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J. C. García Fajardo

La cocina de la abuela, y las extravagancias de cierta cocina fusión con glamour pero sin substancia

A veces teme uno no estar al día en todo o no abrirse a todas las innovaciones. La clave está en “todo”, porque es imposible. Pero también existe como un reparo a reconocer que a uno le gustan ciertas cosas tradicionales, antiguas, reconocidas. Un día leí que el inolvidable P. Arrupe decía “No defendemos lo antiguo por viejo sino porque conocemos su estructura, su manejo y sus efectos positivos.” Si una persona madura, que ya ha tenido sus experiencias y se abre con la necesaria prudencia a las nuevas, no es capaz de vivir con naturalidad sus preferencias en todos los campos de la vida; si cree que tiene que justificarse o dar explicaciones, es que algo no se ha desenvuelto como convenía. Pero siempre estamos a tiempo de cambiar y reconciliarnos con nosotros mismos. Es uno de los privilegios irrefutables de la Jubilatería. A la larga no se puede consagrar la vida a la defensa de las libertades de los pueblos sin defender con la misma energía y convicción la propia libertad, la libertad interior. Y la disidencia - ¡que hermosa palabra en A. Camus, Unamuno, Whitman, Marcos, y en tantos otros héroes de la resistencia y de la rebelión!- es una de las características de la libertad., como escribió Blanco White.
Se me ocurrió esta reflexión leyendo la entrevista que J.J.Aznárez les hizo a Lucio y a su hijo Javier a propósito de la cocina tradicional y esa respetable alquimia de la cocina fusión, el nitrógeno líquido, el tuétano con caviar o el sushi salsa pot-au-feu. La cocina de la abuela, mejorada con las facilidades que nos ofrezcan las nuevas tecnologías, ¡no vamos a echar de menos el trébede!, debe permanecer: los huevos fritos o rotos con patatas, los callos, la fabada, el cocido, la paella, el chuletón de añojo, el arroz con leche o la inmortal e inmarcesible tortilla de patatas con abundancia de huevos, cebolla y el toque para su punto. Y Javier, el hijo, cuenta que un día llegó a su casa el célebre Ferrán Adriá. “Yo no lo conocía en persona, y me impresionó. Igual exagero, pero podría compararlo con un pintor genial, excéntrico, o con Gaudí. Entonces entendí su cocina. Y eso no se puede imitar… lo que te están dando es arte. Es totalmente diferente”.
Bravo, Javier. Has dado en el punto y recuerda que si los precios y las reservas en los restaurantes de Adriá y otros genios estuvieran a un nivel normal (hay quien espera un año por una mesa y paga mil euros por persona, ah, pero ha “comido” en Adriá) no creo que tuviera tanto éxito. A veces, el glamour consiste en la extravagancia, genial o de talonario, pero excluyente.
Para los jubilatas en la Jubilatería valen las palabras de Sófocles al final de Antígona:
“La prudencia es la base de la felicidad. Y, en lo debido a los dioses, no hay que cometer ningún desliz. Las palabras hinchadas por el orgullo y la soberbia comportan los mayores golpes para quienes las utilizan; ellas con la vejez, enseñan a tener prudencia”
Mira por dónde me ha venido una expresión que a veces he soltado en clase “Los dioses no existen, pero es mejor no meterse con ellos, porque tienen muy mal carácter” (bueno yo decía “mala leche”, pero eso era en la universidad y en mi clase.

 

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3 comentarios

Jorge P. -

Tal vez sea miembro de la jubilatería a temprana edad, pero una vez fui a comer un cocido de nueva generación -sólo las palabras me aterran- y me pusieron dos garbanzos con un chorrito de salsa. Desde entonces soy un acérrimo defensor del cocido maragato, que se comía al revés (primero la carne) para consumir las proteínas antes de ir a la batalla.

Diego López -

A mí me gusta probar todo por raro que parezca. Pero después de estar en Inglaterra un mes, me he dado cuenta que hay ciertas cosas que no pueden desaparecer de nuestras vidas. Lo primero que hice al volver a Granada fue comerme un bocadillo de jamón serrano con tomate. Por simple que parezca, me supo a gloria.

Y tortilla de patatas le hice al hombre con el que he vivido para que la probara, no me salió tan buena como en España, pero aceptable para el aceite que allí tienen.

Espero que vaya todo bien, un abrazo.

Javi -

Donde esté una ración de bravas y otra de pulpo, con una caña en la mano, que se quite cualquier cosa.
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