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J. C. García Fajardo

Cuentos

Cuentos de Oriente: El reencuetnro de los amigos

Lin Po era transportado en su litera por una concurrida calle de Nanking. Ensimismado en lo que había de transmitirle al joven Emperador, casi no se apercibió de que sus porteadores habían aflojado el ritmo de sus pasos. El chambelán que les precedía, haciendo sonar un pequeño gong para anunciar que llegaba un dignatario de la Corte, había disminuido el volumen de sus golpes, sin por ello interrumpir la cadencia.
Lin Po descorrió un poco la cortinilla que lo celaba de las gentes para enterarse de lo que interrumpía la marcha de la comitiva.
Una bronca fenomenal tenía lugar a las puertas de la casa de comidas y burdel. La gente se reía y hacía mofa de un viejo al que habían echado a la calle por borracho que no quería pagar. Bajo los gritos de la encargada y las amenazas de sus guardianes que querían seguir pateándolo, Lin Po bajó sus ojos al amasijo de ropas por donde asomaba la cabeza del viejo, mirando a un lado y a otro, cómo preguntándose qué era lo que estaba ocurriendo.
El magistrado Lin Po creyó reconocer al anciano y mandó abrirse paso a sus porteadores con un golpe firme de su bastón de plata labrada. Cuando estuvo más cerca, lo reconoció: ¡Era su compañero de estudios Teng Xiao que tanto le había ayudado en sus estudios y con el que tan firme amistad le había unido durante la juventud! Había desaparecido de la Corte hacía años y todos lo imaginaban retirado en el Templo de Saolín.
Bajó de la litera, se hizo un silencio de respeto mientras se habría un espacio que lo condujo hasta el anciano ante el que se inclinó con respeto.
- ¿Eres tú, amado Teng Xiao?
- Ah, granuja Lin Po, ¡qué alegría volver a verte!
- Venía a tu encuentro, Maestro.
- Pues vamos a beber una frasca de buen vino. Ayúdame a levantarme.
Ambos entraron en el mesón mientras los porteros se inclinaban y la matrona se derretía en zalemas:
- ¡Pasad, gran señor, honráis mi casa!
- ¡Haced sitio a mi Maestro y preparadle un baño y las mejores ropas!, - ordenó sereno.
- Ah no, Teng Xiao, nada de eso. ¡Vamos a beber por los buenos tiempos! Todo lo demás puede esperar.
- Entraron, bebieron y comieron, escucharon música y fueron atendidos por los sirvientes hasta que el anciano se quedó dormido con una sonrisa en el rostro y un hilillo de vino que le rebosaba por los labios.
- El dignatario limpió con su pañuelo de seda la boca del Maestro, se inclinó ante él y, buscando un bolsillo entre los andrajos, le metió un hermoso brillante que le garantizara una buena vida hasta el fin de sus días.
Mientras se alejaba emocionado, dijo a la dueña del local, después de pagarle con largueza: “Cuida de que nada le falte”.
Partió en su litera al encuentro del Hijo del Cielo, incapaz de asimilar lo que había ocurrido.
Pasó un año, y el Magistrado volvió a pasar por la misma calle en su visita anual al Emperador. Quiso verificar que no había sido un sueño lo sucedido el año anterior, extrañado de que Teng Xiao no se hubiera dejado ver, a pesar de que había enviado a sus criados a buscarlo.
De nuevo, el alboroto, los gritos, los porteros amenazantes y la patrona lanzando improperios contra un amasijo de harapos revolcándose por el suelo.
- Pero, Teng Xiao, ¿eres tú?
- ¿Y quién había de ser, amigo Lin Po?
- ¿Pero no había dejado un brillante en tu bolsillo para que nada te faltara en adelante?
- Ah, Lin Po, siempre el mismo. ¿Crees que los pobres metemos las manos en los bolsillos? Nunca hay nada de valor. Lo que de verdad vale, está afuera o en el interior. ¿Bebemos?
Y los dos amigos entraron de nuevo en el burdel dejando un rastro de sangre, dejando un rastro de lágrimas.


José Carlos Gª Fajardo

Nesemu: Elefantes blancos

Un novicio vivía aprisionado por los límites de la razón y de la lógica. Para todo exigía una respuesta conceptual que cupiera en su mente. Un día preguntó al Maestro:
- Señor, ¿quién sostiene el mundo?
- Ocho elefantes blancos, - le respondió -.
- ¿Y quién sostiene a esos ocho elefantes blancos? –insistió el mozalbete.
- Pues, otros ocho elefantes blancos, - repuso el Maestro -.
¡Como si un tornillo de un boeing pudiera entender al boeing! O como si el pensamiento lógico pudiera agotar el mundo analógico, paradójico o el mundo de la intuición o del misterio. Tan sólo la experiencia transensorial, estética o mística ya sobrepasa todo límite capaz de ser expresado con palabras.

Había otro discípulo, esta vez en India, que preguntó a un yogui muy respetable:
- Babaji, ¿quién cuida del Mundo?
- ¡El Alma cósmica lo cuida!, respondió el venerable.
- ¿Y quién cuida al Alma Cósmica?, insistió el razonador.
- Pues, cuatro leopardos blancos, dijo con dulzura el yogui.
Y ya os podéis imaginar lo que sigue... pues, otros ¡cuatro leopardos blancos!
Esto me recuerda una anécdota que le sucedió a San Agustín cuando era joven y que cuenta en sus Confesiones: Paseaba un día por la playa tratando de entender el misterio de la Trinidad, el origen del mundo, la inmortalidad del alma, el problema del mal, y otra serie de misterios. Vio a un niño que jugaba en la orilla y que entraba y salía en el mar con su cubo trayendo agua que vertía en un hoyo que había hecho en la arena.
- ¿Qué haces?, - le preguntó.
- Estoy trasegando el agua del océano.
- ¡Pero si no va a caber en ese agujero!, - exclamó riendo el futuro obispo de Hipona.
- Pues eso, - le respondió el chaval.

Un venerable Maestro Zen comentaba sonriendo a sus inquietos discípulos que buscaban un atajo para alcanzar la plenitud, la libertad interior y comprender el samadhi y el nirvana.
- ¿Cómo os voy a explicar el sabor de una taza de té?
Y el Maestro Zen seguía trabajando en su jardín con una amplia y cómplice sonrisa.

Nesemu

Cuentos Orientales 01: Una mujer hermosa

Dos monjes salen del monasterio al amanecer. Uno es un novicio muy joven y el otro es ya adulto y responsable. Caminan en silencio. Cuando llegan a la orilla de un río caudaloso encuentran a una hermosa joven consternada porque no sabe por dónde vadearlo para poder llegar a la otra orilla. Mira a los monjes desconcertada y el monje joven baja la cabeza deslumbrado por su belleza. El monje adulto, conmovido por el desconcierto de la joven, se inclina ante ella y la coge en sus brazos para cruzarla a la otra orilla. Cruzan el río en silencio vadeándolo por los lugares adecuados para evitar los rápidos. La joven esconde su cabeza en el hombro del monje temerosa de ser arrastrada por el río y no poder llegar a su destino.
Al llegar a la otra orilla, el monje la deposita con suavidad sobre la arena, se inclina ante ella con una sonrisa y prosigue su camino. El monje joven continua sin atreverse a alzar la mirada, desconcertado por tanta hermosura y por la libertad de la joven.
Prosiguen caminando en silencio pero el monje mayor se da cuenta de que el joven va taciturno y tenso. Con los ojos fijos en el camino no alza sus ojos ni para contemplar el cielo, ni los árboles ni las flores de los campos. No parece percibir el canto de los pájaros y, durante el descanso, junto a la fuente, bebe deprisa y se retira con gesto hosco.
Al caer el día, los monjes llegan a las puertas del monasterio que los va a acoger por esa noche y el joven, no pudiendo resistir más, le dice al monje venerable.
- ¿Cómo es posible que esta mañana hayas cogido en tus brazos a una mujer tan hermosa?
- El monje mayor le sonríe y responde: “Yo la dejé sobre la otra orilla mientras que tú la has llevado sobre ti durante todo el día”.

Nesemu