Lecturas
Harold Bloom dice que Benito Bush es un fascista
En la deliciosa entrevista que Fernando Castanedo hace a Harold Bloom, en Babelia,podemos leer: 'El único genio de la tradición americana es Walt Whitman'
En su nuevo ensayo, titulado Genios (Anagrama) (Genius en inglés y debería de ser Genio en castellano, más acorde con el contenido del libro) Harold Bloom vuelve a subvertir los esquemas con una clasificación atípica. El crítico neoyorquino no duda en lamentar la desorientación de los estudios literarios actuales en su país y advierte sobre la peligrosa extensión del fascismo en Estados Unidos. Merece la pena leerla entera. Aquí sólo quiero destacar algunas cosas:
'Hay que decirlo: George W. Bush es un fascista Harold Bloom (Nueva York, 2005)
P. ¿Cuál sería el genio de la tradición nortemericana?
R. A ese genio le daría un solo nombre: Walt Whitman. Tanto en su persona como en su máscara, es decir, su otra persona. En el Nuevo Mundo ha habido literatura occidental desde hace ya cuatro siglos, y si echásemos una ojeada a todo lo que se ha escrito en francés, en el Canadá francófono, en portugués en Brasil, en español, tanto en el Caribe como en México, y en toda Latinoamérica, así como en otras lenguas, incluido el yídish, y por supuesto en inglés, superando incluso a William Faulkner, a Herman Melville y a Henry James, no se me ocurre un escritor en ninguna de esas lenguas que alcance la originalidad de Walt Whitman.
P. Genio tiene algo de enciclopédico, con cierta nostalgia, como si algo estuviese a punto de perderse para siempre.
R. Sí, así es. Me parece que cuando se pierde el concepto de genio, que todavía es un concepto vivo en Goethe, cuando se pasa de ahí al primer romanticismo y del primer romanticismo a la literatura del siglo XIX, y de ahí al XX, aunque el siglo XX de repente me resulta tan antiguo como el XIX, cuando se llega a una pérdida de este concepto, en el camino se ha acumulado un poso de tristeza. Si a Goethe le hubieran preguntado por el genio más excelente habría dicho que Shakespeare, y yo mismo diría que nadie llegará a la altura de Shakespeare, Cervantes y Dante. Y hablo de ese poso sin tener en cuenta las tonterías que reinan hoy en el mundo académico anglosajón, en donde el estudio de la literatura ha muerto. Hoy se trata de hacer crítica cultural y de lo que yo llamo resentimiento, que consiste en fijarse en la orientación sexual, el género, o la pigmentación de la piel de un escritor, sin fijarse para nada en su genio, entre otras cosas porque la idea les parece despreciable...
... A mi parecer, basta con tomar a los genios más sobresalientes de cada lengua y ellos se ocuparán de iluminar, definir y explicar sus respectivas historias políticas, sociales y culturales a quienes quieran aprender. Al final me parece una cuestión agonística, de lucha, lo que me recuerda que tal vez la única aportación que yo he hecho en mi vida haya sido la de tratar de reestablecer el sentido antiguo, ateniense, del agón, y hasta en eso me limito a seguir a Nietzsche. Yo, ay, no aporté nada original.
P. Hablando de Nietzsche, usted siempre se ha situado entre el estudio de la literatura y el de la religión, la búsqueda de sabiduría y la búsqueda de representación...
R. Por eso mismo escribí mi penúltimo libro, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, mientras que The Evening Land tratará de la malaise estadounidense. En éste voy a intentar comprender por medio de nuestros escritores más importantes cómo es posible que hayamos llegado a traicionarnos, aunque haya sido sin querer, hasta el punto de tener por presidente a quien en público y en privado llamo nuestro Benito Bush, o Francisco Franco Bush si lo prefiere. Tal vez por eso tengo la impresión de que el libro que voy a escribir versará sobre Jesucristo y Jehová. En cuanto a mi interés por la literatura y la religión, en Poesía y creencia defendí que toda distinción entre literatura sacra y secular no es más que una acción política. Cierta literatura es mejor o peor que otra, puede tener mayor o menor valor estético, y transmite más o menos sabiduría, pero cualquier distinción entre literatura sagrada y secular me parece un fiasco político. Es decir que, como sostuvo Unamuno, las sagradas escrituras españolas son el Quijote, y yo diría que las auténticas sagradas escrituras en lengua inglesa, tan verdaderas como la versión King James de la Biblia, son las obras completas de Shakespeare, del mismo modo que las escrituras estadounidenses son Walt Whitman y que las alemanas no son Lutero, sino Goethe.
P. También sostuvo que la religión estadounidense es una suerte de gnosticismo.
R. Sí. De todos los libros que he escrito La religión americana es el que mayor número de malentendidos provocó. Estuvo descatalogado durante mucho tiempo y se va a reeditar en breve con un epílogo nuevo. Aquel libro se convirtió en un objeto de culto underground. A mí me parece que explica cómo hemos llegado al fascismo que en estos momentos se extiende por Estados Unidos. Hay que decirlo: George W. Bush es un fascista. En este país ahora tenemos un tercio de plutocracia, un tercio de oligarquía y un tercio de teocracia. Por ello nunca tendremos, entre otras cosas, matrimonio gay. Ni en California, en donde el horrible gobernador Schwarzenegger lo va a vetar.
P. ¿Usted diría que ese gnosticismo del que habló entonces subyace a las diferentes expresiones religiosas en Estados Unidos?
R. Para mí todo comenzó en 1801, con el Cane Ridge Revival, el pentecostés norteamericano. Lo curioso es que un 83% de los estadounidenses dice que cree en Dios, mientras que un 89% -y encuentro este dato más sorprendente y aterrador- sostiene que Dios los ama a título personal. Al pensar en esto siempre me acuerdo de la necesidad de amar a Dios sin esperar nada a cambio que menciona Baruch Spinoza en su Ética. Pero sí me parece cierto que ésta es una suerte de religión americana aborigen que se cree cristiana y da en llamarse a sí misma iglesia evangélica, iglesia de Mormón, pentecostelista o baptista, pero que de cristiana no tiene nada. Y por supuesto que existe un Jesucristo estadounidense y un Espíritu Santo estadounidense, lo que pasa es que hoy día el Jesús americano es miembro del Partido Republicano y debería llamarse consejero delegado Jesucristo, porque rechaza de plano cualquier tipo de presión fiscal y ha ampliado el ojo de la aguja hasta el punto de que por ahí entran al reino de los cielos tanto camellos como ricos. Éste es un país enfermo, muy enfermo.
P. ¿Qué papel tienen los presidentes en el espectáculo ritual de esta religión?
R. Bueno, el actual presidente es sin duda el Papa de la religión americana. Ha declarado al país en muchas ocasiones que su filósofo favorito es Jesucristo, y por si no conoce su biografía fue un famoso playboy, bebedor y consumidor de drogas, hasta que cumplió los 40, que es cuando su padre le convocó un fin de semana a la inmensa finca familiar de Maine, en donde el reverendo Billy Graham convirtió al segundo George Bush a la religión americana, puesto que ahora es un cristiano evangélico renacido. Desde entonces no ha vuelto a tomar un trago, se mantiene próximo a su esposa, Laura, dejó las drogas y ahora es el Duce fascista, o el caudillo, de Estados Unidos.
P. Los editores le recomendaron que no incluyese a Jesucristo en Genios.
R. Escribí una sección dedicada a Jesucristo y me persuadieron para que no la metiese. Pero me guardé el texto y, entre nosotros, sin cambiar ni una sola coma lo llamé "San Pablo". Pero ahí no hablo de san Pablo; hablo de Jesús. De hecho, fue el embrión del que nació ¿Dónde se encuentra la sabiduría?
Como dijo William Blake: Aunque te adoren bajo los divinos nombres de Jesucristo y Jehová, no dejas de ser más que el hijo de la mañana cuando llega la noche fatigada, el sueño del viajero perdido en la colina. //
Me parece muy interesante y lleno de sugerencias, sobre todo la exigencia del editor de que no incluyese a Jesucristo entre los Genios de su libro. Aquí está el error de traducir Genius en plural. El Genio se manifiesta a lo largo de la historia de la humanidad y, con las exigencias y limitaciones de un lenguaje semítico, podría reconocerse que Jesús es Cristo (Ungido, XTOS) pero que Cristo no es Jesús (no se agota en el hombre Jesús de Nazareth), Así, con arreglo a esa terminología, que en sánscrito podría ser Avatar y en India Buda, ha habido y estará habiendo y habrá muchos Cristos, Budas, Avatares de la Divinidad.
Pero los intransigentes cristianos norteamericanos, y de otras latitudes, no pueden admitir esto ya que ellos creen tener la propiedad, al patente de su Dios como los judíos creen y sostinen que son El pueblo elegido de Jehová.
Allá ellos mientras no nos impongan las consecuencias de semejante proposición sofista puesto que adolece de petición de principio.
Los editores prefieren escamotear la figura de un joven rabino de Nazareth que sin duda ha influido notablemente en la historia de la humanidad, al menos de la occidental en los últimos XX siglos, a arriesgrase a las acometidas de los fundamentalistas protestantes y católicos de EEUU. (Y del Vaticano, claro)
Y para nada estamos tratando cuestiones religiosas. Quiénn no lo vea así, que pase la página porque no entenderá que la mayor parte de los males que afligen al mundo se enraizan en lo que Confucio recomendaba para poder abordar cualquier problema: recuperar el sentido de las palabras para poder llamar a las cosas por su nombre.
José Carlos Gª Fajardo
En su nuevo ensayo, titulado Genios (Anagrama) (Genius en inglés y debería de ser Genio en castellano, más acorde con el contenido del libro) Harold Bloom vuelve a subvertir los esquemas con una clasificación atípica. El crítico neoyorquino no duda en lamentar la desorientación de los estudios literarios actuales en su país y advierte sobre la peligrosa extensión del fascismo en Estados Unidos. Merece la pena leerla entera. Aquí sólo quiero destacar algunas cosas:
'Hay que decirlo: George W. Bush es un fascista Harold Bloom (Nueva York, 2005)
P. ¿Cuál sería el genio de la tradición nortemericana?
R. A ese genio le daría un solo nombre: Walt Whitman. Tanto en su persona como en su máscara, es decir, su otra persona. En el Nuevo Mundo ha habido literatura occidental desde hace ya cuatro siglos, y si echásemos una ojeada a todo lo que se ha escrito en francés, en el Canadá francófono, en portugués en Brasil, en español, tanto en el Caribe como en México, y en toda Latinoamérica, así como en otras lenguas, incluido el yídish, y por supuesto en inglés, superando incluso a William Faulkner, a Herman Melville y a Henry James, no se me ocurre un escritor en ninguna de esas lenguas que alcance la originalidad de Walt Whitman.
P. Genio tiene algo de enciclopédico, con cierta nostalgia, como si algo estuviese a punto de perderse para siempre.
R. Sí, así es. Me parece que cuando se pierde el concepto de genio, que todavía es un concepto vivo en Goethe, cuando se pasa de ahí al primer romanticismo y del primer romanticismo a la literatura del siglo XIX, y de ahí al XX, aunque el siglo XX de repente me resulta tan antiguo como el XIX, cuando se llega a una pérdida de este concepto, en el camino se ha acumulado un poso de tristeza. Si a Goethe le hubieran preguntado por el genio más excelente habría dicho que Shakespeare, y yo mismo diría que nadie llegará a la altura de Shakespeare, Cervantes y Dante. Y hablo de ese poso sin tener en cuenta las tonterías que reinan hoy en el mundo académico anglosajón, en donde el estudio de la literatura ha muerto. Hoy se trata de hacer crítica cultural y de lo que yo llamo resentimiento, que consiste en fijarse en la orientación sexual, el género, o la pigmentación de la piel de un escritor, sin fijarse para nada en su genio, entre otras cosas porque la idea les parece despreciable...
... A mi parecer, basta con tomar a los genios más sobresalientes de cada lengua y ellos se ocuparán de iluminar, definir y explicar sus respectivas historias políticas, sociales y culturales a quienes quieran aprender. Al final me parece una cuestión agonística, de lucha, lo que me recuerda que tal vez la única aportación que yo he hecho en mi vida haya sido la de tratar de reestablecer el sentido antiguo, ateniense, del agón, y hasta en eso me limito a seguir a Nietzsche. Yo, ay, no aporté nada original.
P. Hablando de Nietzsche, usted siempre se ha situado entre el estudio de la literatura y el de la religión, la búsqueda de sabiduría y la búsqueda de representación...
R. Por eso mismo escribí mi penúltimo libro, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, mientras que The Evening Land tratará de la malaise estadounidense. En éste voy a intentar comprender por medio de nuestros escritores más importantes cómo es posible que hayamos llegado a traicionarnos, aunque haya sido sin querer, hasta el punto de tener por presidente a quien en público y en privado llamo nuestro Benito Bush, o Francisco Franco Bush si lo prefiere. Tal vez por eso tengo la impresión de que el libro que voy a escribir versará sobre Jesucristo y Jehová. En cuanto a mi interés por la literatura y la religión, en Poesía y creencia defendí que toda distinción entre literatura sacra y secular no es más que una acción política. Cierta literatura es mejor o peor que otra, puede tener mayor o menor valor estético, y transmite más o menos sabiduría, pero cualquier distinción entre literatura sagrada y secular me parece un fiasco político. Es decir que, como sostuvo Unamuno, las sagradas escrituras españolas son el Quijote, y yo diría que las auténticas sagradas escrituras en lengua inglesa, tan verdaderas como la versión King James de la Biblia, son las obras completas de Shakespeare, del mismo modo que las escrituras estadounidenses son Walt Whitman y que las alemanas no son Lutero, sino Goethe.
P. También sostuvo que la religión estadounidense es una suerte de gnosticismo.
R. Sí. De todos los libros que he escrito La religión americana es el que mayor número de malentendidos provocó. Estuvo descatalogado durante mucho tiempo y se va a reeditar en breve con un epílogo nuevo. Aquel libro se convirtió en un objeto de culto underground. A mí me parece que explica cómo hemos llegado al fascismo que en estos momentos se extiende por Estados Unidos. Hay que decirlo: George W. Bush es un fascista. En este país ahora tenemos un tercio de plutocracia, un tercio de oligarquía y un tercio de teocracia. Por ello nunca tendremos, entre otras cosas, matrimonio gay. Ni en California, en donde el horrible gobernador Schwarzenegger lo va a vetar.
P. ¿Usted diría que ese gnosticismo del que habló entonces subyace a las diferentes expresiones religiosas en Estados Unidos?
R. Para mí todo comenzó en 1801, con el Cane Ridge Revival, el pentecostés norteamericano. Lo curioso es que un 83% de los estadounidenses dice que cree en Dios, mientras que un 89% -y encuentro este dato más sorprendente y aterrador- sostiene que Dios los ama a título personal. Al pensar en esto siempre me acuerdo de la necesidad de amar a Dios sin esperar nada a cambio que menciona Baruch Spinoza en su Ética. Pero sí me parece cierto que ésta es una suerte de religión americana aborigen que se cree cristiana y da en llamarse a sí misma iglesia evangélica, iglesia de Mormón, pentecostelista o baptista, pero que de cristiana no tiene nada. Y por supuesto que existe un Jesucristo estadounidense y un Espíritu Santo estadounidense, lo que pasa es que hoy día el Jesús americano es miembro del Partido Republicano y debería llamarse consejero delegado Jesucristo, porque rechaza de plano cualquier tipo de presión fiscal y ha ampliado el ojo de la aguja hasta el punto de que por ahí entran al reino de los cielos tanto camellos como ricos. Éste es un país enfermo, muy enfermo.
P. ¿Qué papel tienen los presidentes en el espectáculo ritual de esta religión?
R. Bueno, el actual presidente es sin duda el Papa de la religión americana. Ha declarado al país en muchas ocasiones que su filósofo favorito es Jesucristo, y por si no conoce su biografía fue un famoso playboy, bebedor y consumidor de drogas, hasta que cumplió los 40, que es cuando su padre le convocó un fin de semana a la inmensa finca familiar de Maine, en donde el reverendo Billy Graham convirtió al segundo George Bush a la religión americana, puesto que ahora es un cristiano evangélico renacido. Desde entonces no ha vuelto a tomar un trago, se mantiene próximo a su esposa, Laura, dejó las drogas y ahora es el Duce fascista, o el caudillo, de Estados Unidos.
P. Los editores le recomendaron que no incluyese a Jesucristo en Genios.
R. Escribí una sección dedicada a Jesucristo y me persuadieron para que no la metiese. Pero me guardé el texto y, entre nosotros, sin cambiar ni una sola coma lo llamé "San Pablo". Pero ahí no hablo de san Pablo; hablo de Jesús. De hecho, fue el embrión del que nació ¿Dónde se encuentra la sabiduría?
Como dijo William Blake: Aunque te adoren bajo los divinos nombres de Jesucristo y Jehová, no dejas de ser más que el hijo de la mañana cuando llega la noche fatigada, el sueño del viajero perdido en la colina. //
Me parece muy interesante y lleno de sugerencias, sobre todo la exigencia del editor de que no incluyese a Jesucristo entre los Genios de su libro. Aquí está el error de traducir Genius en plural. El Genio se manifiesta a lo largo de la historia de la humanidad y, con las exigencias y limitaciones de un lenguaje semítico, podría reconocerse que Jesús es Cristo (Ungido, XTOS) pero que Cristo no es Jesús (no se agota en el hombre Jesús de Nazareth), Así, con arreglo a esa terminología, que en sánscrito podría ser Avatar y en India Buda, ha habido y estará habiendo y habrá muchos Cristos, Budas, Avatares de la Divinidad.
Pero los intransigentes cristianos norteamericanos, y de otras latitudes, no pueden admitir esto ya que ellos creen tener la propiedad, al patente de su Dios como los judíos creen y sostinen que son El pueblo elegido de Jehová.
Allá ellos mientras no nos impongan las consecuencias de semejante proposición sofista puesto que adolece de petición de principio.
Los editores prefieren escamotear la figura de un joven rabino de Nazareth que sin duda ha influido notablemente en la historia de la humanidad, al menos de la occidental en los últimos XX siglos, a arriesgrase a las acometidas de los fundamentalistas protestantes y católicos de EEUU. (Y del Vaticano, claro)
Y para nada estamos tratando cuestiones religiosas. Quiénn no lo vea así, que pase la página porque no entenderá que la mayor parte de los males que afligen al mundo se enraizan en lo que Confucio recomendaba para poder abordar cualquier problema: recuperar el sentido de las palabras para poder llamar a las cosas por su nombre.
José Carlos Gª Fajardo
"La Sublime Puerta", ¡qué malo!
Lo único bueno es la portada. Su autor, Jesús Sánchez Adalid, me había gustado en El Mozárabe, en donde se apreciaba un estudio algo serio del tema. Había un cierto tufillo de ’contar las cosas desde el lado cristiano, el de ’la fé verdadera’. En esta novela editada por Ediciones B ya es el colmo del disparate.¡A estas alturas! el turco es el sarraceno malo y perverso, el moro es mentiroso, el pirata y el corsario son equiparados a los almirantes de la flota turca.. Las ’costumbres turcas’ que cuenta son de almanaque de colgar en la cocina. Dice que aborda el ’sufismo’ y no sabe de lo que habla, qué disparate, qué ignorancia y qué falta de perspectiva y de altura. Cuando se desconoce algo lo mejor es callar, estudiarlo y después opinar. Encima, como estamos en el cuarto aniversario del Quijote pues adopta la forma y el estilo y ’hasta pretende utilizar’ lo que el autor cree que es el vocabulario del siglo XVI . Es penoso.
Menudo bodrio en 475 páginas y 21 Euros.
El autor es cura diocesano pero ha sido juez, estudió Filosofía y Teología y se Doctoró en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. ¿Verde y con asas? Se atreven a todo y con su poder en los medios lo seguirán inundando.
¡A estas alturas! Cuando tratamos de establecer un diálogo auténtico y desprovisto de prejuicios... nos larga lo de los tercios españoles que daban su gloriosa vida por nuestro Rey Católico de las Españas, ¡con que naturalidad, ’eran cosas corrientes en esa época’de las prácticas y torturas de la Inquisición! ¡Qué pobreza de miras! Al final, el moro, mahomético (como él les llama) es el mentiroso, el salvaje, el traicionero... qué pena.
Desentrañar a estos falsarios es conveniente, porque, además, el autor se muestra arrogante y juzga los hechos "desde nuestra fe", ¡será la suya!
Nesemu
Menudo bodrio en 475 páginas y 21 Euros.
El autor es cura diocesano pero ha sido juez, estudió Filosofía y Teología y se Doctoró en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. ¿Verde y con asas? Se atreven a todo y con su poder en los medios lo seguirán inundando.
¡A estas alturas! Cuando tratamos de establecer un diálogo auténtico y desprovisto de prejuicios... nos larga lo de los tercios españoles que daban su gloriosa vida por nuestro Rey Católico de las Españas, ¡con que naturalidad, ’eran cosas corrientes en esa época’de las prácticas y torturas de la Inquisición! ¡Qué pobreza de miras! Al final, el moro, mahomético (como él les llama) es el mentiroso, el salvaje, el traicionero... qué pena.
Desentrañar a estos falsarios es conveniente, porque, además, el autor se muestra arrogante y juzga los hechos "desde nuestra fe", ¡será la suya!
Nesemu
Leer es necesario
Mario Vargas Llosa se pregunta: ¿Por qué una tan mediocre, convencional y truculenta novela, repleta de lugares comunes, escrita sin nervio ni fantasía, puede alcanzar una audiencia tan descomunal?
Buena pregunta a la vista de la bazofia que inunda nuestros mercados, que jalean ciertos críticos a sueldo de editoriales, que galardonan con 'premios' amañados y que la gente compra y, a veces, lee porque la presión mediática es enorme y a algunos le sparece que 'no están en la onda' si no la han leido, o al menos , tenido en sus manos, comprada o prestada.
¿Para cuando auténticos programas culturales en nuestras televisiones y radios al alcance de una buena parte de la audiencia, de la que puede leer y entender lo que lee? Después del bodrio seudo orientalista y seudo progre (de una caverna que apesta) de Sánchez Dragó padecemos ahora el desconcierto y desvarío de Javier Rioyo, amigo de sus amigos de una movida que ya ni se recuerda para mirarse unos a otros sus ombligos. Los periódicos nos hablan de los nuevos programas y espacioes en los medios... y causa rubor. No es admisible este abandono y esta desidia en una sociedad que se tiene por progresista, avanzada, liberada y moderna. No. No es de recibo
Nesemu
Camelias fragantes
Hacia 1840, según dice la leyenda, un granjero normando, menesteroso y sin escrúpulos, vendió a su hija de 16 años a un aristócrata, el duque de Guiche, quien, además de hacerla su amante, enseñó a la muchacha literatura y buenas maneras. Ella se llamaba Alphonsine Plessis, pero se rebautizó Marie, porque sonaba mejor y menos popular. Todo indica que era una joven viva e inquieta, además de bella, y en los siete años que le quedaban por vivir, antes de que la matara la enfermedad romántica por excelencia, la tuberculosis, se las arregló para convertirse en la cortesana más famosa de París, en la modelo de una de las heroínas más imperecederas de la novela, el teatro, la ópera y el cine -bajo los nombres itinerantes de Marguerite Gautier, Violetta Valéry, Camille y varios más- y en una excelente lectora. Según John W. Freeman, de quien tomo estos datos, al casarse con el conde Edouard de Perrégaux, pocos meses antes de su muerte, a los 23 años, la hija del granjero normando tenía en su apartamento parisino una biblioteca de dos centenares de volúmenes.
Uno de sus muchos amantes fue un hijo ilegítimo de Alejandro Dumas, el padre de d'Artagnan y los tres inolvidables mosqueteros, un gacetillero que firmaba con el mismo nombre de su progenitor, incansable escritor de mediocridades narrativas y teatrales y esnob y reaccionario de polendas, que alcanzaría poco menos que la inmortalidad gracias a una novela de escándalo en la que recreó, velando apenas los nombres de las personas reales que la inspiraron, la vida y milagros de Marie Plessis: La dama de las camelias, aparecida en 1848. Este libro ha hecho y hace llorar todavía a millones de personas en el mundo entero, ha sido traducido a todos los idiomas imaginables y ha servido de fuente nutricia a genealogías de melodramas en todos los géneros. Su historia ha sido recreada desde entonces por doquier y con pequeños o grandes acomodos. La verdad es que si este libro no hubiera sido escrito y, sobre todo, tan imitado, ni el teatro ni el cine ni la música ni la pintura de nuestro tiempo serían lo que son.
¿Por qué una tan mediocre, convencional y truculenta novela, repleta de lugares comunes, escrita sin nervio ni fantasía, que manipula tan groseramente la sensiblería de los lectores y exhibe una moral tan falsa, puede alcanzar una audiencia tan descomunal? Es uno de los misterios de la literatura en particular y del arte en general. La dama de las camelias no es el primer caso, ni será el último, en que un muy mediocre producto artístico consigue, como si hubiera sido esperado ávidamente por un vasto público, llenar un vacío, satisfacer un apetito psicológico, moral o intelectual, que las más grandes realizaciones del arte o la literatura son incapaces de llenar. Ocurre que, en ciertas épocas, no es de una vida alternativa, de un mundo de estricta ficción de que tiene urgencia el gran público, sino de esa chata y cruda realidad de que se alimentaba el folletín en el siglo XIX (o la telenovela de nuestros días). Sin proponérselo ni siquiera sospecharlo, Alejandro Dumas, hijo, consiguió con La dama de las camelias tocar una cuerda profunda de la realidad humana y hacer sentir a hombres y mujeres de su tiempo que la tragedia encarnada por Marguerite Gautier y Armand Duval los representaba con fidelidad, que era "la vida misma hecha arte". En cierto sentido, tenían razón, ya que el melodrama está más cerca de la vida real que el drama o la tragedia, la subliteratura que la literatura. El arte no es la vida, es "otra" vida, recreada y esencialmente distinta de aquella en la que estamos inmersos, una vida tan distante de la real como la que separa a la lacrimosa heroína de la novela de Alejandro Dumas, hijo, de la Emma Bovary de Flaubert.
Para aprovechar el éxito de su novela, el autor de La dama de las camelias hizo de ella una adaptación teatral que se estrenó el 2 de febrero de 1852 en el Théatre du Vaudeville y que fue, asimismo, inmensamente popular. La leyenda dice también que uno de los primeros espectadores, tocado en el fondo del alma por el ignominioso destino de Marguerite y Armand, fue Giuseppe Verdi, que se encontraba en París con su amante y futura mujer, Giuseppina Strepponi. La impresión fue tan fuerte que, según carta que escribió tiempo después a una sobrina, el compositor italiano comenzó, la misma noche en que asistió al espectáculo, a concebir la música que un par de años después sería la de una de sus obras inmortales: La traviata. Compuesta a los cuarenta años, inmediatamente después de dos de las cumbres señeras de su producción, Rigoletto e Il trovatore, aquella ópera estrenada en Venecia el 6 de marzo de 1854, sería una de las más representadas no sólo entre las obras del autor, sino en la historia de la ópera en general y contribuiría más que ninguna otra a acuñar los rasgos que definen a aquél entre los más grandes creadores de todos los tiempos.
Es otro de los grandes méritos de Alejandro Dumas, hijo: haber inspirado, gracias a su novela, una obra genial. La historia que el libretista de Verdi, Francesco Maria Piave, adaptó, no escamotea nada de las truculencias y retorcimientos sentimentales de La dama de las camelias; por el contrario, todo ese mundo excesivo está allí, e, incluso, exagerado y distorsionado hasta unos extremos en que el melodrama deja de serlo para convertirse en poesía, en una desalada y delirante historia que abandona toda pretensión de realismo y luce, ufana, su total excentricidad. Los lamentos, vituperios, llantos, las crisis y conflictos morales, gracias a la turbadora sinceridad de la música que Verdi concibió para ellos, llegan a los espectadores como incontrovertibles testimonios de los desgarramientos y la gloria del amor, de las jugarretas del azar, de la imprevisibilidad del destino y la miseria de la condición humana. La ficción se convierte en vida, la mentira en verdad. Debo de haber visto una media docena de versiones de La traviata y nunca dejé de advertir a mi alrededor gente que lloraba ni dejé de echar yo mismo cada vez algún lagrimón. Pero, anoche, en el montaje de La traviata presentado aquí en Salzburgo, bajo la dirección artística de Willy Decker, escenografía de Wolfgang Gussmann, la orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Carlo Rizzi, y Anna Netrebko y Rolando Villazón en los roles de Violetta Valéry y Alfredo Germont, no fue sólo llanto, sino una verdadera tormenta sentimental la que manifestó un público arrasado por la emoción. Como si los elementos se plegaran a la circunstancia, aquella tormenta en la vasta Grosses Festspielhaus hacía eco al diluvio que, afuera, despedía con rayos y centellas el verano en la ciudad de Mozart.
Un tema que apasionó a Bor-ges y le dictó algunos de sus mejores cuentos fue el del hombre que, en un momento de su vida, se encuentra con su destino, es decir, con un hecho, persona o situación gracias a los cuales comenzará a ser él mismo, a realizar y vivir algo que hasta entonces estaba oculto en su peripecia vital, que sólo a partir de ahora resplandecerá en todo lo que haga y dará a su vida sentido y justificación. Escuchándola cantar y viéndola actuar y moverse por el enorme escenario sumido en el pálido resplandor de las noches de orgía, cercada por la nube de sus galanes, o feliz en la intimidad campestre refulgente de camelias donde se ha refugiado para vivir su nuevo amor, o en la turbia penumbra de su agonía, la soprano rusa Anna Netrebko parecía el personaje borgiano que encontró su destino y vivió el milagro de la metamorfosis ovidiana. Era solamente bella y una cantante de voz bien educada, como recuerdan todos los que la vieron y aplaudieron la temporada pasada haciendo de Doña Anna en el Don Giovanni de Mozart. Ahora es una aparición, un fuego fatuo, un mito, una fuerza de la naturaleza de sexo femenino que se agiganta y ocupa todo el espacio teatral cada vez que se descalza o alza su copa o desafía al mundo, y cuya voz, cuando estalla en la exaltación del placer en "Sempre libera" o coquetea y enloquece al joven calavera que es Alfredo Germont o se insinúa o se desgarra bajo el peso del chantaje sentimental al que la somete el padre de su amante, y parece con la cercanía de la muerte desvanecerse en un punto inimaginable de delicadeza e ingravidez, será ya imposible de disociar, para quienes la hayan oído, de Violetta Valéry. Dicen los viejos que oyeron a la Callas en este mismo escenario encarnando este papel, bajo la batuta de Von Karajan, que aquella maravilla fue también una desgracia, pues ya nunca más pudieron ver otra representación de la ópera de Verdi sin que el recuerdo de aquélla les corrompiera la nueva versión. Para mí, y creo que para muchos más, aquella fugaz y desmesurada heroína tendrá a partir de ahora la silueta y los rasgos y sobre todo la sonora presencia de Anna Netrebko. Y de nadie más.
Se puede ser una extraordinaria cantante y una pésima actriz, aunque no sea lo más frecuente. Lo es el que una buena cantante interprete pasablemente su rol y si tiene buena voz las deficiencias de su actuación se disimulen y se olviden. Pero es muy poco común que una cantante de ópera, al identificarse tan totalmente con la heroína a la que encarna, alcance igualmente tales topes de fuerza dramática, sutileza y novedad, que sea imposible decir qué hizo mejor, si actuar o cantar, o si, como en el caso de la soprano rusa posesionada del personaje de Violeta Valéry, haga tan extraordinariamente ambas cosas que la una parezca potenciar y perfeccionar a la otra y viceversa.
La ópera no es solamente una partitura y unas voces; es también una historia, un entramado de relaciones humanas en que los grandes temas, el amor, el destino, la muerte, el azar, la guerra, la injusticia, la soledad, la amistad, el placer, el odio, comparecen en unos seres que, en un escenario, dialogan y comparten unos trozos de vida. Y precisamente porque esa historia no está dicha sino cantada, es decir, porque en una ópera lo ficticio de la representación está llevado a su máxima expresión -a su total irrealidad- es imprescindible que, además de la destreza y la perfección con que la partitura es interpretada por los músicos y los cantantes, éstos sean también capaces de encarnar sus roles por lo menos con la solvencia de los buenos actores. Ocurre muchas veces, por fortuna. Pero muy rara vez lo que en este montaje de La traviata.
Anna Netrebko -hay que decir que soberbiamente acompañada por el mexicano Rolando Villazón en el papel de Alfredo y de Thomas Hampson como Giorgio Germont- es una deslumbrante soprano y una actriz sin igual. En el primer acto, cuando, en el apogeo de su vida libertina, es la reina indiscutida de la noche parisina, parece un coágulo de vida que borbotea felicidad, el ángel de la lujuria y un espejismo, codiciada por todos y conquistada por ninguno, complaciéndose en su fosforescente juego de atraer y esquivar los deseos de sus galanes, provocándolos y rehuyéndolos y volviéndolos a conquistar. La grácil figurita que camina como danzando y danza como flotando y flota como explorando los precipicios del deseo es una llama viva, que abrasa su derredor, incendiando a las comparsas en el escenario y al público por igual, yendo y viniendo y escurriéndose entre sus admiradores en un remolino que es plástico y musical a la vez. Parecería que tanta gracia y belleza serían difíciles de superar. Y, sin embargo, en el segundo acto, primero exultante en brazos del amante que, cree, va a redimirla y garantizarle un futuro de dicha y aventura, y, luego, rota en pedazos por la potencia de la voz de la razón (del prejuicio y las convenciones sociales que personifica Giorgio Germont), Violetta Valéry se supera a sí misma, insuflando a su personaje calor y verdad gracias a la desenvoltura y los matices de ternura, desgarro y sinceridad de que lo impregna, viviéndolo y cantándolo con acentos y sutilezas que lo depuran de todo lo que en él es truco y lugar común.
Siglo y medio después, gracias a Anna Netrebko, las camelias de la cortesana Marie Plessis siguen tan lozanas como el primer día.
Mario Vargas Llosa
Buena pregunta a la vista de la bazofia que inunda nuestros mercados, que jalean ciertos críticos a sueldo de editoriales, que galardonan con 'premios' amañados y que la gente compra y, a veces, lee porque la presión mediática es enorme y a algunos le sparece que 'no están en la onda' si no la han leido, o al menos , tenido en sus manos, comprada o prestada.
¿Para cuando auténticos programas culturales en nuestras televisiones y radios al alcance de una buena parte de la audiencia, de la que puede leer y entender lo que lee? Después del bodrio seudo orientalista y seudo progre (de una caverna que apesta) de Sánchez Dragó padecemos ahora el desconcierto y desvarío de Javier Rioyo, amigo de sus amigos de una movida que ya ni se recuerda para mirarse unos a otros sus ombligos. Los periódicos nos hablan de los nuevos programas y espacioes en los medios... y causa rubor. No es admisible este abandono y esta desidia en una sociedad que se tiene por progresista, avanzada, liberada y moderna. No. No es de recibo
Nesemu
Camelias fragantes
Hacia 1840, según dice la leyenda, un granjero normando, menesteroso y sin escrúpulos, vendió a su hija de 16 años a un aristócrata, el duque de Guiche, quien, además de hacerla su amante, enseñó a la muchacha literatura y buenas maneras. Ella se llamaba Alphonsine Plessis, pero se rebautizó Marie, porque sonaba mejor y menos popular. Todo indica que era una joven viva e inquieta, además de bella, y en los siete años que le quedaban por vivir, antes de que la matara la enfermedad romántica por excelencia, la tuberculosis, se las arregló para convertirse en la cortesana más famosa de París, en la modelo de una de las heroínas más imperecederas de la novela, el teatro, la ópera y el cine -bajo los nombres itinerantes de Marguerite Gautier, Violetta Valéry, Camille y varios más- y en una excelente lectora. Según John W. Freeman, de quien tomo estos datos, al casarse con el conde Edouard de Perrégaux, pocos meses antes de su muerte, a los 23 años, la hija del granjero normando tenía en su apartamento parisino una biblioteca de dos centenares de volúmenes.
Uno de sus muchos amantes fue un hijo ilegítimo de Alejandro Dumas, el padre de d'Artagnan y los tres inolvidables mosqueteros, un gacetillero que firmaba con el mismo nombre de su progenitor, incansable escritor de mediocridades narrativas y teatrales y esnob y reaccionario de polendas, que alcanzaría poco menos que la inmortalidad gracias a una novela de escándalo en la que recreó, velando apenas los nombres de las personas reales que la inspiraron, la vida y milagros de Marie Plessis: La dama de las camelias, aparecida en 1848. Este libro ha hecho y hace llorar todavía a millones de personas en el mundo entero, ha sido traducido a todos los idiomas imaginables y ha servido de fuente nutricia a genealogías de melodramas en todos los géneros. Su historia ha sido recreada desde entonces por doquier y con pequeños o grandes acomodos. La verdad es que si este libro no hubiera sido escrito y, sobre todo, tan imitado, ni el teatro ni el cine ni la música ni la pintura de nuestro tiempo serían lo que son.
¿Por qué una tan mediocre, convencional y truculenta novela, repleta de lugares comunes, escrita sin nervio ni fantasía, que manipula tan groseramente la sensiblería de los lectores y exhibe una moral tan falsa, puede alcanzar una audiencia tan descomunal? Es uno de los misterios de la literatura en particular y del arte en general. La dama de las camelias no es el primer caso, ni será el último, en que un muy mediocre producto artístico consigue, como si hubiera sido esperado ávidamente por un vasto público, llenar un vacío, satisfacer un apetito psicológico, moral o intelectual, que las más grandes realizaciones del arte o la literatura son incapaces de llenar. Ocurre que, en ciertas épocas, no es de una vida alternativa, de un mundo de estricta ficción de que tiene urgencia el gran público, sino de esa chata y cruda realidad de que se alimentaba el folletín en el siglo XIX (o la telenovela de nuestros días). Sin proponérselo ni siquiera sospecharlo, Alejandro Dumas, hijo, consiguió con La dama de las camelias tocar una cuerda profunda de la realidad humana y hacer sentir a hombres y mujeres de su tiempo que la tragedia encarnada por Marguerite Gautier y Armand Duval los representaba con fidelidad, que era "la vida misma hecha arte". En cierto sentido, tenían razón, ya que el melodrama está más cerca de la vida real que el drama o la tragedia, la subliteratura que la literatura. El arte no es la vida, es "otra" vida, recreada y esencialmente distinta de aquella en la que estamos inmersos, una vida tan distante de la real como la que separa a la lacrimosa heroína de la novela de Alejandro Dumas, hijo, de la Emma Bovary de Flaubert.
Para aprovechar el éxito de su novela, el autor de La dama de las camelias hizo de ella una adaptación teatral que se estrenó el 2 de febrero de 1852 en el Théatre du Vaudeville y que fue, asimismo, inmensamente popular. La leyenda dice también que uno de los primeros espectadores, tocado en el fondo del alma por el ignominioso destino de Marguerite y Armand, fue Giuseppe Verdi, que se encontraba en París con su amante y futura mujer, Giuseppina Strepponi. La impresión fue tan fuerte que, según carta que escribió tiempo después a una sobrina, el compositor italiano comenzó, la misma noche en que asistió al espectáculo, a concebir la música que un par de años después sería la de una de sus obras inmortales: La traviata. Compuesta a los cuarenta años, inmediatamente después de dos de las cumbres señeras de su producción, Rigoletto e Il trovatore, aquella ópera estrenada en Venecia el 6 de marzo de 1854, sería una de las más representadas no sólo entre las obras del autor, sino en la historia de la ópera en general y contribuiría más que ninguna otra a acuñar los rasgos que definen a aquél entre los más grandes creadores de todos los tiempos.
Es otro de los grandes méritos de Alejandro Dumas, hijo: haber inspirado, gracias a su novela, una obra genial. La historia que el libretista de Verdi, Francesco Maria Piave, adaptó, no escamotea nada de las truculencias y retorcimientos sentimentales de La dama de las camelias; por el contrario, todo ese mundo excesivo está allí, e, incluso, exagerado y distorsionado hasta unos extremos en que el melodrama deja de serlo para convertirse en poesía, en una desalada y delirante historia que abandona toda pretensión de realismo y luce, ufana, su total excentricidad. Los lamentos, vituperios, llantos, las crisis y conflictos morales, gracias a la turbadora sinceridad de la música que Verdi concibió para ellos, llegan a los espectadores como incontrovertibles testimonios de los desgarramientos y la gloria del amor, de las jugarretas del azar, de la imprevisibilidad del destino y la miseria de la condición humana. La ficción se convierte en vida, la mentira en verdad. Debo de haber visto una media docena de versiones de La traviata y nunca dejé de advertir a mi alrededor gente que lloraba ni dejé de echar yo mismo cada vez algún lagrimón. Pero, anoche, en el montaje de La traviata presentado aquí en Salzburgo, bajo la dirección artística de Willy Decker, escenografía de Wolfgang Gussmann, la orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Carlo Rizzi, y Anna Netrebko y Rolando Villazón en los roles de Violetta Valéry y Alfredo Germont, no fue sólo llanto, sino una verdadera tormenta sentimental la que manifestó un público arrasado por la emoción. Como si los elementos se plegaran a la circunstancia, aquella tormenta en la vasta Grosses Festspielhaus hacía eco al diluvio que, afuera, despedía con rayos y centellas el verano en la ciudad de Mozart.
Un tema que apasionó a Bor-ges y le dictó algunos de sus mejores cuentos fue el del hombre que, en un momento de su vida, se encuentra con su destino, es decir, con un hecho, persona o situación gracias a los cuales comenzará a ser él mismo, a realizar y vivir algo que hasta entonces estaba oculto en su peripecia vital, que sólo a partir de ahora resplandecerá en todo lo que haga y dará a su vida sentido y justificación. Escuchándola cantar y viéndola actuar y moverse por el enorme escenario sumido en el pálido resplandor de las noches de orgía, cercada por la nube de sus galanes, o feliz en la intimidad campestre refulgente de camelias donde se ha refugiado para vivir su nuevo amor, o en la turbia penumbra de su agonía, la soprano rusa Anna Netrebko parecía el personaje borgiano que encontró su destino y vivió el milagro de la metamorfosis ovidiana. Era solamente bella y una cantante de voz bien educada, como recuerdan todos los que la vieron y aplaudieron la temporada pasada haciendo de Doña Anna en el Don Giovanni de Mozart. Ahora es una aparición, un fuego fatuo, un mito, una fuerza de la naturaleza de sexo femenino que se agiganta y ocupa todo el espacio teatral cada vez que se descalza o alza su copa o desafía al mundo, y cuya voz, cuando estalla en la exaltación del placer en "Sempre libera" o coquetea y enloquece al joven calavera que es Alfredo Germont o se insinúa o se desgarra bajo el peso del chantaje sentimental al que la somete el padre de su amante, y parece con la cercanía de la muerte desvanecerse en un punto inimaginable de delicadeza e ingravidez, será ya imposible de disociar, para quienes la hayan oído, de Violetta Valéry. Dicen los viejos que oyeron a la Callas en este mismo escenario encarnando este papel, bajo la batuta de Von Karajan, que aquella maravilla fue también una desgracia, pues ya nunca más pudieron ver otra representación de la ópera de Verdi sin que el recuerdo de aquélla les corrompiera la nueva versión. Para mí, y creo que para muchos más, aquella fugaz y desmesurada heroína tendrá a partir de ahora la silueta y los rasgos y sobre todo la sonora presencia de Anna Netrebko. Y de nadie más.
Se puede ser una extraordinaria cantante y una pésima actriz, aunque no sea lo más frecuente. Lo es el que una buena cantante interprete pasablemente su rol y si tiene buena voz las deficiencias de su actuación se disimulen y se olviden. Pero es muy poco común que una cantante de ópera, al identificarse tan totalmente con la heroína a la que encarna, alcance igualmente tales topes de fuerza dramática, sutileza y novedad, que sea imposible decir qué hizo mejor, si actuar o cantar, o si, como en el caso de la soprano rusa posesionada del personaje de Violeta Valéry, haga tan extraordinariamente ambas cosas que la una parezca potenciar y perfeccionar a la otra y viceversa.
La ópera no es solamente una partitura y unas voces; es también una historia, un entramado de relaciones humanas en que los grandes temas, el amor, el destino, la muerte, el azar, la guerra, la injusticia, la soledad, la amistad, el placer, el odio, comparecen en unos seres que, en un escenario, dialogan y comparten unos trozos de vida. Y precisamente porque esa historia no está dicha sino cantada, es decir, porque en una ópera lo ficticio de la representación está llevado a su máxima expresión -a su total irrealidad- es imprescindible que, además de la destreza y la perfección con que la partitura es interpretada por los músicos y los cantantes, éstos sean también capaces de encarnar sus roles por lo menos con la solvencia de los buenos actores. Ocurre muchas veces, por fortuna. Pero muy rara vez lo que en este montaje de La traviata.
Anna Netrebko -hay que decir que soberbiamente acompañada por el mexicano Rolando Villazón en el papel de Alfredo y de Thomas Hampson como Giorgio Germont- es una deslumbrante soprano y una actriz sin igual. En el primer acto, cuando, en el apogeo de su vida libertina, es la reina indiscutida de la noche parisina, parece un coágulo de vida que borbotea felicidad, el ángel de la lujuria y un espejismo, codiciada por todos y conquistada por ninguno, complaciéndose en su fosforescente juego de atraer y esquivar los deseos de sus galanes, provocándolos y rehuyéndolos y volviéndolos a conquistar. La grácil figurita que camina como danzando y danza como flotando y flota como explorando los precipicios del deseo es una llama viva, que abrasa su derredor, incendiando a las comparsas en el escenario y al público por igual, yendo y viniendo y escurriéndose entre sus admiradores en un remolino que es plástico y musical a la vez. Parecería que tanta gracia y belleza serían difíciles de superar. Y, sin embargo, en el segundo acto, primero exultante en brazos del amante que, cree, va a redimirla y garantizarle un futuro de dicha y aventura, y, luego, rota en pedazos por la potencia de la voz de la razón (del prejuicio y las convenciones sociales que personifica Giorgio Germont), Violetta Valéry se supera a sí misma, insuflando a su personaje calor y verdad gracias a la desenvoltura y los matices de ternura, desgarro y sinceridad de que lo impregna, viviéndolo y cantándolo con acentos y sutilezas que lo depuran de todo lo que en él es truco y lugar común.
Siglo y medio después, gracias a Anna Netrebko, las camelias de la cortesana Marie Plessis siguen tan lozanas como el primer día.
Mario Vargas Llosa
El último templario y las modas literarias
Escrita por Edward Burman, edit en 1990 en Inglaterra 'The image of Our Lord', y traducida ahora y edit por Martínez Roca, 2005
Interesante y documentada en hechos históricos aunque no deja de ser una novela. La Acabo de terminar esta obra que he tenido en espera hasta que llegó esta diarrea de 'novelas históricas' en torno a los Templarios, a la Sábana Santa de Turín y a esa caterva de Papas del nefasto siglo IV: Celestino V, Bonifacio VIII,Benedicto XI,Clemente V, Juan XXII, Benedicto XII, Clemente VI hasta, digamos, Urbano V (1362-1370), sobre los cuales escribiré algo en otra sección.
El texto es prolijo y abigarrado, a mì me cansó aunque no pude dejar de llegar hasta el final. Me preguntó ¿qué ha movido a tantos escritores y seudoescritores a ocuparse de estos temas prcisamente ahora? Es unbuen tema para debate. Podríamos aportar libros vistos en librerías o en Google. Nada sucede por casualidad. ¿Fué Juan Pablo II el que provocó esta reacción de airear las sentinas del Vaticano? Com periodistas tenenmos que preocuparnos por lo que hay detrás e informa las corrientes literarias, las modas y los gustos de los lectores que son quiénes hacen best-sellers de auténticas vulgaridades.
Nesemu
Interesante y documentada en hechos históricos aunque no deja de ser una novela. La Acabo de terminar esta obra que he tenido en espera hasta que llegó esta diarrea de 'novelas históricas' en torno a los Templarios, a la Sábana Santa de Turín y a esa caterva de Papas del nefasto siglo IV: Celestino V, Bonifacio VIII,Benedicto XI,Clemente V, Juan XXII, Benedicto XII, Clemente VI hasta, digamos, Urbano V (1362-1370), sobre los cuales escribiré algo en otra sección.
El texto es prolijo y abigarrado, a mì me cansó aunque no pude dejar de llegar hasta el final. Me preguntó ¿qué ha movido a tantos escritores y seudoescritores a ocuparse de estos temas prcisamente ahora? Es unbuen tema para debate. Podríamos aportar libros vistos en librerías o en Google. Nada sucede por casualidad. ¿Fué Juan Pablo II el que provocó esta reacción de airear las sentinas del Vaticano? Com periodistas tenenmos que preocuparnos por lo que hay detrás e informa las corrientes literarias, las modas y los gustos de los lectores que son quiénes hacen best-sellers de auténticas vulgaridades.
Nesemu