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J. C. García Fajardo

"Negro en la Casa Blanca, blanco perfecto". Obama corre serio peligro de ser asesinado, como Robert Kennedy

"40 años después de Robert Kennedy", es un excelente reportaje de Francisco G. Basterra. Quienes vivimos aquellos días ratificamos lo que dice. Hoy nadie como Obama corre peligro real de ser eliminado por lo smismos que lo eliminaron a él y a su hermano el presidente Kennedy: el aparato, la cosa que domina y controla el poder verdadero en EEUU, y en gran parte del mundo por medio de sus tentáculos financieros... mientras deja que algunos politicos se crean que gobiernan sus paises y sus instituciones. Aunque es largo, intentaré poner el link del reportaje
La batalla de las ideas y el deseo de cambio también dominaron las primarias demócratas en 1968 .
Bob, como Obama hoy, quería acabar con la división que vivía EE UU.
Prometió resolver los problemas raciales con gestos hacia los negros
Acababa de ganar las primarias demócratas de California, derrotando al senador Eugene McCarthy por una diferencia de cuatro puntos. Era joven, atractivo, provocaba profundas emociones, y también odios. Faltaban 20 minutos para la medianoche del 5 de junio de 1968. En el hotel Ambassador de Los Ángeles, junto a su mujer Ethel, embarazada de su 11º hijo, había afirmado que pretendía acabar con la división que vivía EE UU desde hacía tres años: "Entre negros y blancos, entre los pobres y los más ricos, entre los jovenes y los mayores, o sobre la guerra de Vietnam". Concluyó diciendo: "Podemos trabajar juntos y esta idea será el fundamento de mi campaña". Las mismas ideas que machaca hoy Barack Obama. Hoy, Irak, ayer Vietnam. Bobby Kennedy abandonó el podio estrujado por sus enfervorizados seguidores. Tenía que enfrentarse a la prensa en una sala contigua.
Robert Fitzgerald Kennedy, con ojeras marcadas en un rostro agotado por la campaña a la que había imprimido un ritmo emocional trepidante, acompañado por su mujer y una seguridad mínima, decidió volver a atravesar las cocinas. El estrecho pasillo estaba repleto de cocineros, pinches, lavaplatos, botones. Bobby avanzaba estrechando manos. Acurrucado en una mesita para recoger bandejas le esperaba un palestino delgado, de baja estatura y pelo tupido. Sirhan Sirhan, de 24 años, se levantó, quitó el papel que ocultaba su revólver del calibre 22 y disparó a quemarropa contra el vencedor de las primarias.

Robert Kennedy, que pretendía continuar la leyenda familiar concluyendo la presidencia inacabada de su hermano Jack, asesinado en Dallas hacía sólo cuatro años y seis meses, se desplomó con el cráneo destrozado. Sirhan Sirhan fue reducido mientras gritaba: "Déjenme explicarlo. Lo he hecho por mi país. Amo a mi país".

La histeria, el descontrol y el horror anegaron el júbilo de la noche de la victoria. Veintiseis horas más tarde, Robert Kennedy, la esperanza demócrata para las presidenciales de 1968, moría en el hospital Buen Samaritano de Los Ángeles. Sirhan fue condenado a muerte por asesinato en primer grado pero posteriormente su sentencia fue conmutada por cadena perpetua después de que el Tribunal Supremo declarara inconstitucional la pena capital en California. Curiosamente, Edward Kennedy peleó políticamente por esa gracia. En 1984 Sirhan pidió la revisión para obtener la libertad condicional. Le fue denegada. Hoy continua encarcelado.

Cuarenta años después del magnicidio el mundo es completamente diferente. Pero la política nortemericana, la batalla de las ideas, el deseo de cambio tras una presidencia de George W. Bush absolutamente fracasada, quizás no sea tan distinta. Los Kennedy pretendieron crear una dinastía presidencial, sin lograrlo. Los Bush lo consiguieron. Y ahora los Clinton lo han intentado rozando el éxito. Barack Obama tiene 46 años, tres más que Bobby Kennedy cuando fue asesinado, y representa como él la llegada de una nueva generación a lo más alto de la política en EE UU. Empujado en gran medida por la gente joven, como Bobby, el candidato negro demócrata a la Casa Blanca surfea en una ola gigante de ilusión y cambio. Asistimos a la Obamanía como hace cuatro décadas se vivió la Kennedymanía.

Hillary Clinton no ha entendido este cambio sociológico. Y en su desesperación por ver cómo un jovencito de color, sin casi experiencia previa, se atrevía a desafiar a la poderosa dinastía Clinton y a la vieja máquina demócrata de hacer política ha cometido su último error. En un acto patoso, ha recordado el asesinato de RFK relacionándolo con Barack Obama. Torpe desesperación o no, en EE UU hay asuntos que es mejor no mentarlos. Usar, como han hecho los Clinton, la raza de Obama y hablar del voto de "los buenos americanos blancos" es todavía hoy jugar con fuego. Sobre todo, cuando circulan chistes infames de "negro en la Casa Blanca, blanco perfecto".

Estados Unidos, al igual que hace 40 años, vive sacudido por una guerra. Irak es un importante caballo de batalla en las elecciones de noviembre. Obama promete una retirada gradual y a plazo medio del país mesopotámico, aunque vaya matizando su postura a medida que ve más cerca la Casa Blanca. El candidato republicano, John McCain quiere ganar esa guerra aunque sea a costa de una presencia permanente en Irak. Robert Kennedy construyó su campaña presidencial en 1968 sobre el fin de los bombardeos sobre Vietnam y el cierre de la guerra asiática en la mesa de negociaciones.

Ese año de 1968 fue un parteaguas histórico. Las fuerzas juveniles trataban de cambiar la sociedad acomodada y jerárquica de las posguerra. El día en que asesinaron a Robert Kennedy la revuelta de aquel mitificado mayo continuaba en las calles de París donde los jóvenes buscaban el futuro debajo de los adoquines. En EE UU, los estudiantes de la Universidad de Berkeley hacían causa común con los de la Sorbona y pedían el fin de la autoridad, el prohibido prohibir, y una nueva sexualidad.

En abril, sólo dos meses antes del asesinato de Robert Kennedy, un fanático blanco mataba al líder negro Martin Luther King que pretendía un cambio pacífico a través de la lucha por los derechos civiles de la minoría de color y el entendimiento con los blancos. Se desataron disturbios raciales en las principales ciudades de EE UU que dejaron 37 muertos. Bobby voló a Memphis, donde asesinaron al líder negro, y se dirigió a 700 personas para decirles: "Debemos hacer un esfuerzo, como lo hizo Martin Luther King, para comprender con compasión y amor. Yo tuve un miembro de mi familia asesinado, pero fue muerto por un hombre blanco. No necesitamos la violencia, sino la compasión hacia el otro, y un sentimiento de justicia hacia los que aún sufren en nuestro país, sean blancos o negros".

Este discurso transversal es en gran medida el mismo que utiliza Obama, quien no quiere un país dividido por razas, géneros, generaciones o demócratas y republicanos. Es el sueño político del fin de las trincheras.

Cuando RFK decidió postularse para la presidencia, en el invierno de 1968, lo hizo inicialmente contra la opinión de su padre y de su hermano Ted, traumatizados por la muerte de John. Jackie, la viuda del asesinado presidente, le dijo a su cuñado: "Te matarán". Montó su campaña presidencial sobre un fin de la guerra, lo mismo que Obama ahora con Irak. Pero Robert fue más lejos en su transmutación en un político liberal. Se subió a la ola de la contracultura emergente con los hippies en pleno florecimiento, la cultura beatnik, la poesía de Allan Ginsberg, los profesores ultraliberales, los Rolling, los Beatles... Se convirtió en el político disidente, se dejó el pelo largo y llegó a afirmar que "si no hubiera nacido Kennedy sería un revolucionario". Prometió resolver los problemas raciales haciendo constantes guiños a los negros, Acudió a los guetos urbanos. Abrazó también la causa de los chicanos y cultivó sin medida el voto judío. Alrededor de ese movimiento antiguerra y contracultural se formó una coalición del desencanto que Robert intentó conducir y a la que quiso sumar la clase media blanca. Sin embargo, ésta comenzó a temer su candidatura como demasiado "amante de los negros".
Ocho años después del asesinato de RFK, los demócratas regresaban a la Casa Blanca. Robert Fitzgerald Kennedy fue enterrado en el cementerio nacional de Arlington como un héroe estadounidense, junto a su hermano John. Fue velado en la catedral de San Patricio, en Nueva York, donde hasta los hippies hicieron cola para despedirle. Sonaron la Quinta Sinfonía de Mahler y el Aleluya del Mesías de Haendel en su funeral. Un tren con su féretro, que paró en todas las estaciones repletas de gente que le daban su último adios, trasladó los restos de Robert desde Nueva York hasta Washington. En España recuerdo haber visto el trayecto del tren y el acto final en Arlington, en directo por TVE en un granuloso blanco y negro. Lo comentó Jesús Hermida.

¿Cómo habría sido una presidencia de Robert Kennedy en 1968? ¿Cómo sería una presidencia de Barack Obama en 2009?


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2 comentarios

pablinator -

Sin embargo, soñar con el cambio es tan bonito...

Pau -

Hoy, los dos EEUU, como las dos Españas, han cambiado. Ahora se dividen entre los EEUU hipotecados y los no hipotecados.
Obama está entre los segundos, por tanto en principio no debería haber peligro.
¿Pero no será que el país está lleno de chalados armados?
Tal vez este es el problema y no otro, tan conspirativo y controlado. Pienso que si es asesinado, cosa no tan extraña, -estadísticamente los afroamericanos tienen mogollón de posibilidades de no llegar a viejos- será más por un chalado descontrolado del KK o similares, que por una conspiración.
El viernes hablaba del tema con un amigo de por allá. Me decía que tal como funciona el FBI era muy difícil que eso ocurriera. El problema de mi amigo es que, como buen americano, peca de inocencia; no piensa que en los EEUU las armas cortas ya no son el problema. Cualquiera tiene en casa un misil tierra-tierra, un lanzagranadas de última generación o un antitanque de "bolsillo".
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