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J. C. García Fajardo

Sugiero la lectura del artículo del Prof. Paul Kennedy que publica El País

http://www.elpais.es/articuloCompleto/opinion/intervenir/Darfur/retirarse/Irak/elpepiopi/20061101elpepiopi_6/Tes/

(Por si no podéis abrirlo, lo copio aunque haga de este blog un disparate de tamaño:Tuvo algo de conmovedor y anticuado el discurso que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, pronunció el pasado agosto ante la Legión Americana en Salt Lake City y en el que prácticamente acusó a los partidarios de "salir corriendo" de Irak de pertenecer a la tradición, tristemente famosa, de las políticas de apaciguamiento de Neville Chamberlain en los años treinta.

¿Por qué "anticuado"? Porque, como han descubierto los estudiosos del periodo de entreguerras, la distinción tajante que hace Rumsfeld entre los cobardes apaciguadores y los valientes anti-apaciguadores (invocó el nombre de Winston Churchill) no sirve de mucho. Las cosas son mucho más complicadas.

Durante aquella triste década, las democracias occidentales se enfrentaban a un triple desafío, la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón nacionalista. Pero el hecho de que Occidente acabara en guerra contra los tres no significa que hubiera una división clara entre partidarios y detractores del apaciguamiento. Muchos políticos británicos, asustados por la amenaza que suponía Japón para sus posesiones en Asia, querían mostrarse fuertes y firmes en esa región, pero, sin embargo, estaban dispuestos a dejar que Hitler avanzara hacia el Este, hacia Polonia y Rusia. Otros querían resistir a Alemania pero eran partidarios de pactar con Mussolini. En otras palabras, uno podía estar en contra del apaciguamiento en un caso y a favor en otro. Hasta Churchill pensó que los esfuerzos de Chamberlain para comprar a Mussolini merecían la pena.

No obstante, quizá esas torpes referencias a las crisis de los años treinta nos sean útiles ahora que luchamos por comprender el mundo de hoy, tan caótico como el de entonces, y tratamos de poder juzgar razonablemente en qué casos debe y no debe intervenir la comunidad internacional para detener las agresiones y las violaciones de los derechos humanos.

Hace poco recibí un correo electrónico de un diplomático estadounidense destinado en la capital sudanesa, Jartum; o sea, alguien próximo a las atrocidades de Darfur y a la desagradable tarea de tratar con el régimen criminal del país. Había leído sobre las masivas manifestaciones celebradas en Washington, Londres y otros lugares para pedir la intervención en Sudán, y se preguntaba lo siguiente: ¿hasta qué punto podemos o debemos ser selectivos en estas cuestiones? Al fin y al cabo, sabemos que muchos de los que quieren enviar una fuerza internacional a Darfur tienen una postura muy crítica respecto a la intervención de Estados Unidos en Irak y aspiran a una retirada militar de ese país lo antes posible. Creen que hay que ser cautos en un terreno y enérgicos en otro: apaciguar en el Éufrates y usar la fuerza en el Nilo.

Mi opinión es que la comunidad mundial debería intervenir en Darfur, por mucho que un Gobierno sudanés totalmente corrupto apele de manera nada convincente al principio de no intervención de la Carta de Naciones Unidas. Y también es cierto que he dicho muchas veces que la intervención estadounidense en Irak es una locura de primera categoría y que los norteamericanos debemos encontrar la manera de salir de allí o reducir enormemente nuestra presencia, aunque sea más fácil decirlo que hacerlo. Yo también tengo mis contradicciones.

Casi todos los comentaristas que conozco son partidarios de que haya una intervención internacional en algunos lugares y, al mismo tiempo, aconsejan seriamente que no se haga en otros. Alguien que propugne la intervención en Darfur (es decir, un anti-apaciguador) puede ser partidario de la retirada de Irak y Afganistán (un apaciguador). Alguien deseoso de que enviemos muchas más tropas a Irak puede sentirse incómodo ante la intervención en el Alto Nilo. Lo que para una persona es una cruzada justa, para otra es una intervención absurda.

¿Dónde podemos buscar algo que nos ilumine, unos principios que nos digan cuándo intervenir y cuándo permanecer apartados? Por desgracia, no existe ningún documento así. La Carta de Naciones Unidas, un documento muy astuto, propone que la decisión de intervenir la tome el Consejo de Seguridad caso por caso. Da grandes poderes al Consejo pero deja a sus 15 miembros -sobre todo, a los cinco permanentes con derecho a veto- la facultad de decidir cómo utilizarlos.

Como consecuencia, existen hoy numerosas operaciones militares en terceros países (misiones de paz de la ONU, operaciones de la OTAN, intervenciones unilaterales de Estados Unidos) cuyos diversos propósitos hacen que sean difíciles de entender incluso para los expertos en estos temas.

Pero la Casa Blanca está demasiado obsesionada por su cruzada contra el terrorismo, y su incapacidad de progresar en un Irak que se desintegra le impide reflexionar con claridad sobre esta cuestión general de cuándo es apropiado el intervencionismo.Los europeos críticos, como el presidente francés Jacques Chirac, tienen pocas o ninguna idea positiva. Y el primer ministro británico, Tony Blair, tal vez el que mejor trata de abordar y resolver estos grandes interrogantes, no consigue gran cosa dada su debilidad interna. En cuanto a Rusia y China, se limitan a mirar desde las bandas, aunque tienen cuidado de proteger el principio de no intervención cuando les conviene.

Quizá, pues, vamos a recorrer a trompicones el primer decenio del siglo XXI, sin disfrutar de un nuevo orden mundial ni afrontar una catástrofe mundial de proporciones épicas, sólo interviniendo de vez en cuando en Irak y Afganistán pero apartando la vista de Darfur y Ruanda. Tal vez ha sido siempre así. El gran poeta inglés W. H. Auden llamó a los años treinta "un decenio bajo y deshonesto". ¿Pero ha habido alguna época en la que la opinión política no fuera contradictoria y deshonesta?

No obstante, podríamos reflexionar más sobre estos asuntos y presionar a nuestros políticos para que presten a este problema tan fundamental -¿dónde y por qué debe intervenir la comunidad internacional?- mucha más atención de la que le han prestado hasta ahora. No debemos esperar una respuesta rápida ni sencilla, porque no existe. Pero, si se pide a los gobiernos y los pueblos de nuestro planeta que piensen en la posibilidad de intervenir en el futuro -y se nos va a pedir que lo pensemos una y otra vez-, tal vez quienes defienden la necesidad de actuar en una región y se oponen en otra deban explicar con más claridad los motivos de su postura.

Paul Kennedy es director de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale.

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13 comentarios

Sara Ayllón -

cuando leo cada uno de estos artículos me pregunto, realmente Bush o Blair...cuando llegan a casa y como todo humano se acuestan y piensan, y razonan antes de dormirse...no se les pasarápor la cabeza un: ¿Merece la pena?, o no les rondará una y otra vez las miles de imágenes que los telediarios nos ofrecen una y otra vez...con muertos, muertos y muertos...definitivamente, yo no podría ser Presidenta de los EE.UU.
Un saludo

Elia Pesquera -

El intervencionismo está bien en situaciones determinadas. En otras tal vez es meter un poco la pata. También depende de las intenciones que tenga el país que interviene, si es de verdad por ayudar o por sacar algo a cambio. La retirada total de tropas sería una gran perdida de dinero para Estados Unidos y dejaría el país "tirado en la estacada".

Emma Bernardo -

El consejo de Seguridad de la ONU, con sus cinco países con derecho a veto...¿Cómo es posible poner de acuerdo a esas cinco potencias mundiales cuyos intereses chocan?
Intentar cambiar el derecho a veto por otra fórmula de decisión puede que sea lo más correcto. Sino El Consejo de Seguridad de la ONU seguirá tomando decisiones tan poco acertadas como en Ruanda, donde Estados Unidos bloqueó esa intervención que habría permitido el envio de más Cascos Azules y disminuído la magnitud del genocidio.

Uqbar -

La guerra sirve, la paz es militar
y gira el mundo en contra de la gente
El dinero es libre y el pobre es ilegal
hoy la utopía es un perro verde
La democracia se empeña en olvidar
y nuestra historia la escriben los que mienten
y es cuerdo el que lo entiende y lo justifica
se ve que el loco soy yo
y así voy, loco voy, así voy

Soy un loco que sueña un mundo sin militares
Soy un loco enamorao de la vida

Eduardo Galeano

Eva Losada -

Estoy totalmente de acuerdo en que el intervencionismo es una situación muy delicada, pero ¿hasta qué punto tenemos derecho a meternos en la forma de vida y de organizarse de otros? yo creo que ninguno. De acuerdo que Sadam era un tirano más que vivía con todo tipo de lujos y tenía a su pueblo explotado y sumido en la máxima pobreza, pero la situación en la que se encuentra ahora mismo Irak no es mejor. Supuestamente las tropas solo seguían allí para ayudar a los irakies a organizarse después de todo lo ocurrido, pero ya ha pasado demasiado tiempo y aún siguen allí. Ya va siendo hora de que empiecen a ayudarles de verdad y sin buscar ningún tipo de interés.

Beatriz Ramírez -

Claro que es una situación delicada la del intervencionismo, pero no creo que sea lo mismo haber intervenido en Irak por unas armas que nunca existieron, que intervenir en un país como Sudán donde se está produciendo uno de los mayores genocidios de la historia... Pero parece que si no hay intereses de por medio no nos importa lo más mínimo la vida de los demás.

ojú, ya saltó el levante -

Aquí sí, allí no. Quizá las grandes declaraciones que rigen el mundo sean muy relevantes, pero no dejan estar bajo la voz y el yugo de los que tienen el poder. Quien decide invadir un país crea una teoría, un punto de vista propio de la actualidad, que le lleva a buscar, a veces incluso a inventar justificaciones incrédulas para fundamentar su desición. Es díficil establecer el cómo, cuándo y el porqué. Porque por desgracia el poder decisor, sólo reside en unas cuántas manos, sucias, de tanto urgarse el ombligo. ¿Existe un deber moral por parte de todos los ciudadanitos de a pie, independientemente de su credo, a involucrarse en el jardín del vecino? En mi opinión, sí. Pero no por el bien propio, sino por el bien común, que ha de defender los derechos de los seres humanos, la dignidad del hombre y la mujer. No importa el tipo de organización, ya puedan ser democracias, tribus, o monarquías. Cuando algo va mal en este mundo en el que todo vale, existe una obligación irrefutable de aquellos que se llaman poderosos y de aquellos que se mueren en la miseria (dentro de sus posibles). Una obligación adherida a esa fuente de poder que emergen, y que va más allá de intereses individuales.

Zola -

Cuándo y cómo actúan las fuerzas internacionales ante un conflicto lo sabemos todos: cuando quieren y como les da la gana a alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo de seguridad. Es a lo que lleva que siga existiendo derecho de veto. Es un sinsentido.
Pero, como también advierte el Profesor Kennedy es fundamental que expliquen
el por qué de las intervenciones. Y en el caso de que las explicaciones sean falsas (llámese armas biológicas), que los mentirosos paguen por los crímenes cometidos. Debemos exigirles que ejerzan su poder de decisión de manera que no se olviden de la responsabilidad que tienen sobre sus actos.

Belén -

La unión de "ejército" y "misión humanitaria" en la misma frase es un oxímoron, ¿no?
Todo es más complicado de lo que parece en un principio...

Anónimo -

Con todo el respeto al señor Kennedy, veo una diferencia abismal entre lo que supone la guerra de Irak y lo que significaría una hipotética intervención en Darfur.

Primero porque las misiones humanitarias y apaciguadoras excluyen, en mi opinión, bombardeos, matanza de civiles, torturas y asunción de poderes políticos que no le corresponden. Así mismo, no tienen por objetivo derrocar a un dirigente, sino acabar con un conflicto interno que la administración del país en cuestión es incapaz de resolver.

Por ello, no encuentro ninguna contradicción entre una oposición firme a la intervención en Irak, cuyos supuestos objetivos son, además de poco honestos, bastante dogmáticos y el freno del genocidio en Sudán, cuyo número de víctimas ya se estima en cerca de 2 millones de seres humanos.

Un saludo.

Diego López -

El mundo es una contradicción constante. Me parece que Paul Kennedy tiene razón en que habría que pactar cuándo, cómo y por qué deben actuar las fuerzas internacionales.

Sin embargo, mi postura es que no somos nadie para ir a un país ajeno a imponer nuestra cultura. Por ejemplo, Irak... yo no digo que Sadam fuera bueno, pero ¿ha mejorado algo con la intrusión de los soldaditos americanos salvadores escoltados por los británicos y en su día los españolitos? Desde mi punto de vista, no. No conocía perfectamente cómo era Irak antes de la guerra del sinsentido, pero ahora puedo asegurar que el país está inmerso en un caos y una crisis terrible. Fijaros que una guerra que empezaron tres tarados por intereses poco sociales va a desencadenar en otra guerra, en este caso civil, en Irak. Pobres iraquíes tienen que estar pensando salimos de Guatemala y nos metemos en guatepeor...

No a las guerras, no somos nadie para imponer nada. Con el mundo tan maravilloso que tenemos que poco lo aprovechamos. Los humanos somos idiotas.

Un abrazo.

Estibaliz Ortiz de Orruño -

P.D.: Arriba me olvidé de firmar el comentario. Me gustaría poner siempre Esti al final de todo lo que escribo, pues ese es para mí mi verdadero nombre, mi verdadera identidad. Si ahora debo firmar con mi nombre completo, estoy mandando al traste diecinueve años de reafirmación de mi persona. Todo sea por las normas sociales y los asuntos estos de burocracia.

Estibaliz

Anónimo -

Estoy totalmente de acuerdo en el hecho de que es una situación delicada la del intervencionismo. ¿Hasta qué punto tenemos el derecho de meternos en casas y mentalidades ajenas y hacerles saber que están equivocados, y que somos nosotros los portadores de la verdad absoluta, de la mejor forma de hacer política y de gestionar un país? Es complicado.

Así que, como dice Paul Kennedy en su último párrafo, sólo nos queda la esperanza puesta en nuestros gobernantes, y en su tacto necesario a la hora de cuestiones tan espinosas. Al fin y al cabo, ellos nos representan, y deberían ajustarse a la voluntad del pueblo, y a los derechos humanos recogidos en nuestras constituciones como forma de iniciar tan tortuoso camino
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