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J. C. García Fajardo

Retazos de la Luna azul 010: El ciprés en el jardín

Una tarde, el Maestro echó de menos una campanilla de plata que colgaba en el dintel de la baranda. Hacía años que se la había regalado el padre de Ting Chang, cuando frecuentaba la corte. No dijo nada a nadie pero el sonido de esa campanilla, agitada por el viento, le llenaba de alegría. Recordaba que, tan sólo hacía unos días, cuando uno de los monjes del monasterio le preguntó a qué se debía su permanente ecuanimidad y esa alegría que nada parecía turbar le contestó riendo “¡Es por el sonido de una campanilla que cuelga del dintel de mi baranda! Cuando el viento la agita, se borran todas las nubes y el corazón recupera su armonía”.
Era un joven inteligente y capaz pero con una inquietud interior permanente. El Maestro sabía que tan sólo unas buenas dosis de humor y la capacidad de reírse de sí mismo podrían aliviar su estado de ansiedad permanente. Así que el joven monje decidió entrar en el recinto del Maestro y robársela mientras daba su paseo junto al río. Creía que si la instalaba en su celda podría disfrutar de esa felicidad que añoraba.
- ¿En qué piensas, Alma noble?, - le preguntó Ting Chang - Parece como si una nube te celase la mirada. Perdóname si pregunto lo que no debo.
Y el Maestro respondió “Pronto tendremos visita”. Nadie dijo nada pero, al cabo de unos días, se presentó el joven monje con la campanilla escondida entre su manto. Se echó a los pies del Maestro y confesó su falta y su frustración pues, por más que se pasó horas sentado ante la campanilla, el sonido de ésta no hacía más que incrementar su tristeza.
- Maestro, - le dijo entre lágrimas - ¿Por qué esta campanilla es para ti una fuente de alegría y para mí ha sido el colmo de mi desolación?
- ¡El ciprés en el patio!, - respondió el maestro alzándole del suelo con solicitud y comprensión ante la mirada expectante de los demás discípulos.
Todos comprendieron el sentido de esta expresión tan conocida por los practicantes del Zen.
- El ciprés en el patio, la tetera al fuego, el trenzado de los juncos o la campanilla de plata ¿qué más da, hijo, qué más da? Se trata de vivir con plenitud cada circunstancia del día, sin esperar ni recompensa ni reconocimiento alguno. No es lo que hacemos sino cómo lo hacemos. Ni aquí ni allí. Ni por premio ni por castigo. Se trata de aceptarnos como somos y de no castigarnos con fantasmas de la mente. Por eso, el ejemplo del Mulá Nasrudín nos puede ayudar más que los grandes textos del Buda.
- ¡Ayúdame Maestro a reírme de mí mismo!
- Un día, - les contó el Venerable para distraerlos y aliviar la tensión del momento animándolos a emprender juntos el paseo por la ribera del río -, el Mulá se había presentado para optar a una plaza en unos grandes almacenes del zoco. El dueño exigía que los candidatos fueran muy ambiciosos, así que le preguntó al Mulá qué puesto ambicionaba y éste respondió sin vacilar “¡El suyo, de dueño absoluto de todo!” “Pero Mulá, ¡estás loco!” Y Nasrudín le preguntó sin sorna alguna “¿Es esa una condición? Pues creo que tengo bastantes papeletas para hacerme con el puesto”.
Todos estallaron en carcajadas mientras Sergei corría a la cocina a preparar jugo de jengibre aliviado con mango y pétalos de rosa.
 

José Carlos Gª Fajardo

 

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1 comentario

Leticia -

En esta vida vale la pena pensar: CARPE DIEM!!Nos conoceremos a nosotros mismos. Nadie en eso nos puede ayudar, xk somos los primeros en ocultarnos a nosotros mismos.
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