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J. C. García Fajardo

Nadie nos pidió permiso para nacer

Los medios nos arrojan imágenes de niños famélicos, devorados por enfermedades, explotados sexual y laboralmente o como niños soldados, drogados o contagiados por VIH.

Pretenden despertar nuestra compasión al tiempo que enfatizan la seguridad en nuestras sociedades, con tal de que nos sometamos a un modelo de desarrollo injusto por inhumano. Si alguien preguntara por qué nacen millones de niños indeseados que no tienen garantizado el derecho a vivir con dignidad, a cuidados sanitarios, a una alimentación y a una educación adecuadas que le permitan ejercer la libertad y sus derechos fundamentales, le llamarían despiadado. Pero nadie pidió permiso a esos niños para ser echados al mundo irresponsablemente.

Salvo desde ideologías retrógradas, no es posible sostener que a los hijos los envía el Cielo, que vienen con un pan debajo del brazo y que cuantos más, mejor. Esto es una salvajada propia de sociedades agrarias muy primitivas en las que hacían falta muchos brazos para trabajar, ayuda en la vejez de los padres y porque sobrevivían unos pocos. Meter en el asunto de la paternidad/maternidad deseadas a la religión o a otras ideologías totalitarias ha sido funesto y hoy es una bomba de destrucción masiva. Algunos fanáticos condenan el uso del preservativo, recomiendan la castidad y la represión, se oponen a la educación sexual y no reconocen que la sexualidad no se reduce a genitalidad ni tiene como único objeto la procreación. El erotismo, la amistad, el amor pertenecen a la soberanía del ser humano que vive en sociedad.

El caso Lewinsky contra Bill Clinton demostró que, en Estados Unidos, el comportamiento personal puede tergiversar el debate político. Los Republicanos presionan a sus rivales con estas cazas de brujas pero ahora estudian hasta qué punto los datos sobre la vida personal de la candidata a vicepresidenta, Sarah Palin, pueden perjudicarles, ya que ella era una bandera para los electores más conservadores. Además de su vinculación a grupos de presión y a una falta de formación política e internacional impresionante, propia de la alcaldía de una ciudad de 8.000 habitantes, se le recrimina el embarazo de su hija Bristol a los 16 años, cuando la candidata católica siempre renegó de los programas de educación sexual para adolescentes. Tenga el niño en buena hora y asuma su responsabilidad de madre adolescente. Se case o no con su compañero no nos concierne, pero sí las consecuencias de una política hipócrita que niega ayuda a proyectos sociales que contemplan el uso del preservativo en la planificación familiar en países empobrecidos que explotan sin pudor. Con un candidato de más de setenta años no es improbable que Sarah Palin llegue a Presidenta de Estados Unidos. El demócrata Barack Obama ha pedido que este asunto quede fuera de la carrera electoral.

Pero es posible controlar la explosión demográfica. Recordemos que, en 1914, cuando el atentado al archiduque Fernando en Sarajevo, el mundo tenía unos 1.200 millones de habitantes y en Sarajevo, en 1991, Kofi Annan recibió en sus manos simbólicamente al niño que hacía los 6.000 millones.

Para estudiar este problema se reunió la Cumbre de El Cairo en 1994 y se ha comprobado que, donde las mujeres tienen acceso a la educación y a puestos de trabajo iguales a los hombres, la curva demográfica se estabiliza porque no suele haber embarazos irresponsables. Mientras que desciende en los países más ricos donde se incrementa la población jubilada que requiere inmigrantes para cubrir puestos de trabajo y garantizar el cobro de las pensiones con sus cotizaciones.
El Programa, aprobado en El Cairo por 179 países, aspiraba a equilibrar la población mundial y los recursos del planeta, mejorar la condición de la mujer y velar por el acceso universal a los servicios de planificación de la familia. Las presiones de los países islámicos, así como del Vaticano en una alianza insólita, abortó el proyecto del Consenso de El Cairo.

Catorce años después, más de 400 millones de parejas carecen de servicios de planificación familiar. Las complicaciones del embarazo y el parto son causa de defunción y enfermedad de las mujeres; cada año, 600.000 pierden la vida por causas prevenibles. Millones de niños no pueden aspirar a una vida digna. Mil quinientos millones de adolescentes tienen derecho a una maternidad/paternidad sin riesgo y a frenar la propagación del VIH/SIDA.

Con una decisión de los siete países más ricos del mundo, más Rusia, el G-8, en diez años se podría terminar con el hambre en el mundo, garantizar la educación primaria y la asistencia sanitaria, así como luchar con éxito contra la contaminación del medio ambiente y garantizar la salud reproductiva de las mujeres. Lo han demostrado los Informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, (PNUD).

¿Por qué no lo hacemos si está en nuestras manos? Por las mismas razones por las que no se terminó con las guerras, con las agresiones al medio ambiente, con la proliferación de armas nucleares, químicas y biológicas, con el tráfico de armas y de estupefacientes, con las esclavitudes de menores alistados en ejércitos y prostituidos en tantos lugares del mundo, holocaustos de todo género, desplazamientos forzados de pueblos enteros, y porque afectará a los poderes dominantes, con la degradación implacable del planeta tierra.

“Termina la vida y comienza la supervivencia”. Lo que resultó profético para los indios de América, exterminados por la codicia de europeos que iban a salvarlos y a civilizarlos, amenaza a la humanidad por la misma ceguera implacable.

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