca. Pasó el día sin dormir acercándose a vigilar a la bestia que rumiaba tranquila. No se lo podía creer. ¡Su amo era sabio! Al atardecer del día siguiente, cuando todos se aprestaban para ponerse en camino y Omar ben Yussef bromeaba con sus compañeros, llegó Nasrudín gritando y gesticulando como el día anterior. - ¿Qué sucede ahora, Nasrudín? - ¡Que el camello no quiere levantarse!, ¡Padre de todos nosotros! Le he puesto la carga encima, lo he azuzado, y nada, allá sigue tumbado. ¡Qué desgracia! porque todos los demás ya se ponen en reatas. - ¿Pero, tú los has desatado?, - preguntó el jefe de la caravana. - ¿Cómo lo voy a desatar si no hay estaca? - ¿Y el camello qué sabe? Nasrudín, ¡El camello qué sabe! Y volviéndose a sus amigos, les dijo Omar ben Yussef, hijo del sabio Tarik ben Baraka - Así hay muchos en el mundo que creen estar amarrados a estacas que no existen
El famoso general Nobunaga había comprendido que tenía que atacar al ejército enemigo, a pesar de estar en clara desventaja. Sus tropas estaban agotadas pero, ante él, se encontraba el camino que llevaba a la gloria y, detrás, la humillación del desastre. Un mensajero secreto le había comunicado que los aliados de ayer se habían alzado en armas contra sus libertadores. - Tu hermano, a quien dejaste al frente de la guarnición que había de administrar la paz y ayudar al pueblo liberado, pereció asesinado mientras dormía. Los jefes rebeldes, a quienes perdonaste la vida y de quienes recibiste el juramento de fidelidad, aguardan tu retirada en orden de batalla, porque confían en que tus tropas cansadas no quieran batallar contra el enemigo que tienes enfrente. Nobunaga estaba seguro de que podría acabar con el asedio a que tenían sometida a la ciudad, pero sus tropas desconfiaban de la victoria. Una vez liberada la ciudad, la paz reinaría en todo el país. A lo lejos, percibió un santuario y dijo a su Estado Mayor: - Voy a recogerme en silencio y pediré ayuda al Cielo. A la salida, echaré una moneda al aire; si sale cara, venceremos; si sale cruz, perderemos. Estamos en las manos del destino. Que la tropa descanse, dadle doble ración de comida y también el vino que reservábamos para celebrar las victorias. Vosotros velad y consultad los mapas, estudiad el terreno y presentadme las posibles estrategias, después de haber analizado los informes de los espías enviados al campamento enemigo. Entró en el monasterio, se desnudó y tomó el baño ritual, vistió la túnica que le tendieron los monjes y calzó las sandalias de paja que depositó en el umbral del templo. Se postró ante el altar en donde el incienso y las velas proclamaban la compasión del Buda. Saludó con una profunda inclinación al Abad y con dos sucesivas a la comunidad que se mantenía en pie, a derecha y a izquierda. Después, caminó firme hacia el cojín cuadrado que le indicó el prior con su kiosaku de avellano y se sentó sobre el zafu con toda dignidad. Los monjes se postraron al sonido del gong y tomaron asiento en zazén. Pasó el tiempo prescrito, hicieron kinin desplazándose suavemente sobre el suelo reluciente por la luz de los velones. Volvieron a sentarse y, al alba, escuchados los golpes de madera con el hara que enseñoreaba su abdomen, volvió a saludar a la comunidad. Fortalecido su ánimo, vistió el uniforme de general que habían hecho relucir los jóvenes novicios invadidos por una cierta melancolía. Tomó un cuenco de cereales y bebió té con manteca y miel. Cuando salió al pórtico del templo, el sol hizo refulgir su rostro y el viento ondear su negra cabellera mientras arrojaba una moneda al aire ante las tropas expectantes en formación. Salió cara y el clamor se extendió como una enorme oleada de moral por todas las compañías. El grito que surgió brotó al unísono del abdomen de cada soldado, de cada oficial y de los generales. Como una marea, movida por un ki de energía irresistible, se lanzaron contra el enemigo al que derrotaron en una contienda memorable. Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo, mientras lo acompañaba hasta el templo para que el general hiciera la ofrenda establecida: - Nada puede cambiar el destino, General. Esta inesperada victoria es la mejor prueba de ello. - ¿Quién sabe? - respondió enigmático el general mientras subía las escaleras del templo y daba vueltas entre sus dedos a una moneda de plata trucada, que tenía cara en ambos lados- ¡Cumplamos nuestros deberes con el Cielo!.