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J. C. García Fajardo

Ocultar la vejez, de J. Planelló

Envejecer en un mundo asediado por la obligación de ser productivo en todo momento puede causar graves problemas de autoestima. Hay voluntarios que al menos una vez a la semana llaman a su “abuelo adoptivo” por teléfono, le ayudan a hacer la compra, o le acompañan al médico. Con esto logran combatir su soledad, una enfermedad a la que, por no ser física, se le da menos importante. Ocultar la vejez                                                                                                                                                                                                                                   Un anuncio de un conocido refresco mostraba a una persona que se mantenía por siempre joven mientras todo a su alrededor envejecía. Otro de la misma marca reflejaba la vida como una evolución que transcurre desde la muerte al momento de nacer.  Ambos tienen en común el relato de la incesante búsqueda del elixir de la eterna juventud de que adolece la sociedad actual. Como explica Vicente Verdú en Yo y tú, objetos de lujo, “necesitamos sentirnos bien, vernos jóvenes y agraciados para ser  apreciados por los otros y extraer ventajas de una mayor cotización”. Basta comparar el elevado gasto en cosméticos, superior a 160.000 millones de dólares anuales, para darse cuenta de que el reconocimiento se mide por el número de años que le robamos a la vida. Y todo porque se asocia el envejecimiento sólo con un progresivo deterioro del cuerpo en vez de con un proceso de maduración personal. La prueba es que se deja de lado a todo aquel que no ha podido subirse al tren de la juventud, como muestra que, en España, cada año mueran en soledad un centenar de personas mayores.Ante este panorama, existe el riesgo de no valorar la experiencia que dan los años y de privar a los jóvenes de ese beneficio. Se han dado pasos importantes para atender las necesidades de una sociedad cada vez más envejecida. En España, la Ley de Dependencia permitirá que algunos mayores dependientes vivan con dignidad.  Y más allá de la asistencia profesional que puedan requerir, hay voluntarios que al menos una vez a la semana llaman a su “abuelo” por teléfono, le ayudan a hacer la compra, o le acompañan al médico. Con esto logran combatir su soledad, una enfermedad a la que, por no ser física, se le da menos importante. En otros casos, los intereses de jóvenes y mayores se ponen de acuerdo y conviven juntos de forma que se facilita el alojamiento de uno y se da compañía al otro. Pero la juventud, entendida como un ideal de perfección, juega con ventaja en los medios y es capaz de generar sumas astronómicas de dinero. El Real Madrid se ha gastado casi 120 millones de euros en fichar a sus jóvenes estrellas para esta temporada. Cifra que contrasta con los 23 millones de euros reservados en los presupuestos para hacer cumplir la Ley de Dependencia en la Comunidad de Madrid. Sorprende la facilidad con que la prensa deportiva maneja las cifras, hasta el punto de que resulta incomprensible que un equipo no haya contratado a un cierto jugador por “sólo” unos pocos millones. Mientras, no se presta tanta atención a la lentitud con la que se está implantando una ley que ayudará a miles de personas dependendientes o a que, todavía hoy, haya quien muera de soledad.                                                                                                                                                       Vivimos en una sociedad donde impera el mercado de la belleza, como si el consumismo diese la felicidad, y hace creer que todo lo que no está a la altura del espectáculo merece ser relegado. Resulta impensable que las generaciones que han contribuido al desarrollo económico de las últimas décadas acepten renunciar de buen grado al reconocimiento social. Envejecer en un mundo asediado por la obligación de ser productivo en todo momento puede causar graves problemas de autoestima. Se habla de que la esperanza de vida en el norte sociológico puede alcanzar los 100 años para los recién nacidos, pero no es la batalla por alargar la vida que libra la ciencia la que nos permitirá saber quiénes somos. Frente al reto que suponían las enfermedades, hoy emerge la necesidad de superar una sociedad que se maquilla para encubrir un hecho inevitable como es el paso del tiempo.
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1 comentario

Noelia (Roja) -

Debemos reflexionar sobre el privilegio de llegar a viejos. Hace 100 años la expectativa de vida estaba entre los 40 o 45 años. La sobre-vida actual a la jubilación puede alcanzar entre los 20 y 35 años.

Solo hay una forma de no llegar a viejo que es fallecer antes. Hay cosas que en la vida son seguras: si uno es alto, nunca será enano; si uno es de raza blanca nunca será negro, si uno no muere, será indefectiblemente viejo.

Pero se llega a ese punto luego de pasar por un proceso que dura toda la vida. Nadie se acuesta hoy joven y se despierta, mañana, viejo. Es un devenir paulatino, no una situación inesperada. La vejez no aparece espontáneamente, “de golpe”.
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