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J. C. García Fajardo

Los aliados del terrorismo están en los santuarios de la economía

El escritor italiano Umberto Eco, catedrático de Semiótica en Bolonia y uno de los más acreditados analistas del mundo contemporáneo en una entrevista:
Pregunta. En su libro ha reunido textos escritos entre 2000 y 2005. ¿Qué ha cambiado en el mundo cinco años después del 11 de septiembre de 2001?
Respuesta. Para empezar, hemos comprendido la imposibilidad y la inutilidad de la guerra tradicional teorizada por Clausewitz. A lo largo de los siglos, para que hubiera una guerra tenía que haber dos bandos en conflicto, claramente identificables. Las fuerzas y las intenciones de cada uno eran secretas, con el fin de coger al otro por sorpresa. Desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos. La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio. Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra. Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo. Por otra parte, los aliados del terrorista no se esconden en los Estados rebeldes, sino en el corazón de los santuarios de la economía mundial (la City de Londres o las islas Caimán) donde anidan sus poderes ocultos y económicos. Si todo esto es cierto, ninguna guerra tradicional es posible. Entonces hay que inventar algo nuevo. Todo el mundo lo ha comprendido salvo George Bush, que ha respondido con una guerra tradicional cuyos resultados, trágicos o grotescos según nuestro grado de cinismo, estamos evaluando.
P. ¿Para hacer la guerra se necesita cultura?
R. En mi libro hay dos o tres artículos en los que me pregunto por qué antes de declarar la guerra a Irak, Bush no consultó a los mejores antropólogos de las universidades estadounidenses, que habrían podido darle valiosos consejos sobre la mentalidad árabe y musulmana. Al principio de la guerra con Japón, los estadounidenses pidieron a Ruth Benedict que escribiera un análisis de la cultura japonesa. Eso dio lugar a una obra maestra de antropología cultural, El crisantemo y la espada. En cierta medida, este libro ayudó a los estadounidenses a evitar meteduras de pata irreparables en sus relaciones con los japoneses, durante y después de la guerra. Cito también el prodigioso libro de Peter Hopkirk sobre el Gran juego en Asia central, el que nos cuenta Kipling en Kim y que fue realmente jugado por Rusia y Gran Bretaña durante todo el siglo XIX para controlar India, Irán y Afganistán. Se trata de un texto brillante. Hoy estamos cometiendo los mismos errores que se cometieron en aquella época. Pero en el siglo XIX se sabía muy poco de esos países, mientras que hoy bastaría con leer el ensayo de Hopkirk.

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2 comentarios

pau -

Realmente la guerra moderna no tiene nada que ver con invasiones y bombardeos, con tecnología militar y estrategias estudiadas en las academias.
La guerra es de hombres e ideas contra otros hombres y otras ideas. Esos hombres viven en los mismos lugares y ciudades, desarrollan su vida en común y son capaces de matar a millones de ellos por una causa abstracta.
Los canales de información, la cultura, el gran salto de las comunicaciones físicas, han hecho que en un mismo lugar existan dos, tres o más tendencias potencialmente criminales la una contra la otra.
Durante la segunda guerra mundial ya se tuvo que hacer un gran esfuerzo para comprometer diversos sectores de gente frente Alemania y Japón.
En la misma Gran Bretaña existía una corriente filo-nazi de considerables dimensiones. Luego, el gobierno norteamericano se encontró con el mismo problema.
No, no es nuevo, la revolución francesa terminó con enfrentamientos entre países, pero la esencia era un enfrentamiento de ideas compartidas por gente situada en ambos bandos.
Ahora nos encontramos ante un ataque físico producido por un grupo terrorista al que se le ha querido poner nombre y apellidos a través de un Estado (Afganistán.) Era lo más fácil, claro y necesario, pero la realidad es que no ha sido así, no del todo por lo menos.
Tenemos un problema de relación con nosotros mismos y al decir nosotros quiero decir la gente que nos rodea. Es claramente imposible alambrar nuestros mundos, hacer imposible el mestizaje y la invasión de gentes de otras culturas. Nuestro mundo occidental fue el primero en disgregarse e infectar las culturas de otros mundos.
América latina misma es un continente en cambio profundo, donde gran parte de la población comienza a darse cuenta de su identidad frente a los sudamericanos “europeos”.
Hace nada que el inefable y mentiroso hablaba de la invasión peninsular en manos de los árabes, según él, moros. Una invasión sucedida hace doce siglos y medio, y cuya duración fue de ocho siglos. La europea, en América, fue tan sólo hace poco más de cinco y la cosa comienza a echar chispas.
Todos miramos con temor al mundo árabe sin darnos cuenta del temor que emitimos nosotros a él, lo miramos a causa de un grupo de gente medio alucinada dispuesta a morir matando sin mas, solo por el hecho de ser quienes somos. En nuestro mundo, de esos hay a miles dispuestos a morir por solo liquidar a miles de árabes, a la vista está en Irak. Bush, Blair y Aznar no, esos solo se mojan con palabras, azuzan a la gente para que muera por ellos y sus ideas... La misma historia de siempre.
El mundo es un todo y deberemos aprender a compartirlo, también deberemos aprender que ya no es nuestro, que los gigantes asiáticos serán los próximos dueños de gran parte de él.
Durante la invasión israelita al Líbano, se ha demostrado cumplidamente que los palestinos ya no son unos simples hortelanos mal armados, sino unos hombres que muchos han estudiado, saben idiomas y se entienden con todos los medios, que dominan la informática y las nuevas tecnologías... Han muerto miles de civiles libaneses y muy pocos militantes de Hezbolla, en cambio han muerto ciento cincuenta israelíes, casi todos soldados y han sido destruidos docenas de blindados. Está claro que la guerra la ha ganado Hezbolla.
La supremacía ha dejado de existir, y después de la guerra del Yom Kipur, hace ya años, lo deberían haber aprendido.
La tecnología ha dejado de ser propiedad de unos pocos, muchos de los africanos que llegan en cayuco, desmontan y montan un celular sin arrugarse, hablan tres idiomas y conocen la historia de sus países y su esclavitud al dedillo.
Deberemos ir muy al tanto y aprender a relacionarnos. Y, sobre todo, deberemos ser cuidadosos al exigir que nos pidan perdón por ciertas gilipolleces paranoicas.
Debido al largo y complejo comentario, no he podido soportar la tentación de publicarlo en mi blog, espero que lo comprendas.

Muralla -

Totalmente de acuerdo con la opinión del entrevistado.
Gracias por traerlo y buscaré el ensayo de Hopkirk para disfrutarlo ampliamente.
Bicos
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