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J. C. García Fajardo

Bitácora de un Jubilata: Ruth, la moabita

Entre el pueblo africano de los Bemba, se dice: “Si en el bosque encuentras un panal, es bueno; si encuentras dos, ya es preocupante; si encuentras tres, debes ser llevado ante el consejo de Ancianos bajo el Árbol de la Palabra acusado de brujería (insolidaridad, codicia, falta de respeto a la selva, pueblo y a los antepasados).

Cada mañana, voy recortando la hora de levantarme, hoy ya lo hice a las 6:30 para poder estar caminando por el campo hasta las 9. Mi perro Raitán, desde la terraza, me despierta sin ladrar.

La primera parte del camino diario sigue la senda que va más allá de un campo de golf que limita con una finca inmensa llena de árboles, plantas, colinas, depresiones, valles, correderas, toberas y cantos de pájaros. Se podrían pasar horas sin pisar los mismos senderos. Gracias a las lluvias que hemos tenido todo está lleno de vegetación y en muchos lugares la avena llega hasta la cintura. Predominan pinos, encinas, moreras, olivos, cerezos, almendros, olmos y un sin fin de arbustos en flor. Huele a romero, a tomillo, a orégano, a cantueso y a hierba verde (evoco a Walt Whitman y su Hojas de hierba, indispensable en nuestro canon). Suelo emplear dos horas, excepto sábados  y domingos que me alargo hasta tres. Buen calzado, pantalón corto, camisa fácil de enrollar en la cintura cuando llegas a espacios soleados. No llevo bastón ni sombrero pero sí una navaja suiza multiusos y una bolsa colgada a la cintura. El domingo pasado recogí 18 bolas de golf manteniendo mi decisión de no buscarlas si no recogiendo tan solo las que se ofrecen a la vista. El resto de los días,  unas cuatro o cinco. Recuerdo a los Bemba y sé que, alrededor de los campos de golf, suelen caminar personas que las recogen para luego venderlas. Hace años, en este mismo campo, se asomaban a las vallas metálicas los soldados que hacían la mili ofreciendo a los jugadores bolsas llenas de bolas muy bien limpiadas y pidiendo por ellas una cantidad discreta que les arreglaba su fin de semana. No todos los jugadores las compraban. Preferían pagar en las tiendas los elevados precios de las Callaway, Dunlop, Fitleist, Cinesis hasta que llegó Decathlon y puso a la venta bolsas de red con 50 bolas a muy buen precio. Te ahorrabas pérdidas de tiempo en recuperar las perdidas cuando no se trataba de un torneo. De gran utilidad para los que comenzaban y encima tenían hijos que consumían sin tino, de todo, pero también las bolas. Ahora, el jubilata se las pasa a los nietos que están iniciándose.

Igual sucede con las pelotas de tenis que se encuentran cerca de las canchas de tenis de mi urbanización, y que un buen perro sabe sacarlas hasta de dentro de los macizos de arrayanes que las circundan. Para colmo, tengo vecinos que juegan con frecuencia y que prefieren utilizar bolas nuevas, así que me dejan sobre una mesita que hay a la salida de mi ascensor tubos de bolas para mi perro. Como al anterior labrador, Blog, le encantaba correr tras ellas enviadas lejos con un lanzador que me habían regalado, tomaron esa costumbre y a veces me encuentro con docenas de tubos con bolas que yo, en mi tiempo, habría utilizado encantado. Son otros tiempos, y la edad y posición de mis donantes, cercanos ya a la jubilatería. Como los casi siete meses de Raitán no le animan a recuperarlas, las suelo repartir entre nietos y la chiquillería vecina. Y pienso lo feliz que en mi adolescencia hubiera sido si alguien me regalase estas bolas.

También evoco la costumbre, que se recuerda en el delicioso libro de Ruth, la moabita, (que os animo a leer como ejemplo del arte narrativo hebreo; otro para el canon fajardiano) de no recoger del todo los granos caídos al suelo durante la siega. “Ruth la moabita, espigaba detrás de los segadores hasta juntar unas gavillas”. Y Boaz ordenó a sus criados “Aunque espigue entre las gavillas, no la riñáis, y hasta podéis tirar algunas espigas del manojo y las dejáis, y no la reprendáis cuando las recoja” (porque había sido piadosa con su suegra Noemí, la hermosa, y no la había abandonado en su vejez y pobreza).

Mientras continúas caminando campo a través, vienen a tu mente estas lecturas y la imaginación se lanza a gusto en una mar de asociaciones libres que te revelan un océano de vivencias que pugnan por salir. Pero no te detienes ni a tomar algunas notas en ese pequeño cuaderno que llevas en el bolsillo trasero del pantalón. Tengo para mí que la codicia, de todo, hasta de los valores, está en el origen de nuestros sufrimientos. Por eso Sidharta Gautama, el Teratava, puso todo en su empeño en que no nos aferrásemos a los deseos. Que existan, es esencial pata la vida pero encadenarse a ellos es tan perjudicial como obsesionarse en desterrarlos. Nos desentrañaríamos y seríamos llevados por el viento, como a aquellos hombres del desierto porque no tenían raíces. Estaba desarraigados, aunque no lo eran, pero no lo sabían

Nesemu

 
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2 comentarios

Jorge P. -

Me recuerda a cuando iba a recoger moras con un bote por los alrededores de mi pueblo. Uno no se llevaba todas, sino aquellas más maduras y sólo las que pudiese comer, pensando en quien vendría detrás.

Jesús -

I celebrate myself, and sing myself,

And what I assume you shall assume,

For every atom belonging to me as good belongs to you.

Porque en cierto modo no hay átomo en mi persona que no le pertenezca, profesor.

Un fuerte abrazo
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