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J. C. García Fajardo

No queremos la Europa de los Estados gobernados por plutócratas sino la Europa de los ciudadanos, libres y demócratas

Almudena Grandes, no sólo es una gran escritora sino una mujer que sabe mostrar las llagas de una sociedad dominada por plutócratas que nos han engañado con una "Europa de los Estados" en lugar de la "Europa de los ciudadanos", que todos anhelamos. El rechazo del proyecto de Constitución Europea por parte de Francia y de Holanda, en su día, como ahora por parte de los ciudadanos irlandeses no debería de alarmarnos. Por el contrario, debería de hacer reflexionar a los politicos de Bruselas, mandatarios no de los ciudadanos sino de los grandes capitales y de los grandes intereses financieros. Han entregado nuestra defensa en manos de la OTAN comandada por el sheriff americano de turno, las finanzas en el BM, el FMI, OCM y demás compinches, y ahora pretenden colarnos de rondón la jornada laboral de 60 horas... No están locos porque saben lo que hacen. Nunca han querido otra cosa, sino tenernos atemorizados, sin pensar y ofreciéndonos su "pretendida seguridad" sin dejarnos participar realmente como corresponde al derecho de ciudadanía en democracia. Pero la UE está dejando de ser una auténtica democracia y se aleja del sentir y del interés de los ciudadanos. Poco a poco pretenden que perdamos las conquistas sociales alcanzadas, que no se defienden sino que se reafirman, y si es preciso se pelean. Para muchos ciudadanos que pretenden reconvertir en súbditos, que es como los tratan, un paso atrás sería la contrarrevolución más penosa y servil que la Contra Reforma. No podemos perder ni una solo de los derechos sociales conquistados, porque dejaríamos de ser ciudadanos libres para pasar a servir al totalitarismo de turno, fascista, fanático o neosoviético. Tan terrible como aquellos es el totalitarismo del pensamiento único y nuestro silencio forja nuestras cadenas. José carlos

La Historia
os viejos luchadores llevan mucho tiempo advirtiéndolo: los derechos que no se defienden, se pierden. Los sindicalistas veteranos, los militantes históricos, hombres y mujeres que saben de lo que hablan, porque vivieron bajo una bota que pisoteó los derechos civiles, los derechos laborales, los derechos políticos que hoy disfrutamos sólo porque ellos tuvieron el empeño y el coraje de conquistarlos uno por uno, llevan mucho tiempo recordando que nadie regala nada. Nunca. Pero... ¿Quién les va a hacer caso, si no han querido enterarse todavía de que la Historia se ha acabado, de que las ideologías han muerto, de que en la era del desarrollo tecnológico todos vamos a trabajar desde casa, en pijama y a ratos perdidos?
Primero fue el referéndum de Suiza, manos oscuras y amarillas tratando de robar pasaportes rojos con una cruz blanca en los carteles del partido promotor de la consulta, una imagen nauseabunda y estilizadísima, en la más pura estética fascista de 1930. Luego, tras la toma de posesión del alcalde de Roma, brazos estirados, palmas alzadas sin complejos, llegaron la solución final de Berlusconi para la cuestión gitana y la directriz europea sobre inmigración. Nadie regala nada. Nunca. A nadie. Por eso, la indolente pasividad de los europeos satisfechos de sí mismos ha incentivado la imaginación de los explotadores, y ahora tenemos por delante la semana laboral de 60 horas. A lo peor, de 65.
Recuerdo I Compagni, la amarga y emocionante película de Monicelli, donde, a finales del XIX, los obreros de una fábrica de Turín emprendían una huelga larga y extenuante para exigir la jornada de 13 horas. Puede que, dentro de poco, sus bisnietos estén trabajando 12 por no haber encontrado nunca motivos para protestar por nada. Y menos mal que la Historia se ha acabado. De lo contrario, no sé qué sería de nosotros.

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