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J. C. García Fajardo

Retazos de Ting Chang 004 Para el buen gobierno: Sobre la Gran Enseñanza

Durante una de las paradas para descansar que hicieron en el largo camino hacia Shangai, pues el Noble Ting Chang, había renunciado a tomar un avión para hacer más llevadera la adaptación a las nuevas circunstancias, Sergei se atrevió con una de las suyas.
- Noble Ting Chang, para mí esta experiencia a tu lado es un don caído del Cielo.
- No, Sergei, del cielo no cae más que lluvia, nieve o pedrisco. A ti te llamaba el Maestro “robador de momentos”,  en recuerdo de un inolvidable discípulo que le había acompañado durante un trecho de su camino, porque los ladrones se apoderan de lo que no es suyo y los robadores toman lo que les pertenece desde largo tiempo aún sin saberlo.
- Yo me refería al Cielo, y tú me buscas las vueltas como hacía el Maestro.
- Gracias a ese “buscarte las vueltas”, que no era si no la enseñanza paradójica para desconcertarte, en una primera etapa, y para que despertases cuando llegue tu tiempo hoy vas camino de Shangai y no echas de menos tus estepas de Mongolia. Sé que a lo que te refieres pero convendría que te olvidaras del Cielo porque ese no es camino seguro con sus pretendidos “dones”. El Cielo no da nada que ya no nos hubiera dado al nacer.
- ¿Estamos predestinados, entonces?
- No sigas por ese camino, Sergei, y pídeme por derechas lo que deseabas.
- Noble Ting Chang, si el Maestro me asignó a tu servicio para facilitar vuestra comunicación por medio de Internet, de lo que todavía no sé nada, excepto lo que tú nos has contado y que pronto aprenderé en Shangai, ¿por qué no me vas contando lo que fuiste anotando en tu cuaderno cuando regresabas del otro lado del río?
- No es mala la idea, pero no sé si entenderás bien mi escritura. Comencemos por las notas que fui tomando de los Cuatro Libros Clásicos de Confucio, y así sabremos de qué hablamos cuando nos refiramos a ellos. Después vendrán otros libros, pasajes y cuentos con los que nos espabilaba el Maestro y que, quizás un día, tú puedas compartir por Internet cuando montemos ese Blog que tanto te intriga.
- A eso me refería, Noble señor.
Pero cuida de ponderar en tu corazón cuanto escribas y jamás lo utilices para deslumbrar a nadie, como hacen los sofistas y los charlatanes que tanto abundan y que tanto confunden a personas de buena voluntad. Esto es lo que anoté de la lectura reflexiva del Primer Libro Clásico La Gran enseñanza (Ta hio). No hagas comentarios por tu cuenta, sé un honesto amanuense. Aquí van mis notas que algún día podrán servirnos para lo que hayamos de hacer y que todavía desconocemos, pero bien te vendrá asimilarlas para rumiarlas, como dicen los hebreos, hasta que formen parte de tu naturaleza:
* Es preciso conocer el fin hacia el que debemos dirigir nuestras acciones. (La teleología que preside el razonar de muchos pensadores sensatos, como Aristóteles.)
* En cuanto conozcamos la esencia de todas las cosas, habremos alcanzado el estado de perfección que nos habíamos propuesto. (O sea, ser uno mismo, que es la auténtica perfección o acabado).
* Desde el hombre más noble al más humilde, todos tienen el deber de mejorar y corregir su propio ser. (Es decir, su conducta adaptándola a los principios que rijan su vida).
* ¿No sería más eficaz lograr que fueran innecesarios los juicios? (El Rabí Jesús afirma “¡No juzguéis, y  seréis juzgados!”)                                                                              * ¿No resultaría más provechoso dirigir nuestros esfuerzos a la eliminación de las inclinaciones perversas de los hombres? (Aquí se plantea un punto crucial ¿qué se entiende por perverso, malo, pecado, reino del mal etc? Quizás debamos calificar como perversión a todo cuanto se opone a la naturaleza, a la vida propia y a la de los demás... y aquí entra la influencia determinante de las culturas, que no pocas veces han inventado la “perversión” como todo lo que se oponía a los intereses de los que detentaban el poder).
* Para conseguir que nuestras intenciones sean rectas y sinceras debemos actuar de acuerdo con nuestras inclinaciones naturales. (Esta norma debería estar escrita en oro y presidir nuestras reflexiones)
* Cuando el alma se halla agitada por la cólera, carece de esta fortaleza; cuando el alma se halla cohibida por el temor, carece de esta fortaleza; cuando el alma se halla embriagada por el placer, no puede mantenerse fuerte; cuando el alma se halla abrumada por el dolor, tampoco puede alcanzar esta fortaleza. Cuando nuestro espíritu se halla turbado por cualquier motivo, miramos y no vemos, escuchamos y no oímos, comemos y no saboreamos.
* Raras veces los hombres reconocen los defectos de aquellos a quienes aman, y no acostumbran tampoco a valorar las virtudes de aquellos a quienes odian.
* Lo que desapruebes de tus superiores, no lo practiques con tus subordinados, ni lo que desapruebes de tus subordinados lo hagas con tus superiores.
* No dar importancia a lo principal, es decir, al cultivo de la inteligencia y del carácter, y buscar sólo lo accesorio, es decir, las riquezas, sólo puede dar lugar a la perversión de los sentimientos del pueblo, el cual también valorara únicamente las riquezas y se entregará sin freno al robo y al saqueo.
* Si el príncipe utiliza las rentas públicas para aumentar su riqueza personal, el pueblo imitará este ejemplo y dará rienda suelta a sus más perversas inclinaciones; si, por el contrario, el príncipe utiliza las rentas públicas para el bien del pueblo, éste se le mostrará sumiso y se mantendrá en orden. (No dice Confucio que el pueblo será feliz, sino que se mantendrá sumiso. Es un aspecto de su pensamiento).
* Si el príncipe o los magistrados promulgan leyes o decretos injustos, el pueblo no los cumplirá y se opondrá a su ejecución por medios violentos y también injustos. (Distingue bien Confucio porque no es lo mismo violento que injusto. La violencia puede ser justa cuando es necesaria: la legítima defensa, la lucha a favor de los más débiles.) Quienes adquieran riquezas por medios violentos e injustos del mismo modo las perderán por medios violentos e injustos.
* Sólo hay un medio de acrecentar las rentas públicas de un reino: que sean muchos los que produzcan y pocos los que disipen, que se trabaje mucho y que se gaste con moderación. Si todo el pueblo obra así, las ganancias serán siempre suficientes.
 
José Carlos Gª Fajardo

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