J. C. García Fajardo |
![]() Cuaderno de Bitácora sobre Mundo actual y Sabiduría universal.
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“13 banqueros”, Simón Jonson, (pendiente edición para España) En un interesante comentario a este libro, Joaquín Estefanía, se plantea “quién manda, si políticos elegidos o ejecutivos de la banca”. Simon Johnson es un prestigioso economista norteamericano que da clases en la escuela de negocios del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional y acaba de publicar un libro titulado 13 banqueros que es una de las críticas más despiadadas a la banca de inversión desde el corazón del sistema, por su papel en la crisis financiera. José Carlos Gª Fajardo Dueños del fuego: Herreros y caldereros (II) El herrero divino tiene relaciones con la música y el canto. No es extraño que, en tantas sociedades, los herreros y caldereros sean también músicos, bailaores y cantaores, magos y echadores de la buenaventura, que practican el nomadismo y que se asientan en las afueras de las ciudades. Nuestros zíngaros y gitanos modernos. ¿Qué mueve a un hombre a salir de su casa y echarse a andar? La conciencia de que toda la Tierra es sagrada y puede acogerlo como un hogar sin límites. Durante la Edad Media había edictos por los que se prohibía a los gitanos acampar dentro de las murallas de las ciudades, más que por prejuicios raciales, por temor a sus prácticas como caldereros, nigromantes y adivinos. Ellos cultivaban el fuego en las herrerías, lo contemplaban y pasaban las noches en sus campamentos alimentándolo mientras cantaban y bailaban. Todo un componente de desasosiego en gentes dominadas por la magia blanca de prácticas religiosas impotentes ante lo que les decían que era magia negra, porque no la podían controlar sus sacerdotes. Miles de años más tarde, los alquimistas serían perseguidos como brujos y llevados a la hoguera. En muchos lugares de África, el herrero, amado y temido, solía ocupar el puesto de jefe del poblado con capacidades de sanador y de mago. En cambio, entre los tuaregs, los masai o los somalíes se les relegaba al fin de la escala social; pero siempre libres. Inimaginable un herrero esclavo. Entre los yorubas, de Nigeria, cuando se iban a fundir objetos de gran tamaño y sobre todo en la técnica de la “cera perdida”, nadie osaría comenzar sin rituales previos para prevenir explosiones y roturas. Los ogbonis practican ayunos y la abstinencia sexual, así como sacrificios rituales en los días previos a la fundición del latón, tan estimado en sus esculturas. Y si habían tenido alguna polución, voluntaria o nocturna, procedían a purificaciones rituales. Al fin y al cabo, el semen tenía mucho que ver con el mineral que se extraía de la tierra así como con los metales fundidos. En bastantes pueblos americanos, como los quimbayas, se entendía que el oro era como el semen de la tierra. Por eso, una vez utilizados los objetos de oro por los chamanes, se volvían a enterrar para que “madurasen”; con gran desesperación de los conquistadores en sus rapiñas. El herrero mantiene buenas relaciones con los espíritus que le asesoran en la recogida de plantas medicinales. Pasando tantas horas en la selva, y en espera de que los hornos realicen su cometido, no es extraño que estén familiarizados con plantas y animales, así como con los cazadores tenidos por magos o brujos en muchísimas tradiciones. Por eso mantiene el secreto sobre los venenos y sus antídotos y dirige las ceremonias rituales del poblado, entierros, iniciaciones de paso en las que realiza las circuncisiones de los jóvenes o los tatuajes de los bebés para alejar a los malos espíritus. Esta implicación en la vida de la comunidad hace de él el genealogista, mediador en los conflictos, intermediario matrimonial y consejero conyugal; o remediador de mujeres estériles, pues solían tener buenos bíceps y estar bien dotados. No se concibe un metalúrgico castrado o equívoco. Los talleres de los herreros son lugares de trabajo pero también una especie de santuarios que inspiran temor, fascinación y respeto. En no pocas etnias africanas, se hace remontar sus orígenes a un individuo extraordinario, un rey-herrero que proveía de armas y de utensilios para la agricultura. Desde la infancia a la tumba, los objetos de metal protegen, salvan, defienden y adornan a los seres humanos transformándolos en obras de arte. Pero, por encima y más allá de los límites de la existencia, hunden sus raíces en los mitos que sustentan los imaginarios colectivos. J. C. Gª Fajardo “Oraita. Cuentos jasídicos”, de Mario Satz (Miraguano Ed. 2007, 185 pp) Nuestro interés por lo espiritual es mucho más profundo de lo que parece y alcanzamos a percibir lo mismo bajo la máscara de lo distinto, escribe el autor. Tanto como el sufismo o el zen, el jasidismo tiene algo que decir a nuestra época. Tras la racionalidad de los ordenadores, y para reforzar nuestro relegado hemisferio soñador, medio cerebro se dedica a recuperar lo que la otra mitad intenta destruir. La tradición jasídica arranca del Rabí Bahal-Shem Tob, hombre de extraño magnetismo, conocedor de bosques y pájaros; acarreador de arena y aguador, muy pronto destacó por su fervor y su capacidad sanadora. Su mensaje arranca desde un oscuro villorrio entre Polonia y Turquía en el siglo XVIII. Oraita, palabra aramea de uso popular entre estudiantes del Talmud y la Kábala, significa “La Ley es luz”. Oración de sombra y luz, este resplandor preexistente es el objetivo de los discípulos. En el taoísmo chino, en el budismo japonés o en el sufismo persa hay planteamientos similares. Un koan o una enseñanza zen puede llegarnos por medio de un haikú del XVII, del gran Basho, pero el discípulo deberá resolverlo con ayuda de un maestro. De igual manera un relato sufí de un genio del siglo X será revivido por un discípulo del siglo XX. Para su propia desgracia, escribe Satz, el cristianismo se interrumpió de su corriente patrística, dialógica y abierta. El valor reconocido en las tradiciones citadas a la iniciativa individual difiere de la sujeción católica a la infalibilidad papal o de la sequedad protestante, a interpretaciones islámicas o judaicas intransigentes. Bajo el título Oraita, se ofrecen historias, anécdotas y apólogos pertenecientes a la revolución espiritual protagonizada por el jasidismo, el apasionado movimiento religioso que floreció en Europa central y aún pervive en nuestros días. Se trata de relatos breves, directos, luminosos que apuntan al corazón del lector. Verdaderos iconoclastas de las formas (como los taoístas, budistas o sufíes), los maestros jasídicos fueron un canto vivo a la libertad, al buen humor y a la más profunda espiritualidad. “Es nuestro imperioso deber estar siempre alegres”, solían decir los maestros de esta corriente mística hebrea, de extracción popular, iletrada y cándida, opuesta en sus concepciones vitales a la tradición más ortodoxa del rabinismo talmúdico clásico. El Bahal Shem-Tob inyectó en el corazón de su pueblo vilipendiado, ultrajado, y expulsado, la esperanza loca de la alegría porque sí, contra toda dureza y negra perspectiva. Aquellos jasidim del siglo XVIII fueron hombres de oficios sencillos: zapateros, tenderos, curtidores, tratantes de ganado, herreros, vendedores de té y hasta estudiantes de universidad que, decepcionados por la frialdad académica, volvían al redil hebreo para agregar su chispa al fuego común y primigenio. Es delicioso constatar que también entre los maestros del Tao chino o del zen japonés, los trabajos más humildes no impedían el más alto nivel de aprendizaje. El Rabí Jesús de Nazaret fue un humilde artesano judío que alcanzó la plenitud de la sabiduría y de la humanidad. Nuestro siglo ha conocido, a la manera de Confucio en el siglo V a. de C., tres grandes recopiladores y estudiosos de sus tradiciones recuperando la sabiduría perenne que las informa: Martín Buber para el judaísmo, D.T. Suzuki para el zen e Idries Shah para el sufismo. Los tres parecen ser felizmente prófugos de toda ortodoxia y de todo sectarismo La edición ha sido realizada por el filólogo y escritor Mario Satz (Argentina, 1944) editada, como de costumbre, con la delicadeza y profesionalidad de Miraguano Ediciones y dirigida por esa persona extraordinaria y sensible que es José J. Fuente del Pilar. J. C. Gª Fajardo Cientos de jóvenes ofrecen su esperma a parejas infértiles en Internet. Los médicos dicen que es muy difícil culminar un proceso de reproducción asistida sin el apoyo de una clínica especializada, escribe Vanessa Pi en un interesante reportaje. El tema era un lugar común de conversación hace medio siglo en el campus y se aventuraba que algún día nuestro esperma también sería rentable. Antes, se iban a sacar unos cuartos y un bocadillo con las donaciones de sangre; existían subterfugios para despistar a los controladores que exigían un plazo entre las donaciones. Pero el hambre apretaba. Hoy día eso es imposible gracias a controles digitalizados. Sobre la sangre ya conocemos lo que pensaban algunas tradiciones religiosas, por permanecían en el tabú de la sangre como fuente de vida. Todavía los Testigos de Jehová prefieren dejarse morir antes que someterse a una transfusión. Cuando se pudo donar semen en clínicas especializadas, sin bocadillo, pero con una retribución para compensar “tiempo perdido, desplazamientos y molestias físicas” todo cambió. Vamos, que Aute modificará lo de “los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas”. Impresiona que algunos hagan de los fluidos corporales otra bizanciada como la del utroque cuando tenemos millones de personas muriéndose de hambre. Se estudia la posibilidad de mejorar la actual compensación de donantes de gametos (espermatozoides y óvulos), hasta 900 euros por donación las mujeres y 60 por muestra los hombres. Como no hay color, algunos se agencian para saltarse la norma de donar una vez por semana y dicen que lo han hecho “hasta tres”. Cita la autora a un joven que ha donado su esperma hasta 40 veces, no sólo por el dinero sino por la oportunidad de hacerse análisis exhaustivos gratis. Porque, con todo ese trajín, nunca se sabe. Cuando hay poco que perder, uno es capaz de aferrarse a un clavo ardiendo, escribe, y nunca mejor empleado el dicho popular. Y qué clavo. El problema se incrementa con el número de parejas que buscan remedio a su problema. Mayor número de parejas sin hijos que se han sometido a numerosas sustancias anticonceptivas, posponen los embarazos a “tiempos mejores”, dietas y estrés insoportables. El número de donantes por Internet alcanza cifras notables, y sostienen que la donación se lleva a cabo sin acostarse el donante con la mujer sino mediante técnicas de inseminación artesana. Estos buenos samaritanos se ofrecen para ayudar a quienes no pueden pagarse un tratamiento de fertilidad ni a que su hijo proceda de un banco de semen. Les parecerá más natural tenerlo de esa forma que, aunque no es tan segura como la de las clínicas, sí puede ser eficaz. Es de prever el lobby de esas clínicas contra prácticas tan rústicas y manipuladas. Aun recuerdo que, en Teología Moral, para permitir que se pudiera analizar clínicamente el semen de un marido era obligado utilizar con la esposa un condón agujereado, y esforzarse por no gozar con el placer. Su secular obsesión. Cita Vanessa un caso divertido, “Hola, yo estoy donando semen. Tengo 20 años, si alguna pareja no tiene dinero suficiente y el hombre es el afectado, no me importa hacer la contribución. Ah, soy español. Venga, besos...”. Para acceder basta con introducir: “Ganar dinero con semen”. Generosidad a raudales de los “onanistas solidarios” y “sin fronteras”, como se proclaman. Entre 18 y 30 años, sano y fuerte, anonimato, contrato seis meses, 24 eyaculaciones y tres días de abstinencia sexual. El anonimato funciona como en los trasplantes de órganos, aunque los explícitos ficheros de donantes que guardan las clínicas podrían llegar a ser bombas de relojería. Si llamo la atención sobre estos hechos, que como las llamadas “drogas” dejarán de serlo si media algún laboratorio, es para afirmar que nadie está obligado a divorciarse, o a casarse con persona de su mismo sexo, o a interrumpir un embarazo no deseado, porque esté legislado para prevenir males mayores. Igual sucede con los nuevos modelos de familias, ya que si lo que les incendia es que peligran las demografías católicas que pongan a funcionar claramente al batallón de reserva por el arcaico celibato obligatorio. Los países empobrecidos son ajenos a estos problemas, pero en los ricos y decadentes cada vez parecen menos manejables. Hasta que las farmacéuticas dispensen gametos a la carta, previa receta. ¿Se imaginan? Hace medio siglo estas especulaciones se consideraban propias de enloquecidos regímenes totalitarios: eugenesia y selección. Pero así como los Estados se transforman o desaparecen por las guerras y los errores, las civilizaciones se hunden por abandono de valores y decadencia. José Carlos García Fajardo Riesgo de saturación en el voluntario social Así como la intensidad de una amistad no se mide por el tiempo que se pasa con el amigo, la intensidad y la calidad del voluntariado social no se pueden medir por la cantidad de horas invertidas a lo largo de la semana. Invertir más tiempo del recomendable supone un riesgo de saturación, sobre todo cuando el voluntario acaba de comenzar su labor. Con frecuencia, este exceso impide encajar el voluntariado entre las ocupaciones habituales. Por eso, es más importante establecer compromisos realistas que permitan la dedicación total del voluntario durante sus horas de servicio. A veces, hay miembros de nuestra familia o de nuestro entorno que no están de acuerdo con nuestra labor, o simplemente les resulta indiferente. En estos casos, conviene no llevar las cuestiones del voluntariado a estos entornos y canalizar la relación voluntario-usuario a través de la organización, sin dar datos personales. Si el voluntario diera su teléfono o su dirección o llevase al beneficiario de su servicio a su casa podría suponer ciertos riesgos. Sobre todo, se arriesga a prolongar los problemas hasta el domicilio. Muchas veces, las personas atendidas o acompañadas en servicios de voluntariado tienen serias carencias afectivas que pueden volcar en el voluntario. De esta manera, es frecuente que personas mayores atendidas por programas de acompañamiento a domicilio llamen al voluntario para todo. Incluso llegan a pedir colaboraciones como excusa para hablar un rato con alguien. Todo esto puede saturar al voluntario social. Para garantizar la eficacia del servicio, el voluntario debe ver los problemas con perspectiva y saber que él es una pieza más en un proceso de reinserción o en la resolución de un problema. Algunos voluntarios confunden lo urgente con lo importante cuando piensan que una labor de reinserción social debe hacerse de manera inmediata en lugar de conducirla despacio y de manera sólida. Una persona sin hogar que lleva quince años en la calle no puede pasar de la noche a la mañana a vivir una situación de completa normalidad. La implicación intensa para conseguir resultados a corto plazo puede conducir a la decepción del voluntario o a renunciar a resultados más firmes, aunque a más largo plazo. J. C. Gª Fajardo “Oraita. Cuentos jasídicos”, Mario Satz. Miraguano Ed. 2007, 185 pp. Nuestro interés por lo espiritual es mucho más profundo de lo que parece y alcanzamos a percibir lo mismo bajo la más cara de lo distinto, escribe el autor. Tanto como el sufismo o el zen, el jasidismo tiene algo que decir a nuestra época. Tras la racionalidad de los ordenadores, y para reforzar nuestro relegado hemisferio soñador, medio cerebro se dedica a recuperar lo que el otro medio intenta destruir. La tradición jasídica arranca del Rabí Bahal-Shem Tob, hombre extraño magnetismo, conocedor de bosques y pájaros; acarreador de arena y aguador muy pronto destacó por su fervor y su capacidad sanadora. Su mensaje arranca desde un oscuro villorrio entre Polonia y Turquía en el siglo XVIII. Oraita, palabra aramea de uso popular entre estudiantes del Talmud y la Kábala, significa “La Ley es luz”. Oración de sombra y luz este resplandor preexistente es el objetivo de los discípulos. En el taoísmo chino, en el budismo japonés o en el sufismo persa hay planteamientos similares. Un koan o una enseñanza zen puede llegarnos por medio de un haikú del XVII, del gran Basho, pero el discípulo deberá resolverlo con ayuda de un maestro. De igual manera un relato sufí de un genio del siglo X será revivido por un discípulo del siglo XX. Para su propia desgracia, escribe Satz, el cristianismo se interrumpió de su corriente patrística, dialógica y abierta. El valor reconocido en las tradiciones citadas a la iniciativa individual difiere de la sujeción católica a la infalibilidad papal o de la sequedad protestante, a interpretaciones islámicas o judaicas intransigentes. Bajo el título Oraita, se ofrecen historias, anécdotas y apólogos pertenecientes a la revolución espiritual protagonizada por el jasidismo, el apasionado movimiento religioso que floreció en Europa central y aún pervive en nuestros días. Se trata de relatos breves, directos, luminosos que apuntan al corazón del lector. Verdaderos iconoclastas de las formas (como los taoístas, budistas o sufíes), los maestros jasídicos fueron un canto vivo a la libertad, al buen humor y a la más profunda espiritualidad. “Es nuestro imperioso deber estar siempre alegres”, solían decir los maestros de esta corriente mística hebrea, de extracción popular, iletrada y cándida, opuesta en sus concepciones vitales a la tradición más ortodoxa del rabinismo talmúdico clásico. El Bahal Shem-Tob inyectó en el corazón de su pueblo vilipendiado, ultrajado, y expulsado la esperanza loca de la alegría porque sí, contra toda dureza y negra perspectiva. Aquellos jasidim del siglo XVIII fueron hombres de oficios sencillos: zapateros, tenderos, curtidores, tratantes de ganado, herreros, vendedores de té y hasta estudiantes de universidad que decepcionados por la frialdad académica volvían al redil hebreo para agregar su chispa al fuego común y primigenio. Es delicioso constatar que también entre los maestros del Tao chino o del zen japonés, los trabajos más humildes no impedían el más alto nivel de aprendizaje. El Rabí Jesús de Nazaret fue un humilde artesano judío que alcanzó la plenitud de la sabiduría y de la humanidad. Nuestro siglo ha conocido, a la manera de Confucio en el siglo V a. de C., tres grandes recopiladores y estudiosos de sus tradiciones recuperando la sabiduría perenne que las informa: Martín Buber para el judaísmo, D.T. Suzuki para el zen e Idries Shah para el sufismo. Los tres parecen ser felizmente prófugos de toda ortodoxia y de todo sectarismo La edición ha sido realizada por el filólogo y escritor Mario Satz, Argentina, 1944) editada, como de costumbre, con la delicadeza y profesionalidad de Miraguano Ediciones y dirigida por esa persona extraordinaria y sensible que es José J. Fuente del Pilar. José Carlos Gª Fajardo Amigos, me podéis encontrar en facebook "José Carlos García Fajardo" o tb "Centro Colaboraciones Solidarias" Como muchosd ya sabéis, mantengo otro blog más actualizado en: lacomunidad.elpais.com/jubilateria |
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