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J. C. García Fajardo

Líbano, la última víctima de unos fanáticos ilusos

Interesante reflexión del admirado escritor inglés John Le Carré: 
 
Contéstenme a esta pregunta, por favor. Si uno mata a 100 civiles inocentes y a un solo terrorista, ¿está ganando o perdiendo la guerra contra el terrorismo? "¡Ah!", responderán, "¡pero es que ese terrorista podría matar a 200 personas, a 1.000, a más!" Pero entonces tengo otra pregunta: si, al matar a 100 personas inocentes, se hace que surjan cinco nuevos terroristas en el futuro, además de una base popular deseosa de ayudarles y consolarles, ¿habremos logrado algún beneficio para las futuras generaciones, o habremos creado el enemigo que nos merecemos?
El 12 de julio de este año, el jefe de Estado Mayor israelí nos permitió conocer las sutilezas del pensamiento militar de su país. Las operaciones militares que se planeaban para Líbano, nos dijo, harían "retroceder el reloj 20 años". Pues bien, yo estuve allí hace 20 años, y la situación no era precisamente agradable. Desde ese día, el general ha cumplido su palabra.
Escribo estas líneas 28 días después de que Hezbolá capturara a dos soldados israelíes, una práctica militar bastante corriente y a la que no es ajeno el propio Israel. En ese periodo, 932 libaneses han muerto y más de 3.000 han resultado heridos. Hay 913.000 refugiados. Los muertos de Israel ascienden a 94, además de 867 heridos. En la primera semana del conflicto, Hezbolá disparó aproximadamente 90 cohetes diarios contra Israel. Un mes después -a pesar de los 8.700 bombardeos aéreos realizados sin oposición por la fuerza aérea israelí, que han hecho que el aeropuerto internacional de Beirut dejara de funcionar y han destruido centrales energéticas, depósitos de combustible, flotas pesqueras, 147 puentes y 72 carreteras-, Hezbolá aumentó su promedio diario de misiles a 169.
Y los dos prisioneros israelíes que fueron teóricamente la causa de toda esta conmoción no han vuelto aún a casa.
Es decir, exactamente como nos habían avisado, Israel ha hecho en Líbano lo mismo que hace 20 años: destruir sus infraestructuras y aplicar un castigo colectivo a una democracia delicada, multicultural y resistente que se esforzaba por conciliar sus diferencias partidistas y vivir en provechosa armonía con sus vecinos.
Hasta hace unas semanas, Líbano era, según Estados Unidos, un modelo de lo que podían llegar a ser otros países de Oriente Próximo. En la comunidad internacional había la opinión extendida, tal vez demasiado optimista, de que Hezbolá estaba desvinculándose de Siria e Irán e iba camino de convertirse en una fuerza política, y no puramente militar; hoy, sin embargo, se aclama a esa fuerza militar en todo el mundo árabe, la reputación de Israel en cuanto a su hegemonía militar está hecha trizas y su preciada imagen disuasoria ya no disuade a nadie. Y los ciudadanos de Líbano son las víctimas más recientes de una catástrofe mundial que es obra de fanáticos ilusos y cuyo final no está a la vista.
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