J. C. García Fajardo |
![]() Cuaderno de Bitácora sobre Mundo actual y Sabiduría universal.
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Cada día hay en promedio casi tres mil personas que ponen fin a su vida, y veinte intentan suicidarse por cada una que lo consigue. Cada hora, ciento veinticinco personas ponen fin a su vida, más de dos personas por minuto. Datos de la Organización Mundial de la Salud, (OMS). Hablamos de suicidios verificados, no de los camuflados en “accidentes”, previa ingestión de drogas, de alcohol o de broncas emocionales insoportables que conducen a pisar el acelerador sin freno. Está entre las tres primeras causas mundiales de muerte en personas de entre 15 y 44 años, pero el sector que presenta mayor riesgo es el de los adolescentes. Entre poblaciones rurales, son las personas de edad que ya no se sienten útiles, ni necesitadas, ni queridas. También existen “suicidios” enmascarados en el abandono de tratamientos médicos, para “hacer pagar culpas a la familia”. ¿Sabe alguien cuántos soldados se han dejado morir por no poder soportar la tensión inhumana de una confrontación absurda? ¿Hay suicidio más eficaz que dejarse matar por el “enemigo”, y encima sin “deshonor” ante la familia pues te los rinden militares? ¿Acaso en la guerra de Vietnam, la droga no se distribuía desde la propia intendencia? Para el año 2020, la OMS prevé que el número de muertes por suicidio en el mundo superará el millón y medio. Por ello, es tan importante tratarla como corresponde. Con una aproximación psicológicamente cálida, acogedora, tranquilizadora. Y con el arsenal terapéutico, realmente efectivo, que tenemos a nuestra disposición. Y con tiempo, paciencia, con ese sumergirse en el drama del enfermo. Recordemos que "asistir" (assistere) es, "estar al lado del otro". Los profesionales que trabajan en la prevención de los suicidios, insisten en que se trata de muertes evitables que, en algunos países, alcanzan a 10,4 por cada cien mil habitantes y, entre los adolescentes, el riesgo es del 30% por la misma proporción. Ya sabemos que el suicidio se ha convertido en un tabú tan fuerte como el incesto o, hasta hace poco, las denominadas “desviaciones” sexuales, como la homosexualidad. Como fue tabú durante siglos tratar de la pedofilia, pederastia o, como ahora prefiere denominar el Vaticano para las experiencias de sus clérigos, “efebofilia”, es decir, atracción por jóvenes de 11 a 17 años. Hasta en el Libro de estilo de muchos medios de comunicación se reglamenta la publicación de estas noticias, “porque pueden provocar estímulo de imitación”. La OMS pide mejorar la educación en el tema, reducir la estigmatización y aumentar la conciencia de que el suicidio es prevenible. Todavía, en muchas legislaciones, el intento de suicidio se castiga como delito. Y a un enfermo no se le lleva al paredón, se le cura y después se le fusila. La Iglesia católica y otras religiones, castigaban al suicida con la prohibición de ser enterrado en “tierra sagrada”. Con el progreso en la conciencia de una mayor libertad y responsabilidad, se han avenido con el subterfugio de que “no sabían lo que hacían”, “locura transitoria”, “fuera de sí, “enajenados”. No hay más que ver las dificultades que tiene un enfermo terminal para tener una muerte digna, mediante suicidio asistido, o mediante eutanasia positiva, por compasión y por justicia. ¿Tanto cuesta reconocer el derecho a disponer de la propia vida? ¿Alguien nos ha pedido permiso para nacer? ¿Pueden imponerse manu militari ideologías que parten de peticiones de principio, de falsas premisas y de un fanatismo que condena a vivir, como durante siglos bendijeron las condenas a morir? Partiendo del reconocimiento de este derecho inalienable, es necesario prevenir las decisiones fatales que podrían evitarse mediante atención médica y psicológica, comprensión y tratamiento, información adecuada y medios eficaces al alcance de enfermos depresivos, alcoholismo, drogadicción y esquizofrenia. Adolescentes que no asumen su realidad sexual, o de ancianos sin medios para vivir con dignidad porque la sociedad se lo debe siempre ya que las cosas no son de su dueño sino del que las necesita. Y aunque la vida no tuviera sentido tiene que tener sentido vivir, pero con dignidad y sin padecimientos insoportables. No vamos de la vida hacia la muerte, sino hacia la felicidad de saberse uno mismo, libre y responsable. José Carlos Gª Fajardo Me anonada la situación social, económica y política, reflejada en los medios. Los políticos se insultan y descalifican, no aceptan un diálogo ni asumen un error, sestean en el Congreso y son capaces de sostener una tesis y su contraria, según se trate de su partido o de los demás. Mienten, niegan las evidencias de corrupciones que les atañen, no son coherentes con sus programas y utilizan los medios como armas arrojadizas. A mi edad, y después de medio siglo de trabajo en la universidad, en la sociedad y en los medios de comunicación, me siento defraudado por el sectarismo de muchos de estos y por la insoportable perversión del ejercicio del poder político. J C Gª Fajardo Ya hace cuatro meses, me ocupé de la gripe A analizando la información que EL PAÍS publicó durante una semana a razón de seis páginas diarias. He vuelto a hacer lo mismo ahora y, tras 10 días de seguimiento, me veo obligado a concluir: no entiendo cómo EL PAÍS puede dedicar por tantos días tanto espacio a este tema. En su diario se afirma por activa y pasiva la universalidad de esta primera pandemia del siglo XXI con consecuencias y efectos devastadores, que hace que la sociedad y Gobierno deban prepararse para combatirla mediante reserva de vacunas para el 60% de la población. Por otra parte, y contradictoriamente, se reitera que la gripe A tiene síntomas muy leves, es mucho más benigna que la gripe común y nos podemos inmunizar contra ella en casa mediante antivirales que ya existen. Y si, además, no está probado que ella se haya cobrado ninguna víctima directa y si los países del hemisferio sur, sin descartar a México, donde más se temía su expansión se han olvidado de ella acuciados por otros problemas más serios de salud, economía y política, ¿por qué tanta alarma y tanta demora en fabricar la vacuna en Europa mientras China ya la tiene lista para un porcentaje limitado del 0,6% de la población? ¿Por qué tanta movilización de recursos, instituciones y medios de comunicación para hacerla adquirir y aplicarla precisamente en Europa? ¿Es acaso aquí donde las industrias farmacéuticas, avaladas pomposamente por la OMS, han visto que pueden manipular, vender y hacer su negocio? ¿Ocurrirá de nuevo lo que ya ocurrió con la peste aviar en el 2005. Benjamín Forcano Siéntese ahí mientras doblo estas cosas. Hace muchos años, cuando empezamos en la ONG, como no teníamos horarios y empleados, recibía a las visitas cerrando sobres, y animando al visitante, periodista, profesor o empresario, a doblar el paquete que le ponía delante, y les decía con una sonrisa “Se habla mejor mientras tenemos las manos ocupadas” Pues bien, no hace más de un año, le sucedió algo que nos contó en el jardín de Cantarrans, mientras metíamos flores de Lavanda en bolsitas para que los ancianos las pusieran entre sus ropas en los armarios. Sí, cosas así sucedían a menudo y ya no nos extrañábamos. ¿Que qué ancianos? Pues los que fueran, en esa ocasión eran para un asilo con casi dos centenares de ancianos y de madres solteras, que encontró en Pozuelo. ¿Pues de dónde iba a coger las flores? De los jardines de la universidad cuando ya comenzaban a secarse, en septiembre. Otras veces lo hacía con el romero o con lo que fuera. Ah, no. Decía que las cosas no eran de su dueño sino del que las necesitaba y, además, ¿quién es el dueño de la universidad?, preguntaba retóricamente, pues nosotros, profesores, alumnos y quienes trabajan aquí. Bueno, eso sí, a sus amigos, a veces nos regalaba esas bolsitas que había cosido su mujer, pero siempre después de haber enviado las primeras a algún ancianato u hospital con enfermos de larga duración. Y yo qué voy a saber. Decía que las personas mayores que visitábamos a veces “olían a viejo”, como le dijo un día una niña refiriéndose a un anciano. Y él quería ocuparse de esas cosas pequeñas, como que oliesen bien sus ropas o que tuvieran plantas para que las cuidaran. Que se nos va la olla, volvamos a lo nuestro, ese día contó: “Ahora hago gimnasia y ejercicios todos los días antes de venir a trabajar, si pierdo algún día me he propuesto sacar esas horas del sábado o del domingo. Habían anunciado en mi barrio la apertura de un centro deportivo municipal y que se atenderían las solicitudes por orden de inscripción. A mis años, caí en la trampa e hice cola un sábado por la mañana porque era en mi propia calle. Aproveché la cola para hacer amigos y enterarme de novedades. Quienes me conocen saben que no me gustan las colas y que prefiero renunciar a un evento si tengo que esperar demasiado. Como se escribió de Cicerón, “era incapaz de hacer antesala”, y por eso acabó como acabó. En aquella ocasión, hice cola porque, era una buena concesión del ayuntamiento de mi pueblo a una cadena de gimnasios, spas, piscina etc. avalada por su seriedad. Conseguimos inscribirnos, previo pago de una cantidad por la reserva. Al cabo de cuatro meses dijeron que podíamos hacernos socios previo certificado de empadronamiento y pago de matrícula y del primer mes. Pero, pasados dos meses, todavía no estaba en pleno funcionamiento y, encima, mis problemas cardiológicos me ayudaron a rajarme, a pesar de que el médico me decía que era necesario que hiciera el ejercicio adecuado. Me di de baja, convenciéndome a mí mismo de que, si paseaba todos los días dos horas, ya cumplía con lo del ejercicio. Además. Como dentro de unos meses ya se abría la piscina de nuestra urbanización pues, ya estaba. Ya, ya. En la piscina habré nadado cuatro veces, en casi cuatro meses, aunque a veces iba con un libro para sentarme a leer sobre el césped, y luego nadaría. Igual sucedió con los paseos de dos horas, por fas o por nefas, no he sido constante. Me alarmé cuando, no sólo no bajaba de los 100 kilos, restringiendo algo la dieta, sino que cada vez me sentía más torpe y menos ágil. Que lo pensaba antes de levantarme e ir a buscarlo, que me inventaba argucias para no caminar lo suficiente. Le daba vueltas a estas cosas, así como a lo que me costaba sentarme para el Zen, que había ido dejando, como el Taichí, por una u otra excusa. Siempre he hecho mucho deporte: montaña, natación, equitación, tenis, golf… ¿por qué me había ido dejando? Y ya es sabido que los deportistas, cuando aflojan, parecen recuperar rápido los kilos perdidos así como la elasticidad adquirida y conservada durante años. Aunque la hubiera ido adaptando con la edad y cambiado de actividad deportiva. No hay peor consejero que uno mismo. Nuestra capacidad para justificarnos, racionalizar miserablemente y auto engañarnos es inmensa. Lo hemos leído en los libros, lo hemos escuchado en conferencias y hasta hemos hablado en público sobre el tema sin el menor rubor. Hasta que hace unos días, dije: “¡Hasta aquí hemos llegado!” (Como una amiga mía que no dominaba el inglés, y cuyo marido fue destinado en Nueva York. Ya de vuelta en España, un día nos comentó que lo peor había sido el servicio, que la cocinera, como era mejicana, funcionaba bien pero que el butler, un negro muy buen profesional y recomendado, pero que “sólo” hablaba inglés, no seguía sus instrucciones y se le hizo insoportable: “Hasta que un día, me armé de valor y le dije: ¡Hasta aquí hemos llegado, George!” (En EEUU, en ciertos ambientes, llevan siglos dirigiéndose a los negros con ese nombre, se llamen como se llamen. Aún recuerdo que, en un viaje en coche cama, le pregunté al empleado de WL que me atendía por su nombre. Se sonrió y me dijo “George, señor, como todos”. En los países árabe musulmanes, a las mujeres del servicio se les llama “Fátima”, sin más, mientras que a los hombres, “Mohammed”, sea cual sea el suyo.) Entonces, el marido, un buen abogado internacional y con un sentido del humor, a veces más que irónico, le dijo, así como si nada: “¿Y cómo se lo dijiste, querida?” “¿Qué cómo se lo dije? Pues como es debido: “Until here we can arrive!” Sobran comentarios, porque me he desviado algo de lo que quería contar: La otra tarde recibí un SMS en el que el Club me animaba a reactivar mi inscripción… Y miren que yo desconfío de la eficacia de “esos SMS que son verdaderos spam inútiles…”, pues bien, regresábamos de disfrutar con el delicioso debate entre el anciano Descartes y el joven Pascal y, al pasar ante las instalaciones del Body Center, a 200 metros de nuestra casa, metí el coche en su aparcamiento y entré muy decidido. Mi mujer, me preguntó, sin sorna alguna: “¿Vas a venir al gimnasio?” “Creo que es muy conveniente que vengamos los dos porque… “, le respondí, utilizando ese plural a veces tan conveniente. En fin, salimos de allí con todo firmado y el compromiso de incorporarme al día siguiente. A las ocho de la mañana ya estaba allí perfectamente equipado, hablé con el monitor (dos metros de alto, metro y medio de ancho y un peso en acero de unos doscientos kilos) una persona educada e inteligente que debía estar avezado a tratar con especimenes como el que suscribe, estamos acostumbrados a mandar, con una alta opinión de nosotros mismos, a quienes nos venían achaques como a nadie en el mundo, que teníamos que echar por delante los caballos de cómo le podían suceder estas cosas a una persona que había practicado tanto deporte etc. Imagínense el resto, hasta que al final, le dije: “Ayúdeme y cuide de mi”. Eso sí, añadí “por favor” Aquel armario de cuatro cuerpos habló con suavidad, comprensión y complicidad, me animó, sacó una ficha amarilla de casi medio metro y fue haciéndome una tabla de ejercicios que “iríamos” haciendo suave y progresivamente… Desde hace unos días, camino en la cinta, luego bici estática, todo esto ante un gran ventanal que da sobre espacios verdes, a pesar de unas pantallas de TV de gigante que, felizmente, están en silencio. Después, hago los ejercicios del circuito verde, después los del azul y dicen que aún me queda uno gris. Tiempo de vagar bastante, 34: El tiempo de Galbraith, II "¿Veis el peligro, o mejor, el problema que hay que transformar en desafío? A estas edades tenemos la sensación angustiosa de que el tiempo pasa a una velocidad de vértigo, ya es otoño, ya es navidad, ya está el corte inglés, ese, machacándonos. Pues bien, el peligro está en que, como disponemos de todo el tiempo de un jubilado… necesitamos más que nunca un orden, un cierto programa, unas actividades que nos ocupen y sirvan a los demás, pero también a nosotros mismos para no sucumbir en un desmoronamiento. Que sí, que amenaza y ante el que muchos sucumben haciéndose “invisibles”. Asumir un compromiso, aunque sea con uno mismo, nos ayuda a ser mejor nosotros mismos. "Recuerdo que, hace ya muchos años, me habían contratado una universidad privada y una multinacional de hidrocarburos… - sí, padre, me acuso de haber sucumbido al dinero y vendido mi inteligencia como una suripanta cualquiera - para organizar un Simposium sobre “Calidad de vida y medio ambiente”. Los medios económicos que fueran precisos, no iban a ser escasos, pero había que traer a esa ciudad y a ese simposium, precisamente en esas fechas, a unas 20 personalidades, entre ellas varios premios Nobel, al alcalde de Londres y a los mayores expertos en la materia. "Bueno, pues se hizo, pues, como le dijo un mariscal a Napoleón, (o a Luis XIV), ante una orden casi imposible de llevar a cabo, “Sire, si es posible, está hecho; si es imposible, llevará un poco más de tiempo, pero lo haremos, Sire”. Y lo hicieron. Porque, no sé si conocerían aquella norma de los jesuitas que aprendí en Roma: “Cuando tenga algo realmente urgente, busque a la persona más ocupada y encárgueselo. Esté seguro de que lo hará”. Nunca me ha fallado. "Pues bien, la asociación con este tema vino porque tuve que localizar al profesor John K. Galbraith y supe que estaba trabajando en un libro en una casa que tenían en Suiza. “Pero no pierda el tiempo, profesor, el Dr. Galbraith tiene su agenda comprometida para los próximos tres o cuatro años y no puede aceptar compromiso alguno”, me dijeron en su despacho de la universidad norteamericana. "Para hacer breve la historia. No sé cómo, yo, al poco tiempo, estaba tomando el té en aquella hermosa casa de los Alpes con Galbraith y con su esposa. Por supuesto que el profesor me repitió lo que me dijeron sus ayudantes y fue entonces cuando me dijo: “Cuando yo era joven, como usted, tenía tiempo pero no tenía dinero. Ahora, a mis años, tengo dinero pero no tengo tiempo”. "En fin, que Galbraith vino a Bilbao, a la universidad de Deusto, al Simposium financiado por Petronor y la Gulff Oil Co. Yo sigo sin dinero, y el tiempo se me escapa como agua en un cesto. "Voy a sacar a pasear a este pesado Raitán, y me sentaré con mi mujer para ver a Federer disputándose la final del Open de Nueva York, con ese potro desbocado y poderoso que barrió a nuestro querido Rafa Nadal, que hace aguas por más partes que las físicas, pero esto es otra historia. J C Gª F "El ave canta aunque la rama cruja porque conoce la fuerza de sus alas" Alvaro Cunqueiro “Solo, pues, en el rico viñedo encontró a su padre que acollaba una vid: vestía una sucia túnica de mal ver, con zurcidos; en torno a las piernas llevaba malas grebas de buey por miedo a rasguños y heridas y en las manos golubas, reparo de espinos; cubríase de un pellejo cabruno. El dolor le arreciaba en el alma. Una vez que lo vio el pacientísimo Ulises, de vejez consumido y tomado de pena, ocultose bajo espeso peral y dejó que fluyese su llanto…” (Homero, Odisea, 24) Así comienza esta formidable obra de Robin Lane, con la narración del regreso de Ulises a la casa de su padre. ¿Y qué son nuestras vidas sino el camino de regreso a la casa del padre? El profesor Lane Fox, es fellow del New College de Oxford y catedrático de Historia Antigua en esa universidad, y es, además, un gran narrador. De esta afortunada combinación ha surgido un libro de historia del mundo clásico distinto, que tiene el rigor del buen trabajo académico y la amenidad de un relato que los críticos han dicho que es “increíblemente entretenido” y “más épico que la mejor película de romanos”. Si algo caracteriza a este fascinante recorrido del mundo de la antigüedad clásica, desde Homero a Adriano, es la presencia constante del toque humano: su capacidad de evocar a Sócrates, Alejandro, Cicerón o César y de hablarnos, a la vez, de la vida cotidiana de los ciudadanos, de los últimos días de Pompeya o de los juegos del circo, en unas páginas que nos devuelven el encanto de la mejor narrativa histórica. Contempla 900 años de historia desde la perspectiva que el emperador Adriano, el gran viajero global de aquel tiempo, no pudo haber tenido. Robin Lane parte de que “lo clásico” es “lo de primera clase”, huyendo de los que idealizan el pasado y que no suelen entenderlo: al querer restaurarlo lo mata su cariño. Pienso que ya está bien de someternos a los intereses de las editoriales que lanzan al mercado “best sellers”, porque ellos los han promovido, y rescatar estos libros deliciosos que nos acercan a nuestras raíces. Porque, ¿qué somos nosotros sino grecorromanos, judeocristianos y árabe-musulmanes? J C Gª F Le daba vueltas a estos temas porque quería compartir la desilusión para que no derivara a la frustración. No, eso no, ya sabe usted que era consciente de que un vaso de agua, dado con afecto, bastaba para justificar una existencia. Es como si contribuyeras, decía, a la expansión del cosmos. Claro que yo, a veces, me perdía pero en eso consiste la amistad, también decía, no sólo ni tanto creer a alguien como creer en alguien. Ahí era nada. Se daba cuenta de que, el cambio a la vejez, la toma de conciencia surge con las limitaciones progresivas. Cosas que antes ni sabías que las podías hacer ni tan siquiera que las hacías, comienzan a ser consideradas, “¿la hago o puedo no hacerla?” “¿Y por qué tengo que hacer esto, ahora”, y, sobre todo, “ por qué antes, no me costaba?” Esa fue una fuente de contrariedades que iba mascando en silencio. A veces, se desahogaba y todos trataban de restarle importancia, “a todos les sucede”, “A todos, ¿a quienes? ¿A los viejos?” Nadie nos había preparado, claro que lo sabíamos, lo veíamos en los demás, pero no lo “sabíamos” experiencialmente, y esto es una auténtica cabronada. Eso es, un desvivirse en vida y, para colmo, te van aparcando “para que descanse” “¡Pero si yo no estoy cansado para realizar otras tareas! Si fuera para tirar de un carro…, para eso no creo haberlo estado nunca, para conducirlo, si”… “Ahora, todas estas cosas se alzan ante mí y recuerdo a compañeros jubilados a los que encontrabas en las escaleras, de vez en cuando, en los primeros meses de su jubilación… luego, ya no los veías, porque a nadie le interesaban sus cosas. Todas esas cosas, ahora pesan y como, encima, dispones de todo el tiempo para pensarlas, pues estamos en un círculo vicioso, y ellos sentirían que y ano nos interesaban ellos. Me duele, me duelo.” Usted lo recuerda bien, buscaba sinónimos, reinventaba estrategias para recuperar un nombre o una fecha o algún encuentro. Llegó a un extremo en el que temía no saludar a alguien conocido, o de que no le saludasen porque no lo reconocieran. Ya sabe, transferencias y demás. “Las vejez era esto…” decía, y eso que decía que durante toda la vida había dejado cosas para acometer cuando dispusiera de más tiempo, libros que leer, que escribir, lugares que visitar, cosas que hacer… Se sentía mal cuando recordaba con que inconsciencia había dicho que sólo los tontos de aburrían… y él no se aburría, se sentía desconcertado… porque el tiempo y las cosas se le escapaban de las manos, ¿recuerda? “como agua en un cesto, o como en un sombrero lleno de lluvia, o como las hijas de Niobe, condenadas a traer el agua en cántaros, desde el río, para verterla en una orza con agujeros en su base. Claro, ¡no se llenaba nunca! Y él solía añadir con malicia “¿Recuerdan cómo hemos resuelto la condena del pobre Sísifo? ¡Que se subiera sobre la roca cuando hubiera caído de nuevo desde la cima de la montaña, que sacase su gaita y se pusiera a mear sobre ella! ¿No ven que no había roca, porque no había montaña y porque Sísifo nunca ha existido?” Y se quedaba tan pancho. “Pues la maldad de la condena de Niobe y de sus hijas era que el mito decía que vertían el agua en un gran cántaro sin fondo… ¡qué c… nada! ¡Qué sevicia y qué ganas de fastidiar, por no emplear otro término! Ese, en el que están pensando. Pues, ya que la orza o alcuza tendría agujeros… a alguien de esta clase se le podría y debería ocurrir que los taponasen con barro, bosta de vaca o estopa. No, tenía que ser sin fondo.” Hablaba, a veces, entre su equipo más cercano, de recuperar el Zen, su liberadora disciplina, el vacío, el sansara, la experiencia del satori, la libertad y el humor de los bodishatvas… pero temía que, en esta situación se le convirtieran en vías de escape, en huidas ante una realidad no asumida. No, no, créame, de la religión hacía tiempo que no se ocupaba en lo que a él se refería, aunque sí como ideologías y estructuras esclerotizadas de poder y de codicia, de engaño y de intencionada narcosis. Pero mañana seguimos, porque ahora tengo cosas que hacer… Sí, por ejemplo, cambiar el curso del agua en las acequias. ¿Qué no sabe cómo se hace? Venga que lo aprende en un pis pás. Claro, si está dispuesto a meter los pies en el fango. J J Gª F |